Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/12/11 00:00

Cara a cara

Al entrevistarse con Carlos Castaño el gobierno liberó a los congresistas pero se enredó con las Farc.

Cara a cara

La visita del Ministro del Interior, Humberto de la Calle, a los campamentos de Carlos Castaño en el sur de Bolívar, para recibir a dos de los siete congresistas secuestrados por los grupos de autodefensas, ha producido todo tipo de especulaciones debido a la trascendencia del hecho. El ministro De la Calle declaró antes y después de su entrevista con Castaño que no habría ninguna clase de negociación y que las únicas razones del gobierno eran exclusivamente humanitarias.

Prueba de lo dicho es que durante el encuentro De la Calle siempre estuvo acompañado por el embajador de España en Colombia, Yago Pico de Coaña; la ministra consejera de dicha embajada, Julia Olmos; funcionarios de la Cruz Roja Internacional y los parlamentarios secuestrados. Pero a pesar de las explicaciones del Ministro el episodio siguió dando de qué hablar. La razón para ello es una sola: está en juego el futuro del proceso de paz con las Farc.

En efecto, esa organización subversiva ha hecho saber que el encuentro de De la Calle con Castaño tendría consecuencias delicadas para la negociación así éste se haya producido por razones humanitarias. De hecho, las Farc aplazaron el inicio de las negociaciones sobre el cese al fuego y a las hostilidades alegando el regreso de Raúl Reyes luego de realizar una gira por varios países. El grupo insurgente argumentó que Reyes debía conocer el desarrollo de las conversaciones durante su ausencia.

Aunque no hay dudas de que la entrevista de De la Calle con Castaño va a tener efectos a futuro en lo que tiene que ver con el desarrollo del proceso de paz, hay analistas que creen que es bastante probable que dicho encuentro hubiera servido de pretexto al grupo guerrillero para postergar por varios días la discusión sobre uno de los temas que menos les gusta pero que más expectativas genera en el gobierno y la opinión pública, como es el cese al fuego y a las hostilidades.

Pero más allá de las implicaciones futuras que producirá la reunión del Ministro del Interior con el máximo jefe de las autodefensas del país, lo cierto es que la situación para el gobierno era muy difícil antes de la liberación de los congresistas. Eso hizo que la decisión de enviar al Ministro a cumplirle una cita al jefe paramilitar fuera objeto de múltiples discusiones en la Casa de Nariño. A la postre la pregunta que primó fue una sola: ¿Cómo negarse a recibir a unas personas cuando ello no implica una negociación y quien las tiene secuestradas ha expresado su voluntad de devolverlas por razones humanitarias?

Paradójicamente, el episodio de la liberación de los parlamentarios terminó por parecerse al de los secuestrados del Kilómetro 18 por parte del ELN. En ambos casos el comportamiento del gobierno quedó en entredicho, sobre todo por quienes consideran que en las dos ocasiones el gobierno fue sometido a un descarado chantaje del cual no pudo zafarse.

Aunque difícil de entender por un sector de la opinión pública, que califica el comportamiento del gobierno como muestras de debilidad, hay quienes reconocen el pragmatismo con que actuó en ambos casos. “Lo único que el gobierno no podía hacer, dadas las circunstancias en que se estaban desarrollando los hechos, era cruzarse de brazos”, dijo a SEMANA uno de los negociadores con las Farc. Ahora sólo queda esperar si la jugada se completa. Ya logró lo primero: la liberación de los congresistas en manos de Castaño sin comprometerse ni a diálogo ni a reconocimiento político de las autodefensas. Lo segundo está por verse: que el episodio del encuentro no frene el inicio de la negociación con las Farc, que parece que por fin arranca. Y por lo más candente: cese de hostilidades por un lado y canje por el otro.

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