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| 8/8/2012 12:00:00 AM

Cárceles: ¿castigar o reeducar?

A propósito de las recientes protestas en las cárceles de Bogotá, que evidencian las difíciles condiciones en que viven miles de internos en Colombia, Semana.com le presenta el panorama de dos modelos carcelarios muy diferentes.

Según cifras de la personería de Bogotá, las cárceles de la ciudad, Modelo, Picota y Buen Pastor, tienen capacidad para 10.255 internos y registran 18.759. El hacinamiento trae consigo desabastecimiento de todo orden, desde los alimentos hasta los medicamentos resultan insuficientes para atender semejante excedente de población.
 
De hecho, la personería les hizo un llamado urgente a las autoridades competentes para que le den solución a la “grave situación que se viene presentando en cárceles y penitenciarías de la ciudad, como consecuencia del sobrecupo que se registra allí”.
 
Los altos índices de hacinamiento, que según la Personería rondan el 200 por ciento , acompañan los problemas de drogadicción y violencia que se agudizan al interior de las penitenciarías. Adicionalmente el sistema carcelario debe enfrentar  otro problema que agudiza y alimenta el crecimiento desmedido de la población carcelaria, la reincidencia.
 
A su salida de las cárceles y con sus conocimientos criminales afinados, muchos antiguos internos vuelven a delinquir, en un círculo vicioso de violencia y crimen que cada vez se expande más. 
 
En este contexto vale la pena echar un vistazo a dos sistemas carcelarios que se debaten entre la estricta disciplina o el uso de pedagógicos métodos para resocializar a los individuos.
 
En el primer grupo se encuentran sistemas como el estadounidense, en el que la disciplina en los penales es estricta y la vigilancia de los reos constante por medio de guardias y sistemas de monitoreo.
 
En la orilla contraria se ubican sistemas como el noruego, en donde los guardias andan desarmados, los reclusos cultivan su propia comida, venden muebles fabricados por ellos mismos y hasta van a la universidad.
 
Semana.com le presenta el panorama de dos modelos carcelarios diferentes.
 
Resocializar
 
En esta prisión no existen el alambre de púas ni las garitas de vigilancia. Puede jugar tenis, tocar algún instrumento en el salón de música, pasear por la playa, trotar por los caminos de la isla o visitar los corrales y establos donde vacas, ovejas y gallinas son las únicas rodeadas de cercas y corrales de alambre.
 
A primera vista podría pensarse que se trata de un centro vacacional, sin embargo los 115 hombres que habitan permanentemente la Isla de Bastoy, a 70 kilómetros al sur de Oslo en Noruega, son en realidad los criminales más peligrosos de la avanzada sociedad nórdica.
 
De hecho, los guardias andan desarmados y los días de visita los reclusos conducen un ferry que recoge a los familiares que vienen a acompañarlos. Es decir, conducen el vehículo en el que perfectamente podrían fugarse.
 
El sistema penitenciario noruego se basa en el principio fundamental del respeto por la dignidad humana. En esa medida procura darles a los internos las condiciones mínimas que les permitan purgar su ofensa a la sociedad, por grave que sea esta, y reincorporarse después de su reclusión como un miembro útil a la misma.
 
Según un guardia de Bastoy “todo prisionero será liberado algún día y se convertirá en el vecino de alguien” así que el programa de resocialización debe darle las herramientas que le permitan desmarcarse de su pasado criminal y reincorporarse plenamente a la comunidad.
 
Los convictos de Bastoy han pasado por un largo proceso psicosocial, primero pasan por otras cárceles, mucho menos cómodas que esta, y luego de una serie de evaluaciones y filtros son recibidos en la isla, que además funciona con energía solar y es prácticamente autosustentable, en donde reciben educación e incentivos para desarrollar un oficio una vez cumplan su pena.
 
Castigar
 
En 1962 tres reclusos dejaron unas cabezas falsas en sus camas y arreglaron las cobijas para que pareciera que seguían durmiendo cuando los guardias pasaran a contarlos. Entre tanto escaparon por un túnel que habían cavado con cucharas, se lanzaron al océano y, al parecer, nadaron hasta la costa y desaparecieron para siempre. Habían escapado de Alcatraz la famosa isla prisión en la Bahía de San Francisco, Estados Unidos.
 
Las condiciones de los internos en la Roca, como era conocida, llevaron a que muchos intentaran escapar lanzándose a las frías aguas del pacífico, que terminaban destrozándolos contra las rocas que rodeaban la isla. Alcatraz cerró en 1963, pero el sistema carcelario estadounidense no ha cambiado mucho desde entonces.
 
Por todo el país se cuentan las prisiones atestadas de reos que cumplen condenas que llegan a la cadena perpetua o que esperan su turno para la pena de muerte. Según cifras de Human Rights Watch en 2011 había cerca de 2.3 millones de presos en las cárceles estadounidenses. A diferencia de Noruega su paso por estas instituciones busca castigar sus acciones, no remediar sus comportamientos delictivos.
 
Y es que Estados Unidos es el país con la tasa carcelaria más alta del mundo con 752 presos por cada 100.000 habitantes. La situación es tan crítica que la Suprema Corte le ordenó al estado de California reducir la superpoblación carcelaria que vive en el hacinamiento, las malas condiciones sanitarias y altísimos índices de violencia, que van desde la agresiones físicas hasta los abusos sexuales.
 
De acuerdo con cifras de la Oficina del Departamento de Justicia de Estados Unidos, la mitad de las personas que salen de prisión regresan en un lapso de tres años, ya sea por un nuevo delito o por violar los términos de su liberación. Y cerca de dos tercios de todos los liberados tendrán problemas con la ley nuevamente en algún momento de su vida.
 
Una bomba de tiempo
 
En Colombia, durante las últimas semanas, el país ha conocido por medio de imágenes la realidad que se vive al interior de nuestros centros penitenciarios. En menos de un metro duermen cerca de diez personas. El suelo, las celdas, los baños y hasta los mismos barrotes sirven para amarrar colchonetas o frazadas como un recurso desesperado para conciliar el sueño, aunque sea por unas pocas horas. Acceder a una celda cuesta cerca de dos millones de pesos.
 
De domingo a domingo los reclusos se levantan a las cinco de la mañana, hacen fila en las dos únicas duchas que hay en su patio y luego espera unas tres horas para el desayuno, hacia las 12 del dia reciben el almuerzo y a las tres de la tarde la comida. El resto del tiempo el ocio es el rey, el padre de muchos de los males que soportan los internos del patio 1A de la cárcel la Modelo.
 
El infierno que día a día viven los habitantes de las cárceles en Colombia no sólo atenta contra los derechos más básicos de los encarcelados sino que plantea un problema aun más preocupante: la reincidencia. Según el general Gustavo Adolfo Ricaurte cuatro de cada diez hombres reinciden, principalmente porque no consiguen empleo.
 
Ante las recientes protestas en la Modelo y el Buen Pastor la ministra de Justicia, Ruth Stella Correa, anunció varias medidas para aliviar las difíciles condiciones de las visitas, entre las que se encuentran la implementación de un call center para agendar visitas a los internos y la aplicación de un ‘pico y placa’ con el fin de descongestionar los patios durante los fines de semana.
 
Sin embargo, los brotes de inconformidad de las últimas semanas, reclaman soluciones estructurales que sirvan para desactivar esta bomba de tiempo y evitar un desenlace similar al de los motines vividos en los últimos meses en las cárceles de Venezuela, Brasil y algunos países centro americanos.
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