Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1990/04/16 00:00

Cargados de tigre

Indignados por el cuento de la revolución de marzo, los duranistas se organizan para ponerle al candidato los puntos sobre las íes.

Cargados de tigre

Como sucede con frecuencia, las victorias arrasadoras pueden crear más problemas que las victorias moderadas. Y eso parece estarle sucediendo a Cesar Gaviria en la primera semana de su triunfo. Gaviria, cuya votación superó los dos millones de votos, desbordando todos los cálculos, en lugar de estar disfrutando su triunfo está ya apagando incendios. Y el principal incendio es, ni más ni menos, que el de la clase política liberal que está como un lanzallamas después de las elecciones del domingo 11.
Por cuenta de la euforia inicial del triunfo de Gaviria, este fue presentado como una especie de San Jorge en un caballo blanco clavando su lanza sobre el dragón del caciquismo y el clientelismo. Esta imagen no le gustó mucho al dragón, los barones políticos, que se indignaron con la versión difundida nacionalmente por los medios de comunicación de que las maquinarias habían sido derrotadas por la llamada revolución gavirista. La version, obviamente, no era de Gaviria que hoy todavía tiene más de barón electoral que de San Jorge galanista en su hoja de vida. Pero los medios de comunicación dieron rienda suelta a su entusiasmo, y sin analizar mucho las cifras, se anticiparon a interpretar el triunfo de Gaviria como la derrota de la maquinaria.
No había sido así. Como comenzó a hacerse evidente a la mitad de la semana, cuando empezaron a divulgarse los datos oficiales de la Registraduría, Gaviria podía haber barrido, pero la maquinaria seguía intacta. Guerra, Name, Balcázar, Mestre y compañía, con variaciones marginales en sus votaciones, habían quedado una vez más con la sartén por el mango en sus respectivas regiones. No pudieron imponer a Durán, pero lograron cómodamente imponerse ellos mismos. Para describir la situación, el representante Rodrigo Garavito dijo: "El hecho de que en un reinado gane una de las reinas, no significa que haya que decirles feas a las que perdieron".
La altísima votación de Gaviria era un fenómeno nuevo e independiente pero, definitivamente, no fue en contra de ellos. Los colombianos más que rechazar a los caciques, lo que hicieron fue aprender a votar, es decir, a partir la papeleta, diferenciando en forma autónoma la votación para corporaciones de la votación para candidatos a la Presidencia. Dentro de las costumbres políticas colombianas, esto puede ser considerado una revolución, pero no "la" revolución contra la clase política que inicialmente se pretendió presentar. La conclusión es que los jefes políticos cuentan con el mismo apoyo de siempre, pero no con la capacidad para endosar sus votos al candidato de sus preferencias. Esto no se entendió en forma clara sino hasta cuando avanzaron los escrutinios. Pero, sin duda alguna, el malentendido tenía que dejar mal sabor entre los barones.
Lo grave es que más que mal sabor, lo que produjo fue un envenenamiento. Gran parte de los parlamentarios liberales -particularmente los duranistas- están, como se dice, cargados de tigre. Y no propiamente contra Gaviria quien le ganó a su candidato, sino contra aquellos que, con excesivo entusiasmo, interpretaron el triunfo de Gaviria como la derrota de la maquinaria. Y esta lista está encabezada por Yamid Amat, que se convirtió en objeto de la más grande indignación por parte de este sector político. La razón, según ellos, fue la parcialización de Caracol y del grupo Santodomingo, a favor de la candidatura de Gaviria durante la campaña y particularmente el día de las elecciones. Ese día, contrariando las normas, Caracol anunció a la una y 14 minutos de la tarde los resultados de una encuesta adelantada por la cadena radial que daban ganador a Gaviria. Para ellos, este gol afectó, en términos reales, la votación final al dar la elección por definida antes de que se cerraran las urnas. La animadversión entre políticos y periodistas es tradicional, pero en esta ocasión las cosas tocaron fondo.
El segundo en la lista negra era El Tiempo. Un editorial del martes 13 registraba, a la manera de El Espectador, el resultado de las elecciones como el triunfo de la virtud sobre el pecado. Frases como "Los barones comienzan a ver el fin de su reinado" y la "restauración del voto libre, sin presiones", abundaban en el escrito de Hernando Santos que, a pesar de la indignación que despertó, era más que todo una exaltación del voto de opinión.
Aunque el principal blanco de críticas fueron los medios de comunicación, no escaparon a la ira de los parlamentarios algunos políticos. El que más agua sucia recibió fue José Blackburn por unas declaraciones en las que afirmaba que Gaviria, ante el abrumador apoyo de la opinión quedaba relevado de cualquier compromiso con la clase política. Para los duranistas, este lenguaje resucitaba el tono moralista y mesiánico de la época radical de Galán. La misma percepción tenían de Diego Pardo por cuenta de su slogan "'No más polítiquería".
Pero la hostilidad no se limitaba a periodistas y senadores, sino que alcanzaba al ex presidente Alfonso López Michelsen, quien era considerado por la línea dura duranista como el principal orquestador de toda esta cosa.
Un hijo suyo en las listas gaviristas, sus declaraciones sobre la revolución del 11 de marzo y su asociación con Caracol, eran para ellos suficiente evidencia.

Semana de conspiración
Para hacerle frente a esta ofensiva, los parlamentarios duranistas decidieron constituirse en una especie de grupo de autodefensa. La semana transcurrió entre reuniones para despotricar contra el enemigo y estudiar qué medidas adoptar. No hubo venganza que no se discutiera: censura de prensa -incluyendo la escrita-, ley antimonopolio, impuesto a la cerveza y hasta debate a Diego Pardo para rendir cuentas sobre la financiación de su campaña.
Pero las cosas se fueron calmando y finalmente la acción se concretó en dos puntos: solicitarle a Hernando Durán Dussán que no se retirara de la política y que permaneciera como vocero del grupo, y escribir una carta de apoyo a Cesar Gaviria. Aunque al cierre de esta edición no se había llegado a un acuerdo sobre el contenido definitivo de ese documento, se anticipaba que el sentido general era de respaldo a las grandes reformas que necesitaba el país, aclarando que estas no estaban circunscritas a las políticas, sino que debían extenderse al sector privado, incluyendo los medios de comunicación.
Gustavo Balcázar, Bernardo Guerra, Miguel Pinedo, Eduardo Mestre, Julio César Sánchez, Rodrigo Garavito y el propio Durán fueron algunos de los parlamentarios que se movieron de un lado al otro la semana pasada para manejar este proceso.
Después de la etapa incendiaria, vino la moderada en la cual jugaron papel clave Mestre y Garavito. En lo único en lo que todo el mundo estaba de acuerdo era en que Gaviria no tenía la culpa. Al fin y al cabo ni escribe los editoriales de El Tiempo, ni le da órdenes a Yamid Amat, ni le para bolas a la línea antipolítiquería de Blackburn.
Por cuenta de los medios de comunicación principalmente, se había planteado un falso enfrentamiento entre la clase política y el hoy candidato. Falso porque Gaviria viene de ahí y en toda su campaña no pronunció ninguna palabra agresiva contra sus colegas. Más respetuoso no podía haber sido y ahora que se le ha creado el problema no ha hecho sino hacerles venias. Sin embargo, a pesar de que el problema se ha suavizado, ha puesto en evidencia que por cuenta del nacimiento del voto de opinión hay grandes expectativas creadas que no son tan simples de satisfacer. Cualquier cambio importante que se lleve a cabo en Colombia sólo es posible con la clase política y no contra ella. Esto lo entiende Gaviria, pero no todos los que lo rodean. El grupo de autodefensa creado la semana pasada, con Durán a la cabeza y 70 parlamentarios detrás, está poniendo los puntos sobre las íes.
Otra conclusión es que representar a todo el mundo tiene tanto de bueno como de malo. Cesar Gaviria representa simultáneamente al clientelismo por origen y al anticlientelismo por herencia. Como los dos grupos tienen metas, o si no metas, procedimientos diferentes, tendrá que haber mucho muñequeo para dejar a los dos bandos contentos.

CARLOS HOLMES TRUJILLO
La última batalla
A las 4:30 de la madrugada del lunes 12, el senador Carlos Holmes Trujillo estaba a punto de dar por terminada una jornada larga, agotadora y triste. En las elecciones de la víspera, su hijo Jose Renán Trujillo había sido derrotado en su controvertida aspiración para suceder a su hermano Carlos Holmes Trujillo Jr. al frente de la alcaldía de Cali. Además, Holmes Trujillo padre estaba preocupado porque las escasas mesas escrutadas en el Valle esa noche indicaban que su votación para el Senado podía no ser tan alta como él la había esperado. Su único consuelo -y así se lo manifestó a quienes lo acompañaban- era el triunfo del precandidato Cesar Gaviria, a quien Holmes Trujillo había brindado su respaldo en la consulta popular del liberalismo.
Sus hijos Jose Renán y Carlos Holmes Jr. se habían despedido pasadas las tres de la madrugada. El senador le había dicho al primero que se preparara desde la mañana siguiente para iniciar la campaña por la alcaldía para 1992. Pasadas las cuatro y media, se paró de su asiento y se dirigió al baño del segundo piso de su casa. A los pocos minutos, los visitantes escucharon un golpe fuerte y seco. Corrieron al segundo piso, abrieron la puerta por la fuerza y encontraron al senador tendido en el suelo, abrazado a la cortina de la ducha. Se había golpeado la cabeza con el muro que dividía la ducha del resto del baño. Entre todos lo levantaron y lo escucharon hablar y responder algunas preguntas, mientras lo conducían a su habitación. "'Estoy bien, pero me duele la cabeza", alcanzó a decirles. Luego se animó a bromear un poco y soltó algunas palabras en ruso. Finalmente se durmió. Nunca volvería a despertarse. Pasadas las cinco de la madrugada los amigos que lo acompañaban se dieron cuenta de que estaba convulsionando. De inmediato lo trasladaron a la clínica de Los Remedios, en donde una escanografía detectó un gigantesco coágulo en el cerebro. Los médicos fueron sinceros con la familia. Si no se le operaba, moriría. Y si se realizaba la intervención, las posibilidades de que sobreviviera no pasaban del 10%. Todos estuvieron de acuerdo en que se realizara la cirugía. Pero no sirvió de mucho. El viernes pasado, al caer la noche, el senador murió.
A pesar de su fama de cacique en el mal sentido de la palabra, Holmes era uno de los más cultos miembros del Congreso. Hasta la aparición de Alberto Santofimio en ese recinto en 1978, fue considerado como el mejor orador del Senado. Triunfó a nivel regional, pero tuvo siempre una enorme frustración, pues consideraba que, en forma injusta, le habían cerrado las puertas por las que debía hacer el tránsito de jefe regional a jefe nacional.
Su movimiento, que finalmente conquistó más de 80 mil votos y que se impuso sobre el del otro gran elector liberal del Valle, Gustavo Balcázar, no ha quedado acéfalo. Después de una exitosa gestión en la alcaldía de Cali, Carlos Holmes Trujillo Jr. parece tener un futuro político asegurado. No sólo puede administrar el importante caudal del grupo de su padre, sino una imagen de ejecutivo y realizador, todo lo cual hace pensar que del actual alcalde de Cali se vaya a hablar mucho de aquí al final del siglo.

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