Domingo, 22 de enero de 2017

| 2017/01/07 00:00

"En Colombia la violencia no desaparece, se transforma"

Carlos Valdés, director del Instituto de Medicina Legal, analiza la violencia colombiana más allá de las frías estadísticas.

"En Colombia la violencia no desaparece, se transforma" Foto: Juan Carlos Sierra

SEMANA: ¿Qué nos dejó 2016 como panorama de violencia en Colombia? 

Carlos Valdés: El año nos permitió hacer mucha reflexión. El tema de la paz, que se centra en la violencia sociopolítica, nos hizo observar otros brotes de violencia. La violencia en Colombia está interiorizada en todos nuestros comportamientos. Colombia es un país violento por fuerza de la costumbre.

SEMANA: ¿Qué significa eso?

C.V.: Que la violencia en Colombia se interiorizó, es una forma de relacionarse para mostrar jerarquía o dominio. Por ejemplo, cuando la mujer empezó a ganar espacio social, como el derecho al voto, empezó a agudizarse la violencia como una forma de relacionarse con ella ante el crecimiento de sus derechos.

SEMANA: ¿Eso quiere decir que quienes tienen más poder usan más la violencia?

C.V.: Sí, la violencia es el arma del poder y siempre ha sido así.

SEMANA: ¿Qué papel cumplen las instituciones en esa interiorización?

C.V.: Nosotros empezamos a incorporar esas formas de violencia en nuestro comportamiento y la legalizamos.

SEMANA: Pero estamos ante la perspectiva de superar la violencia política...

C.V.: En Colombia la violencia no desaparece, se transforma. Este proceso de paz no es el primero. Por ejemplo, en 1953, cuando Rojas Pinilla desmovilizó a Guadalupe Salcedo y a 170 guerrilleros, hizo un acuerdo como este, solo que sin plebiscito. ¿Se terminó la violencia en los llanos porque desmovilizó a Guadalupe? No, porque la violencia se transforma.

SEMANA: ¿Atribuye la disminución de la violencia en Colombia al proceso de paz?

C.V.: La violencia del conflicto armado siempre ha sido muy importante para el panorama de violencia en Colombia. Hace diez años era la segunda causa de muerte. Teníamos cifras de 5.000 muertos y un gran número de desaparecidos. Hoy está en el quinto o sexto lugar, por detrás de la violencia interpersonal, las muertes en accidentes de tránsito, la violencia intrafamiliar y la accidentalidad en general.

SEMANA: El asesinato de Yuliana Samboní, ¿qué reflexión debería suscitar?

C.V.: Lo primero es hablar de ese caso, no como uno en particular, sino como el resultado de una enfermedad social. Que sirva para que se dé la reflexión y el rechazo.

SEMANA: ¿Cree que no ha habido suficiente rechazo? 

C.V.: No. No hemos visto manifestaciones por cómo mueren los niños de La Guajira. En el barrio donde cogieron a Yuliana, esos niños no tienen salud, esa niña estaba desnutrida, sin alimentación ni seguridad social. Pero ¿cuándo rechazamos eso? En cambio, cae una paloma en un campo de juego, un deportista le pega una patada, y qué rechazo tan grande. Estamos siendo formados en una sociedad de mentiras y de falsos valores. Esto no es nuevo. El número de niños abusados que hemos recibido hasta octubre del año pasado son ¡18.000!

SEMANA: A esos 18.000 niños, ¿cómo los acoge el país para superar ese abuso?

C.V.: Muy mal, se van a su casa a continuar con eso. Por eso digo que este es un problema social, y es de todos, no solo de las instituciones.

SEMANA: ¿Qué características tiene el abuso infantil en el país?

C.V.: El problema es que hay un gran subregistro. Se acude a las instituciones cuando el niño se muere, o cuando está muy mal, alguien lo descubre y lo denuncia. Pero la gran mayoría no se conoce. Ese niño abusado es el tejido primario de la sociedad, y aprende, desde el primer año de vida, que todo se resuelve con violencia.

SEMANA: ¿Los mecanismos de protección que se han creado no sirven?

C.V.: Primero, a mí me parece que los mecanismos no han respondido a una política profunda de atención a la niñez. Segundo, que nos hemos enfocado solo en los niños: sí, eso es lo primero, pero hay que enseñarles al niño y a su entorno unas mejores relaciones.

SEMANA: ¿Incrementar penas sirve para algo?

C.V.: ¡Qué va a servir! Un ejemplo sencillo: somos el país en donde se castiga con más severidad en el mundo la embriaguez al conducir. Si a mí me encuentran conduciendo con grado tres de embriaguez, me pueden poner una multa de 33 millones de pesos. ¿De qué ha servido eso?

SEMANA: ¿No ha servido?

C.V.: No. Las muertes y las lesiones en accidentes de tránsito han aumentado un 18 por ciento. Esta norma no ha hecho nada.

SEMANA: ¿Qué hace que un hombre como Rafael Uribe incurra en un crimen como el que cometió con Yuliana Samboní?

C.V.: Los seres humanos aprendemos de los estímulos que nos rodean y esos estímulos modelan nuestras respuestas desde niños. Así se genera la psiquis. La psiquis se compone de tres esferas: el yo, el ello y las relaciones entre el yo y el ello. Desde niño se construye eso, entonces yo me identifico, identifico a los demás y empiezo a construir esas relaciones. Cuando digo que hemos interiorizado la violencia, es que la interiorizamos en el yo, es decir, lo primero para mí soy yo: primero yo, segundo yo, tercero yo. Rafael Uribe es el producto de esta sociedad enferma que, en la construcción de su psiquis, de su yo, y del ello, encuentra satisfacción en una forma de violencia. La violencia sexual es en la que aprendemos a tener mayores satisfacciones de niños, la que nos va a proveer más satisfacciones. Pero es una satisfacción egoísta. Uribe Noguera es el resultado de sus relaciones sociales. 

SEMANA: Usted ha dicho también que la violencia contra la mujer viene creciendo en crueldad…

C.V.: Yo he señalado que si uno mira la violencia, en cifras, ha disminuido en términos generales. Contra la mujer también. Pero si uno la observa en términos de comportamiento, ha ido en aumento. Estamos cambiando las formas de violencia: ahora en lugar de gritarle, le pegan o le lanzan ácido; la inutilizan. Es una violencia más severa. Antes veíamos una gran cantidad de lesiones con incapacidades menores a 20 días, ahora se ve más la puñalada y el uso de armas de fuego en las relaciones interpersonales. Antes en el ambiente familiar no se usaban armas de fuego; estaba el puño, la patada. Pero hoy las armas de fuego ocupan el primer lugar en violencia familiar. Y lo que es peor, dirigida a la mujer y los hijos.

SEMANA: Memoria Histórica dice que en el país hay 60.630 desaparecidos. ¿Qué piensa de esa cifra?

C.V.: Hay un cuestionamiento internacional sobre las diferentes cifras que se manejan. El problema de esto radica en que tenemos diferentes fuentes. El instituto maneja el Registro Nacional de Desaparecidos. Muchas entidades alimentan ese registro, pero desafortunadamente tiene una gran falla y es la depuración de los datos. Pero este problema se puede superar con la implementación de los acuerdos de paz.

SEMANA: ¿Cómo va el tema de los hallazgos de cuerpos que se pactó en La Habana?

C.V.: Los desaparecidos en Colombia tienen una muy alta probabilidad, más del 90 por ciento, de estar muertos. Esos muertos, en su gran mayoría, están en cementerios en los que no hay orden. Allí llegan y sepultan a cualquiera. Por eso comenzamos con los cementerios, ya después el proceso de paz nos señalará las fosas clandestinas.

SEMANA: ¿Cuántos cuerpos se han entregado ya a las familias como parte de ese acuerdo?

C.V.: Han sido muy pocos: alrededor de 14 cuerpos, de unos 380 recuperados. Pero no me malinterpreten. Esa cifra puede parecer insignificante, pero lo que pasa es que el de identificación es un proceso muy complejo. Yo necesito no solamente los perfiles genéticos de todos los exhumados, sino también los de las familias.

SEMANA: ¿Ha sido difícil encontrarlas?

C.V.: Esas familias todavía tienen miedo, porque han sido estigmatizadas. Llevan a los desaparecidos en el corazón, pero no hablan de ellos por físico temor. Por eso no me interesa saber si son cadáveres de guerrilleros o paramilitares, porque eso ahonda las diferencias sociales. Yo hablo de víctimas del conflicto armado. Y necesito que esas familias salgan de la clandestinidad.

SEMANA: ¿Qué importancia tendrá esto para el posconflicto?

C.V.: Tiene mucho valor reparador, pero, claro, hay que suplir muchas deficiencias en la entrega. Yo estoy a veces en contra de esas entregas colectivas, porque tenemos que privilegiar más a las víctimas en su religiosidad, en su intimidad.

SEMANA: ¿Qué hay que hacer para que la violencia siga bajando?

C.V.: Empezar a trabajar la verdad, pero no la de confesionario. La clave para que se sostenga la tendencia es trabajar por la verdad científica, por el reconocimiento de la verdad de las violaciones, del desplazamiento forzado, de la tortura, del reclutamiento, de la desaparición.

SEMANA: ¿Qué tanto peso tiene la venganza hoy en nuestra violencia?

C.V.: La venganza tiene fundamento cuando yo sé que no se hace nada, cuando nadie se preocupa por mi dolor y tengo que ser yo el que me defienda. Pero si las víctimas se dan cuenta de que se descubre la verdad y que tomamos acción, y que al culpable se le señala y se le sanciona, no hay mejor acto reparador.

SEMANA: Se habla de un posconflicto de 15 años… ¿cómo ve la violencia en ese horizonte?

C.V.: A mi juicio vamos a durar más. Creo que necesitaremos una segunda generación. Creo que nos tomará unos 50 años. Pero hay que empezar ya. 

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