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| 12/23/2016 10:00:00 PM

La carta de una víctima de Bojayá a los colombianos

Semana.com les pidió a un grupo de víctimas del conflicto que relaten lo que les dejó el acuerdo de paz con las FARC. Este es el texto que el padre Antún Ramos envió a víspera de la Navidad.

Antún Ramos Cuesta es sobreviviente de una de las tragedias más dolorosas que han dejado más de 50 años de conflicto armado: la masacre de Bojayá. Ocurrió el 2 de mayo de 2002, cuando las FARC, en medio de un enfrentamiento con los paramilitares, lanzaron un cilindro bomba que cayó en la iglesia de la población y mató a 100 de las 300 personas que se resguardaban en el lugar. Después de 14 años, para el párroco de la iglesia de este recóndito pueblo chocoano, es otro amanecer. Fue allí, en el mismo lugar donde se escribió una de las páginas más dolorosas de la violencia, donde las FARC reconocieron por primera vez su cuota de responsabilidad por una masacre. Esta es la carta que el padre Antún les envía a los colombianos sobre el turbulento año que vivió el país con la paz como bandera.

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A los colombianos y colombianas,

Ad portas del gran acontecimiento que divide la historia de la humanidad (el nacimiento de Jesús), quiero dirigirme a cada uno de mis hermanos colombianos, sin distinción alguna, como un compatriota que desde la espesura de la selva, junto con los suyos realiza ingentes y tal vez insignificantes esfuerzos en la construcción de un país más, donde todos nos sintamos incluidos.

El año 2016 nos regala un país que quiere despertar del letargo e hibernación al que distintas fuerzas y mentalidades lo tenían sometido; hoy estamos entendiendo que en la guerra no hay ganadores ni perdedores… sólo hay sobrevivientes.

La balanza evaluativa del 2016 deja en el corazón de los colombianos unos aguerridos deportistas olímpicos y paralímpicos en la cima, a un gran Nairo, a la mechita en la A, al nacional saboreando por segunda vez la libertadores, una terminación de unos acuerdos, un plebiscito, una refrendación vía Congreso como representantes de los colombianos, un muy merecido Nobel de paz, una lámpara de paz (versión cristiana del nobel entregada por los hermanos franciscanos, en Asís), dos afrodescendientes en ministerios; medio ambiente y cultura, que nos muestra y visibiliza nuestra capacidad como región.

Sin lugar a dudas los  grandes protagonistas de este año que termina fueron: la paz con sus diferentes gestores, y por otro lado las víctimas, quienes mostramos un cansancio, asco y desprecio por una guerra que no nos pertenece y donde hemos puesto los civiles el mayor número de muertos. Tragedia que hemos vivido los colombianos, que nos ha quitado entre otras hasta las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) como lo enseñaba Gaspar astete en su doctrina cristiana.

Las víctimas dimos ejemplo a los victimarios, a Colombia y al mundo de tener un corazón inmenso, aun cuando tenemos todas las razones para odiar y aplicar aunque de manera remota la ley antigua del talión, del ojo por ojo, diente por diente; prueba de ello fue que en el pasado plebiscito las regiones más apartadas, más pobres donde se han acentuado históricamente todos los actores, decidimos apoyar mayoritariamente este gran esfuerzo de paz; en Chocó votamos 80 % por el Sí, pero si lo medimos por porcentaje y convicción, es BOJAYÁ el municipio modelo donde la guerra se degrado cual más no poder, hemos hecho tres actos de reconciliación y paz con nuestros anteriores verdugos las FARC-EP,  y nuestro espíritu pacífico e incluyente nos llevó a las urnas aquel 2 de octubre, y el 96 % de la comunidad dijimos si a la paz… no más guerra.

Para el año venidero (2017) nos queda  el reto de consolidación de los diálogos con el ELN, la libertad de todos los secuestrados, la aplicación de los acuerdos, desarme, desmovilización de las FARC-EP, seguridad e inversión en los pueblos y regiones de donde se ausentan los actores del conflicto.

Elevo oraciones para que esta fase de posconflicto, en la que todos y cada uno de los colombianos hemos de contribuir, nos disponga la mente y el corazón para que la reintegración de los farianos sea lo menos traumático posible, que se preparare nuestro espíritu para aceptarlos como vecinos, en el bus, en las discotecas, aulas educativas y en las plazas públicas, la pelota ahora en gran medida está de nuestro lado.

Posdata: Gracias, presidente Santos, por pensar y actuar a favor de la Colombia excluida y olvidada... la paz huele a campo, emprendimiento, progreso, tranquilidad, equidad, inclusión y fe en Dios. 

Antún Ramos Cuesta

Sacerdote Diócesis de Quibdó

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