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| 9/12/2016 3:54:00 PM

“No quiero venganza o asesinar como asesinaron a mi padre”

Semana.com reproduce las dos cartas que escribió Sebastián Arismendy, hijo de uno de los 11 diputados del Valle secuestrados y asesinados por las FARC, con ocasión del reciente encuentro con esa guerrilla en La Habana.

Cada vez se conocen más detalles desgarradores de lo que sucedió durante el encuentro secreto de este fin de semana en La Habana entre los jefes de las FARC y familiares de los 11 diputados del Valle secuestrados y asesinados por esa guerrilla.

Los familiares de siete de los 11 asambleístas asesinados el 28 de junio del 2007 mientras estaban en poder de esa guerrilla, viajaron desde el viernes anterior hasta La Habana para ser testigos de un acto de arrepentimiento por parte de los jefes de las FARC Iván Márquez, Pablo Catatumbo, Rodrigo Granda y Joaquín Gómez.

En el encuentro, que se desarrolló con total hermetismo, también estuvo Patricia Nieto, esposa de Sigifredo López, el único diputado que salió con vida de esa tragedia. Ella tenía la misión de llevar una carta en la que López le exige a los jefes de las FARC contar toda la verdad sobre lo que pasó ese fatídico 28 de junio y limpiar su nombre de cualquier sospecha. 

Y en medio de esa marea de sentimientos de perdón, arrepentimiento, confusión, dolor y rabia, aparecieron las dos sentidas cartas que escribió Sebastián Arismendy Mesa, antes y durante el discreto encuentro con los jefes de las FARC.

Cuando la guerrilla asesinó en cautiverio a su padre, el diputado cartagüeño Héctor Fabio Arismendy, Sebastián apenas tenía 4 años de edad. Hoy tiene 19 y adelanta dos carreras en Los Andes: Administración de Empresas y Contaduría Internacional.

En las misivas quedan plasmadas las dos caras de un país polarizado que hoy se debate entre perdonar para alcanzar la anhelada paz a través de la negociación, o insistir en el castigo pleno a un grupo alzado en armas que ha dejado una multitud de víctimas.

“(…) Soy Sebastian Arismendy Mesa, hijo de Héctor Fabio Arismendy Ospina, diputado del Valle del Cauca asesinado por las FARC-EP el 28 de junio del 2007, después de estar secuestrado por más de 5 años. Un colombiano que como otros, sólo quería ver a su país libre y en paz, al cual le entregó su vida y sus sueños, para que los sueños de otros pudieran cumplirse”, comienza su primera carta el joven cartagüeño que ahora vive y estudia en Bogotá.

Añade, “(…) Para empezar, me gustaría decir que mi infancia y adolescencia no fueron normales, tengo en la memoria el recuerdo de mi familia destrozada por la pérdida de una de las personas más fundamentales de mi hogar, mi padre, y el llanto y la incertidumbre de mi madre, también la inocencia de mi hermano (2 años de edad) y cómo no, mi propia tristeza”.

Pero también le da espacio al perdón cuando escribe, “(…) A pesar de todo lo anterior, no soy un resentido de la vida, no quiero una venganza o asesinar de la misma manera que asesinaron a mi padre, es más, soy un colombiano optimista, con ganas de ver a mi Colombia diferente, que seamos algún día un país ejemplar, con grandes tasas de crecimiento, y con una sociedad en tranquilidad”.

Y aclarando que no pertenece a ninguna corriente política, expone las dudas que a él también le inquietan sobre lo que se pactó entre el Gobierno y las FARC, en La Habana; pero argumenta, “(…) Sin embargo, desde lo más profundo de mí, aseguro que ningún costo es tan alto como el de ver a tu familia sufrir directamente el secuestro y la muerte de uno de sus miembros” (Ver primera carta).

Pero sin duda la carta más emotiva es aquella en la que narra los detalles de su encuentro con los asesinos de su papá, este fin de semana.

“Hoy siento una tranquilidad que nunca en mi vida había sentido, siento una paz interior que necesitaba desde hace mucho tiempo, hoy puedo decir que por fin mi padre se puede ir a descansar en paz”, empieza su relato.

Y va más allá al describir con crudeza el sentimiento que lo embarga antes del doloroso encuentro de perdón con los victimarios de su padre.

“(…) No les voy a mentir, antes de acostarme a dormir en la noche anterior tenía muchos miedos, pensaba cómo iba a ser ese momento cuando viera a los que asesinaron a mi padre: Iván Márquez, Pablo Catatumbo, Rodrigo Granda y Joaquín Gómez. Simplemente creía que no iba a soportar tanta presión y sencillamente saldría corriendo de allí implorando por justicia”, expresó el joven Arismendy.

El punto más alto de su narración aparece cuando describe los detalles inéditos del confuso encuentro con los jefes de las FARC. Es entonces cuando suelta una de sus confesiones más dolorosas, “(…) En ese momento, ellos entraron, y les confieso no sentí nada, me llené de fuerza y me puse de pie a exigirles la verdad. Mostré todo mi dolor y sufrimiento durante todos estos años, les dije algo que siempre había querido decirles: Yo juré matarlos a todos ustedes cuando solo tenía 9 años, con lágrimas en mis ojos y con el alma destrozada, por el asesinato de mi padre”, relató el joven en una carta que incluso publicó en su página de Facebook.

A partir de ahí su escrito es una muestra de los matices que encierra un verdadero proceso de perdón, “(…) Sin embargo, les dije que ya los había perdonado y también ya me había perdonado y por eso yo era libre y feliz. Pero, ellos como nunca lo habían esperado (Nunca esperé nada de ellos) me escucharon con respeto y ponían atención a todas mis palabras. Al final, Pablo Catatumbo tomó la palabra y nos dijo: "No nos orgullecemos del asesinato de los diputados, eso nunca debió pasar”.

Al final su carta refleja una enseñanza esperanzadora sobre cómo superar un duelo ante la pérdida de un ser querido y enfrentar a los responsables de semejante sufrimiento: “(…) Finalmente, salí con una sonrisa en mi rostro y veía cómo mi padre se sentía orgulloso de mí en el cielo, porque comprendí que su vida fue entregada para que Colombia fuera una mucho mejor. Te amo, papá, siempre estarás en mi mente y mi corazón, y te juro que mi vida será para cumplir el sueño que ambos tuvimos: ver a Colombia como una mucho mejor para todos nosotros” (Ver segunda carta).

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