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| 12/14/2013 3:00:00 AM

Corrupción de élite: generación perdida

En 2013 se registró una tendencia preocupante: los protagonistas de los grandes escándalos de corrupción son ‘niños bien’.

La película Nosotros los Nobles, que está en este momento en cartelera en Colombia, ha sido la gran sensación de este año en México. No solo se convirtió en la más taquillera de ese país en toda su historia, sino que, a pesar de ser una comedia blanca y sin pretensiones, abrió debates descarnados sobre la clase alta de ese país.

Al principio, la película impactó porque retrata una realidad cada día más recurrente en ese país (un millonario se da cuenta de que sus hijos son unos buenos para nada y decide tomar, de manera drástica, cartas en el asunto). Pero su popularidad se disparó cuando coincidió con un caso de la vida real: la hija de un alto funcionario público, abusando del poder de su padre, hizo clausurar un restaurante porque no le dieron la mesa que ella quería. Las redes sociales explotaron y el presidente Enrique Peña Nieto tuvo que pedir la renuncia del alto funcionario.

Esa historia viene a cuento porque en Colombia podría hacerse un retrato parecido de un sector de la clase alta del país. Pero en este caso el libreto de la película sería aún más preocupante. En 2013 se hizo evidente que en los más sonados escándalos de corrupción están involucradas personas que han tenido todo tipo de oportunidades en la vida. O como dijo la revista Dinero en uno de sus editoriales: “Niños bien haciendo las cosas mal”.

El gran escándalo de este año fue el de Interbolsa y uno de sus protagonistas es Tomás Jaramillo Botero, por dar solo un ejemplo. Tomás estudió en prestigiosos colegios –empezó en el Columbus School, en Medellín, y se graduó en el Nueva Granada, de Bogotá– y su título de administrador de empresas es de la American University en Washington. Además su familia ha gozado de privilegios tanto en el Estado como en el sector privado. Su tío fue canciller y su papá, dirigente de importantes empresas del país.

Tomás montó el Fondo Premium y el andamiaje de InterBolsa de la mano de su amigo Juan Carlos Ortiz, economista de la Universidad Javeriana. Crearon una maraña de empresas de la que ellos, y otros, se beneficiaron con los recursos de los clientes. Hasta que se reventó y hoy las autoridades calculan que perdieron 600.000 millones de pesos de inversionistas colombianos.

El otro gran escándalo del año es el del cartel de la contratación de Bogotá. En 2013 se abrió por completo la caja de pandora del saqueo. Y quedó claro que el entonces alcalde Samuel Moreno y su hermano el senador Iván, otros dos ‘niños bien’, fueron las fichas clave.

El polémico contratista Emilio Tapia, que era el encargado de coordinar las ‘mordidas’ ratificó ante la Corte Suprema que la comisión para los hermanos Samuel e Iván Moreno por contrato era de 6 por ciento. Eso quiere decir que contando los contratos que se entregaron y los que quedaron para pagos futuros, según los cálculos de la investigación, podría hablarse de un desfalco de 1 billón de pesos.

El papel que han desempeñado los hermanos Moreno Rojas despierta aún más indignación. Pertenecen a ese privilegiado grupo de quienes nacieron y crecieron siendo nietos de un expresidente, en este caso el general Gustavo Rojas Pinilla.

Estudiaron en uno de los colegios de elite de Bogotá, el Anglo Colombiano, y en una de las universidades más respetadas, Universidad del Rosario. Como si fuera poco, la mamá tuvo todo tipo de dignidades en el Estado: congresista, concejal, funcionaria, candidata a la Presidencia y a la Alcaldía.

A ellos dos se suman otros dos protagonistas del carrusel, que también se inscriben en la lista de ‘niños bien’: el abogado Álvaro Dávila y el exconcejal José Juan Rodríguez. Dávila, como los Moreno, pasó por las aulas del Colegio Anglo Colombiano y de la Universidad del Rosario, y se movía con agilidad en el mundo del jet set bogotano. En el carrusel, según la Fiscalía, se habría encargado de hacer los contratos para ‘legalizar’ las mordidas.

Por su parte, José Juan Rodríguez, creció mientras su papá –Gustavo Rodríguez Vargas– era senador y pasó parte de su juventud en Viena, donde su padre fue enviado como embajador. Estudió también en un prestigioso colegio bilingüe, en el Andino de Bogotá, del cual lo expulsaron porque lo descubrieron con un arma, según contaron dos compañeros de esa época a esta revista.

Y en el que podría considerarse un tercer escándalo, el de los Nule, los tres primos –Miguel, Manuel y Guido– clasifican en la categoría de ‘niños bien’. El caso de los Nule no se puede limitar a su participación en Bogotá, pues los tres contratos que tenían en la capital eran apenas una parte de los negocios que tenían en todo el país. Según dijo la contralora, Sandra Morelli, en su momento, podían superar los 2 billones de pesos y por anticipo habrían recibido 300.000 millones que tal vez se perdieron.

El caso más llamativo de los tres es el caso de Guido, hijo del dos veces ministro Guido Nule Amín y de Ginger Marino, que fue reina del Carnaval y consejera para la juventud del gobierno de César Gaviria. Guido era consentido de la elite en Bogotá, estudió en la Universidad Javeriana y se graduó con una tesis sobre la ética en la contratación estatal.

Sus primos Miguel y Manuel, también tuvieron el privilegio de estudiar en una prestigiosa universidad, la de Los Andes, y son hijos de Miguel Nule Amín, quien fue gobernador pero también ha tenido líos con la justicia por supuestos nexos con paramilitares.

Eso sin contar otros escándalos de menos perfil como el de Carlos Eduardo Leyton Sinisterra, comisionista de bolsa pedido en extradición por Estados Unidos por lavar dinero del narcotráfico. Leyton pertenecía a una prestigiosa familia caleña y sus amigos le decían el Príncipe, por su elegancia y sofisticación.

A primera vista no es un fenómeno nuevo. En otros momentos se han dado casos como el de Fernando Botero, en el escándalo del 8.000, o Daniel Ángel en la pirámide de DMG. Pero si se revisa en detalle, el gran problema es que ahora se está presentando en los casos de corrupción de más alto perfil y los jóvenes de clase alta no son uno más del elenco sino las estrellas centrales.

Algo en la formación de la clase dirigente no está funcionando. El denominador común de estos escándalos es que hay una ambición desbordada por tener más. dinero Ninguno de ellos necesitaba más para vivir bien o ser exitoso y, sin embargo, dejaron a un lado los escrúpulos para acumular.

Por momentos parecen tener tan perdido el sentido de lo que está bien y lo que está mal que creen, como lo dijo Miguel Nule, que “la corrupción es inherente al ser humano”.

En última lo que está pasando se puede resumir en lo que escribió Héctor Abad hace unos años, con motivo del escándalo de DMG: “Lo extraño no es que les guste la plata; lo que define a esta clase que se llama burguesía es su interés por el lucro, aquí y en la Cochinchina. Pero los ricos de Francia o de Estados Unidos, las burguesías ilustradas que hicieron la Revolución Francesa y la Americana, tenían un compromiso social y un temple moral muy distinto al de los pimpollos de nuestra burguesía de pacotilla”.
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