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| 1/14/2017 12:00:00 AM

Viaje al corazón de los Samboní en el Cauca

SEMANA visitó la vereda El Tambo, en el municipio de Bolívar, Cauca, donde creció Yuliana, la niña de 7 años asesinada en Bogotá. El aislamiento y la extrema pobreza hacen que allí la vida sea dura.

La pena que embarga a Nelly Muñoz Velasco la ha llevado a encerrarse en la casa en que nació. De esos cuatro muros de bahareque levantados sobre el barro aplanado y rodeados de cultivos de maíz y tomate, Nelly ha salido apenas lo necesario: para ir a los controles por su embarazo en Popayán y para emprender el largo y tortuoso viaje hasta Bogotá para asistir a la audiencia de acusación contra el asesino de su hija.

Hay días en los que Nelly, recostada en la cama frente al televisor, se ha desmayado hasta tres veces. Nadie puede hablarle ni mencionar a Yuliana porque entonces le sobrevienen los mareos y esa punzada en el pecho que no le ha permitido ni ver en persona a una sobrina que se parece mucho a la niña, cuenta Josefina, su hermana, con la mirada puesta sobre el cañón montañoso que se asoma por la carretera.

Ha sido tan difícil, que Nelly prefiere no saber nada relacionado con Bogotá. Es mejor ni mencionarle la ciudad. “Por eso allá no puede volver, allá perdió a su niñita”, continúa Josefina.

Para llegar hasta la casita, en la vereda El Tambo, del municipio de Bolívar, Cauca, hay que viajar siete horas en carro desde Popayán. La mitad del trayecto por una trocha llena de curvas. Desde allí, a más de 1.800 metros sobre el nivel del mar, parece que las montañas a lo lejos flotan sobre copos de nubes.

En las tardes la niebla hace desaparecer casi por completo la vereda. En esa altura, donde el frío se mete por la ropa y hace que los forasteros en las mañanas le hagan el quite al agua de los grifos, Yuliana pasó sus primeros seis años de vida. Belemita Consuelo Benavides la tuvo en un hogar de Bienestar Familiar. 

En palabras de esta madre comunitaria, Yuliana era la más callada de todos los niños que le dejaban a su cuidado. “También la más pequeñita, la más apaciguada”.

Eran unos diez hijos de campesinos a quienes, para divertirlos, sus padres los llevaban hasta un cerro para que pudieran ver la carretera y los camiones que pasaban, pues en El Tambo no hay mucho para entretenerse. Aun así, sin infraestructura, dice Belemita, los niños viven felices.

“Porque ellos crecieron en la humildad, en la pobreza. Les traen un carrito o un juguete así sea mínimo y son felices. Ellos ya no aspiran a tener cosas grandes porque ustedes mismos han visto que esto es muy retirado por acá. No hay cosas bonitas como en Popayán donde hay parques y piscinas. Aquí eso no se mira”, dice.

A unos 40 minutos caminando desde El Tambo está la cabecera del corregimiento Los Milagros, que no alcanza los 1.000 habitantes. Entre 15 veredas suman, según datos de 2008, un total de 5.800. Allá hay un colegio de bachillerato, el José Dolores Daza. Pero para encontrar la primera biblioteca hay que montarse a un bus escalera durante una hora y media hasta llegar al casco urbano de Bolívar, la capital.

Pese al aislamiento, la profesora Elsy Imabachí, de 32 años, dice que, a diferencia de su generación, a los niños ya no los llevan a trabajar la tierra desde pequeños. Cuando llegaron los primeros subsidios de Familias en Acción, que para muchos significa la única renta fija, en las casas comenzaron a preocuparse más por mandar a los pequeños a estudiar.

Pero la educación termina en el bachillerato. Iniciar una carrera universitaria, salvo que sea a distancia, suele ser un proyecto lejano. Y ante las pocas oportunidades, en El Tambo se ha vuelto costumbre migrar. Como aquella vez que Juvencio llegó a su casa, luego de un día de jornal por el que le pagaron 7.000 pesos, y reunió a la familia para decir: “Esto no puede seguir así, me voy yo primero para donde Édgar y luego mando por ustedes”.

Un territorio que pelea el ELN

El niño de Nelly y Juvencio, que nacerá en cuatro meses, está bajo de peso. Los médicos les han dicho que en un periodo anterior el bebé tuvo enredado el cordón umbilical, lo que hizo que no se alimentara lo suficiente. Hubo un momento, días después del crimen de Yuliana, que Nelly sintió que la criatura se venía a destiempo.

Juvencio es un hombre circunspecto que habla solo lo necesario. Y siempre que ve oportunidad, trae algún recuerdo de su niña fallecida. Sentado en un butaco frente al fogón de leña para calentarse las manos, cuenta que cuando Yuliana tenía cinco meses la llevó a que la bendijeran en una romería que suele armarse alrededor de un santo, en un pueblo llamado San Lorenzo.  

Se nota que a Juvencio le cuesta contar la anécdota y decir que todavía guarda la estampita. Se aguanta las ganas de llorar. Como si en su cabeza se diera una batalla entre dos legiones que lo perturban: una que lo empuja al abismo de la depresión y otra que lo alienta a no perder el ánimo y el equilibrio. Algo así trata de explicar cuando dice que no se puede dar el lujo de derrumbarse. “Ese es el pensamiento mío. Si yo me caigo, si me hundo, la otra niña mía (refiriéndose a Nicole, la menor) va a quedar desamparada. Y eso es lo que me da más fuerzas. Porque Nelly en la condición que está no es capaz de firmar ni un papel. Es que ella también sufre del corazón. ¿Entonces quién hace las vueltas?”.

No es muy probable que los Samboní regresen a Bogotá, así en El Tambo no haya oportunidades de trabajo. A Juvencio lo amarra el hecho de saber que la tumba de Yuliana está en el cementerio de la vereda, un camposanto de pocas cruces en la cima de una montaña.

Durante décadas, en El Tambo los campesinos cultivaron amapola. El clima templado,  más parecido al de Nariño que al del propio Cauca, era propicio para que la flor brotara fácil. Pero luego de esporádicas oleadas de fumigación, le gente le siguió apostando al maíz y a la papa. El problema es que como todos cultivan lo mismo, ni en Bolívar ni en Los Milagros hay quién compre.

Otro factor que agudiza el confinamiento es la presencia del ELN. En la vía que une a Bolívar con Popayán, de cuando en cuando aparecen letreros y banderas que esa guerrilla ha dejado como aviso. En una casa cercana a Los Milagros, el ELN advierte en las paredes que está prohibido transitar después de las nueve de la noche. Y tampoco aceptan que los motociclistas usen casco. En octubre del año pasado, Bolívar fue noticia cuando una patrulla de la Policía que acompañaba a funcionarios de la Unidad de Restitución de Tierras fue atacada con granadas de mano y disparos de fusil desde la montaña. Un policía quedó herido.

El año pasado, en El Tambo prepararon la tierra para cultivar quinua, a raíz de las noticias que llegaban sobre su auge. Era la gran oportunidad. Durante ocho meses esperaron la cosecha. Pero desde septiembre los bultos que recolectaron quedaron guardados a merced de las polillas. Ovidio Samboní, un hermano de Juvencio, se quedó con cinco toneladas de quinua acumuladas en la casa. Los campesinos creen que el problema es que El Tambo está muy lejos. Tanto que no hay quién lo encuentre. Ni el Estado. Y razón tienen pues el lío de fondo es que no existe una cadena de comercialización que garantice el mercado. Por razones como esas se vaticina que la vereda quedará prácticamente sin mano de obra. En chivas se verá a los trabajadores salir rumbo a Popayán, Cali y Bogotá, donde haya familia para asentarse.

Juvencio se alegra solo cuando cuenta de sus peripecias durante esos primeros días en que estuvo buscando trabajo como obrero en Bogotá. Todo era tan diferente, tan abrumador. “Cuando iba a pedir un perico me pasaban un café con leche, en cambio por aquí en el campo los pericos son huevos con cebolla y tomate”, dice con una sonrisa en la cara.

También parece divertirle el cuento que relata Luz Velasco, una prima de Nelly, sobre cómo él y su esposa se enamoraron. Un hermano de Juvencio llamado Antibio se hizo primero novio de Floresmira, una hermana de Nelly. Y por eso se conocieron. Eran dos hermanos con dos hermanas. Lo más curioso, dice Luz, fue que los cortejos no se dieron en citas en heladerías o en bares, sino mientras echaban azadón en el campo.

Pero la charla se torna más seria y melancólica cuando Juvencio recuerda cómo transcurrió la Navidad. Solo habían pasado 20 días desde el asesinato de Yuliana. Esa noche no pudo dejar de pensar en la carta que la niña le había escrito al Niño Dios. Con su letra chueca le había pedido una muñeca que desfilara. “Porque a ella le gustaba subirse a la cama, ponerse vestidos y decir que era una reina. Yo ya le tenía vista la muñeca para comprársela”. Es demasiado dolor para que Juvencio siga con el relato.

Luz interviene para hablar del escepticismo frente a la condena que pueda recibir el asesino de la niña. “¿Usted sí cree que le den 60 años? ¿Será que por tener mucha plata lo salvan de esa?”. Ante la pregunta, Juvencio dice que hará lo posible por ir a la audiencia en la que leerán la sentencia, por esa obligación de llevar las riendas del hogar. Y de pronto, en la cocina se queda solo, escuchando el crujir de la leña que se quema. Nadie es capaz de seguir hablando.

Y ese silencio se mantiene durante el ascenso hasta el cementerio, donde Juvencio va sagradamente hasta dos veces al día. Desde la cumbre donde está la tumba de Yuliana puede observarse el prodigioso paisaje de esta parte del país en donde comienza el departamento de Nariño. Sobre la lápida hay un vaso de agua que Juvencio le cambia periódicamente, junto con las flores del campo que va recolectando por el camino. Hay tanto silencio, tanto frío y tanta soledad que es inevitable quebrarse y entender, en toda su magnitud, la injusticia cometida. Y Juvencio, que llora acurrucado, sabe que tiene que volver a ponerse de pie. Por Nelly, por Nicole. Y por el bebé que aún no nace y que, para honrar la memoria de quien jugaba a ser una reina, se llamará Julián Andrés.

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