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| 10/22/2001 12:00:00 AM

Castillo de naipes

El gobierno tuvo mucha voluntad para adelantar el proceso de paz, pero muy poca estrategia. A las Farc les pasó al revés.

El dia de la instalacion de los diálogos, en el que ‘Manuel Marulanda’ dejó plantado al presidente Andrés Pastrana como una novia en el altar, los agoreros presagiaron que lo que comenzaba mal terminaría mal. Hoy muchos les dan la razón. Argumentan que la falta de voluntad de paz de la guerrilla fue evidente desde ese día y que pese a que el Presidente hizo todos los esfuerzos para conseguir la paz las Farc se negaron a tomar en serio la negociación. Si bien hay algo de cierto en esto, también lo hay en que son muy pocas las guerrillas que llegan a la mesa de negociación decididas a firmar la paz. La mayoría lo hacen para ver qué pueden sacar de las conversaciones y sólo es en el camino que comprenden que dejar las armas les conviene más que empuñarlas. ¿Entonces qué pasó? Muchas cosas. Lo de fondo fue que por la ausencia de un tercero que actuara como mediador o garante de los acuerdos la negociación tenía un nudo gordiano que no lograron desatar las partes. Su dilema es lo que se conoce como el ‘dilema de los prisioneros’: ambas partes se beneficiarían de cooperar pero se pondrían en desventaja frente al otro si de buena fe ceden en algo mientras su oponente saca ventaja de su confianza. El gobierno pensaba que si realizaba los acuerdos económicos que demandaba la guerrilla, como una reforma agraria, sin que en contraprestación las Farc hubieran depuesto las armas o suspendido hostilidades como el secuestro, entonces ‘Manuel Marulanda’ seguiría convencido de que necesitaba los fusiles para propiciar otros cambios. Por su lado las Farc se decían que si disminuían en algo su intensidad bélica el Establecimiento pensaría que estaban debilitadas y se aprovecharían para no hacer ninguna de las reformas de fondo por las que ellos llevaban luchando 40 años. Así, aunque parezca paradójico, mientras de este lado la mayoría piensa que al gobierno de Pastrana se le fueron las luces, cediendo a los guerrilleros 42.000 kilómetros cuadrados y la posibilidad de salir por televisión, hablar con personalidades nacionales e internacionales e intentar meter goles como una asamblea constituyente, del otro lado piensan que los abusados son ellos. Guerrilleros como ‘Alfonso Cano’ creen que las Farc iban a terminar cediéndolo todo con el cese del fuego planteado en el Acuerdo de San Francisco de la Sombra sin haber conseguido ninguna de sus banderas. Mientras tanto el gobierno había logrado seguir adelante con el Plan Colombia —que ha fumigado 100.000 hectáreas de coca, muchas de las cuales ellos controlan—, fortalecer el Ejército y quitarles el apoyo nacional e internacional hasta el punto de que Europa les retiró la visa y México sus afectos. Y como además las Farc perciben que militarmente ni el Plan Colombia ni el Ejército fortalecido han desequilibrado en su contra la ecuación militar, creen que a partir de la guerra pueden conseguir mejores concesiones en un futuro proceso de paz. Sin norte Frente al dilema de ceder y arriesgar a perder o no ceder y paralizar el proceso, el gobierno carecía de una estrategia real. Para comenzar, el país nunca tuvo claro el objetivo del proceso, es decir, una definición compartida y explícita de lo que sería la paz. Para el primer alto comisionado de Paz, Víctor G. Ricardo, cuyo principal propósito fue que las Farc confiaran en él, la paz era democracia con justicia social, como lo era para la guerrilla, pero no para amplios sectores de la población que entienden la paz como la suspensión de las tomas, las masacres, el boleteo y el secuestro. Bajo esta óptica definieron la agenda común como instrumento de negociación en el que el gobierno aceptó que “no había temas vedados” y con la cual sometió toda su política pública a escrutinio guerrillero. Durante el año y medio que duraron las audiencias públicas, sectores sociales —la mayoría de ellos invitados por la guerrilla pues los del gobierno no iban por temor o porque les parecía infructuoso— criticaron el modelo económico actual, plantearon demandas al gobierno y, salvo contadas excepciones, le hicieron sentir a las Farc que su lucha era tan importante como ellos creen. Sin embargo el gobierno se quedó corto en lograr los consensos necesarios para convertir las reformas diseñadas por el Departamento Nacional de Planeación —como el crédito masivo a microempresas o una reforma agraria— en una propuesta real. El presidente Pastrana no lideró una negociación dentro del Establecimiento para saber qué estaba dispuesto a ofrecer a cambio de parar la guerra. Se fue quedando solo ante la falta de resultados concretos y no tenía una oferta clara para hacerle a la guerrilla. Y sin una oferta de lo que era negociable no es sorprendente que los tres años se hubieran ido en hablar sobre el procedimiento y, en últimas, sobre la zona de distensión, que era realmente lo que les interesaba a las Farc por las ventajas que les ofrecía como retaguardia militar. Como los negociadores del gobierno carecían de un mandato claro y desconocían la estrategia de paz del presidente Pastrana, que se reunió con ellos sólo en contadas veces, la mesa de negociación nunca produjo acuerdos sustanciales. Los únicos convenios se lograron entre ‘Manuel Marulanda’ y Andrés Pastrana o entre figuras ad hoc, como la Comisión de Notables. Los representantes del gobierno no tenían experiencia en negociación ni en otros procesos ni en temas específicos. Esto no habría sido tan grave si la oficina del Alto Comisionado hubiera estado mejor organizada y los hubiera asesorado. Pero lo cierto es que los funcionarios de esa oficina se dedicaban principalmente a organizar la logística de los viajes de Camilo Gómez y demás personalidades que visitaron Los Pozos. En los aspectos tácticos, como involucrar a la comunidad internacional, que quizá fue el principal logro del proceso, al gobierno también le faltó una mayor organización para que adquirieran mayor peso a lo largo del proceso que, como quedó demostrado esta semana, pueden ser clave para salvarlo. Los embajadores de los países amigos con frecuencia se quejaron de que Camilo Gómez se demoraba hasta 10 días en atenderlos y que se enteraban de los avatares del proceso por los medios pues nadie los mantenía informados. El gobierno tampoco adelantó reformas por fuera del Caguán para quitarle banderas a la guerrilla. En cambio de haber convertido la zona desmilitarizada en un verdadero laboratorio de paz, con inversiones en desarrollo, lo que hizo fue sacar a todos sus funcionarios —y no sólo los armados, como era lo obvio—, abandonando a los habitantes de esa zona a las dádivas y a las amenazas del grupo guerrillero. Las Farc aprovecharon esta poca claridad estratégica por parte del gobierno para avanzar en su propósito de conquistar el poder. Desde el principio entendieron que la zona de distensión les ofrecía una clara ventaja militar y política pues satisfacía su pretensión de convertirse en un “Estado en formación”, como lo confirmó hace poco ‘Simón Trinidad’, del secretariado de las Farc. Esto explica, por ejemplo, su reticencia a que los extranjeros tengan que pedir un permiso oficial para entrar a la zona de distensión. Este requisito de ninguna manera amenaza la seguridad de los negociadores de las Farc pero sí indica que la guerrilla no es realmente soberana sobre esa zona, como ellos pretenden serlo. Las Farc trataron de ampliar ese territorio de muchas maneras. Su propuesta de erradicación de cultivos en Cartagena del Chairá, que implicaba ampliar el despeje, sus ataques a estaciones de Policía de municipios vecinos y los asesinatos o secuestros de líderes políticos en Caquetá, Huila y Tolima buscaban agrandar su control a partir de esa zona. Y lo lograron ante la desprotección del Estado. Por eso los controles que impuso el gobierno después del 11 de septiembre, y que no existían desde el principio como afirmó el Presidente en su última alocución, se convierten en una piedra en el zapato para sus objetivos. Si el punto es primordial para las Farc, no lo es menos para Pastrana, cuyo margen de maniobra frente a la zona de distensión después del ataque a las Torres Gemelas es muy limitado. Estados Unidos no tolerará nada que se parezca a un refugio para terroristas que además no produce acuerdos para disminuir el conflicto. Por eso muchos analistas consideran que la crisis en la que entró al proceso no es sino un coletazo del 11 de septiembre, pues si el Presidente, y en cierta forma el país, estuvo dispuesto a marchar al ritmo de ‘Marulanda’, Bush sólo mira su propio reloj.
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