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| 3/5/2012 12:00:00 AM

Cauca: el campo de batalla

Mientras en el resto del país las Farc están en un evidente repliegue, en Cauca exhiben una fortaleza que les permite combatir días enteros. ¿Por qué el Estado ha sido incapaz de acorralarlas? SEMANA estuvo allí.

Don Rufino Velasco escuchó el primer disparo, nítido y cerca, a las 3 y 20 de la madrugada del lunes 27 de febrero. "Aquí vienen de nuevo", dijo resignado. A diferencia de ocasiones anteriores, las FARC no llegaban con la simple intención de hostigar a un pueblo, amparados en la complicidad de la noche, para minutos después emprender la huida entre las montañas. Allí estuvieron ocho horas, hasta casi el mediodía, combatiendo cuerpo a cuerpo al Ejército.

Fue inevitable que Velasco y los demás habitantes de Caldono pensaran que las FARC se están volviendo a hacer muy fuertes. "Llegaban tanques, más tanques, aviones y aún así seguían arreciando bala al pueblo". Lo grave es que no es un hecho aislado. El viernes 20 de enero, la guerrilla llegó al cerro Santa Ana, en el Tambo, y tras destruir el estratégico radar, vital para la aeronavegación, decidieron esperar a las Fuerzas Armadas con las que combatieron durante 48 horas continuas.

Para muchos, fue inevitable asociar este ataque a tomas como la de Patascoy, Nariño, que ya se creían superadas.

Si a esto se le suma la frecuencia de acciones armadas de las FARC -el 25 por ciento de los actos violentos que realiza la guerrilla en Colombia ocurren en el Cauca, según la Fundación Seguridad y Democracia-, el resultado invita al pesimismo. ¿Por qué mientras en el resto del país la guerrilla aparenta estar en franca retirada, aquí se muestra cada vez más fuerte? ¿Le quedó grande al Gobierno ganar la guerra en este departamento?

La respuesta no es sencilla, pasa por una compleja combinación de factores: geográficos, económicos e históricos. En efecto, la semilla de los más grandes grupos insurgentes brotó aquí.

En sus montañas nacieron el M-19, el Quintín Lame, la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar e incluso hace unos años, dentro de las organizaciones indígenas, surgió una disidencia que se conoció como los Nietos del Quintín Lame. El gobernador Temístocles Ortega asegura que "el primer combate de Tirofijo fue en Inzá, Cauca".

Su imponente geografía es propicia para la ilegalidad. Las montañas del norte del departamento (Miranda, Corinto, Caloto, Toribío, Jambaló, Caldono y Santander de Quilichao) se han convertido en un corredor estratégico de movilidad que le permite a la guerrilla llegar con facilidad hasta la costa pacífica para sacar los embarques de droga.

De hecho, datos oficiales cifran en 6.000 las hectáreas de coca sembradas en esta región. Además, aquí se producen amapola y dos de las variedades de marihuana más cotizadas: Punto Rojo y Creepy. Es tan rentable el negocio de los cultivos ilícitos, que fuentes de inteligencia le dijeron a SEMANA que varias zonas de Cauca las están parcelando entre grupos mafiosos, uno de ellos conocido como los Pastusos.

A esto se suman los tremendos niveles de pobreza. En Caldono, por ejemplo, además del Observatorio de Derechos Humanos, que registra las atrocidades de la guerra, está uno de los tres Centros de Recuperación Nutricional (los otros dos están en Popayán y Guapi). ¿La razón? Los niños se están muriendo de hambre "ya sea por la extrema pobreza que asuela los campos o por la guerra que los confina al encierro", explicó el coordinador de uno de los centros y que atiende a 84 niños con señales de desnutrición.
Otros indicadores también son dicientes.

El analfabetismo en la región es del 6 por ciento y sólo el 10 por ciento de las vías está pavimentado. Para este año su presupuesto general es de apenas 525.000 millones de pesos, esto es una tercera parte del que maneja el Valle. "Somos un departamento sin plata y con altos indicadores de pobreza", argumentó el gobernador Ortega.

Pese a que el departamento fue favorecido con la Ley Páez hace una década, y la misma atrajo la instalación de 137 empresas, con todo y eso el Producto Interno Bruto que aporta Cauca al país no supera el 0,9 por ciento del total nacional.

Por todo lo anterior Darío Sandoval, alcalde de Caldono, uno de los pueblos más hostigados por la guerrilla, responde sin vacilar que para ganar la guerra en Cauca se necesita que cada soldado que llega al departamento traiga bajo el brazo un proyecto productivo para la región.

Mientras eso ocurre, lo que se ve aquí es una guerrilla que, parafraseando las voces triunfalistas, ha decidido volver a salir de sus madrigueras. Y de una manera cada vez más osada. Eso lo cuenta don Rufino Velasco, que sabe de memoria hacia dónde correr cuando escucha una explosión en su pueblo: ha sobrevivido a un carro bomba y a 46 hostigamientos perpetrados por la guerrilla en los últimos tres años en ese municipio.

Este bagaje le da autoridad moral para hablar del tema, "como la casa está cerca al comando policial, pues llevamos del bulto cada que se mete la guerrilla", explicó el anciano tras recordar que al lado de su cama siempre hay una linterna y su inseparable ruana.

Sin embargo, él cree que la situación se está agravando y cita como ejemplo el ataque del pasado lunes. Aunque no hubo muertos o heridos, 140 familias debieron abandonar temporalmente sus casas; el pueblo estuvo durante varias horas sin servicio de energía y de acueducto, y la guerrilla parecía tener suficiente energía para quedarse.

Con la de Caldono las FARC suman 121 acciones violentas en el departamento en lo que va corrido del año. El viernes 2 marzo atacaron simultáneamente cuatro poblaciones: Argelia y Timbiquí, Guapí y Miranda. En total, en el 2012 han muerto media docena de soldados y otros 15 han sido heridos.

Entre esos hechos está el del corregimiento El Palo, en Caloto, el pasado 20 de febrero y que estremeció al país porque pudo ver casi que en directo las muertes del mayor Dixon Castrillón, el soldado Mauricio Botero y el cabo Enrique Rojas.

Los militares sostienen que la guerra no la están perdiendo y que hacen un esfuerzo monumental en varios frentes. Se incrementó la fuerza pública en 4.000 soldados, además, se trasladaron a Popayán  las oficinas de la Tercera División del Ejército que antes despachaba en Cali, Valle.

Y por si fuera poco, hay en operación una Brigada, dos batallones y fuerzas especiales como Apolo. La pregunta es inevitable: Con toda esa artillería, ¿por qué es tan difícil acorralar a las guerrillas?

Los militares dicen que hay triunfos evidentes y citan un caso emblemático. El 4 de noviembre pasado dieron muerte en Suárez, Cauca, a Alfonso Cano, el número uno de la guerrilla. "Ha sido el mayor golpe militar en la historia de las FARC", argumentan. Dicen que no pretenden ocultar la realidad, pero que el asunto es de percepción. "Contrario a lo que dicen algunos medios, aquí estamos poniendo a las FARC contra la pared".

En lo que sí hay consenso entre los diferentes actores, líderes regionales y analistas de la dinámica del conflicto consultados por SEMANA es en que para ganarles la batalla a las FARC en Cauca se requiere mucho más que soldados y tanquetas: "Se necesita la presencia integral del Estado".

A juzgar por los indicadores sociales del departamento, sin duda, la pobreza se convirtió en el eje central del problema y caldo de cultivo no sólo de los frentes 6, 8 y 30 de las FARC, más la Jacobo Arenas y la columna móvil Gabriel Gálviz, sino la llegada del ELN, los Rastrojos y neoparamilitares.

El panorama visto por SEMANA es angustiante: Niños amputados, campesinos heridos en sus parcelas, escuelas hechas ruina por cilindros bomba, casas con paredes cicatrizadas por las balas, y campos minados. Es tan difícil la situación, que es la única zona del país donde sus niños van a la escuela no sólo a leer y escribir, sino a que les enseñen técnicas de supervivencia en medio de la guerra.

Una buena vivienda no es la más lujosa o grande, sino aquella que tenga trinchera que sirva como refugio en caso de una toma guerrillera. A uno de sus municipios -Toribío- le dicen irónicamente Toribistán, en alusión a que es la población más atacada por la guerrilla: 600 hostigamientos en los últimos 20 años. “Yo creo que aquí la cosa va a empeorar”, sentencia don Rufino Velasco.

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