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| 4/4/2009 12:00:00 AM

Cautiva

El esperado libro de Clara Rojas es una historia en la que todo es extremo. La lealtad y la traición en su amistad con Íngrid, el dolor y la alegría de tener un hijo en la selva, las pequeñas guerras cotidianas entre secuestrados y la fría y demoledora convivencia con los guerrilleros.

Durante sus primeros años de cautiverio, Clara Rojas fue invisible para los medios. El brillo de Íngrid Betancourt siempre opacó a la fiel asistente y amiga que la acompañó incluso al viaje del secuestro. Ahora es diferente. Las memorias del cautiverio de Clara Rojas son uno de los libros más esperados en Colombia y Francia. Con lo que ha vivido, ella no sólo encarna la amistad y la lealtad, sino la valentía y el milagro de la vida, al dar a luz en medio de la humedad y la oscuridad de la selva. Quien quiera leer el libro como una compilación de chismes sobre la vida privada de los secuestrados puede llevarse una decepción. También se la llevará quien espere una novela de aventuras. Se trata más bien de un relato a medio camino entre el ensayo personal y la crónica de la selva, con un tono de reflexión que, aunque no llega a ser filosófico, sí explora por momentos el alma de guerrilleros, secuestrados, políticos y el suyo propio.

El libro tiene un poco de expiación de su pecado original por haber viajado aquel día con Íngrid, hacia el secuestro, aun en contra de sus propias corazonadas. Tiene mucho de herida abierta respecto a Betancourt y el ingrato desenlace de su amistad. En algunos pasajes se palpa un verdadero misticismo alrededor de la soledad y el sufrimiento. Destila gotas de resentimiento con sus compañeros de cautiverio. Hay ambigüedad frente al dolor y la alegría que le produjo la maternidad, y al trato que recibió de los guerrilleros. Y, por supuesto, un final feliz, que todo el mundo conoce.

La expiación

En las primeras páginas del libro, Clara se esfuerza por encontrar el instante en el cual tomó la decisión equivocada y se embarcó en un viaje a San Vicente del Caguán del que no regresaría sino seis años después. Hay un rastro de culpabilidad en sus palabras. Se arrepiente de haber sido dócil, de no haberse negado a viajar. De no haber previsto el riesgo. Clara busca ese instante de error en varios momentos. La víspera aún en Bogotá, cuando el jefe de seguridad de Íngrid le envió un fax diciéndole que no había condiciones para viajar a Caquetá. O en Florencia, cuando con amargura le reprocha al entonces presidente Andrés Pastrana que ignorara su presencia y la de Íngrid en el aeropuerto de esa ciudad, donde llenaron varios helicópteros de periodistas y militares, sin dejar lugar para ellas. Porque obligadas a viajar por tierra a San Vicente del Caguán, en medio de una ofensiva militar sin antecedentes, encontraron como destino el secuestro. Finalmente, ese tercer instante, cuando ella acompaña a Íngrid por el sendero que señalaban los guerrilleros, del que no tendrían regreso en mucho tiempo. Muy pronto, en el cautiverio, la amistad se resquebrajaría indolentemente. Y el sentimiento de haber hecho un sacrificio inútil le empieza a pesar como un fardo. Íngrid, por quien Clara había dado tanto, se convirtió durante el cautiverio en una desconocida. Su admirada líder, su ídolo se desvanece en la selva en medio de la lucha por la sobrevivencia, del miedo y de la profunda soledad de ambas.

La herida abierta

Las primeras desavenencias llegaron en un intento de fuga que fracasó por las diferencias de opinión entre las dos. El hecho de que Íngrid gritara desaforadamente cuando fue atacada por un enjambre de avispas enojó a Clara porque ella misma resultó lesionada por estos insectos. Eso les hizo más difícil la huida, que al final se frustró. Luego vino la muerte del padre de Íngrid, que se convirtió en un episodio de depresión profunda y dolor insuperable. Clara empezó a ver cómo su amiga se hundía en un mundo oscuro, y se alejaba de ella, inexorablemente.

Por decirlo de alguna manera, Clara Rojas siempre había estado al servicio de Íngrid Betancourt. Pero el secuestro la obligó a preguntarse por sí misma, por el sentido que tenía su incondicional lealtad a Íngrid, cuando esta se encerraba en su propio mundo desconociendo, de manera egoísta, que Clara también necesitaba de su compañía. Cuando ya prácticamente no se hablaban, sacaban momentos para ayunar juntas, para rezar, leer la Biblia, pero no más. Más que distancia o desavenencias, entre las dos amigas hubo episodios de verdadero desdén y resentimiento, al punto de que no volvieron a hablarse y los guerrilleros decidieron separarlas por un tiempo. Seguirían juntas muchos meses más, pero ya al lado de un grupo grande de secuestrados, entre los que se contaban varios políticos, tres norteamericanos, y policías y soldados. Esa nueva situación, según el relato de Clara, hizo más difícil la convivencia. Ella sintió que la animadversión que Íngrid le expresaba se trasladó al resto del grupo, que la trataba con desdén y mezquindad. Ese clima de egoísmo, competencia por las cosas más nimias e intolerancia cotidiana se exacerbó cuando los secuestrados supieron que Clara estaba embarazada. Incluso Íngrid, de quien Clara esperaba un apoyo, la trató con indiferencia.

El misticismo

En muchos libros sobre el cautiverio o la opresión, las víctimas relatan la lucha por imponerse moralmente sobre sus verdugos. Desde Primo Levi y Jean Améry, en los campos de concentración creados por los nazis, hasta los relatos de los prisioneros de guerra en Vietnam y los torturados bajo dictaduras. Clara Rojas no es la excepción. Mientras el cuerpo se adaptaba a la manigua, al olor del musgo, a la lluvia pertinaz, al barro en todas partes, a la noche tenebrosa llena de rugidos desconocidos y a la terrible lentitud del tiempo, su espíritu se negaba a ser domesticado por los guerrilleros. Y encontró en el ayuno no sólo una conexión mística con el Dios de su religión, sino un método para crear distancia con sus victimarios, para construir intimidad y un mundo donde ellos no podían acceder. Los ayunos le dieron libertad y poder porque nadie más que ella podía entenderlos y porque su actitud austera generaba respeto en los otros. Hizo algunos ayunos con Íngrid. Después, a lo largo de los años, cada seis meses hizo un ayuno de nueve días. Así fortalecía su espíritu, su fe y su resistencia. Y se sentía elevada. Por encima de la adversidad.

El resentimiento

Obviamente, el capítulo más esperado del libro de Clara Rojas es el que tiene que ver con la maternidad. Quienes esperan encontrar una historia de amor o los detalles sobre el padre de Emmanuel se llevarán una decepción. Como ha sido hasta ahora, Clara ha guardado silencio sobre los detalles. La verdad sobre lo que pasó alguna noche o día en la selva, si hubo pasión o amor, o la naturaleza del hombre que la preñó, no lo contará por ahora, y lo hará sólo cuando Emmanuel así lo requiera. En cambio, hace un conmovedor relato del rechazo que su embarazo generó en el campamento.

Este es quizás uno de los pasajes del libro donde se palpa con más claridad la difícil convivencia que tuvieron que afrontar los secuestrados, cuando, en medio de las extremas condiciones de violencia, afloran la crueldad y el egoísmo. Por un lado, la intriga y el morbo que suscitó su embarazo y la curiosidad de todos por saber quién era el padre del niño. ¿Un secuestrado? ¿Un guerrillero?

Entre líneas se lee que Clara Rojas pensaba que su embarazo sería una carta hacia la libertad, y poco a poco entendió que sería la más dura de sus experiencias de vida. Le pidió a la guerrilla que la liberaran o ser atendida por algún médico. Pero no recibió trato especial. Por el contrario, los demás secuestrados, según Clara, fueron implacables en su vigilancia para que la recién embarazada no tuviera privilegios de ningún tipo. La idea de que ella pudiera ser liberada por su estado de gravidez se convirtió en un fantasma separador de los otros, en objeto del más tremendo celo.

Al final, las tensiones con los demás se hicieron insostenibles y el guerrillero que tenía a su cargo el campamento decidió aislarla cerca de un galpón con gallinas y cerdos. En esa compañía se sintió mejor.

Entre el dolor y la dicha

Obviamente, el clímax del testimonio de Clara Rojas es el nacimiento de Emmanuel. Para entonces, ya se había convencido de que su parto sería en medio de la selva, algo que no podía siquiera imaginar. Lo que no esperaba era tener que afrontar una cesárea en las condiciones más extremas de dolor. Apenas con un bombillo y una linterna, con una anestesia que se acabó antes de que terminaran de coserla, un jalón extremo que casi deja inválido al niño, y al final unas semanas debatiéndose entre la vida y la muerte, en las que la fiebre y el dolor no la abandonaban. Aquellos los evoca como los momentos de más profunda soledad de su vida. El cuerpo destruido y la desazón de no tener un hombro amigo sobre el cual llorar. En medio de esta adversidad, recibió atenciones de los guerrilleros, quienes se preocuparon por la sobrevivencia tanto de ella como del bebé. En particular 'Martín Sombra', el veterano guerrillero, carcelero de los secuestrados, significó para Clara tanto el indolente que no fue capaz de liberarla para tener su hijo, como la persona que le dio ánimos para vivir cuando ella sentía que la vida se le escapaba y no tenía alientos para retenerla. La vida es paradójica. Clara hoy está libre, y 'Sombra' en la cárcel, expuesto a ser extraditado.

Pero la vida junto a Emmanuel le duró poco a Clara. Los constantes bombardeos obligaban a los secuestrados a extenuantes caminatas bajo el sigilo y el niño lloraba todo el tiempo. El niño se convirtió para Clara en otra fuente de conflictos con sus compañeros de cautiverio. Además, estaba enfermo. Al brazo dislocado desde el nacimiento se le sumó una leishmaniasis en el rostro. Los guerrilleros se lo llevaron con la promesa de que regresaría. No sólo no volvió a verlo en la selva, sino que las propias Farc perdieron las pistas del niño. A un campesino del Guaviare a quien se lo habían dado para que lo cuidara, el gobierno se lo quitó, por el mal aspecto que tenía.

El final feliz

Después de perder a Emmanuel, los días de Clara y los de los demás secuestrados empezaron a repetirse sin piedad. Iban de la ilusión de ser liberados a la desazón de que todo se echaba a perder. La vida diaria, además de las ya sabidas reyertas, tenía también pequeñas recompensas. Una Navidad compartida, un radio para oír noticias o música, o la satisfacción de saber que alguien se había fugado del cautiverio, como ocurrió cuando lo logró Jhon Frank Pinchao y le confirmó al mundo que Clara tenía un hijo y se llamaba Emmanuel.

Empezó entonces la campaña por la libertad de ambos. Por intermedio del presidente Hugo Chávez se planeó la primera liberación unilateral por parte de las Farc. Para entonces, Clara no entendía por qué si hablaban de liberar a Emmanuel, el niño no estaba con ella. Hasta cuando supo que el niño estaba hace años en Bogotá, bajo la tutela del gobierno. Lo demás lo han visto los colombianos y el mundo por televisión. La liberación de Clara y Consuelo González, y el feliz reencuentro con su hijo y con su madre, que había vivido desde febrero de 2002 un calvario tan atroz como el de su hija y su nieto.

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