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| 2/26/2017 11:43:00 PM

Historias de un cementerio guerrillero: El hombre que cavó su propia tumba

Dicen que en la vereda San Isidro de San Francisco, Antioquia, la guerrilla del ELN tienen su cementerio. Los habitantyes del lugar dicen que al menos ocho jefes guerrilleros están enterrados allí.

No es precisamente un campo santo, como habían dicho. No hay cruces ni ángeles con miradas melancólicas de yeso, la imagen manida del santoral. No hay olivos, tampoco cedros, solo tres guayabos de frutos verdes y duros. Tampoco hay fusiles dibujados ni una cara del Che Guevara mirando al cielo. Pero todos dicen que este es el cementerio guerrillero.

—Entonces ya me fui al calvario de la muerte, como dice uno, a irse a que lo maten —me cuenta Roberto Carlos, mientras estamos en el cementerio del ELN al que me trajo en la vereda San Isidro de San Francisco, Antioquia. El hombre de 32 años, desplazado dos veces, retornado, me soltó de pronto la historia de su herida, de su muerte.

Ahí, sentados en unas pequeñas escalinatas, mientras chirrían los grillos y los pájaros gorjean, me pregunto dónde quedó el Roberto Carlos, que como el cantante brasilero, tiene las dotes de un entretenedor natural. Esa raíz de muchos paisas, culebreros de una narración envolvente. Lo vi mientras yo subía por un pequeño camino empedrado y con zanjas a la escuela de la vereda, donde estaba Roberto. Yo iba acompañado de Liliana Ciro, la hermosa y joven exsecretaria de Gobierno de San Francisco —26 años, abogada, piel trigueña, ojos miel—, a la que Roberto le soltó una trova intempestiva mientras ella saltaba de piedra en piedra. Los jóvenes que lo rodeaban rieron divertidos. Vi en él la alegría del campo y lo comprobé cuando —en medio de un encuentro de retornados, que hacían fila para reclamar un sancocho y una mazamorra con bocadillo— tomó un micrófono y, dándole a su garganta la reverberación de una pequeña caverna, imitó a los narradores de fútbol radiales, que atosigados por las palabras sueltan sus disparates. Ahora —insisto— me pregunto dónde quedó ese Roberto al que se lo ha tragado el polvo de los recuerdos. 

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Enero de 2001. Hombres de las Autodefensas llegan hasta la finca en la que vivía —vive— Roberto Carlos con su padre, madre y dos hermanos. Con violencia preguntan por el muchacho, al que acusan de guerrillero, de tener armamento escondido en la humilde casa ubicada en el barrio María Auxiliadora, sector rural de San Francisco, a medio camino de una montaña verde y nubosa. Roberto, entonces, contaba 21 años y era tutor deportivo de la Alcaldía. La familia, confundida, negó todo. 

—A mi mamá le pusieron pistolas encima para que dijera dónde escondía yo las armas. Que dónde era que estaba metido, y todo el mundo sabía yo donde trabajaba.

Ya se rumoraba por el pueblo que los paramilitares habían matado a dos personas en la mañana y la sentencia en la casa de Roberto fue pavorosa: él sería el tercero. Tenía que presentarse al otro día en la vereda Guacales a las diez de la mañana para rendir cuentas a ellos, que eran la nueva autoridad.

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***

A la escuela me llevó la exsecretaria de Gobierno, después de decirme en el pueblo que muy cerca estaba el cementerio eleno. El camino en carro es de media hora y se tiene que ir despacio porque la carretera es un polvero empedrado y húmedo. Cada tanto se ve el agua que cruza —los pueblos del oriente antioqueño son conocidos por sus nacimientos—. Para llegar a la escuela hay que dejar la carretera y subir por un camino de herradura. A medio andar veo a los hijos de los retornados jugando en la cancha, niños que nacieron acá pero que sus primeros pasos fueron en barrios de invasión de Medellín, Bogotá o Cartagena, niños a los que se les negó crecer en las casas de sus padres. 

Allí conozco a Roberto Carlos, que reparte risas como repartiendo plata, que juega con un balón, que cuenta chistes. Está de sudadera, camiseta y gorra blanca. Tiene la cara cuadrada, la mandíbula fuerte, la piel pegada a los huesos, es blanco, musculoso, de estatura mediana. Promotor deportivo de la Alcaldía, todos lo conocen, miembro del cuerpo de bomberos del pueblo. Le pregunto por el cementerio y me dice que me puede llevar, que está, caminando, a unos cinco minutos, justo detrás de una pequeña montaña que rodea a la escuela. Bordeamos la cancha y pasamos por una capilla en obra negra, raída, vigilada desde adentro por una virgen azul que mira eternizada el piso y congrega unos diez pupitres de la escuela. Para cruzar la colina pasamos por encima de un par de guaduas endebles que hacían las veces de puente; como una gato ágil, Roberto las pasa de golpe. En el potrero solo se ven seis vacas criollas que se consienten la pereza del mediodía lamiéndose los lomos.

Más allá, bajando, en una planicie encumbrada, existe un rectángulo gris y encerrados en él tres guayabos. El cerco, de cemento gris pálido con triángulos torpemente dibujados, tiene más o menos 15 metros de largo por 7 de ancho y uno de altura. Se entra por una puerta de rejas oxidadas que tiene un desnivel donde se estanca el agua. Adentro hay un angosto pasillo pavimentado que cruza el campo y unas escaleras. Están las tumbas vacías y alrededor de ellas las únicas guayabas amarillas, ya picadas por los pájaros —de algunas hierven gusanos blancos—. Roberto cuenta que el cemento lo trajeron los guerrilleros de la autopista Medellín-Bogotá, que está a unos 25 kilómetros. Después de robar los camiones, montaban el cemento en mulas y lo entraban.

El cementerio —se ve en unas fotos— estuvo cercado con alambre de púas y tenía lápidas como triángulos. Se dice en San Isidro que aquí enterraron a ocho hombres de importancia en las filas del frente Carlos Alirio Buitrago del ELN; según las lápidas que ya no están, eran: “Oliver”, “Miguel”, “Mauricio”, “Uriel”, “Chocolatina”. Cuando el CTI de la Fiscalía exhumó los cuerpos, encontró una cripta sin inscripción. Roberto Carlos me señala dos huecos en los que antes reposaron los restos de dos hombres que se llevaron antes de que las autoridades dieran con los sepulcros.

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***

La noche anterior a la cita con los paramilitares, fue un espanto. Nadie durmió en la casa de Roberto. El sonido de las tejas, de los palos que ceden, de las ramas afuera, alertaban a todos, creían que los hombres, sin capuchas y libres por el pueblo, venían a cumplir la condena. En la mañana, cuando Roberto se iba a encarar su cita con los verdugos, Carlos, el padre, le entregó una oración, lo bendijo, le encomendó su vida a una de tantas vírgenes. 

A Roberto, la Personería, le hizo una propuesta: lo sacarían del pueblo en un carro de Derechos Humanos hasta un municipio en el que no corriera peligro, pero él la rechazó, confiado en su palabra y, sobre todo, en la verdad de su inocencia. Aquí pienso —mientras lo veo abatido, llevado por los recuerdos hasta una tristeza honda— que los campesinos de este país tienen sabiduría para las cosas prácticas, por eso la fuerte tradición oral, los proverbios que bajaron de las montañas hasta las ciudades, esas frases fáciles y contundentes. Por eso, creo yo ahora, mientras escucho la historia de Roberto, murieron tantos campesinos por las manos asesinas y armadas de los paramilitares. Porque para un campesino la verdad es la verdad y no tiene sombra de variación, y la inocencia es blanca y sin culpas —como debe ser, al fin de cuentas.

—Yo, un poquito valiente, dije que de igual manera yo no estaba en ningún grupo, que yo no estaba metido en nada, entonces para qué me iba a poner a irme del pueblo si yo no quería irme, entonces yo me fui a presentármele a ese grupo.

Bajando para la vereda Guacales, Roberto entró a la iglesia del pueblo, se arrodilló a pedirle a Dios.

—Que si era el último día, el día de morirme, que así fuera. Pero si había forma de vivir, que me dejara vivir que yo quería vivir mucho —sentados en el cementerio miro a Roberto, que está a mi lado izquierdo, y una lágrima se le asoma por el rabillo del ojo y entonces es otra persona: la respiración que tropieza, la voz se quiebra como la de un adolescente; se levanta la gorra y veo las entradas en el pelo, su calvicie incipiente, la cara compungida—. Entonces ya me fui al calvario de la muerte, como dice uno, a irse a que lo maten.

Caminó media hora, hasta que de un filo vio bajar a un hombre uniformado, el brazalete negro, grande, que decía en letras blancas de molde: AUC. Más allá, más o menos 70 paramilitares. La escena, además de espantosa, tuvo que ser ridícula. Se presentó, dijo que él era a quien habían buscado el día anterior en el María Auxiliadora, que para matarlo. Le respondieron que sí, que sabían quién era, que un guerrillero, que “cantara” de una vez dónde tenía las armas. Tembloroso, con miedo, cansando del camino y de las lágrimas que no se secaban desde la noche anterior, consternado, Roberto, como es lógico, lo negó todo. Para nada.

Entonces la muerte. Los paramilitares le pasaron una pala, le ordenaron que se midiera y que se cavara una tumba, porque lo iban a matar. Lívido, con la boca seca y un sabor podrido debajo de la lengua, ya sin llorar, Roberto empezó la tarea cruel. Duró horas. Y es apenas lógico que hasta la noche cavara, el miedo paraliza y a él lo invadió, respiraba miedo, sus manos temblorosas apenas sujetaban la pala. Su madre lo esperaba en casa y rezaba y lloraba y se lo imaginaba ya muerto, acribillado, enterrado en algún potrero de donde nunca lo iban a sacar. 

—Entonces yo al ver que ya todo el mundo se me cerraba y todas las cosas, me dije: “aquí voy a quedar”, porque primero en el municipio decían que cuando a uno lo llamaban las Autodefensas, ya era uno decir, me mataron; ya era uno decir, ya estoy muerto. Yo sí le pedí al Señor que si era el último día que me mataran o que si no, que quería vivir para seguir sirviendo a la gente y a mi madre y a todos en la familia y estar con ellos.

Y llegó la noche y no lo mataron. Tampoco le dieron agua ni comida. Le ordenaron que durmiera. Mientras todos se iban a los cambuches, él se quedó a un metro del hueco, recostado en un árbol, ante la mirada filosa y alevosa de un centinela. Roberto prefiere callar sus pensamientos de ese momento, los escondió ya muy profundo como para removerlos de entre la maleza del olvido.

—Al segundo día, ya por la tarde, cogí un poco de fuerza, de valor, y le dije al man que estaba conmigo: “hermano, dígame yo por qué estoy aquí, porque yo no sé por qué me tienen aquí”, y me decían: “tranquilo, ya usted hizo el hueco, tranquilo”.

Pero los paramilitares sabían —saben— hacer de su juego, de su tortura sicológica, una rueda, un tedio interminable que persiguiera en todos los caminos, en todos los sueños, todas las noches, a sus víctimas. Siendo las cuatro de la tarde le anunciaron a Roberto que se fuera para la casa, que todo había sido un error. Un error con tumba, armas, muerte y de más de 24 horas.

—Resultaron disculpándose conmigo, cuando yo ya había hecho un hueco —Roberto tiene los ojos ya secos y una rabia ciega, muda, que se le atasca a medio camino, en la garganta. 

Con sus 21 años, con la inocencia comprobada, este trovador les agradeció ese gesto tan gentil de que le hubieran perdonado la vida, y hasta se disculpó por tanta molestia. Le dijo a su verdugo: “hermano, de todas maneras muchísimas gracias porque no me mató”. Recorrió el camino de regreso, con el miedo de que un proyectil le partiera la cabeza, el corazón, y casi 36 horas después de que comenzara el tormento, comió algo: el profesor Miguel, del Centro Educativo Rural Guacales, le dio dos “bolis”. Volvió a la casa, donde lo daban por muerto.

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***

Liliana Ciro Duque, la exsecretaria de Gobierno de San Francisco, me cuenta  que desde siempre, desde su niñez —que es cuando los recuerdos se magnifican y se hacen más grandes y espectaculares que siempre— le vio los dientes afilados a la guerra. Recuerda, bajo una estela de bruma, cuando el frente noveno de las FARC le puso una bomba al cuartel de Policía y cuando dinamitaron la cafetería que había en la esquina del parque principal, esa en la que su padre trabajaba. Después de esos atentados, de esos intentos de toma, la Policía hizo del colegio del pueblo su cuartel y ella, que cursaba noveno grado, se fue a recibir clases a casas que arrendó la Alcaldía. En los recreos los niños correteaban por el parque principal.

Cuentan en San Francisco que la Policía tenía un veto impuesto por la misma guerrilla. Ningún uniformado podía cruzar la esquina en la que estaba el cuartel. Los guerrilleros, a unos 20 metros, sentados en sillas acomodadas en el andén, vigilaban ansiosos, confiados en el control que tenían en la vereda San Isidro, donde se compartían el territorio con el ELN. Los que siempre han vivido en ese pueblo, clavado en una montaña filosa, dicen que llegó primero la guerrilla que la fuerza pública, incluso, hay los que dicen que hombres del frente Carlos Alirio Buitrago del ELN hacían parada militar en el colegio y repartían cátedra a los estudiantes, que filados y firmes, atendían.

Después de 1998, con la llegada de los paramilitares del bloque Metro —comandado por alias “Doble Cero”, hombre de confianza de Carlos Castaño— desde San Carlos, la guerra fue un frío oscuro que aisló a San Francisco por mucho tiempo. Ese episodio terrible y escandaloso se puede resumir en las 352 víctimas que tienen su nombre escrito en un monumento que hay al frente de la Alcaldía, un monumento que se quedó a medias: seis lápidas grandes de unos 80 centímetros por 50 de ancho con las inscripciones, encerradas entre rejas y una pequeña pirámide que debió ser fuente de agua. Ahí se cuentan más de 300 víctimas, aunque Liliana dice que las víctimas del conflicto no fueron tantas y que sus familiares los pusieron para ganarse las ayudas de los subsidios.

Entre 1998 y 2005, San Francisco pasó de 14.000 habitantes a 2.800. El café que se cultivaba en las montañas se perdió. Después de que las familias huyeron, las fincas se llenaron de maleza, el monte se las fue tragando y los techos infestados de insectos se cayeron. Esas montañas por las que pastaban vacas lecheras y mulas, fueron tierra fértil de minas, tanto, que hasta ahora el Estado no ha podido declarar al municipio como libre de minas antipersonal, aunque en el sector El Agucate, de la vereda San Isidro, hay un batallón dedicado, solamente, a esa tarea.

Pero como la vida es una rueda y un constante volver a lo propio y a lo inconcluso, nos impulsa hacia adelante o hacia atrás según su arbitrio, los que se fueron algún día están volviendo, poco a poco se aventuran a recuperar lo que fue suyo, lo que nadie se pudo llevar a paladas.

En los dos últimos años, la Unidad de Víctimas de San Francisco cuenta a más de 2.000 personas retornadas. Ahora hay casi 9.000 habitantes en el pueblo, pero el retorno, además del sueño de volver a lo propio, a lo que un día fue arrebatado a sangre y balas, también puede ser una pesadilla, cuando los recursos son pocos, cuando el conflicto sigue en vigencia, cuando se es víctima a donde se llega, cuando la pobreza es un  perro que fiel que se lleva a donde sea.

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***

Después de la historia de su muerte. Del entierro que no fue, de comprobar la pavorosa mortalidad que se sobreviene como una tormenta antes de tiempo, Roberto —ya sin lágrimas, ya calmado y hasta sonriente, mientras toma una guayaba de uno de árboles que está en el cementerio— me cuenta su historia con el Eln, que, como la anterior, es ridícula, de no creer.

Estuvo una semana metido en el monte con los elenos.

Recién graduado, Roberto tenía que presentar servicio militar, quería irse para la Policía y hacer carrera de oficial. Dice con un dejo de tristeza que ese era su sueño, hacerse un oficial, pero los sueños no siempre convocan la realidad.

Era 1998 y en el pueblo la ley era de los elenos y las FARC, grupos con informantes en todos los barrios, por lo que se dieron cuenta de sus planes que estaban bien adelantados: estaba esperando la visita de unos oficiales en su casa. Pero nada se dio porque los guerrilleros lo secuestraron para impedir que se enrolara —seguimos sentados en el cementerio, el sol es un chispa en el cuello y Roberto Carlos me señala las montañas del frente, por las que caminó con la guerrilla—. Allá, en esas montañas, en la selva, lo querían convencer de que desistiera.

—Me decían que si yo me iba, mataban a mi familia. Cuando eso yo solo tenía 19 añitos y eran como 200 guerrilleros, y yo caminando por allá con otro amigo que también tenía los mismos planes. Ellos me proponían que me quedara con ellos. 

Cuando Roberto les dijo que necesitaba la Libreta Militar para trabajar, los guerrilleros le respondieron que no se preocupara por la libreta militar, que ellos le iban a dar —después de un año de combates y de caminar por esas montañas— una mucho mejor, una que si le iba a servir de verdad y que si quería, después de eso, se quedaba con ellos trabajando y le pagaban muy bien, mejor que en la Policía.

La historia me pareció risible. A Roberto no. A él, que desde los catorce años arriaba mulas por las montañas resbalosas de San Francisco, llevando víveres del pueblo a las veredas; a él, que más de una vez los guerrilleros lo secuestraron por los caminos para que transportara gasolina; a él, que el ELN le mató el hermano mayor y que en los enfrentamientos tenía que salir con su hermana discapacitada al hombro por una pastizal, corriendo el riesgo de caer, corriendo el riesgo de una bala perdida, a él no le da risa nada de la guerra, a él no, que le ha visto de frente la cara a la muerte y se le escapó una vez del hueco frío.

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***

Volviendo a San Francisco, me quedé con la pregunta, con la zozobra ajena anidada en las vísceras: ¿qué habrá pensando Roberto el trovador mientras abría esa tumba que aún no se cierra? Entonces le comparto a Liliana esa duda, ese dolor extranjero, y ella me responde sin asomo de sorpresa, mientras revisa su celular, que en San Francisco a más de uno lo hicieron tenderse en el piso, medirse, para abrir su propia tumba.

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