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| 6/25/2016 12:00:00 AM

El silencio de los fusiles

El cese bilateral y definitivo del fuego durará seis meses, al cabo de los cuales las Farc dejarán todas sus armas. Se necesitarán altas dosis de confianza entre gobierno y guerrilla, y mucha transparencia para que todo salga bien.

El acuerdo sobre el cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades anunciado el jueves en La Habana resuelve muchos temores sobre el fin del conflicto, y anticipa que los seis meses previstos para que dure serán complejos. Llegar a este acuerdo fue tarea de titanes. Desde hace casi dos años la mesa había creado una subcomisión técnica, conformada por un grupo de militares encabezados del lado del gobierno por el general del Ejército Javier Flórez y por uno de los más destacados jefes militares de las Farc, Carlos Antonio Lozada.

El reto era enorme. Por primera vez dos verdaderos enemigos, que se habían enfrentado en el campo de batalla varias veces, se sentaban, mapas en mano, a compartir información estratégica para diseñar un dispositivo en el terreno que hiciera posible el fin de la guerra. Se necesitaron altas dosis de confianza para superar los miedos y prejuicios, y mucha sensibilidad para entender que la dignidad de los soldados, de un lado, y de los guerrilleros, del otro, estaba en juego. Y es que el cese bilateral y definitivo del fuego y las hostilidades es en la práctica el reconocimiento que en esta guerra de 52 años no hubo vencedores.

Tenían que ser creativos, pero no se trataba de inventar el agua tibia. Por eso se dedicaron a conocer experiencias del mundo y a escuchar a expertos internacionales. Mientras la mesa se enfrentaba a grandes tormentas políticas, a estancamientos y vaivenes de la opinión, esta subcomisión trabajaba de bajo perfil y sin dejarse afectar por las emociones del momento.

Para marzo de este año tenían un diseño general del cese –muy similar al presentado el jueves– pero varios puntos de desacuerdo, con posiciones muy lejanas. Sabían que el cese exigía que las Farc se concentraran y, una vez establecido esto como principio, tenían que resolver dónde serían estas zonas, con qué reglas del juego debían operar y detalles muy específicos como la duración, vigilancia, el cronograma de desarme y, por supuesto, la verificación.

El acuerdo en pocas palabras

La concentración de la guerrilla y el cese bilateral habían sido polémicos desde el primer momento, porque los ronda fantasmas del pasado. La tregua que hizo Belisario Betancur en los años ochenta sirvió para que las Farc multiplicaran sus frentes, y la zona de distensión del Caguán, en el gobierno de Andrés Pastrana, fracasó por la falta de verificación.

Vea: Las 12 cosas que usted debería saber sobre el histórico acuerdo

El cese que se iniciará en pocos meses no se parece ni al uno ni al otro. Primero, porque dura seis meses y es definitivo pues se hace para facilitar el desarme de las Farc y su tránsito a la vida política. Segundo, porque desde enero se estableció un mecanismo de monitoreo tripartito, y la verificación corre por cuenta nada más y nada menos que del Consejo de Seguridad de la ONU, el máximo organismo en materia de paz y guerra en el mundo. Es así como se logró que este cese del fuego respete unas premisas básicas de concentración, monitoreo y temporalidad, las cuales redundan en transparencia y eficacia del mecanismo.

El objetivo del cese bilateral definitivo es terminar las acciones ofensivas entre la fuerza pública y las Farc, pero también las hostilidades contra la población civil. Hay un anexo clave del acuerdo que aún no se conoce: las reglas del cese del fuego o lo que en el lenguaje internacional se conoce como “actos prohibidos”, es decir, la lista de actividades que debe suspender cada una de las partes, fuerza pública y guerrilla. Se sobreentiende que además de todas las relacionadas con el combate, también deben dejar las que afectan a los civiles como la extorsión.

El Día D para el silencio de los fusiles será el de la firma del acuerdo final, que tendría lugar en julio, según lo ha expresado de manera optimista el presidente Santos, o en agosto, según los más realistas. Sin embargo, Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del gobierno ha dicho que no se descarta que comience antes, si es que la ONU logra poner a funcionar su dispositivo en terreno. Por eso las partes le pidieron al secretario general de esa organización el jueves pasado comenzar desde ya los preparativos.

Al día siguiente del Día D, la fuerza pública reorganizará sus dispositivos para garantizar que cuatro días después los frentes y grupos de las Farc dispersos en el territorio se muevan hacia las Zonas Veredales Transitorias de Normalización. Este primer momento es una prueba de fuego para la confianza de ambas partes pues deben compartir información sobre la ubicación de unos y otros.

Aquí puede ver el acuerdo completo alcanzado por el gobierno y las Farc

No son Caguanes

Las 23 zonas veredales, en todo el país, en principio solo deben durar 180 días (ver mapa). Como su nombre lo dice, se trata de veredas, es decir, espacios pequeños, no municipios ni corregimientos. También habrá ocho campamentos en regiones donde la presencia de las Farc no da para establecer una zona veredal. Es importante entender que esa es una guerrilla muy territorial, que ha sido dios y ley por medio siglo en algunas regiones. Eso explica que sean tantas, a diferencia de grupos como el M-19 o el EPL que tuvieron máximo tres sitios de concentración.

Los objetivos de las zonas son: 1) garantizar que el cese se pueda monitorear, 2) crear las condiciones para que los combatientes de las Farc dejen las armas y 3) preparar a los excombatientes para su tránsito a la vida civil. Quizá lo más destacable del acuerdo en este tema es que las reglas del juego de estas zonas son estrictas y verificables. Por ejemplo, en ellas los guerrilleros no podrán portar armas ni uniformes, no se puede hacer actividades políticas, y las autoridades civiles mantienen su gobernanza. En realidad, como dijo De la Calle, no solo no se debilitará la presencia del Estado sino que por el contrario, a muchas de estas veredas las instituciones llegarán por primera vez. Mientras permanezcan en las zonas, los guerrilleros tendrán levantadas las órdenes de captura, y seguramente muchos de ellos se irán de allá cuando dejen las armas y reciban la amnistía que contempla el acuerdo sobre justicia suscrito en diciembre.

En cada zona la guerrilla establecerá los campamentos que necesite, según el número de combatientes que tenga. A estos campamentos no podrán ingresar civiles y las Farc mantienen las armas mientras llega la hora de la dejación.

Un aspecto que seguramente generará controversia es que 60 miembros de las Farc del nivel nacional, y 10 por cada zona, pueden movilizarse fuera de ellas para desarrollar actividades propias del proceso de paz, y sobre todo lo relativo a la implementación. Estos deberán dejar sus armas en los contenedores, o sea que en la práctica serán los primeros en desarmarse.

Habrá polémica porque durante el segundo semestre de este año la campaña por la refrendación de los acuerdos estará al rojo vivo, y aunque la guerrilla esté concentrada no habrá dejado totalmente las armas y será difícil trazar una línea nítida entre la pedagogía de los acuerdos de paz y la participación en política. Sobra decir que estos miembros de las Farc también tendrán levantadas sus órdenes de captura.

El otro tema controvertido es la seguridad de las zonas. Todas ellas están rodeadas de un perímetro de un kilómetro en el que no habrá fuerza pública ni guerrilla, y que solo podrán usar los veedores de la ONU. Dentro de esos terrenos se estableció ya un protocolo de seguridad que será monitoreado por el mecanismo tripartito.

Dejación de armas

Sobre la dejación de armas hay que destacar tres elementos: será total, rápida y transparente. Que la guerrilla deje la totalidad de su material bélico en cuestión de seis meses muestra un afán de ingresar a la política. Este es un gran logro de la mesa pues al principio se hablaba de emular el modelo de Irlanda cuyo desarme total duró siete años. O de condicionarlo a que el gobierno cumpliera los demás aspectos pactados en el punto tres, como las garantías de seguridad, pues la agenda de La Habana dice que los puntos del fin del conflicto son integrales y simultáneos. Con el cronograma de desarme las Farc han mostrado que confían en su contraparte y en el mecanismo de monitoreo y verificación.

Vea: El camino para el desarme de las Farc

Ahora, si bien el cese bilateral definitivo es el fin de la guerra, habrá que prepararse para superar muchas dificultades. Para empezar, en el mundo entero la historia de los ceses de fuego es agridulce porque es imposible un cumplimiento del ciento por ciento y los incidentes que ocurren suelen tener un alto impacto en la opinión, sobredimensionados por quienes le apuestan al fracaso y le juegan al miedo. Por eso la confianza, el manejo de la información y la neutralidad y credibilidad de los verificadores serán claves.

Este cese tendrá dificultades adicionales pues en los territorios hay presencia del ELN y de las bandas criminales. Aunque las veredas han sido elegidas con pinzas para disminuir estos riesgos, la movilidad de los grupos armados y su tránsito por ellas será el primer y mayor de los desafíos.

Vea: Lo que falta para la paz es poco, pero grueso...

Además, la guerrilla se enfrentará a una realidad que posiblemente hasta ahora no ha vivido; la transición a la vida civil no es fácil. Las incertidumbres de los combatientes se exacerban a medida que se acerca el cambio de sus vidas. En experiencias anteriores, estos son los momentos en los que aparecieron fracturas o disidencias. De nuevo, la confianza en el Estado se pone a prueba. Por eso es clave que las zonas veredales se conviertan en verdaderas escuelas o universidades para los jóvenes que dejan atrás su historia en la guerra. El reto es que ellos vean una sociedad dispuesta a acogerlos, y un espacio para rehacer sus vidas y sus ideas. Pero algo similar pasará con los militares, cuya actividad cotidiana cambiará radicalmente, sobre todo en zonas de conflicto.

Por eso los seis meses de cese bilateral y concentración pondrán a prueba la capacidad no solo de los combatientes, sino de la sociedad para decirle realmente adiós a las armas. Y creer por fin lo que muchos todavía no creen: que la guerra en Colombia llegó a su fin.

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