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| 1/30/2010 12:00:00 AM

Chávez contra las cuerdas

El Presidente venezolano vivió una semana de pasión con la renuncia de su Vicepresidente y Ministro de Defensa y las protestas estudiantiles en varias ciudades. Crónica de María Jimena Duzán desde Caracas.

El lunes y el martes de la semana pasada, el presidente Hugo Chávez no sólo no salió del Palacio de Miraflores, sino que no apareció por televisión. Acostumbrados como tiene a los venezolanos a que casi todos los días sale en el canal 8 encadenado con las emisoras de radio en transmisiones que pueden durar hasta cuatro horas, su repentina desaparición causó de inmediato una tremenda consternación. "Algo debe estar pasando en Miraflores porque el Presidente lleva ya dos días sin salir en la televisión", me dijo una chavista moderada. Por los lados de la oposición el silencio del comandante alcanzó a ser fuente de toda clase de rumores. Uno de los que más circularon es que se habían registrado en la noche del martes unos disparos en el Fuerte Tuina, dando a entender que el silencio del Presidente estaba relacionado con un posible ruido de sables. "La última vez que Chávez se desapareció lo hizo por cuatro días seguidos y en ese entonces se alcanzó a especular que estaba muy enfermo", me dijo una analista que mantiene buenos lazos con Miraflores.

Sean cuales fueren las razones de su silencio, tal es el poder que concentra en él mismo, que durante esas 24 horas el país pareció huérfano y a la deriva. Los estudiantes de diversas universidades cumplieron su segundo día de marchas en protesta por la salida de la televisión por cable de la señal de Rctv no sólo en Caracas, sino en diversas ciudades de Venezuela; en los hogares el efecto de la fuerte devaluación adoptada a comienzos del mes de enero ya se empezaba a sentir y los venezolanos se volcaban a las tiendas a comprar antes de que subieran los precios, mientras el gobierno nacionalizaba a la cadena franco colombiana Éxito y la acusaba de especular en contra del pueblo venezolano, y los medios trataban de confirmar si era cierto el rumor de que el vicepresidente, Ramón Carrizales, había renunciado. Eso sin contar con otros problemas que ya venían aflorando, como la creciente inseguridad en Caracas, que tiene de un tiempo para acá a chavistas y a antichavistas en sus casas desde las 9 de la noche, y la escasez de energía eléctrica, un tema neurálgico ante el cual el gobierno ha titubeado por temor a imponer un racionamiento en un año electoral en el que por primera vez desde hace 11 años, Hugo Chávez parece estar con su popularidad a la baja. Todas las encuestas, chavistas y antichavistas, concuerdan en que su aceptación viene descendiendo mientras que la de la oposición parece estar incrementándose.

No obstante, todos los temores sobre la suerte del presidente Chávez se disiparon a las 6 de la tarde del martes pasado. A esa hora, el Presidente salió por la televisión rodeado de sus nuevos ministros y su nuevo vicepresidente, Elías Jaua, vestido ya no de militar, como suele hacerlo, sino con un traje de muy buen corte que pronto todo el mundo aseguró que era de marca Armani. En la reunión Chávez se refirió en varias ocasiones al nuevo Vicepresidente en el mismo tono en que el presidente Uribe se refiere a sus ministros en sus consejos comunales: "Apunta", le decía Chávez al vicepresidente Jaua. Y él apuntaba comedidamente, siempre con la cabeza gacha, como si se tratara de un amanuense.

La aparición del presidente Chávez en la televisión inmediatamente descongeló la política venezolana. Los chavistas y los antichavistas recobraron sus papeles antagónicos, como sucede en las telenovelas venezolanas de Marcel Granier; los taxistas volvieron a oír la voz del Presidente -todas las emisoras de radio tienen que encadenarse obligatoriamente- y poco a poco las cosas tomaron su cauce normal -o anormal-.

Sin embargo, cuando el país volvía a su tensa calma de siempre, el miércoles de esa misma semana Hugo Chávez apareció en su traje de militar al lado de una pléyade de empresarios, con una retórica y un lenguaje corporal muy diferentes. Según Teodoro Petkoff, director del periódico crítico al Presidente Tal Cual, ese miércoles se le vio ciertamente más agresivo y retador que de costumbre. "Ya no era el Chávez sobrado de otros tiempos que se jactaba de no ser represor, de permitir la protesta pública", me dice. Ese miércoles, por primera vez en los 11 años que lleva en el poder, el Presidente amenazó a los alcaldes y a los gobernadores y les dijo que si no eran capaces de controlar las marchas estudiantiles, les iba a mandar la Guardia Nacional, de ingrata recordación por la virulencia con que se comportó en épocas pasadas. Retomó su almidonado discurso contra la oligarquía mediática y les aseguró a sus detractores que si lo retaban, él iba a profundizar mucho más rápidamente su revolución bolivariana.

Aunque es difícil saber si esta retórica inflamada la va a aplicar en la realidad -según la profesora venezolana Ana María Sanjuán, en Chávez hay una gran distancia entre lo que dice y lo que hace-, lo cierto es que en esta semana de pasión se evidenció que el presidente Chávez está experimentando un desgaste que ya se empieza a sentir entre los propios chavistas.

Hanna es una mujer de 28 años y estudia en la Universidad Central. Pertenece a la clase media y, como tantos otros compañeros, votó por Chávez la primera vez. Ella alcanzó a creer que él iba a cambiar las cosas. Sin embargo, de unos años para acá se ha ido apartando del chavismo y por primera vez va a votar por la oposición en las elecciones legislativas de septiembre. Ella confiesa sin mayor tapujo que no ve la cadena Globovisión, el canal antichavista en el que al presidente Chávez se le dice de todo -se le nombró hasta su madre y no precisamente en los mejores términos-, pero que tampoco se resiste el canal 8, que es chavista hasta los tuétanos. "Si uno ve 'Globovisión', la impresión es que estamos ante una dictadura peor que la de Pinochet -yo lo llamo terrovisión-, y si uno ve el canal 8, la impresión es que estamos en el país de 'Alicia en el País de las Maravillas'", me dice de manera enfática. Me aclara que esta vez no quiere votar contra Chávez, sino a favor de un candidato de la oposición que sea bueno y que la convenza con su programa.

Mujeres como Hanna no son la excepción en el electorado venezolano. Los bajísimos índices de audiencia que tienen Globovisión y el canal 8 -cada uno no pasa de 8 puntos de rating- son prueba de ese hastío informativo que se vive en ciertos sectores de la población venezolana. Y ese descontento que siente Hanna se advierte también en la forma como el electorado popular, integrado por las clases medias y bajas y considerado el fortín del chavismo, se ha ido alejando del comandante. Según un estudio hecho por un periodista venezolano, en las elecciones en que el Presidente ganó la reelección indefinida, de los cinco millones que votaron en contra, tres provinieron de las clases populares. Aunque analistas dicen que de esos tres, probablemente ya el gobierno ha recuperado un millón, quedan dos millones de venezolanos de bajos recursos que hoy no estarían contentos con Chávez. En las pasadas elecciones de alcaldes, en Petare, el barrio popular más grande de Venezuela, ganó un alcalde opositor. Por ese mismo camino parecen estar yendo los colombianos en Venezuela. A pesar de que fueron cedulados por el propio Chávez, no es muy claro que todos ellos sean fieles chavistas. Muchos votaron inicialmente por el presidente Chávez, pero en las últimas elecciones no lo hicieron, dice un dirigente político colombiano que se la pasa entre Caracas y Bogotá. En las elecciones al Congreso de Colombia de 2006, en Venezuela sacó más votos Gina Parody, que nunca ha pisado el suelo de Caracas, que una senadora como Piedad Córdoba.

Una de las razones para que estos votos de estratos populares se le estén resbalando al chavismo puede ser la poca eficacia de la gestión del gobierno en la solución de problemas que impactan a la gente del común, como sucede con el tema de la inseguridad. Tal es el temor a los atracos a mano armada, que cada vez son más los caraqueños que deciden resguardarse muy temprano en sus casas. "Cuando mis hijas salen los fines de semana no puedo dormir sino cuando ellas llegan", me confesó una madre de familia que está considerando irse de Venezuela. Esta violencia afecta especialmente a los sectores populares. "Los 60 muertos de fin de semana que registra la capital venezolana se suceden principalmente en esos barrios populares que hoy son zonas donde se trasiegan armas de largo alcance y se asientan malandros que no son sometidos por la justicia", afirma un periodista venezolano que ha investigado el tema. Y según el propio José Vicente Rangel, ex vicepresidente del régimen chavista y un hombre muy cercano a Chávez, la mayoría de estos malandros no sólo forma parte de la Policía, sino que sus actos permanecen impunes. Para que una persona como Rangel, tan afecta al régimen, esté alarmada por la falta de respuesta del gobierno en el tema de la violencia, es que el problema se le ha convertido a Chávez en una bomba de tiempo.

La otra razón tiene que ver con el poco espacio que han tenido los consejos comunales fundados por Chávez para darle vocería al pueblo, con el objeto de que se pueda diseñar desde allí sus propias políticas. En la práctica, estos consejos comunales no han podido operar porque nunca fueron articulados a una institucionalidad local y regional prácticamente inexistente. "Este gobierno que impulsa las iniciativas de los de abajo no quiso o no fue capaz, al menos por ahora, de liberar a las mayorías de su propio gran líder. Por eso produce ineficiencia, inconformismo y personalismo", argumentó hace poco en el foro de Porto Alegre el sociólogo crítico pero cercano al chavismo Edgardo Lander. "Sorprendentemente, Chávez se enfrenta a un electorado que no es bobo -me afirma Ana María Sanjuán-, que ha mejorado su nivel de vida, gracias a la bonanza de los petrodólares, pero que le exige a Chávez un cierto grado de gerencia y de eficacia en su administración que no está siendo capaz de brindar".

Una de las razones para que estos vacíos de gobierno se estén sintiendo luego de 11 años de estar en el poder tiene que ver con el hecho de que Chávez no ha podido crear ninguna institución distinta a la que emana de su persona. A diferencia de la revolución cubana, su proyecto político no tiene un partido que secunde la revolución del siglo XXI. Cuando fue creado el Partido Socialista de la Unión Venezolana (Psuv), siete millones de venezolanos se inscribieron. Pero cuando se fueron a inscribir las patrullas del partido, sólo lo hicieron cinco millones, y de esos cinco, sólo votaron 700.000 para elegir a las directivas el año pasado.

Pero no sólo no tiene un partido. Chávez tampoco tiene unos cuadros que le permitan sacar adelante su proyecto político. Desde cuando llegó al poder decidió mantener a los mismos hombres, ninguno de los cuales lo rebasa ni en carisma ni en habilidad política. "Son los mismos porque Chávez desde el golpe no confía en casi nadie", me dice una voz que lo conoce. De tal forma que lo usual es que sus ministros tengan varios cargos a la vez. El diario Últimas Noticias de la cadena Capriles -crítico pero cercano a Chávez- habló de que 13 serían los funcionarios que ocupan doble cargo en la administración de Chávez. Por ejemplo, el recién nombrado vicepresidente, Elías Jaua, es también ministro de Agricultura y está encargado por el Presidente de la dirección de la expropiada Éxito. Diosdado Cabello, el influyente y polémico ministro de Obras Públicas y Vivienda, es también director de Conatel, el organismo que decretó la salida de Rctv del aire, y Rafael Ramírez, ministro de Energía y Petróleos, es a su vez el presidente de la poderosa Pdvsa. Con esa concentración de los cargos más importantes en unos pocos nombres, la administración del Estado es imposible, afirma el profesor José María Cadena.

A este despelote hay que sumarle el hecho de que Chávez ha montado y permitido la creación de grupos armados diferentes al Ejército que hoy se le han convertido en un espectro difícil de manejar. Por un lado, están las milicias bolivarianas, que son grupos paraestatales financiados y amparados por el Ejército, concebidos para la defensa de la revolución. A estos habría que agregarles unos grupúsculos de extrema izquierda como los Tupamaros y el del cacique Carapaica -sí, cómo no, el que salió en el canal colombiano recientemente-, que vendrían a ser una guerrilla chavista que le estaría exigiendo al Presidente desprenderse de funcionarios corruptos, muchos de ellos vinculados con los llamados 'boliburgueses'. Muchos de ellos se han hecho a una cantidad de bancos en cosa de dos años y hoy se han convertido en el centro de una corrupción rampante que ya empieza a ser incómoda hasta para el mandatario. Dos de esos banqueros fueron encarcelados y expuestos recientemente por el propio Chávez. "Esa movida debe tener a los boliburgueses pensando que el Presidente ya no es un tipo confiable", me afirmó un analista. Con una base popular que se le desliza cada vez más y con unos poderosos 'boliburgueses' que lo miran con desconfianza, Chávez por primera vez no las tiene todas con él.

Saber qué pasa en la Venezuela de Chávez se ha vuelto tan difícil como predecir cuándo va a llover sobre Caracas. Si uno entra a los supermercados de los barrios populares, no hay desabastecimiento de alimentos, como muchos colombianos piensan. A primera vista, los venezolanos han conseguido que los productos provenientes de Brasil, Argentina y Ecuador suplan los productos que antes venían de Colombia, sin mayor problema. Sin embargo, en los hoteles lujosos y en los supermercados de los barrios de gente adinerada hay artículos de lujo que empiezan a escasear, y si uno pasea por el lujoso centro comercial Sanbil, es posible ver chavistas comprando ropa de marca aprovechando las rebajas que dan algunas tiendas. En el fondo, los chavistas no se diferencian del venezolano común y corriente, que siempre ha sido un consumidor nato por excelencia.

Según José Vicente Rangel, la mayor ventaja que ha tenido Chávez es la de haber contado con una oposición totalmente errática. Formó parte de un intento de golpe que fracasó, lo que la convirtió en una oposición antidemocrática. No participó en las elecciones pasadas de diputados, lo que le permitió a Chávez tomar el control del Legislativo. Y si la oposición ha crecido en las encuestas ha sido más por ineficacia de la administración chavista en temas como la energía o la inflación, que este año por cuenta de la devaluación puede llegar a ser del 38 por ciento, que por sus propuestas y programas. Prueba de ello es el alto crecimiento de los "ni-nis", esa franja de la población que está indecisa y que no sabe cómo votar en las elecciones de septiembre. Analistas como José Antonio Gil Yepes, de Data Análisis, consideran que la oposición parece estar aprendiendo de sus errores y haciendo las cosas bien por primera vez. "Si no cometen errores, es posible que ganen más del 50 por ciento de los puestos en la Asamblea", sostiene Gil Yepes. Y aunque los menos optimistas auguran una cifra menor -cerca del 30 por ciento-, lo que sí es cierto es que por primera vez hasta las encuestas hechas por las firmas cercanas al chavismo muestran que el viento está a favor de la oposición y en contra de Chávez.

No sería la primera vez que esto le sucede al Presidente venezolano. Muchas veces ha estado a punto de caer en la lona y se ha recuperado antes de que le suene la campana. Sólo falta saber si su capacidad de reinventarse -"Chávez es un fenómeno político en construcción constante", dice el periodista Alberto Barrera- le alcanza para voltear el viento a su favor antes de las elecciones presidenciales. En estas condiciones, la relación con Colombia ha pasado a un segundo plano. Ni siquiera los medios de la oposición le dedicaron un espacio al incidente fronterizo del helicóptero Huey. Tan sólo fue mencionado tangencialmente por la prensa escrita, como si fuera una noticia sin importancia.

Difícil ponerle nombre a un régimen dominado por un personalismo tan fuertemente autoritario, pero que, sin embargo, no ha sido capaz de imponer políticas eficaces ni de gerenciar un Estado que parece estársele desmadejando. "A eso no se le puede poner ningún nombre, pana", me dijo sensatamente un conductor que por primera vez no va a votar por Chávez porque le quitó las telenovelas que Granier hacía en Radio Caracas.
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