Lunes, 16 de enero de 2017

| 1990/11/12 00:00

CHISPAS, EL CABO

SEMANA reproduce un capítulo del último libro de Alfredo Molano "Aguas arriba", obra en la que el conocido investigador recoge, a través de testimonios personales, historias de frontera, violencia y colonización.

CHISPAS, EL CABO

Puerto Inírida parecía aquella mañana transparente más agitado que cuando pasamos hacia el Orinoco, apenas un año atrás. En realidad, en esa oportunidad no habíamos tenido ocasión de conocer la capital del Guainía ni de empaparnos de su ambiente.

El hotel donde nos hospedamos, El Safari -cuyo aviso descolorido cuelga de mala gana en una pared sucia-, fue en una época centro turístico y deportivo que su propietario, Mister Ciruti, tenía organizado para gringos. El programa comenzaba en los Estados Unidos, congregando cazadores y pescadores aficionados que trasladaba directamente a Puerto Inírida con una breve escala en Bogotá. Los gringos creían llegar al borde mismo del mundo. Mister Ciruti les tenía organizadas de antemano pesquerías y cacerías en las que cada cual probaba sus capacidades, y por las noches, envanecidos por los logros, se emborrachaban. Mister Ciruti traía de los Estados Unidos no sólo a los gringos sino todo lo que ellos consumían o podían consumir: whisky, en primer lugar, pero también comida pues las piezas cobradas con sus rifles sus cañas por los intrépidos turistas sólo servían para establecer puntajes, los refrescos y hasta el agua potable. Era un viaje redondo que llenaba los bolsillos del señor Ciruti, pero que a Inírida dicen los viejos- sólo le dejaba los esqueletos de los animales.

En El Safari tratamos de averiguar la causa de la agitación que observábamos en la calle, pero su administradora, una cabuca, nada supo o quiso aclararnos. No sólo por ser ella medio indígena, sino porque al manejar un hotel por donde pasan los más variados personajes, había aprendido a conservar un silencio que no pudimos saber si era timidez o discreción.

Nos dirigimos entonces a la calle principal y nos sentamos en un singular establecimiento llamado Tinto Frío.
Vender allí revistas y periódicos -no se puede comprar el del día sino la colección completa de la semana-, empanadas, ponqué y naturalmente, tinto, que, a decir verdad, no lo sirven frío. Es un punto estratégico para observar v conocer la vida del pueblo. Allí se cierran negocios, se definen candidaturas, se habla mal de gobierno y se conocen los horarios de los aviones. Sus dueños, una pareja de maestros pensionada, están encargados de manejar el correo aéreo y, por lo tanto, controlan el flujo y el reflujo de la información.

En Tinto Frío nos enteramos de que el día anterior un tal Roberto había matado a un venezolano en Maroa y se había refugiado en Puerto Colombia, y que, por consiguiente, se esperaba de un momento a otro una invasión de la Guardia Nacional a ese puerto sobre el río Negro. El hecho era un acontecimiento porque, cada vez que aparece un cadáver en la frontera, es colombiano. Sólo en una oportunidad -hacía de eso ya varios meses-, un comerciante del Guainía había herido a un venezolano y ello significó la movilización de la Guardia nacional por agua, aire y tierra sobre el territorio colombiano. La gente, además, estaba nerviosa porque cualquier hecho de sangre equivale al cierre de la frontera y, por lo tanto, a que los precios de los alimentos básicos se disparen hacia arriba. Sin embargo, de alguna manera se notaba cierta satisfacción cuando nombraban al tal Roberto.

Roberto, un quindiano, había llegado al Guainía atraído por el oro, pero muy pronto concluyó que "ese rebusque" no era para él. Compró un betamax, un televisor, unas películas y una batería en Venezuela y se dedicó a "dar cine" por todos los pueblitos ribereños entre Caranacoa y Puerto Colombia. El día del "insuceso" había ido a Maroa a mandar arreglar el televisor, mas siendo domingo no encontró un taller abierto. "Ya se devolvía -nos contaron- cuando un sapo, no se supo si de la guardia o no, le pidió papeles. El hombre se encrespó y les reviró que si todo televisor necesitara papeles, el pueblo sería un basurero; los otros trataron de quitarle el aparato a al fuerza, y Roberto sacó el mazo y ¡ pan, pan ! A uno lo mató en seco y al otro lo dejó mal herido. Después logró escapar por el río y refugiarse en Puerto Colombia, motivo por el cual la Guardia no tardó en pasar, requisar casa por casa y luego disparar ráfagas sobre la inspección de policía, la única edificación que los venezolanos no pudieron revisar. va que el inspector se negó a darles permiso.

En Tinto Frío, tanto como en El Mirador, todo eran cábalas sobre el futuro inmediato. Nosotros dedicamos, ingenuamente, nuestra atención a escuchar las diferentes versiones y a estudiar las distintas reacciones, sin darnos cuenta de que los estudiados éramos nosotros. ¡Y con qué finura! ¿ Seríamos narcotraficantes o guerrilleros, mineros o evangelistas, funcionarios del Estado o políticos en busca de votos, pilotos de aviación o ingenieros de Ecopetrol ? Todos estos interrogantes tenían el propósito de saber por dónde nos abordaban y cómo podían beneficiarse de nuestro viaje eso lo supimos después, cuando ya estábamos matriculados inocentemente en un circuito.

En forma habilidosa, mientras nosotros avanzábamos en la investigación de Roberto, los comerciantes despejaban incógnitas y establecían nuestra identidad y propósitos. Lo primero que hicieron ver, durante muchas horas, fue la dificultad y el costo de cualquier movilización. Progresivamente nos mostraron el peligro que corríamos en una tierra llena de guerrilleros, agentes de la policía secreta, narcotraficantes y comerciantes inescrupulosos. Y cuando todo estaba cocinado y nosotros habíamos confesado nuestra misión, concentraron sus esfuerzos en descubrirnos con todo detalle y con bases testimoniales lo que eran las rutas hacia Naquén y el mundo minero.

A partir de allí comenzó la competencia entre nuestros interlocutores sin que, por supuesto, nosotros lo notáramos. Cuando uno era más amable y deferente que el otro, cada cual encontraba soluciones y trataba de ganarse nuestra confianza. Hasta que nos fuimos interesando en el viaje hacia Naquén y olvidamos a Roberto.

La ruta más cómoda era por avión:bien a Maroa por San fernando de Atabapo, bien por Caranacoa, en el Alto Guainía. En Maroa podíamos conseguir un expreso que llevara a Puerto colombia y, de allí, un bongo aguas arriba hasta Maimache. Naturalmente, la vía por Venezuela estaba cerrada debido al "incidente", y, por Caranacoa, el problema consistía en que el avión Curtis que hacía el vuelo no tenía horario. Podía salir en media hora o dentro de quince días o un mes. Cancelamos, por lo tanto, esta opción, y a medida que suprimíamos las alternativas, se iban retirando sus defensores o eventuales gulas e intermediarios.

Quedaban todavía dos posibilidades: viajar en avioneta a Macanal, también sobre el Guainía, o "hacer la trocha" por Huesito, El Pato y el caño Guamirza (Venezuela), para salir a Macanal. Por su parte, el vuelo ofrecía dos inconvenientes. De un lado, debíamos contratar un expreso porque la línea regular se habia suspendido, y, de otro, el equipo de investigación no cabía en una sola avioneta El viaje por la trocha podía durar tres días en caso de que confluyeran varios factores: que de Inírida a Huesito encontráramos un bongo saliendo cuando llegáramos al puerto, que la volqueta estuviera esperándonos en Huesito para llevarnos al campamento, que el roligón -un extraño tractor anfibio- se hallara listo para transportarnos a El Pato y, sobre todo, que a la Guardia Nacional no le diera por patrullar el caño Guamirza. De lo contrario, el viaje podía tardar cinco, diez y hasta quince días.

Llegados a este punto, los comerciantes ya sabían que optaríamos por la trocha y entonces uno de sus comisionistas nos cogió por su cuenta. Nos llevó a hablar con el dueño de un bongo para definir el precio y la hora de salida hacia Huesito; luego nos presentó en la comisaría y averiguó de paso si la volqueta y el roligón estaban varados y, por último, nos invitó a acompañarlo a donde el comandante de la Armada Nacional de Colombia, para saber cómo estaban las relaciones con Venezuela. Establecidas las condiciones, se ofreció a guiarnos hasta Maimache. Nosotros dudábamos, no obstante, de tanto interés por nuestro trabajo.

Ya habíamos aceptado esta solución cuando se nos acercó un muchacho que dijo llamarse Mauricio a contarnos que él mismo estaba empeñado en el viaje a Macanal y que por eso había conversado ya con el piloto de la avioneta. Mauricio pagaría dos cupos, y nosotros tres.
Le hicimos caer en cuenta de que nosotros éramos seis, pero que además no teníamos dinero para dos vuelos. El tenía ya resuelta nuestra objeción: la comisaría podía prestarnos la avioneta.Nos aseguró que el comisario era un hombre muy cordial que accedería a nuestro pedido y, en efecto, el comisario nos recibió en su casa. Le explicamos nuestro objetivo y el problema económico y de tiempo en que nos encontrábamos. No lo pensó dos veces, resolvió favorablemente la sugerencia y Mauricio fue nombrado por el equipo guía oficial de la comisión a la Serrania de Naquén.

Aquella noche conocimos por casualidad al Cabo Chispas y, sin que nosotros se lo propusiéramos, nos contó su historia. La necesitabamos.

CHISPAS, AL CABO
Cuando la chalana iba a salir a Puerto López, mi teniente nos dijo que del puesto que nos tocara no nos podíamos mover hasta que atracáramos, al final del dia. "Ni para orinar", gritó. Cuando dejábamos el puerto, volvió a repetirnos la orden: "No pueden mover ni la cabeza; no pueden voltear a mirar así vean a su mamá en una playa; todos tienen que tener los ojos al frente". Como estábamos en invierno y el río hacia bombas de agua: como ninguno habíamos navegado porque todos habíamos nacido en la cordillera, pensábamos que mi teniente tenía razón y que asi era el cuento. Pero cuando a las seis horas nos cruzamos con otra chalana, y vimos que todos los pasajeros subían conversando, haciendo chistes y moviéndose de un lado para otro, la cosa se puso oscura. Sin embargo, arreglé la duda que la vaina se explicaba porque nosotros éramos policías, y cuando las moyas comnezaron a mostrarnos su chupa y a tragarse por esa boca hasta los palos más grandes, le dimos definitivamente la razón a mi teniente. Al anochecer del primer día de viaje, atracamos en Remolinos .
Nos mandaron a dormir en cuanto pisamos tierra, sin comer. Pero como el hambre era mucha, dos agentes, Lazo y el loco Castillo, se escaparon después de que mi teniente nos hizo numerar y nos contó a uno por uno. Volvieron a medianoche. Lazo, que dormía a mi lado, me despertó de un codazo en los riñones que todavía siento y me dijo:"Oiga, guevón, ¿usted sabe por qué nos llaman el segundo contingente ?" Le contesté. sin despertarme del todo. lo
mismo que a mi teniente: "porque el primero cumplió con su deber". Sin más, volvió a cargar el hombre: "No sea imbécil; porque al primero se lo tragaron los caimanes, enteritico; se lo engulleron con armas y todo". Quedé seco, sentado. A Lazo se le salina los ojos. El loco Castillo roncaba, bien comido, y entonces Lazo me contó que cinco días aguas abajo de donde estábamos, en un pozo llamado Miti-Miti, donde el río hace un recostadero jodido, los quince agentes desaparecieron. Había sucedido el verano anterior. Cuando la chalana llegó al pozo, alguno descubrió una manada de caimanes asoleándose, medio dormidos, los unos encima de los otros. Eran decenas. Los agentes, que nunca habían visto a esos animales porque también eran "guates", se echaron todos sobre una banda para ver mejor los bichos. El piloto comenzó a gritar que se quedaran quietos, pero como el teniente no dio la orden por estar tan arraigado como todos, nadie hizo caso y la chalana dio el bote. Los caimanes se despertaron con los gritos de auxilio y se tragaron todo el contingente. después, muchos años después, entendí por qué a los del segundo contingente nos habían enviado en invierno, a pesar de ser más peligrosa la navegación que en verano, y por qué el teniente nos había prohibido parpadear.

El cuento se regó. Yo se lo conté a Rizo, Rizo a Abril, Abril a Chacón, Chacón a Salabarrieta, Salabarrieta a Gallo, Gallo al Chivas. Nadie volvió a mover los ojos en las cuatro semanas que duró el viaje. Hasta el loco Castillo se contagió del culillo que llevábamos todos. No supimos por dónde habíamos llegado. Al desembarcar, mi teniente se mostró orgulloso y nos dijo que nunca había conocido un contingente tan disciplinado, y cuando se despidió de nosotros para regresar a Bogotá, durante la ceremonia en la cual nos entregó al doctor bonilla, primer comisario del Vichada, dijo que "el horizonte de la patria estaba seguro en nuestras manos".
El primer contingente, al que remplazamos, había sido enviado para hacer frontera, para hacer respetar la soberanía de Colombia en el Orinoco. Estábamos estrenando posesión y volviendo efectivo el tratado de límites que se acababa de firmar, porque antes, un buen pedazo nuestro era venezolano: la línea de La Culebra, en el Meta, a La Raya, en el Vichada, y a Mapiripaná, en el Guaviare, pero Colombia llegaba hasta El Apure. Aunque en esa época todo era lo mismo, nadie reparaba en fronteras. La "balisa" la vino a establecer una comisión que nombraron en el 22 ambos países y en la que, para más veras, venía José Eustasio Rivera. Poco se ha querido aquí al tal Rivera, a pesar de que por causa suya el país supo que estas tierras existían. Don Carlos Palau Ospina decía: "Ese cachifo era un mentiroso que no llegó sino hasta El Coco en el Inírida, no salió del mosquitero por miedo a los mosquitos y nunca conoció a los barrera ni mucho menos a La Madona, ya que ellos vivían en San José de Ocuné. En El Coco lo cogieron unas fiebres que lo devolvieron medio muerto. La tal Alicia nunca existió, y Arturo Cova era un cauchero de Puerco Espín que tenía dieciséis peones y que fue tan malo o tan bueno como Barrera.La Vorágine son puras fantasías de muchacho. Cuando La Madona conoció el libro, lo quemó de la rabia".
Don Carlos Palau Ospina era un caballero. Lo conocí muy de cerca. Un hombre ejemplar, que había llegado al Orinoco después de la Guerra de los Mil días, desde el Vaupés, navegando por el río Negro y el brazo Caciquiare.Había sido enviado a mitú como jefe civil y militar, pero a él no le gustaba la guerra. La Casa Rosas del Brasil lo empleó como contabilista y luego la Casa Arana del Perú en lo mismo. Fue cauchero en el Caquetá y el Putumayo, con una empresa que formó con don Pablo Villamil, el padre de Jorge, el de "Los Guaduales". No obstante, el Orinoco lo tenía cogido y volvió. El coronel Funes lo contrató también como contabilista.
Conoció muy bien el entrecijo de todo el negocio del caucho y por eso fue que, cuando estalló la guerra contra el Perú, se quedó quieto, mirando de lejos.

Esa guerra fue, según decía él mismo, una guerra que, como todas las guerras en estas tierras, no tenía banderas. Era puro caucho lo que tuvo en ascuas a las partes, porque ni batallas hubo. Lo mismo fue el alzamiento de Funes contra su compadre Juan Vicente Gómez y otro tanto hay que decir de la guerra de Arévalo Cedeño contra Funes. Pura siringa, un olor que enloquecía. Igual, pero más chiquita, fue la revolución de los Tres Brincos, a la que el buenzao del doctor Tulio Bayer prestó su nombre.Ahí no había sino chiqui-chiqui de por medio entre los Guarines y los Marines.Problemas comerciales y hasta familiares, porque un Marín estaba casado con una hermana de los Guarín. Celos y ambiciones. Negocios mal planteados. En todas esas vainas la bandera se ponía después para disfrazar los hechos.

Don Carlos Palau Ospina era sobrino de Pedro Nel Ospina y primo de don Mariano. Cuando éste llegó a la presidencia, le mandaba avión expreso para llevárselo a Bogotá, pero don Carlos nunca quiso aceptar la invitación. El sabía -no se sabe cómo- el día que el avión venía, y desde por la mañana arreglaba las cosas para no estar. Era muy vanidoso. En el Putumayo, un indio curiaca lo habia rezado y le había hecho salir carate. Don Carlos, mitad blanco y mitad de color propia-piel, nunca quiso volver a mostrarle la cara a la familia. Era muy pulcro, tanto como don Benigno Blanco, el primer comisario especial del Vichada, que había sido por mucho tiempo corregidor del Alto Orinoco en Maipures. Don benigno, gobernante de estas tierras, ocupó todos los cargos porque gobernaba como vestía: todo de blanco. Liqui-liqui blanco, sombrero blanco de jipi-japa, zapatos blancos y, a pesar de ser conservador, corbatín rojo. Pero a él nunca se le vió la más pequeña mancha de barro, ni de sectarismo, porque andaba con mucha delicadeza. Uno lo veía venir desde lejos y ya lo distinguía por el vestido. Mietras vivió Funes, nunca quiso ir a Venezuela. Para llegar de El Picacho -como se llamaba Carreño - a Maipures, iba por la trocha colombiana. Claro que en esa época la carretera entre Ayacucho y Samanapo no existía, como tampoco existía, a la hora de la verdad, el propio Ayacucho, que en aquel entonces era un caserío fundado por doña Catalina escala donde se acumulaban los bolones de caucho que los vapores transportaban hasta Ciudad Bolivar primero y, después, a Europa.
Ayacucho echó a crecer fué con la guerra que contra el coronel Funes decretó su compadre en el Amazonas. A eso vino desde la Guayana cuando se dió cuenta de que aqui se podía hacer dinero y se podía establecer un reino. Funes no era coronel de carrera sino de batalla, como todos los militares de esa época, que no salían de guerra sino de peleas. Juan Vicente le dió el titulo de coronel por haberse destacado, pero nó porque supiera, lo que no le impidió ser un tirano. Yo conocía algo del hombre porque durante un tiempo fué mi suegro, aunque ya para esas era finado. Viví con una hija suya que hoy se encuentra en La Guadalupe y que está tan vieja como yo. Me contó cosas. Unas que se pueden repetir y otras que nó, ya que uno debe ser siempre un caballero.

El coronel Funes, como dije, llegó en 1916 y en cinco años fabricó, a punta de sangre, su dominio. En Ayacucho, que no eran sino tres casas, destacó hombres armados para impedir el paso de los raudales por tierra. No sacaba el caucho por el Orinoco, sino por el brazo Casiquiare al río Negro y, por allí, al Amazonas. Hacía tratos con los brasileños, que siempre han ambicionado un pedazo del Orinoco. El coronel tenía, pues, la vía libre hacia el mar y tres barcos de fierro en que llevaba el caucho.Eran tres barcos de vapor que subían por el Orinoco venezolano y por el Orinoco colombiano hasta Mapiripaná.Funes mantenía en esas tierras indios dirigidos por caporales armados que eran sus tenientes. Dicen que llegó a tener dos mil indios a su mandar. En Falcas por el Vichada, por el Atabapo, por el Guanía y hasta por el Vaupés recogía los bolones, que iba llevando a las costas de los ríos para que los vapores de fierro los negociaran, y todas sus empresas las basó en la fuerza bruta. Nunca hizo negocios, sino robos. A su servicio había siete pistoleros -dos de ellos, los más malos, colombianos-, que eran la llave del negocio. Uno se llamaba El Picure, de Boyacá, y al otro lo conocían como La Avispa, santandereano. Hombres malos. sin miramientos con nadie, a quienes el coronel no dejaba ni de día, ni de noche.

Cuando llegaba a las barracas a pagar el caucho, le preguntaba a un indio cualquiera, en presencia de los siete guardaespaldas y de los caporales: ¿ Cuánto te he avanzado?". El indio decía: "Una camisa, un pantalón, un machete". El coronel reviraba, furioso;"¿Unpantalón? No. ¡Dos!. ¡Uno que te dí y otro que llevas puesto suman dos!".Los guardaespaldas desenfundaban las armas y le decían al indio: "El coronel está equivocado; no fueron dos, fueron cuatro." Si el indio volvía a responder, sumaban otros cuatro, para ocho, y así iban doblando a cada revire, y si algo le quedaban debiendo se lo pagaban en morrocotas, en monedas de dólar o de libra, que era la plata que corría, porque aquí se llegó a conocer el billete colombiano después de la tal guerra con el Perú . El indio cogía su morrocota y salía en volandas a esconderla, ya que si no lo hacía, los guardaespaldas de Funes lo liquidaban para quitársela. Así se escondió un tesoro, un verdadero tesoro en las playas del Orinoco.
El Picure y La Avispa tenían un matadero en un lugar llamado Barranco de Lara, cerca de San fernando de Atabapo, donde Funes vivía, y donde murió fusilado el 19 de enero de 1921 por oficiales de Arévalo Cedeño. Ese barranco ha mirado pasar mucho cadáver. El coronel mandaba fusilar a sus indios, a sus contratistas o a sus caporales por que sí o porque nó. Era agrio el hombre, como buen cabuco.
Por eso también guardaba el oro con tanto celo, con tanta mezquindad. Dicen que debajo del sanitario que sólo él usaba, había mandado construir una caja fuerte, y que era allí donde metía el dinero que le producían sus indios. Ese cuento era de su hija, que tenía porque conocer las vueltas que daba su padre antes de acostarse. Ella también conoció un cepo llamado El Tigrito, donde llevaban a los rebeldes y donde -dicen- lloraban hasta los mas guapos. El coronel era el terror. Tanto así que 38 años después me encontré en Caño Bocón a un tal Ramón Pesquera, caporal, que "se hizo" en los pantalones cuando lo descubrimos en una cueva porque creyó que éramos todavía tropa de Funes.
El había matado, ni más ni menos, a La Avispa, y se había internado en el monte. No le tenía confianza a ningún cristiano, indio o blanco. Huía y huía. De vez en cuando salía a conseguir sal con los curripacos, pero desconfiaba a todo lo que oliera a hombre blanco. Por eso nos tocó amarrarlo ocho dias, hasta que convino en hablar. Poco a poco se fué dando cuenta de que no éramos de Funes. Terminó aceptando que hacía muchos años el coronel había muerto y que ya a nadie desvelaba el caucho. El pendare era al nuevo amo del sudor. Nosotros, todos los del segundo contingente, nos habíamos dedicado a ese negocio, ya que la nómina nunca nos llegaba o, lo que casi equivalía a lo mismo, nos llegaba cada seis meses.
Una vez en Carreño nos distribuyeron en todo el territorio: Chacón para La Culebra, Rizo para Mapiripán, el loco castillo para Inírida, el Chivas para Amanavén, Lazo para el Vichada. Cada cual a su puesto. A mí me tocó el Atabapo, nuestro fuerte frente a Venezuela, a donde llegué por el río Orinoco saltando los raudales. Cuando desembarqué, creí que se habían equivocado, porque no había sino una rastrojera, una media-agua y un atracadero. Como ahora, era todo lo que Colombia tenía para guardar su frontera. Yo llevaba papeles completos, dos uniformes, una carabina de dotación y un revólver propio. Era mi plante. En ese momento no sabía que también era todo lo que tenía para sobrevivir. Pensé que quizás me vería obligado alguna vez a usar la carabina para cazar un pato o una lapa,pero no que llegaría a usar el uniforme y las armas para sostenerme.

Ese dia, como el resto, me quedé solo. Izé la bandera que llevaba y me puse a cortar leña para la comida. Al rato vino la guardia venezolana a investigar quien había isado el pabellón veneco en tierra colombiana. No lo distinguían del propio. Los tipos nunca habían visto el nuestro. Les expliqué quién era yo y que iba a hacer. Ignoraban todo. Eran analfabetas. No tenían comunicación con sus superiores hacía más de dos años. Por eso me aceptaron. Al fin y al cabo, allí toda autoridad, fuera de quien fuera, hacía la misma cosa, o resultaba haciéndola, porque no había nada mas que hacer. Nos volvimos amigos y me prestaron unas ollas y una curiara, muy celosa ella.
Yo de aguas nada sabía. Comencé por aprender a mover el canalete sin soltar la amarra, déle para aquí, y déle para allá, y al mes me atrevía a navegar solo. Pero una mañana, la corriente me arrastró río abajo hasta Castillitos y quedé tirado en la costa del río durante tres días, hasta que don Agustín Amaya me avistó. No volví a moverme. Perdía el tiempo mirando como las aguas del Guaviare, o del Atabapo, se mezclaban en el Orinoco. No tenía nada que hacer.Los venezolanos me invitaban a San Fernando y fué en esas cuando conocí a la hija de Funes. Nadie venía a ponerme una queja ni a decirme esto o aquello, y lo más grave era que los días se transformaban en meses y el correo del gobierno, o sea, la nómina, no llegaba.
Así, mirando el río, o los ríos, duré un año. Aprendí a comer mañoco, fariña y yucuta; a meter ajicero, a cazar terecay, a pescar y enamorar las ánimas.Veintitrés meses y quince días después de haber llegado a El Atabapo, recibí el pago, pero para entonces ya había perdido la verguenza y trabajaba de agente en lo que saliera. Le ayudé a don Carlos Palau a llevar la contabilidad de los Manilia en Ayacucho, a don Nepo a manejar el negocio del mañoco y la sarrapia en San Fernando y a don Amaya a negociar en cerveza por el Vichada.Me volví un agente móvil del gobierno.Poco a poco eché alas y un día me lancé solo, cuando don Nepo me hizo caer en la cuenta de que en el Orinoco no se necesitaba el dinero sino la autoridad, algo que para entonces yo tenía. No volví a joder con el cuento de la nómina. Sin abusar, claro está, el uniforme y el título de agente eran mas importantes para vivir que el giro de treinta pesos.

En esas exploré todos los ríos y todos los atracaderos. Como agente de la policía también ganaba, porque todo pleito era yo quien lo arreglaba. Me llamaban de una parte y otra como autoridad que era y yo resolvía en favor de unos o de otros. El que ganaba era el que me pagaba, ya que el otro quedaba resentido, y así hice unos pesos.
Los problemas más frecuentes eran desacuerdos por palabras incumplidas,por territorios de trabajo, por deudas pendientes o cosas menores. Los indios no lo reconocían a uno y además no tenían cómo pagar el servicio de la auto ridad. En esa éxca no se presentaban diferencias graves ni había robos ni asesinatos. Los blancos eran contados todos se conocían, muchos eran compadres. El oficio lo daban quejas que ponían los blancos contra los indios, que robaban por robar, como los micos; no sabían cumplir la palabra; se contrataban por un tiempo, y luego se picuriaban. El mayor problema se presentaba con los avances, porque ellos no los respetaban. Había que enseñarles a cumplir y esto costó mucho trabajo, sin llegar, claro, a los excesos del coronel.Siendo uno civilizado, había que civilizarlos a ellos, y si al pariente se le habían dado dos camisas, dos camisas tenía que pagar.

Como dije, yo tenía mi cuartel en El Atabapo, el sitio de la autoridad. Allí izaba la bandera y allí me iban a buscar.Pero era, al mismo tiempo, móvil. Me quedaba a dormir en San Fernando con Emilia, la hija del coronel, quien me enseñó mucho, o le ayudaba a don Carlos Palau a llevar números en Ayacucho, o salía a comprarle el mañoco a don Nepo. Para ese entonces ya negociaba el terecay, chiqui-chiqui y pendare.
Yo estudié la psicología de los parientes para poder tratarlos. Ellos son muy curiosos. Don Carlos Palau sabía cuatro idiomas civilizados y 41 lenguas indígenas.Me enseñó curripaco y piapoco. Aprendí a defenderme con esos dos dialectos para lo que necesitaba, que eran las pollonas y los tratos. Yo tenía 26 años, me hervía la sangre en el cuerpo y había pollonas en un lado y el otro.Uno a ellas puede usarlas hasta cuando se matrimonean. Después nó. Las pollonas eran hembras indígenas, ya mujeres, que todavía no habían elegido varón. Gozaban de libertad y podían echarse con quien escogieran, así fuera un civilizado, pero después de que hubieran mirado a otro como marido, y vivieran con él, meterse con ellas era la guerra a los parientes uno los podía matar por un robo o por un avance incumplido y se aguantaban, pero que no se les fuera a tocar la mujer, porque ahí si no pasaban de agache. Querían mucho a sus hembras, que eran educadas para eso, para ser hembras, y en realidad lo eran.Cuando estaban volantonas la vieja madre las llevaba a los partos de otras y les enseñaba como nace un indio. A ellas nada se les daba. Era como tomarse un vaso de agua. Cuando sentían los dolores se iban al monte, los maridos les arreglaban un rozado con hojas de platanilo y salían corriendo a coger cama mientras las mujeres parían solas. Si se les complicaba, la madre-vieja les ayudaba. No hacían aspavientos. Uno podía estar al lado suyo y no se daba cuenta sino cuando el chino gritaba, al tiempo que los maridos se amarraban la cabeza, daban gritos y alaridos, sólo podían probar la yucuta y asi tenían que aguantarse nueve días, hasta que el brujo llegaba a soplarles las flechas y el arco.

Las parienticas, pues, aprendian todo. Nosotros los civilizados diríamos que maduraban biches, pero a ellas, cuando les llegaba por primera vez la regla, las encerraban durante tres días, las pintaban de verde y las amarraban a un palo; luego las soltaban, les daban ajicero y para terminar la ceremonia las azotaban hasta que cayeran al suelo y así como caían debían permanecer hasta el otro día. Era lo que llamaban el blanqueo, y tenía como misión que la pollona demostrara que podía aguantarse un marido. A partir de ese día podian hacer lo que quisieran hasta que se casaran, pero una vez casadas era para el resto de la vida. Eso es cierto. Mi mujer es piapoco y todavía vivo con ella.Me enamoró y me dejó enamorado hasta hoy, Y no volvi a mirar a nadie. Algo debió hacerme, porque a mí se me secaron las ganas con otras. Ella tenía 16 años y yo la doblaba en edad cuando la saqué a vivir.
Los parientes han perdido su mundo por culpa de Sophia Muller una mona que llegó a estas selvas siendo todavía bonita y que hoy vive ya gecha en Puerto Ayacucho. Ella, según me contó, era alemana de nacimiento, hija de un pastor protestante que estuvo de misionero en la China, Cuando la guerra mundial, viajó a los Estados Unidos y allí se enamoró de un pastor, pero el hombre no la miró y entonces se hizo misionera, como su padre, y llegó a la región cuando la Rubber salía. Creo que algo tuvo que ver con los ingenieros del ejército gringo que vinieron a tratar de hacer un canal de Panamá en los caudales del Orinoco. La idea era construir unas esclusas para que los barcos cargados de caucho pudieran pasar. Estudiaron el terreno, vieron que la obra no era posible y que tampoco tenían bombas tan fuertes como para dinamitar el lecho.Sólo quedaban dos posibilidades:Hacer por el lado un canal, o mejorar la carretera, y cuando se habían decidido por ésta, se acabó la guerra y dejaron quieta la vaina. Uno de los ingenieros volció, cuando ya Sophia estaba aquí, y le ayudó un tiempo a evangelizar.
Sophia comenzó a vivir con los indios, conociéndoles sus costumbres y su psicología, y aprendió los 41 dialectos que hablaban. Andaba sola en curiara por los ríos y los caños. Poco a poco fué traduciendo a sus lenguas la Biblia y a volverse su diosa. Se puso de parte de ellos y les metió en la cabeza la idea de que los blancos eran el diablo y ella la envidia de Dios. Empezó por prohibirles el alcohol y la borrachera. Después les prohibió sus ceremonias y sus tradiciones y les enseñó a adorar a su dios, un dios que odiaba a los caucheros. Les cambió sus bailes por las cenas, y los parientes asistían como animalitos, cada mes, a las benditas cenas: tres dias de canto, de bautizos y de rezadera. Entonces ellos, que son bien perezosos, pues ahí si ¡quién dijo miedo!. Mientras iban a las cenas y volvían, se perdían quince días dejando botado el trabajo la mitad del tiempo, y para rematar el daño les daba camisas, pantalones y vestidos. Total, el indio perdió el motivo para trabajar.

Caímos en la ruina. Tocaba por la fuerza porque, ¿cómo más? El finado Funes volvió a nacer. Sophia fué la culpable de tanta arbitrariedad que había que cometer para que los parientes trabajaran. Los árboles llenos y ellos cantando... Tocaba arriarlos. La vieja, entre más problemas había con los indios, más diosa de ellos se hacía, más la querían y más

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