Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Chupeta para el Congreso

Aunque el proyecto que les permitiría a los parlamentarios ser ministros es muy impopular, sus consecuencias serían más buenas que malas.

La Ley que permitiría que los congresistas llegaran a Ministerios ha sido bastante criticada, pero su aplicación supondría que quienes se decidan por una carrera política tengan más estímulos para hacerlo bien.

Si hay algún trámite en que el Congreso venga trabajando en silencio, pero con fluidez, es en el de la ley que permite a los congresistas ser nombrados ministros. A pesar de que la iniciativa se hundió en la pasada legislatura, en esta volvió a revivir. Y aunque muchos parlamentarios la apoyan, pocos se atreven a defenderla en público. El nombre con que se le conoce informalmente -la 'Ley Chupeta'- denota la mala imagen que tiene la iniciativa. Se trata de permitirles a los congresistas llegar al poder ejecutivo como ministros, embajadores o jefes de departamentos administrativos. Y más de uno cree que es un contentillo a cambio de que respalden al gobierno. "Con esta ley, el clientelismo llegaría a su clímax. Si en este momento los congresistas son comprados con nombramientos, ¿cómo será si los pueden chantajear con un ministerio?", se pregunta el senador y precandidato presidencial Carlos Gaviria. Como él, no son pocos los críticos que consideran que no fue gratuito que el proyecto de ley se presentara en medio de la coyuntura de la reelección. Hay más de un uribista que tiene la capacidad de movilizar votos para el Congreso, pero que simultáneamente aspiraría a un ministerio. "A la 'Ley Chupeta' también se le conoce como la Ley de Vargas", dice un representante a la Cámara aludiendo a las características de ministeriable del senador Germán Vargas. La Asamblea Nacional Constituyente incluyó entre las incompatibilidades de los congresistas la posibilidad de ocupar cargos en el Ejecutivo. En ese entonces, se asumió que esta posibilidad afectaba la división de poderes y que favorecía el intercambio de favores entre el Presidente y los partidos políticos. Sin embargo, esta decisión la tomó sobre la base de una realidad que los constituyentes asumían como inmodificable: una cultura política viciada, invadida por las negociaciones personalistas y por el mal desempeño de sus gobernantes. 'La Ley Chupeta' funcionaría mejor en una democracia más perfecta. Y también habría sido más legítimo que no se presentara en una coyuntura en la que el país estrenará la reelección y las mayorías le apuestan -antes de las elecciones- a que Álvaro Uribe será de nuevo Presidente. Sin embargo, la idea no sólo tiene consecuencias negativas. Incluso antes de que se planteara la reelección de Uribe, varios analistas políticos la habían apoyado. En democracias avanzadas de tipo parlamentarista, todos los ministros son miembros del Congreso. Los congresistas son personas que por su trabajo deben conocer la estructura del Estado y que, -sobre todo- tienen aspiraciones de desarrollar una carrera a largo plazo. Y en Colombia, uno de los estímulos más importantes para quien escoge la política como opción de vida es llegar a un cargo en el Ejecutivo. "No es posible que uno entre a la vida política y no pueda ejercer cargos más importantes. Es como entrar a la vida académica y no poder ser rector. Además, la posibilidad de ser ministro es un estímulo para que los congresistas hagan bien su tarea", afirma el politólogo Fernando Cepeda. La inhabilidad para que los senadores y representantes sean ministros y embajadores se ha convertido en un desincentivo para que personas valiosas vayan al Legislativo. Y se ha producido una división nociva y artificial entre quienes hacen política para entrar al gobierno que son ministeriales de excelente imagen con percepción de expertos en sus materias, y la de quienes se untan en el barro del Congreso. De paso, desde que se puso en marcha esta norma se ha profundizado el divorcio entre el gabinete y los partidos políticos. Lo cual atenta contra proyectos colectivos y de largo alcance. En los próximos días, la Ley Chupeta entrará a su tercer debate en el Senado. Y a pesar de que la mayoría de sus integrantes la apoya, el debate seguramente será de bajo perfil. Y el estigma que pesa sobre el Congreso y la política hará que sean pocos los que afuera del recinto se den la pela por defender sus virtudes.

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