Jueves, 30 de octubre de 2014

| 2013/06/29 10:00

Cinco años en libertad

Esto es lo que ha pasado con los secuestrados y los dos carceleros que regresaron tras la Operación Jaque.

Cinco años en libertad

“Nunca se olvida un secuestro”

Amaón Flórez acaba de realizar su sueño de la selva: tener una familia.

Las metas que el sargento del Ejército, Amaón Flórez Pantoja, se trazó desde que fue liberado hace cinco años le han servido como bálsamo para hacer borrón y cuenta nueva en su vida, porque como bien dice: “Nunca se olvida un secuestro”.  

Aunque estuvo diez años retenido por las Farc, Pantoja cumplió 21 años de servicio, y espera con ansiedad el ascenso a sargento mayor, que es considerado la cúspide de los suboficiales. Debe darse en los próximos días. 

Estando en la selva, soñaba con tener una familia. Y desde hace cinco meses es una realidad. Su hija Valeria nació de la unión con la enfermera, Jancely Betancourt, a quien conoció en Bogotá en 2010. Los tres viven en Popayán, Cauca, donde Pantoja realiza labores administrativas para la unidad de hidrocarburos de la Tercera División del Ejército. 

Pero no descarta que los tres viajen en un futuro a uno de los tantos países que él conoció cuando recobró la libertad. Uno de ellos fue Francia, a donde viajó gracias a una beca que en 2008 le otorgó ese gobierno, con todos los gastos pagos. Cuando regresó a Colombia, siguió estudiando inglés y aspira a reforzar lo que aprendió de ruso en la selva, en las clases que dictaba el hoy gobernador del Meta, Alan Jara. 

“Parecíamos reinas de belleza”

Julio César Buitrago volvió a Miraflores, el lugar donde lo secuestraron.

Antes de ser secuestrado, el sargento de Policía, Julio César Buitrago  requisaba a las prostitutas que llegaban en aviones DC3 a pasar el fin de semana en los más de 20 burdeles que frecuentaban raspachines en Miraflores. Nunca se imaginó que 13 años después estaría volviendo al lugar donde fue secuestrado, en uno de esos aviones, a los que hoy les hace mantenimiento como parte del equipo técnico de aviación de la Policía. 

Buitrago, una vez rescatado, fue el primero en proponer una marcha por la libertad de todos los secuestrados. Pero le costó ‘el mundo’ volver a aprender de física, química, cálculo, armar presentaciones con diapositivas en vez de cartulinas, y manejar la tecnología, no solo de los aviones, sino también de aparatos cotidianos como teléfonos celulares. 

La Policía y el Sena le ayudaron con cursos para que se actualizara, pero durante los primeros meses fue interrumpido por reuniones, presentaciones, ruedas de prensa y eventos a los que invitaban a los liberados. “Parecíamos reinas de belleza”, comenta entre risas, pero en vez de juzgarlo como algo negativo dice que fue importante porque el país pudo conocer su testimonio y el de los demás compañeros. El mal recuerdo que le quedó de esos actos públicos fue un arroz con pollo que les dieron en un hotel a los pocos días de haber sido liberados y que a la mayoría les cayó muy mal.

Recuperó  la salud y el conocimiento, pero no a su familia. Buitrago pasó años sin saber nada de su esposa y sus dos hijas. La menor había nacido un día antes de su secuestro. Hoy viven en España y desde hace 4 años no están en contacto. Por fortuna,  se reencontro con una novia de adolescencia y no descarta tener otro hijo. “No quiero llegar solo a viejo”, dice. 

“Las hojitas se van cayendo”

John Jairo Durán se ha dedicado con pasión a los helicópteros Blackhawk.


Para el sargento de la Policía John Jairo Durán no fue fácil adaptarse a la libertad. Cuando lo secuestraron, su hijo tenía 11 meses de nacido e iba a casarse con su compañera. Diez años después, ya en libertad, lo intentaron nuevamente, y hasta tuvieron otra niña, pero hace un año se separaron. “Ese tiempo perdido es como el aire, no lo puedes volver a agarrar”, dice. 

Durán fue quien estuvo en todo momento al lado del oficial Julián Ernesto Guevara, que murió en terribles condiciones en cautiverio. 

Y de la selva, no solo trajo la historia de esa crueldad sino los dos cuadernos que el oficial le escribió a su mamá. Durán no tiene hoy mayores secuelas de salud. Durante las primeras semanas, sin embargo, se despertaba en la noche con la sensación de tener una cadena amarrada al cuello o sentía que tenía que pedir permiso para ir al baño. Le dieron pastillas para dormir pero las dejó al poco tiempo.  “Esto no es de pastillas, es de ir asimilando las cosas y, poco a poco, las hojitas se van cayendo solas y uno va descargando,” dice este enfermero que aspiraba a convertirse en médico. 

Todos los años se somete a chequeos de salud porque compartió agujas, cuchillas de afeitar y su cepillo de dientes con seis compañeros de cautiverio, pero también porque, como técnico de aviación de los helicópteros Blackhawk de la Policía, participa en operaciones de riesgo contra el narcotráfico y situaciones que le exigen estar en perfectas condiciones psicológicas. “He demostrado que lo puedo hacer”. 

Hace 15 años vibraba por dentro cada vez que salía a combate como miembro de los comandos jungla que hacían operaciones especiales, hoy lo hace desde el aire o en los talleres para mantener a punto las máquinas, que son como sus pacientes. Cuando no está trabajando, toma clases de inglés porque sueña con hacer una maestría en Ingeniería y viajar a otro país. “Cuando uno es libre, tiene la oportunidad de soñar”.

“Yo no vivo del recuerdo”

Juan Carlos Bermeo, el oficial de más alto grado liberado en Jaque, se enamoró de una periodista. 


Quince días después de su liberación, Juan Carlos Bermeo conoció al amor de su vida. El entonces capitán asistió al concierto por la paz que el entonces presidente Uribe había organizado en Leticia con Carlos Vives y Shakira para celebrar la Operación Jaque. Allí se enamoró de la periodista Natalia Hurtado. Se casó con ella y hoy tienen a Juanita, una hermosa niña de 3 años. 

Bermeo fue secuestrado en la toma de Miraflores de 1998 y pasó nueve años en la selva. Durante ocho de ellos se mantuvo con su camuflado puesto. Y de todos fue el único que no lloró ni durante el secuestro ni después. Su papá le ahorró todos sus sueldos para cuando volviera. 

Cuenta que una vez libre no dudó en reintegrarse a las filas militares: “El Ejército es mi vida”. Dice que no piensa de manera recurrente en lo que le pasó, aunque admite que el cautiverio deja huellas profundas: “Yo no vivo del recuerdo”, agrega.  El hoy teniente coronel ha dedicado los últimos cinco años a su formación. Hizo múltiples cursos y está a punto de terminar Administración de Empresas en la Universidad Militar.  Actualmente es el comandante de la zona tres de reclutamiento del Ejército en Cali. 

“No quiero perder un minuto más”

Raymundo Malagón se convirtió en un trotamundos y a donde llega levanta los brazos y grita.


Luego de un intento de fuga, el mayor Raymundo Malagón del Ejército fue castigado por las Farc. Lo amarraron a un palo con cadenas y no podía moverse mucho. Por eso, quizá, desde que salió, no ha parado de andar. “No quiero perder ni un minuto más”, dice. 

Recién liberado, tomó la decisión de que no podía dejar pasar ninguna oportunidad. Por eso cuando el gobierno francés les dio apoyo para estudiar en el país galo, a Malagón no le importó no saber el idioma. Finalmente aprendió francés e hizo dos especializaciones en París, dónde comprendió lo que era vivir entre inmigrantes de todo el mundo. 

Además de estudiar, Malagón aprovechó para saciar ese afán de vivir como un trotamundos. Recorrió varios países europeos, pero también fue a conocer las pirámides de Egipto, y las mezquitas de Estambul. En cada lugar que visitaba alzaba los brazos y gritaba, como queriéndole decir al mundo que él había salido de la selva y ahora estaba realmente allí.

Luego de sus estudios regresó a Bogotá y hoy trabaja en la oficina de asuntos internacionales del Ministerio de Defensa. Confiesa que aún le está “haciendo el duelo a París”, a tal punto que el apartamento que compró hace poco lo está remodelando al estilo francés. 


“Si me quedo como víctima, me quedo enterrado”

Javier Vianey Rodríguez se preparó como instructor en Estados Unidos y no descarta la política. 


El mayor de la Policía, Javier Vianey Rodríguez dice que aún se pregunta cómo hizo para sobrevivir a casi diez años de secuestro. La única conclusión que ha sacado después de cinco años de libertad es que su apego a la vida y los sueños que tenía le ayudaron en el cautiverio. 

“Los sueños se aplazaron” dice, pero siempre los mantuvo y una vez recobró la libertad decidió prender los motores. 

Al principio se sentía como un niño armando un Lego, volviendo a rearmar su vida. Dice que la mejor terapia fue haber ingresado, tres semanas después de liberado, al curso de ascenso con sus compañeros de promoción. Aunque le costó trabajo volver a formar, cumplir horarios y aprender a usar computadores y celular, sus compañeros le ayudaron.  

Rodríguez no ha parado. Al terminar su curso de ascenso, tomó clases de inglés. Luego, gracias a un programa de cooperación con la escuela de oficiales Whinsec, en Gerogia, viajó a unos cursos especiales y a prepararse como instructor. Estuvo un poco más de dos años allá pero decidió regresar al país. Hoy está terminando una maestría en Estudios Políticos en la Universidad Javeriana y su tesis es sobre un protocolo de asistencia para quienes han sido víctimas del secuestro. “Yo fui una víctima, pero ya no lo soy. Si me quedo como víctima, me quedo enterrado”, dice.

Rodríguez fue secuestrado en la toma de Mitú en 1998 y no había regresado a la capital del Vaupés. Pero lo hizo hace 15 días y aunque quedó impactado por los cambios en la infraestructura de la ciudad, dice que sigue siendo insuficiente. “Yo quiero a Colombia y creo en ella, pero nos falta hacer mucho por muchos todavía”, dice Rodríguez, quien no descarta en un futuro lanzarse a la política. 

“Fue como ganarme la lotería”

Mark Gonsalves, uno de los tres estadounidenses, sigue trabajando en la misma empresa pero como analista de escritorio.

Mark Gonsalves vive hoy tranquilo en New England, Connecticut en los Estados Unidos. “Fue como ganarme la lotería”, dice acerca del regreso a su país, en donde vive como un ciudadano normal y no como una celebridad. Continúa trabajando para la empresa Northrop Grumman como analista de seguridad y riesgo pero desde un escritorio. 

A Colombia solo regresó por unos días para la conmemoración de la Operación de Jaque en 2010. No obstante, sigue en contacto con varios de los exsecuestrados colombianos a través de Facebook y algunos de ellos lo visitaron en su casa en un reciente viaje. Aunque durante el cautiverio fue muy cercano a Ingrid Betancourt, dice que hace rato no sabe de ella.

Con quienes sigue en contacto permanente es con Tom Howes y Keith Stansell, los otros dos contratistas estadounidenses, quienes al fin y al cabo fueron su familia por cinco años.  Al regresar a su país, los tres ingresaron a un programa de recuperación auspiciado por el gobierno y las primeras semanas permanecieron juntos, compartiendo hasta el mismo cuarto. La rehabilitación fue lenta y gradual, alejada de las cámaras, para que tuvieran tiempo de desprenderse y poco a poco se incorporaran de nuevo cada uno a sus familias. 

A las pocas semanas de su liberación, Gonsalves y su esposa tomaron la decisión de divorciarse y él regresó a vivir a casa de su padre, de quien dice fue un gran apoyo, y con quien ha forjado una relación más estrecha. Sus hijos crecieron mientras él estaba en cautiverio y hoy cada uno tiene su vida. Dice que no quiere volver a ser padre pero sí espera volver a casarse. Por ahora, su compañía fiel es su perro Eli. “Ya no recuerdo cuáles eran mis sueños antes de ser secuestrado. Hoy sueño con retirarme y vivir una vida larga y sana, como cualquier hombre”. 

Los carceleros

César fue extraditado y Gafas está en La Picota. 


“Una sola pregunta… una sola pregunta, ¿sí?”, repitió, terco, el supuesto reportero. A lo cual Gerardo Antonio Aguilar, alias César, comandante del primer frente de las Farc, solo atinó a responder con una sonrisa. 

Era la 1:23 de la tarde del 2 de julio de 2008, y este guerrillero y su compañero Alexander Farfán, alias Gafas, no tenían ni idea de que poco después dejarían de sonreír por mucho tiempo. Quince minutos más tarde, los dos eran los botines de la Operación Jaque. Al día siguiente, sus rostros le dieron la vuelta al mundo. César tenía el ojo derecho amoratado e inflamado y, como Gafas, lucía serio mientras el general Mario Montoya decía que habían encontrado unas cadenas con las que pretendían amarrar a los secuestrados en el helicóptero. 

Aunque después se dijo que ambos habían recibido dinero a cambio de entregar a los secuestrados y que estaban libres gozando de la vida en otro país del mundo, lo cierto es que ambos están presos. Aguilar fue extraditado a Estados Unidos en julio de 2009 por narcotráfico, y Farfán pasa sus días en La Picota. Sus familias viven escondidas, pues las Farc consideran que César y Gafas los traicionaron. Y es por ello también que varios  de los guerrilleros, que esa tarde de 2008 los vieron irse con los secuestrados, han sido ejecutados. 

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