Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2003/11/03 00:00

Cirugía en la selva

Un grupo de médicos de la Patrulla Aérea Civil viajó a uno de los pueblos olvidados del Chocó. SEMANA los acompañó.

Para llegar a Docordo, en el corazón de la selva chocoana, hay que tomar una avioneta hasta Juanchaco, en Bahía Málaga, y de allí salir en lancha, bordeando la costa, para luego entrar por una de las desembocaduras del San Juan. En total son dos horas sobre un río de mantequilla, donde todavía se mecen parsimoniosas las canoas de pescadores indígenas y al que de tanto en tanto asoman de la selva enmarañada tambos o casitas montadas en pilotes.

Con tres horas de retraso, la lancha con los médicos de la Patrulla Aérea Civil llega por fin a Santa Genoveva de Docordó, un pueblo donde la gente no parece hacer otra cosa que esperar. Sólo tiene una calle de lodo, piedras y agua estancada, alrededor de la cual se agolpan las viviendas de madera podrida por la humedad.

Los médicos no pierden un minuto. Dejan las maletas y de inmediato empiezan a revisar las historias de pacientes. Hacen unas cuantas consultas, se bañan y en cuanto cae la noche salen a comer. Se preparan para las largas jornadas que les esperan en la sala de cirugía. "El tiempo es poco y hay que aprovecharlo. Somos como un equipo de fútbol: apenas está la pelota en el campo, jugamos", dice Fernando Mesa, director médico de la Patrulla.

Hacia las 9 de la noche comienzan las cirugías. Las salas quirúrgicas han sido improvisadas en el segundo piso del recién construido centro de salud. Y si afuera el sopor empieza a ceder, allá adentro todo hierve. Pero ni el calor ni el cansancio diezman el ánimo de los 29 especialistas, instrumentadores y ayudantes que desde hace 30 años viajan a los pueblos más remotos de Colombia, realizando brigadas de salud allí donde la atención médica es un lujo.

Por más de cinco horas, mientras afuera duerme la selva espesa, cirujanos, ginecólogos, pediatras, oftalmólogos y anestesiólogos, entre otros, operan y atienden a cientos de nativos. Los últimos médicos se acuestan a las 3 de la mañana. "Si a uno le pagaran por este trabajo no lo haría, afirma Mesa. Uno lo hace a cambio de nada y por eso la entrega es total".

Como en tantos otros pueblos del Chocó, en Docordó la gente apenas sobrevive. Tanto los negros como los indígenas pescan, cultivan plátano, yuca y papa china y algunos todavía cazan pavones y perdices, o pequeños mamíferos como guaguas y ñeques. Los indígenas, que viven al otro lado del río en una comunidad llamada Unión Balsalito, tejen además artesanías con güéguere, una fibra de palma. Los negros cortan trozas monte adentro, que luego venden para sacar aserrín. Pero a pesar de lo mucho que trabajan es poco el dinero que consiguen, por lo que algunos han regresado al trueque.

Al otro día la jornada empieza temprano. A las 7 de la mañana el calor ya se pega a los cuerpos y los expulsa de las hamacas, empapados de sudor. De modo que hacia las 9 el trajín en los consultorios y las salas de cirugía es total. Decenas de personas aguardan en el bochorno insoportable de los corredores y las escaleras del puesto de salud. Algunos charlan. Otros dejan transcurrir el tiempo mirando al vacío. Un niño llora al fondo del pasillo. Dos soldados, fusiles al hombro, custodian la entrada.

La Armada ha preparado todo un operativo de seguridad para la llegada de la patrulla. La única calle del pueblo está llena de soldados y hasta el almirante de la división del litoral del Pacífico aterriza en su helicóptero y realiza una visita relámpago. Y mientras habla de esperanza y de la creciente seguridad en el Chocó sus guardaespaldas lo filman repartiendo bolsas de bienestarina.

Pero lo cierto es que en Docordó aún imperan el miedo y la ley del silencio. Basta preguntar por la guerrilla o los paramilitares para que el aire se ponga tenso. Muchos prefieren no hablar. Jairo, un muchacho de 18 años, dice en pocas palabras lo que muchos callan: "Gracias a Dios hasta ahora la guerrilla no se nos ha metido, pero uno se pregunta: ¿a qué hora llegarán aquí a acabar con todo? Y uno piensa en su familia y en sus hermanos pequeños".

Por si fuera poco, en Docordó cada vez hay más niños. No es casualidad que además de las hernias, muy frecuentes entre los aserradores, la operación que más hagan los médicos sea la ligadura de trompas.

Al final de la brigada el balance es alentador: 115 cirugías y 1.005 consultas. Esa noche, por supuesto, es noche de fiesta. En la plaza del pueblo, que a la vez es el centro de espectáculos y la cancha de básquet, el grupo de danza escolar baila chirimías y representa obras de teatro en honor a los médicos.

A la mañana siguiente la Patrulla se alista para partir. "A veces a uno lo coge un azaramiento y le entran ganas de irse para otro lado. Y si uno tuviera plata, en el mismo instante se iría. Pero no hay plata", dice Jairo, sentado en el muelle, esbozando una mueca que parece una sonrisa, mientras los médicos suben a las lanchas que ya prenden los motores. Docordó quedará otra vez esperando en el olvido.

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