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| 12/11/1980 12:00:00 AM

Ciudad tomada

Las autodefensas anuncian que pronto controlarán las comunas de Medellín. Las guerrillas resisten. La batalla es nocturna y sangrienta. La gente vive amedrentada y aguanta como puede. Nadie los protege.

El profesor pidio a sus alumnos que le entregaran la tarea que les había dejado para la casa. Mientras recibía los trabajos una niña se le acercó y le dijo que ella lo había hecho pero no había podido traerlo a la clase. El docente, acostumbrado a oír toda suerte de excusas y justificaciones, le preguntó a la estudiante qué le había pasado. Ella le respondió, con la mayor naturalidad del mundo, que antes de entrar al colegio se le había caído el cuaderno sobre uno de los cadáveres que estaban a la entrada y la tarea se le había manchado con sangre. El profesor no pudo comprobar el incidente, pero tampoco lo puso en duda. Después de lo que le había tocado vivir en los últimos meses en ese colegio del sector de Belencito y Corazón, dos de los 20 barrios de la comuna 13 de Medellín, tenía razones de sobra para creer la historia de la niña.

El, como tantos otros maestros de dicha zona, ha tenido que dictar clases parapetado detrás de una columna o de un escritorio en una esquina del salón. No podía levantarse del suelo para utilizar el tablero y los alumnos tenían que arrastrarse con sus cuadernos hasta él si querían hacerle alguna pregunta. Esa era la única forma de evitar que alguna bala perdida los hiriera. Algunos de los 700 alumnos del plantel dejaron de asistir por voluntad propia o por orden de sus padres y a los que iban no les era fácil concentrarse en las clases mientras escuchaban, entre fascinados y atemorizados, los silbidos de las balas, las ráfagas de fusil o las explosiones de los morteros. Los changones y las armas cortas son cosa del pasado. Las armas largas son las que mandan ahora la parada. Todo esto ocurrió, y ocurre a diario todavía, en pleno Medellín, la segunda ciudad más importante del país, tan sólo a media hora del centro.

La guerra entre las autodefensas y la guerrilla se trasladó con todos los fierros a las laderas de la capital antioqueña. Las primeras aseguran que después de tres años de operaciones controlan más del 60 por ciento de los barrios de la ciudad. En este tiempo han sometido y puesto a su servicio a gran parte de las 400 bandas que se calcula hay en Medellín. Incluso hay quienes aseguran que ya dominan tres grupos de milicias: las del barrio El Triunfo, los comandos urbanos 6 y 7 de noviembre y los Núcleos Revolucionarios. Su objetivo ahora es eliminar, antes de que acabe el año, las estructuras de las Farc y del ELN, que operan en forma conjunta y fueron reforzadas por los milicianos de los comandos armados del pueblo, que quedan en Medellín.

Una tarea difícil porque, como reconoce un comandante del Bloque Metro de las autodefensas, vocero autorizado en la ciudad de esta organización integrada por 400 hombres, "se está atacando con todo, se les ha ganado territorio y han tenido bajas, pero todavía tienen con qué pelear y les han llegado refuerzos de la zona rural".

Prueba de lo anterior son los feroces combates que se libran al oriente en barrios como Santo Domingo Savio en la comuna uno; Caicedo, La Sierra, 8 de marzo y Buenos Aires en las comunas ocho y nueve, y en la mayoría de los de la comuna noroccidental número 13, es decir, en el sector conocido como San Javier. Allí se registró el mayor número de muertes violentas de toda la ciudad durante el primer semestre del año: 301.

Guerras nocturnas

En la zona de San Javier vivían hasta hace poco 130.804 personas. Hoy puede que sean menos pues cientos de sus habitantes se han ido. En un conjunto residencial de 420 apartamentos hay 92 desocupados y con aviso de "Se vende". Mucha gente sale y muy poca entra. Los vendedores ambulantes o cualquier persona ajena no son bien recibidos. Ya ni siquiera los taxis se aventuran a subir por esas calles y los que se atreven a hacer carreras hacia allá, por lo general, dejan a los pasajeros frente a las iglesias o en las terminales de buses localizadas en las partes bajas. A veces ni siquiera estas precauciones los salvan de pasar malos ratos.

Hace poco un taxista llevó a una monja hasta El Salado, otro de los barrios de esa comuna. Mientras la esperaba, porque la religiosa le había pedido el favor que la bajara, se le acercaron cinco milicianos de las Farc y le dijeron que les llevara unas cosas hasta el 20 de Julio, un barrio vecino. El conductor se disculpó y argumentó que estaba esperando a una persona. "Es que no le estamos pidiendo permiso sino le estamos diciendo que las lleve", le gritaron los guerrilleros a la par que lo insultaban. En ese momento apareció un sacerdote y reconvino a los jóvenes. Estos se fueron pero antes anotaron el número de la placa del carro y le advirtieron al taxista que si lo volvían a ver por esos lados lo mataban.

Uno de sus compañeros no tuvo tanta suerte. Meses atrás unos hombres lo pararon en Belencito Corazón. Le dijeron que esperara para que le hiciera la carrera a una viejita. De pronto vio a un grupo que traía a un muchacho con las manos amarradas a la espalda. Lo metieron en el baúl del taxi y le dispararon a quemarropa. El aterrado taxista, testigo involuntario del asesinato, no tuvo más remedio que cumplir la orden que le dieron de llevarse el cuerpo a otro sitio para que las autoridades hicieran el levantamiento del cadáver. Cuando ningún carro público o particular es obligado a llevar los muertos éstos quedan tendidos en la calle, donde cayeron o donde los abandonaron, hasta que las furgonetas blancas de la Alcaldía, mejor conocidas como 'las paleteras', suben por ellos. Estas furgonetas son la única presencia oficial en algunos sectores de la comuna 13. Hay zonas dentro de ésta, bajo dominio de milicianos, donde no se permite ni siquiera que se entreguen los recibos de facturación de las Empresas Públicas de Medellín o que suban sus empleados a cambiar los bombillos rotos de los postes.

Al amparo de la oscuridad, en calles desiertas y sin luz, por entre un laberinto de empinadas escaleras que comunican a los barrios entre sí y constituyen las fronteras invisibles de los territorios en disputa, se presenta la mayor parte de las escaramuzas entre autodefensas y guerrilleros. Los tiroteos duran toda la noche, algunos llegan incluso hasta el amanecer, y no dejan dormir a ningún habitante de San Javier en paz. Hay quienes se dedican entonces a contar los tiros. "El día que menos hubo se oyeron 25", dice un vecino. Los que logran conciliar el sueño pese a los disparos son despertados a veces por el estruendo de los bombazos.

Aparte de rezar, para que no les pase nada ni a ellos ni a sus hogares en medio de estas batallas urbanas, son muy pocas las opciones que tiene la gente del sector. En algunos apartamentos, por ejemplo, las cortinas fueron reemplazadas por toallas mojadas que, al parecer, reducen la velocidad de impacto de las balas. Al día siguiente, los muertos y los casquillos de bala quedan como única evidencia de los combates. Los miembros de las autodefensas vuelven a sus bases y los milicianos a su clandestinidad diurna, mientras los niños simulan con palos que son guerreros o se montan en los árboles a jugar a los centinelas.

Leña al fuego

En un reciente intento por imponer el orden en esta guerra comunal, en mayo pasado las autoridades intentaron darles un golpe de gracia a los milicianos de la comuna 13 por medio de la Operación Mariscal. El día 21 de ese mes 700 efectivos de la Policía, el Ejército, la Fuerza Aérea, el DAS y la Fiscalía acordonaron y registraron seis barrios del sector de San Javier. Este despliegue de tropas, que no se había visto desde los tiempos de la persecución al cartel de Medellín, desencadenó combates callejeros que fueron filmados en vivo y en directo. En medio de las refriegas murieron nueve personas, entre éstas cuatro niños, 37 más resultaron heridas y 55 fueron capturadas. Al final sólo 11 resultaron judicializadas. Una victoria pírrica. Sin embargo las cruentas imágenes de televisión hicieron evidente en toda la Nación la gravedad de la situación en la periferia de la capital antioqueña.

Desde entonces la presencia de la Fuerza Pública ha sido recurrente en este sector y ya se anunció la construcción de una base militar en Belencito. Los habitantes de la comuna están satisfechos con los patrullajes pero han solicitado que los miembros del Ejército no lo hagan encapuchados para evitar confusiones. En Blanquizal, otro de los barrios de la comuna 13, por ejemplo, un grupo de soldados llegó a las 5 de la mañana al rancho de una mujer desplazada de Urabá. Esta, al ver que algunos de los uniformados que se pararon frente a su puerta tenían el rostro cubierto, pensó lo peor. Por eso, con lágrimas, les suplicó desesperada a los hombres que habían detenido al muchacho, de 27 años, que la acompañaba ese día en la casa: "¡No me vayan a matar a mi hijo! ¡No me lo vayan a matar!". La señora sólo se calmó cuando comprendió que el operativo era de los militares.

A pesar de la incursión de la Policía y del Ejército las autodefensas y la guerrilla encuentran la manera de seguir combatiendo en la comuna 13. La ofensiva en este sector está en manos de los 100 hombres del frente José Luis Zuluaga, que pertenece a las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y trabaja en llave con el Bloque Metro. No obstante no son los únicos paramilitares. Hace tres o cuatro meses apareció en la ciudad el frente Cacique Nutibara, que no tiene nada que ver con el Bloque Metro. "Con ellos no ha habido reunión ni se ha concertado nada. Más adelante habrá acercamientos", sostiene con vehemencia el comandante y vocero del Bloque Metro. Según él, este grupo pertenece a un viejo aliado de Carlos Castaño: el enigmático 'don Berna', de quien las autoridades dicen que es el jefe máximo de la delincuencia organizada de Medellín y la maneja desde la 'oficina'.

Su rol en esta guerra no está claro aún pero ya demostró su fuerza al vencer a la banda de Frank. En Medellín dicen que Frank tenía mando sobre más de 300 bandidos y controlaba cinco barrios, cuyas terminales de buses le reportaban más de 200 millones de pesos. Ahora, al parecer, este negocio está en manos del frente Cacique Nutibara, que también sacó a familiares y amigos de los hombres de Frank de unas 20 casas del barrio Picacho, en la comuna seis, para alojar a sus guerreros. Hoy nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra Frank pero algunos de los que lo conocieron rumoran que las Farc lo estarían protegiendo en algún lugar de la frontera de Colombia con Venezuela.

El comandante del Bloque Metro no se muestra muy entusiasta sobre esta acción ni sobre el reclutamiento indiscriminado de gente de las bandas que hace el frente Cacique Nutibara. Sabe que en la ciudad no funciona la disciplina rígida que impera en los frentes rurales y que las lealtades de estos muchachos son muy frágiles. Una apreciación que también comparte el padre Francisco Leudo, miembro del Programa Arquidiocesano de Reconciliación de la Pastoral Social de Medellín. Para este religioso es claro que el conflicto de la ciudad no es por ideologías: "Ellos se cambian de camiseta con facilidad. Un día son milicianos y otro son paracos y al otro día le caminan a las propuestas del Estado mientras les dan para subsistencia".

Por eso el Bloque Metro, más allá de la evidente estrategia de su lucha por dominar los corredores estratégicos que comunican a Medellín con zonas clave del departamento, le apuesta en forma tan contundente al trabajo político y social en las zonas 'pacificadas'. A su manera quiere romper este círculo vicioso y meterles filosofía a las comunas. Eso explica que, a la buena o a la mala, disuelvan las bandas en sus áreas de influencia. Los muchachos más hábiles del combate engrosan sus filas después de recibir instrucción política. El resto son obligados a participar en proyectos, muchas veces creados por líderes barriales. La autodefensa los impulsa y les da garantías de seguridad. Como afirma un experto en el tema, quieren convertirse en "un pequeño Estado en esas comunidades. Es un proyecto experimental sobre cómo se construye un modelo triunfal de dominio en la ciudad".

Por ahora las autodefensas llevan la ventaja en esta carrera por el dominio territorial y el ejercicio del poder en Medellín. Sin embargo, ni las Farc ni el ELN están acabados y van a seguir guerreando. Y bajo las balas de los bandos a los habitantes de muchas comunas de Medellín no les queda más que rezar, día tras día, con la esperanza vana de que alguien ponga fin al terror que producen las ráfagas, el estruendo de los bombazos de los morteros y los ladridos de los perros anunciando la presencia de hombres armados que recorren las calles de arriba a abajo y las encienden a fuego de fusil hasta el amanecer.
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