Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2000/06/05 00:00

Colombia inconclusa

Según un estudio recién publicado los valores contradictorios de los colombianos son la causa del subdesarrollo del país.

Colombia inconclusa

Lo importa que consideren que el país está ardiendo, que la economía no tiene remedio y que no se puede confiar ni en el vecino. Cuando a los colombianos les preguntan si son felices responden que sí con una mayoría tal que sobrepasan estadísticamente a los habitantes de los países desarrollados. Y mientras sostienen que no tienden a violar la ley aceptan que ser deshonestos es la única forma de tener éxito en la vida. Estas y muchas otras contradicciones de fondo conforman los resultados de una encuesta realizada por el Centro Nacional de Consultoría entre 3.000 colombianos a lo largo y ancho del país. Con una amplia muestra de ciudades grandes e intermedias, así como rurales, se trataba de aplicar una metodología desarrollada en Europa que ha sido utilizada en 60 países. Su nombre es World Value Survey (encuesta mundial de valores) y pretende comparar los valores de diferentes sociedades para estudiar cómo estos se acomodan o no al crecimiento económico, al bienestar y a la prosperidad. Los resultados en Colombia son más que sorprendentes. Los hallazgos del estudio están condensados en el nuevo libro de la ex ministra María Mercedes Cuéllar, Colombia: un proyecto inconcluso. Más que las cifras escuetas el libro contiene un interesante análisis de cómo las percepciones que los colombianos tienen de sí mismos y del ambiente que los rodea afectan el crecimiento económico en el país. En otras palabras, el libro escudriña y devela los valores culturales de la población colombiana para explicar porqué el país ha fracasado en la construcción de una sociedad organizada. Los resultados En primer lugar, los colombianos son el pueblo más desconfiado del mundo. Sólo un 9 por ciento de la población confía en aquellos que no son familiares o amigos. Algo así como ‘todos son hampones menos mis amigos y yo’. Esto, además de no ser cierto, es terriblemente nocivo para una sociedad. “Con este modelo es imposible competir o tener una economía que funcione. Sólo existen pequeñas microempresas familiares en un mundo globalizado que exige especialización y trabajo en equipo”, asegura Cuéllar. Esa desconfianza extrema contribuye a que los negocios terminen languideciendo como tiendas de barrio en vez de dar el paso hacia la modernidad y convertirse en empresas grandes y eventualmente en multinacionales. “Sin división del trabajo no hay eficiencia ni productividad. Si esa idea persiste el país está condenado a ser pobre”, dice Cuéllar. Los colombianos se quejan absolutamente de todo, su visión del país y sus instituciones es apocalíptica pero cuando se les pregunta sobre su felicidad personal la historia cambia. Como en un cuento de hadas, declaran ser las personas más felices del mundo. Según Cuéllar, esto probablemente no sea otra cosa que una manifestación de un conformismo exagerado. Pero lo más seguro es que se trate de una mentira colectiva por aquello de que ‘la ropa sucia se lava en casa’. Y cualquiera de las dos interpretaciones es negativa. Esa especie de esquizofrenia parece más clara cuando los colombianos declaran mayoritariamente ser menos propensos que los norteamericanos a violar las normas legales y practican el aborto de manera indiscriminada aunque casi todos, y en especial las mujeres, digan en las encuestas estar en contra de que este procedimiento se legalice. Frente al cambio los colombianos también son contradictorios. Si bien aseguran estar en favor de él, no lo están de quienes lo promueven. En otras palabras, consideran que quien se beneficia del statu quo es enemigo del cambio pero quien propende por el mismo lo hace para beneficiarse personalmente. En resumen, como todos son malos, mejor no apoyar a nadie. Así el cambio se vuelve un imposible metafísico y Colombia resulta ser un país eminentemente conservador. Por otro lado, un increíble 34 por ciento de la población justifica la violencia con fines políticos, un índice más alto aún entre jueces y maestros. Eso explica, de alguna forma, la persistencia de la violencia. Más aún cuando se descubre que un 50 por ciento de la población está totalmente en favor de la liberalización de mercados y el otro 50 por ciento está marcadamente en favor del proteccionismo estatal como modelo económico. Pero si lo anterior resulta impresionante no es menos dramático el panorama a nivel de liderazgo político. Para los colombianos los políticos y las instituciones que manejan son las más desprestigiadas del mundo, más allá de países mucho más pobres y atrasados que Colombia. “Una injusticia y una macartización exagerada, en buena medida motivada por los medios. A los políticos les dan más duro de lo que les toca”, asegura María Mercedes Cuéllar. “La percepción es que todo político es ladrón, sin excepción”. Esto es especialmente paradójico si se toma en cuenta que 80 por ciento de la población dice participar en política únicamente para buscar favores personales. Cuando se les pregunta sobre las oportunidades que tienen en la vida el panorama es aún más dramático. Los colombianos piensan que la única forma de ser exitosos es siendo vivos, deshonestos y teniendo contactos. Especialmente los de clase alta y sobre todo en Bogotá. Valoran el estudio y el trabajo pero consideran que no sirven para nada. Quienes tienen éxito son los políticos y los narcos, que a su vez son despreciados. Si se quiere ser respetado hay que ser pobre, o sea cura, médico, maestro o ama de casa. La riqueza es un antivalor. Quien genera empresa, riqueza, empleo y crecimiento no merece respeto y tratar de hacerlo produce vergüenza. O se es exitoso o se es respetado, no se puede ser ambos. Esa resulta ser una receta garantizada para el subdesarrollo permanente. A lo anterior se suma el hecho de que los colombianos tienden a asociarse con facilidad para cometer actos ilegales pero nunca para construir el bien común. El colombiano considera que nadie trabaja para el bien colectivo sino que todos tienen agenda propia para el bienestar individual o de una pequeña élite. Esto hace que la solidaridad sea casi un imposible. Con un perfil como ese la pregunta obvia es qué se puede hacer. Y es ahí cuando el libro de María Mercedes Cuéllar se queda corto. Ella plantea crear un sistema de seguridad social, evitar cambiar las normas con tanta frecuencia, fortalecer la justicia. Pero nada de ello afecta directamente el modo de pensar del colectivo. La encuesta y el libro que la recoge tienen el valor de dejar en claro que encontrar una respuesta a ese interrogante es un reto que no da espera. Y que si el liderazgo político, empresarial y de la sociedad civil en el país no plantea un camino para modificar la estructura de valores imperantes difícilmente Colombia saldrá del atolladero en que se encuentra.

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