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| 12/15/2003 12:00:00 AM

Como el ave fénix

Esta Navidad, los hermanos Daniela y Guillermo festejan la obtención de sus títulos universitarios después de resurgir de las cenizas de Armero.

A Daniela y Guillermo les encanta caminar de prisa sobre el asfalto, levantar la vista hacia los edificios, pasar horas entre librerías, atravesar largos puentes peatonales antisísmicos y mirar la gente a través de las ventanillas del Transmilenio. Todo lo contrario de sus primeros años de infancia cuando vivían en Armero, donde todos se saludaban, a la vuelta de la esquina siempre estaba la cara conocida y el tiempo parecía detenerse cuando caía el sol de plomo del mediodía.

En aquella época escuchaban en radios transistores la música tolimense sintonizada por sus abuelos. Hoy ella tiene 24 años, es experta en blues, él cumplió 23, le encanta el rock y ambos están al tanto de las últimas novedades artísticas navegando en Internet. La vida nunca volvió a ser igual desde que su tierra, Armero, desapareció para siempre.

Fue el 13 de noviembre de 1985. Ese día hizo erupción el cráter Arenas del volcán Nevado del Ruiz lo que produjo una avalancha monumental de piedra, troncos, lava y lodo que vertiginosamente bajó por el cauce del río Lagunilla. Los periódicos de la época registraron en frías estadísticas el saldo fatal: 25.000 muertos, 30.000 heridos, cerca de 200.000 damnificados y 11.000 hectáreas de tierra afectada, en la peor catástrofe natural de la historia del país.

Y también dieron cuenta de la historia de los hermanos Daniela y Guillermo Páez Cardozo, entonces dos pequeñitos de 5 y 4 años, respectivamente.

Los dos niños recuerdan que estaban entretenidos viendo la telenovela de éxito de la época El gallo de oro. Su abuelo, Macario Cardozo, conocido en el pueblo como un hombre sabio y trabajador, había salido a la calle inquieto por la lluvia de ceniza que a esa hora la brisa arrastraba al pueblo. Un amigo que pasaba por allí lo tranquilizó al contarle que un grupo de geólogos que había ido hasta cercanías del nevado volvieron calmados porque la tan anunciada avalancha no se produciría.

Pero estaban equivocados. Daniela y Guillermo recuerda que hubo gritos y pasos acelerados. "Todos corrimos, menos mi bisabuelo Cerapio Cardozo, él no quiso salir, le suplicamos pero tan sólo repetía que a sus 95 años ya no estaba para andar huyendo", recuerda ella.

La abuela Alicia Cardozo, costurera del pueblo, tomó a la niña de la mano y se la llevó a un lugar seguro. Muchos vecinos llegaron al mismo punto, la tienda del barrio. A decenas de niños los subieron al tejado, que pronto no dio abasto. A Daniela y Guillermo los pusieron encima de una mesa. Doña Rocío Cardozo, su madre, creyó confíada que la avalancha sería un riachuelo desbordado y que al subirlos a la mesa evitaría que se les mojaran los zapatos.

La espera no fue larga. En minutos una masa negra los arrojó de la mesa. "Luchábamos contra la naturaleza, tragábamos barro y éramos golpeados contra todo", recuerda él.

Cuando la marea cesó la niña se despertó entre palos y ramas. Una mujer a su lado rezó con ella. A la mañana siguiente, Daniela estaba encima de un árbol junto a seis personas más. Se alimentaron de mangos hasta que llegó un helicóptero de la Cruz Roja que los sacó colgados de una cuerda a uno por uno. Veinte familiares de Daniela murieron, incluyendo a los abuelos.

Ella creía que su hermano Guillermo también. Igual diagnóstico inicial hizo un piloto de la Fuerza Aérea que había sobrevolado por encima de su cuerpo que se encontraba en posición fetal entre el lodo. Casi tres días después de la avalancha el niño continuaba allí. El veterano fotógrafo de El Tiempo, Jorge Parga, se subió a un helicóptero de la FAC junto a un equipo de rescate de la Cruz Roja. Era el FAC 233A al mando del teniente Raúl Torrado Alvarez. La idea de los equipos de salvamento era hallar más sobrevivientes. La de Parga hacer un reportaje gráfico de estas víctimas anónimas.

El piloto le señaló a Parga el niño que el día previo había visto entre el lodo. El piloto acercó la nave para tomar las fotos. Las aspas levantaron el barro y voltearon el cuerpo del niño que empezó a escupir barro. "¡Está vivo, está vivo!", gritó Parga. "No, hombre, está muerto", le dijo uno de los pilotos. "El viento de las aspas lo movió". "No, se está moviendo solo".El niño, después de 58 horas de yacer entre el lodo, levantó sus brazos y abrió sus ojos. "No recuerdo si dormía o no. Lo que sí recuerdo era que pasaban muchos helicópteros y que yo les gritaba. Después me cansé y me quedé quietico. Hasta que vino el helicóptero que me salvó. Volví a gritar, a moverme, a vivir", recuerda Guillermo.

Las fotos le dieron la vuelta al mundo y Parga se ganó el Premio Rey de España por su trabajo gráfico. La historia fue tan conmovedora que los reyes de España invitaron a los niños a la Casa Real en la primavera de 1986. Allí les brindaron regalos, los mimaron. "Es un recuerdo lejano. Tenemos en la memoria a los reyes y a muchos, muchos fotógrafos que nos disparaban sus flashes", dicen hoy en coro.

Los niños volvieron a Colombia y en la práctica fueron adoptados por El Tiempo. La casa editorial pagó sus estudios de primaria y secundaria en el Colegio Americano. Los reyes de España les regalaron la casa en la que hoy viven en el barrio Bolivia, al noroccidente de la ciudad. Como los padres de los dos niños se habían divorciado antes de la tragedia, fue la madre quien asumió sola la carga económica. Parga la llevó a trabajar como asistente suya a la Casa de Nariño cuando él se desempeñó como fotógrafo durante la administración de Ernesto Samper. Luego ella entró a trabajar como asistente de cartera a la clínica San Pedro Claver del Seguro Social. Sin embargo, con la reestructuración reciente, ella se quedó sin trabajo.

Daniela y Guillermo crecieron sanos, fuertes. Ella mide 1,68, es esbelta y tiene la piel canela. El mide 1,80 y es buen deportista, le encanta el fútbol y el tenis. Ambos siguieron estudiando. Ellos mismos se pagaron sus carreras universitarias. Ella periodismo en la Universidad Libertadores y él administración de empresas en el Politécnico Grancolombiano. Y este diciembre ambos terminaron materias. ¿El futuro? "Hacer empresas solidarias, generar ideas para explotar el pensamiento creativo de la personas", dice él. "Ser cronista", dice ella. Y, ¿Armero? Solo hasta hace dos meses, él se atrevió a volver. Se bajó del carro. Miró el horizonte, lloró y después de una hora de caminar se marchó. "Era desolado, triste", anota. El le contó a ella que, al fin, había vuelto al lugar donde nació y donde estuvo a punto de morir. Entonces ella se animó y también viajó. Fue hace dos semanas. Sin embargo, no tuvo fuerzas para bajarse del carro. Desde el asiento vio el paisaje plomizo, casi desértico, buscó alguna casa en pie pero no la halló, respiró el aire caliente y se deprimió. Ambos quedaron con muchas dudas de regresar algún día.

Después de la visita estuvieron tristes, cabizbajos. Pero pronto los dos se reencontraron con Bogotá, su ciudad. "Mi desahogo está en el blues", dice ella. "En el rock", dice él. Ambos salieron al otro lado y en este fin de año con el sueño de profesionales hecho realidad, se sienten muy seguros cuando caminan de prisa por el asfalto.
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