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| 6/21/2010 12:00:00 AM

Y cómo es él...

De Juan Manuel Santos se han dicho muchas cosas. Cómo es en realidad el nuevo Presidente de Colombia.

Siempre se había dicho que Juan Manuel Santos sería un pésimo candidato pero un gran Presidente. La primera premisa de ese enunciado quedó pulverizada con el resultado del domingo. Queda por verse si la segunda parte se cumple.

Hay muchos elementos que hacen pensar que sí. Ahora que terminó la campaña y que Santos fue elegido Presidente, vale la pena hacer un balance de quién es realmente y para dónde va, sin el apasionamiento de la contienda electoral. En esta, antes de la primera vuelta le tocó recibir bastante palo. Él, quien había sido un consentido de los medios de comunicación durante toda su carrera, aguantó el chaparrón con estoicismo: fue presentado por la mayoría de los columnistas y algunos líderes de opinión como un clientelista y oportunista, carente de credenciales éticas, responsable de los falsos positivos y capaz de cualquier cosa con tal de conseguir un objetivo.

Esta interpretación es caricaturesca y simplista, y no solo obedece al fragor de las elecciones sino a la herencia, para algunos sectores negativa, que representa el continuismo del gobierno de Álvaro Uribe. Ahora que los colombianos se enfrentan a cuatro años seguros de Juan Manuel, y probablemente otros cuatro,  es conveniente desmenuzar qué es verdad y qué es mentira de todo lo que se ha dicho, y poner al próximo gobernante de Colombia en su dimensión real.

Lo de politiquero oportunista y sin ética no es tan así. Oportunista sí ha sido, pero no más que los otros políticos de su generación, incluida la mayoría de sus rivales en las pasadas elecciones. Hasta su renuncia a la Embajada en Londres, a Noemí Sanín le indignaba que la llamaran conservadora. Rafael Pardo fundó un movimiento de liberales por Andrés Pastrana, posteriormente promovió la primera reelección de Uribe, para luego convertirse en su enemigo a muerte en la segunda. Por su parte, Germán Vargas dejó colgado de la brocha a Horacio Serpa para pasarse al uribismo, y terminó de jefe de Cambio Radical, desde donde se divorció de Uribe en esta contienda. En el mundo de la política la gente se acomoda a las circunstancias por simple supervivencia.

La otra parte de la acusación, la de politiquero sin ética, no es verdad. Esa estigmatización obedece a que Santos es un político que sabe manejar como nadie el Congreso. Prueba de ello es que no solo sacó el mayor porcentaje de apoyo electoral en la historia de Colombia (69 por ciento), sino que también logró conformar la mayoría parlamentaria más grande con que ha contado un presidente para iniciar su gobierno (80 por ciento).
 
Eso, para un gobernante, es más una virtud que un defecto. Como en la campaña se glorificó la pureza política de Mockus, la cancha que tiene Santos en ese campo llegó a ser asociada con falta de ética y corrupción. Nadie niega que la política es un mundo de transacciones y componendas, pero saber navegar en esas aguas no entraña necesariamente deshonestidad. Los dineros públicos no son menos sagrados para Santos que para Mockus. Y la presunta diferencia que se pretendió establecer en materia de ética y moral entre ambos fue lo que más indignó al candidato de la U durante la contienda.

En cualquier régimen democrático un mandatario tiene que pasar las reformas por el Congreso, y el mundo perfecto que ofrecía Mockus de llegar al poder sin la clase política y de arreglárselas en el Capitolio a punta de pedagogía y de “argumento va, argumento viene”, pese a ser una propuesta muy atractiva, no parece tan viable en la práctica.

Santos, por ejemplo, como ministro de Hacienda de Pastrana sacó adelante proyectos trascendentales como la Ley de Transferencias, la de Pensiones y una Reforma Tributaria. Se trataba de legislación muy difícil de aprobar pero indispensable por la crisis económica que atravesaba el país. Para lograrlo le tocó darles a los congresistas concesiones antimockusianas, pero sin esa endulzada parlamentaria esas normas quizá nunca habrían sido aprobadas.

Pero una cosa es que Santos sepa negociar y otra que se deje chantajear. Ahora que el 80 por ciento del Congreso lo apoya esperando cariño burocrático puede haber muchos desilusionados. En primer lugar, porque ninguno de los sectores que adhirieron a él es individualmente indispensable para asegurar la gobernabilidad.
 
Si el Partido Liberal le quita sus afectos, Santos sigue teniendo las mayorías. Lo mismo sucede con Cambio Radical, con el PIN y hasta con el Partido Conservador. Por lo tanto, todos entraron en la gran coalición sin poder exigir mucho. Estas entregas oportunistas han sido disfrazadas de acuerdos programáticos, y tanto Santos como los que se han rendido a sus pies mantienen esa comedia.
 
Si por clientelismo se entiende nombrar gente mediocre como cuota política, es muy poco probable que lo haga el próximo Presidente de la República. Santos ha demostrado tener hasta ahora la virtud de rodearse bien. Respeta a la tecnocracia, delega y exige resultados. Habla más de las calidades de una persona la opinión de sus subalternos que la de sus jefes. Todos los que han trabajado para Santos expresan tanto su respeto como su afecto hacia él. En esto su gobierno será diferente al de Uribe, quien aunque es un gran líder y tiene una gran popularidad, ejerce el poder con un estilo más personalista y caudillista.
 
Pocos presidentes de Colombia han llegado a la Casa de Nariño con una hoja de vida como la de Juan Manuel Santos. En el pasado ha habido humanistas, grandes oradores, líderes parlamentarios, economistas, guerreros, pacificadores y hasta poetas y delfines. Pero por lo general la fortaleza en el área que los caracteriza viene acompañada de vacíos en otras. Los tecnócratas no saben mucho de política y los políticos no saben mucho de asuntos técnicos. Y con frecuencia ni los unos ni los otros manejan los temas militares. Santos, por la variedad de cargos que ha desempeñado, cubre los tres frentes. Maneja el Congreso como Turbay, la economía como Carlos Lleras y el Ejército como Uribe.
 
Lo anterior significa que Santos va a tener en sus inicios de gobierno más capacidad de acción que cualquiera de sus antecesores. Todos los factores del poder están con él: el Congreso, los empresarios, los gremios, el Ejército, los medios de comunicación (aunque no necesariamente los columnistas), el gobierno de Estados Unidos y hasta los sindicatos por cuenta de Angelino Garzón. Será el primer Presidente en la historia de Colombia que llega con una perspectiva de gobierno de ocho años, porque aunque Uribe los tuvo, no existía la figura de la reelección cuando fue elegido por primera vez.
 
Se puede anticipar que ese nivel de apoyo, sumado a la estrategia electoral de la unidad nacional, le va a permitir neutralizar la polarización que se generó al final del gobierno de Uribe y al comienzo de esta contienda electoral. Con las mayorías que tiene va a poder pasar sin mayores tropiezos las reformas que quiera emprender. Y estas no serán pocas, pues problemas como las finanzas públicas, las pensiones y la salud no dan margen de espera.
 
En cuanto a las dos grandes broncas que hereda del gobierno anterior, una, la de la rama judicial, es fácilmente solucionable ya que se trata de un enfrentamiento con Uribe, más personal que institucional. La otra, la de Venezuela y Ecuador, es bastante más difícil y requerirá más trabajo y paciencia. Sin embargo, y pese a que en este caso está involucrado él directamente, su pragmatismo lo obligará a hacer grandes esfuerzos para encontrar algún modus vivendi con Hugo Chávez y Rafael Correa, dejando de lado consideraciones personales. A pesar de que hay muy mala química entre ellos, ninguno de los tres países aguanta la perspectiva de ocho años más de crisis fronteriza.
 
Pero estos no son los únicos retos internacionales que tiene. Va a recibir un país que se encuentra aislado en Latinoamérica y que pasó a un segundo plano para Estados Unidos desde que los demócratas ganaron el control del Congreso y de la Presidencia. Sus preocupaciones en la actualidad son la proliferación nuclear, el terrorismo islámico y salir de la recesión. En esas condiciones la disminución de la ayuda económica es inevitable. Y en Europa, donde es prioritario establecer una nueva relación, la cosa no va a ser fácil pues después de la aprobación del TLC el único tema que interesa es el de los derechos humanos.
 
El talón de Aquiles que tiene es el de los falsos positivos. Aunque se trata de un fenómeno que venía de tiempo atrás, que le explotó en sus manos cuando era ministro y que él en gran medida solucionó, el crimen es tan monstruoso que el escándalo sigue vigente no solo frente a la opinión nacional, sino a la internacional.

Ante estos desafíos, el perfil de Santos va a ser de gran utilidad. Tiene vuelo y conexiones a nivel internacional:? su trayectoria incluye estudios en Kansas, Harvard y en la London School of Economics; experiencia diplomática en el sector cafetero en Londres; Ministerio de Comercio Exterior y ha sido participante activo de organizaciones como Diálogo Interamericano y The Council of the Americas.
 
Con todo este bagaje es ingenuo pensar que el de Juan Manuel Santos va a ser solo la prolongación del gobierno de Uribe en cuerpo ajeno. El próximo Presidente tiene una tenacidad y una ambición comparables a las de Uribe, pero un ego superior al de este. Esos rasgos son innatos en las personas que le han dedicado toda su vida a buscar el poder. Y una de las características de Santos es su arrolladora confianza en sí mismo. Habla con conocimiento de los temas e irradia autoridad. Esto se hizo evidente en los debates en los cuales se creció en la recta final de la campaña.
 
Además de su preparación, tal vez lo que más ha marcado la vida de Juan Manuel Santos es su buena estrella: nació en una familia privilegiada; creció en el mundo del poder en el periódico El Tiempo cuando este definía los destinos del país; manejó la política cafetera nacional en Europa cuando Colombia vivía del grano; fue elegido Designado cuando apenas comenzaba su carrera política; fue nombrado en tres ministerios clave bajo tres gobiernos y llegó a la Presidencia de la República sin haber participado en una elección en toda su vida.
 
En su carrera política la suerte lo ha perseguido. No es sino ver los sucesos que ocurrieron en la última etapa: después del éxito de la Operación Jaque, vino el escándalo de Agro Ingreso Seguro que acabó con las aspiraciones de ‘Uribito’; luego el hundimiento del referendo reeleccionista, que acabó con las de Uribe,  y como si fuera poco, ocho días antes de la segunda vuelta, le salpicó la gloria de la Operación Camaleón. Tal vez el único revés grande que enfrentó fue el súbito fenómeno de la ola verde, que acabó siendo precisamente eso, una ola que se estrelló contra una roca.

Cuando se retiró del Ministerio de Defensa y comenzó campaña, su triunfo estaba tan asegurado que parecía más bien un presidente electo en empalme que un candidato en campaña. Candidato en realidad no fue sino cuando Mockus se creció como espuma con su halo renovador y su discurso antipolitiquero, y a Santos le tocó arremangarse y empezar a trabajar duro ante la posibilidad de una derrota. 
 
El camino hacia la Casa de Nariño del hombre que a partir del 7 de agosto regirá el destino de los colombianos, comenzó en la infancia con un consejo que le dio su abuelo ‘Calibán’: “Mijito, en la vida, como en el toreo, lo más importante es tener cartel”. Con esas palabras el legendario periodista le estaba diciendo que cuando el cartel es bueno la plaza se llena. Sin duda, esa recomendación le sirvió pues la plaza pocas veces ha estado tan llena como lo estuvo el domingo pasado.
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