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| 11/7/2009 12:00:00 AM

Cómo Gabo conquistó a Fidel

Antes de ser premio Nobel, el escritor estaba obsesionado con ser amigo del comandante. Inventó una fórmula y le funcionó. Apartes del libro de Gerald Martin.

En dias pasados fue lan-zada en español la biografía de Gabriel García Márquez, del escritor británico Gerald Martin. El volumen ha sido objeto de controversias, animadas en especial por quienes consideran que no es suficientemente crítico con las actitudes políticas del escritor, y en especial con su amistad con el líder de la revolución cubana, Fidel Castro. SEMANA presenta algunos fragmentos del libro en lo que corresponde con la relación entre los dos personajes.

(...) En marzo y abril García Márquez estuvo de nuevo en Cuba. Había cosechado ya elogios en todo el mundo por sus artículos sobre el golpe chileno y debió de darse cuenta de que Fidel Castro cometía una insensatez si ignoraba un talento como el suyo. Así que se propuso hacerle una oferta al dirigente cubano que no pudiera rechazar. Le propuso a Carlos Rafael Rodríguez hacer una crónica épica de la expedición cubana a África, la primera vez que un país del Tercer Mundo se había interpuesto en un conflicto en el que estaban involucradas las dos superpotencias del Primer Mundo y el Segundo. Teniendo en cuenta la historia de esclavitud y colonialismo de Cuba, los movimientos de liberación africanos de aquel período encerraban un interés especial para la isla, y nada menos que una figura tan relevante como Nelson Mandela juzgaría con posterioridad que Cuba había hecho una contribución significativa, tal vez decisiva, a la abolición del apartheid en Sudáfrica.

El secretario de Exteriores cubano transmitió la idea de García Márquez a Fidel Castro, y el colombiano pasó un mes en el Hotel Nacional de La Habana a la espera de la llamada del Comandante. Un día, a las 3 de la tarde, Castro se presentó allí en un jeep y se puso al volante, de manera que García Márquez, acompañado de Gonzalo, pudiese sentarse a su lado. Salieron para el campo y Fidel pasó dos horas hablando de comida. García Márquez recordaría: "Yo le pregunté: 'Bueno, y usted, ¿cómo sabe tanto de alimentación' 'Chico, cuando tengas la responsabilidad de alimentar un pueblo entero, sabrás de alimentación'". Al igual que a tantos otros les ocurriera antes y después de entonces, García Márquez quedó asombrado ante el amor por los hechos y el excepcional dominio sobre el detalle que caracterizaban a Castro. Tal vez lo hubiera dado por hecho al escuchar los discursos de ocho horas que improvisaba el gran líder cubano, pero nada lo había preparado para el encanto personal y la cortesía de Castro, capaces de iluminar no sólo un tête à tête como este, sino una sala con 20 ó 30 personas reunidas.

Al final de la expedición Fidel dijo: "Invita a Mercedes a venirse para acá y luego habla con Raúl". Mercedes llegó al día siguiente, pero entonces pasaron otro mes entero aguardando la llamada de Raúl Castro. Raúl era el jefe de las fuerzas armadas, y fue él en persona quien informó y dio instrucciones a García Márquez:

En un salón donde estaban todos los asesores, con los mapas, empezó a destaparme los secretos militares y de Estado, en una forma que yo mismo me quedé sorprendido. Los especialistas traían cables cifrados, los descifraban, me explicaban todo, los mapas secretos, las operaciones, las instrucciones, todo, minuto a minuto. Así estuvimos (de las 10 de la mañana) hasta las 10 de la noche ... Con todo ese material me fui a México y describí la Operación 'Carlota' completita.

Cuando García Márquez terminó el artículo se lo mandó a Fidel, "para que él fuera el primero en leerlo". Tres meses después no había novedades y García Márquez volvió a Cuba para hablar del asunto. Tras consultarlo con Carlos Rafael Rodríguez revisó lo que había escrito: "Acabé de ganarme la lotería porque, en vez de quitar cosas, lo que hizo fue aclararme cuestiones importantes y agregar detalles que no estaban". El artículo se publicó en todo el mundo y los hermanos Castro quedaron sumamente complacidos. García Márquez había demostrado su valía revolucionaria; o, como lo diría Mario Vargas Llosa posteriormente, se había convertido en el 'lacayo' de Fidel Castro.

No sólo había contentado a Fidel, sino que después García Márquez recibió el premio mundial de periodismo de la Organización Internacional de Prensa por sus crónicas sobre Cuba y Angola. Cabe imaginar que no tenían conocimiento de la "participación" de sus tres distinguidos colaboradores. Durante un tiempo García Márquez, embriagado como es de imaginar por su amistad personal con la figura más destacada de la historia latinoamericana reciente, diría a los periodistas que no quería hablar de Fidel porque temía parecer un adulador (aunque luego lo pusiera por las nubes de todos modos). Estas declaraciones causaron la ira de los exiliados cubanos de Miami y el resto del mundo.

García Márquez continuó investigando y cultivándose para defender la Revolución cubana con conocimiento de causa. Lo más seguro es que ya hubiera abandonado su libro sobre la vida cotidiana bajo el bloqueo, aunque siguió usándolo de excusa por un tiempo. Se había dado cuenta desde el principio de que la cuestión de los derechos humanos y los prisioneros políticos era un asunto crucial que sus enemigos utilizarían como arma arrojadiza. Pero una vez que los norteamericanos, durante los gobiernos de Nixon y Kissinger, se dejaron de miramientos al tratar con los movimientos progresistas latinoamericanos y se dedicaron a formar a los regímenes militares en "métodos de seguridad" (entre los que tenían cabida el asesinato, la tortura y la desinformación), y ahora que se había unido a la Cuba de Castro, necesitaba documentarse acerca de la cuestión de las prisiones, aunque hacerlo significara convencerse a cualquier precio de que la situación era aceptable y soportable en todas las circunstancias (estaba aprendiendo mucho sobre los regímenes penitenciarios con su trabajo para el Tribunal Russell). Al mismo tiempo, irónicamente, Estados Unidos tenía ahora un nuevo dirigente, y el puritano presidente Jimmy Carter predicaba los derechos humanos e incluso parecía sincero al respecto.
 
Así pues, Nixon le había enseñado a García Márquez que los gobiernos estadounidenses no cambian nunca realmente, pero Carter le había hecho ver que las relaciones públicas, la diplomacia y la propaganda eran también una parte fundamental de la lucha ideológica en la escena internacional. García Márquez estaba convencido de que la oposición exterior en realidad deseaba que en Cuba hubiera presos políticos para poder así continuar con sus ataques, y por esa razón creía, tal vez con ingenuidad, que el país debía reducir el número de esa clase de prisioneros y aproximarlo a cero cuando fuera posible. A ello dedicaría gran parte de sus esfuerzos en los años venideros. Y haría que sus empeños en la militancia con Alternativa y la defensa de la intervención de Cuba en África se trasladasen poco a poco a la diplomacia internacional y, con el tiempo, a medida que las cosas se pusieran más difíciles, simplemente a hacer un último intento por defender la integridad soberana de Cuba.

A finales de 1976 se las arregló para hablar con prisioneros contrarrevolucionarios que llevaban ya años en la cárcel de Batanabó. De aquella lista eligió al azar el caso de Reinol González. González era un líder de la oposición que había sentado las bases del movimiento sindicalista cristiano, un católico comprometido y, a efectos prácticos, un demócrata cristiano. Había sido arrestado en 1961, acusado de conspirar para asesinar a Fidel Castro con una bazuca cerca del aeropuerto de Rancho Bolleros y de incendiar El Encanto, el centro comercial del centro de La Habana, donde resultó muerta una empleada llamada Fe del Valle. El propio González admitió posteriormente que los cargos eran ciertos. Tras la conversación de García Márquez con González en Batanabó, la esposa de éste, Teresita Álvarez, se puso en contacto con el escritor en Ciudad de México y le pidió ayuda para conseguir la liberación de su marido. A García Márquez lo conmovieron sus ruegos y vio la posibilidad de una maniobra en la que todo el mundo podía salir beneficiado. Decidió hablar con Castro, pero mantuvo cuatro o cinco encuentros con él sin atreverse a mencionar el asunto.

Un día Castro los llevó a Mercedes y a él a dar una vuelta en su jeep. De regreso, como García Márquez recuerda:

Veníamos con cierta prisa y yo tenía en una tarjetita anotados seis puntos que quería tratarle. A Fidel le causaba risa mi precisión en cada punto y decía: "Esto sí, esto no, hacemos esto, hacemos esto otro". Cuando me contestó el punto seis, estábamos entrando al túnel de La Habana y entonces me preguntó: "Y el siete, ¿cuál es?". En la tarjetita no había punto siete. Mira, yo no sé si fue el diablo el que me sopló al oído, pero puesto así, pensé: "Esta puede ser la ocasión propicia". Le dije: "El punto siete sí está aquí, pero es muy jodido". "Bueno, pero dime qué es". Como quien se tira en paracaídas, le dije: "Tú sabes que le daríamos una gran satisfacción a una familia si ahora me llevara a Reinol González libre para México y pasara las Navidades con su esposa y sus hijos". Yo no miré para atrás, pero Fidel, sin mirarme, miró a Mercedes y dijo: "¿Y Mercedes por qué pone esa cara?". Y yo sin mirar atrás, sin mirar qué cara estaba haciendo Mercedes, le contesté: "n". Entonces Fidel no me costestó a mí, sino a Mercedes: "Mira, Mercedes, Gabriel y yo hacemos lo que consideramos que es bueno y si después el otro resulta un desgraciado, ¡ese es otro problema!".

De regreso a la habitación del hotel, la siempre juiciosa Mercedes reprendió a su marido por aquella impertinencia, pero García Márquez estaba exultante. Pasaron los meses, sin embargo, y Castro decía que todavía no había logrado convencer a sus colegas del Consejo de Estado. Entraban en liza asuntos complejos y García Márquez y González habrían de armarse de paciencia.

(...)

Así mismo, desde la muerte del Che Guevara, a Castro no se le habían conocido amistades masculinas dignas de mención, más allá de su hermano Raúl, eternamente leal, u hombres como Antonio Núñez Jiménez, Manuel Piñeiro y Armando Hart. Así que la amistad con García Márquez era algo sumamente inusual y del todo inesperado. Aunque cómo de sorprendente es, si meditamos sobre ello, otra cuestión. García Márquez era el escritor más famoso del mundo hispanohablante desde Cervantes y, por ul golpe de extraordinaria buena suerte, era socialista y defensor de Cuba. Tenía además aproximadamente la misma edad de Fidel, ambos eran caribeños y contrarios al imperialismo, en parte a modo de reacción por la proximidad del monopolio bananero estadounidense, la United Fruit Company. Anecdóticamente, ambos habían estado en Bogotá en abril de 1948 durante el Bogotazo, e incluso ciertos teórico de la conspiración creen que desde entonces empezaron a subvertir juntos América Latina. A pesar de ser un gran escritor, García Márquez no era en modo alguno un esteta ni un esnob intelectual, y su estilo de vida le permitía mantener a Castro en contacto con el resto del mundo, a pesar de su confinamiento virtual dentro de los límites de su pequeña ila al sol. El propio Castro me dijo que su común herencia caribeña y una vocación latinoamericanista compartida eran las bases más importantes sobre las que cimentar una amistad. "Además -añadió-, los dos somos gente de campo, y costeños... Ambos creemos en la justicia social, el la dignidad del hombre. Lo que caracteriza a Gabriel es su amor al prójimo, su solidaridad con los demás, que es una característica de todo revolucionario. No puedes ser revolucionario sin admirar y creer en otra gente".
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