Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/04/03 00:00

Cómo salir de pobres

Francis Fukuyama, el controvertido experto mundial que decretó el “fin de la historia”, estará en Colombia esta semana. Para él los países son ricos o pobres debido a su cultura.

Cómo salir de pobres

Es conocido el viejo chiste según el cual Dios habría dejado a Colombia con enormes recursos y riquezas, en abundancia exagerada, y al ser preguntado por un ángel por qué destinaría tantos bienes para este país el Señor habría dicho que faltaba ver la clase de personajes que pondría en él. Puede resultar dolorosa su crudeza pero sí enuncia una realidad.

Por alguna razón los latinoamericanos, y en especial los colombianos, parecen condenados a la pobreza, la corrupción o la violencia. Las propuestas socialdemócratas, que ponen el énfasis en las obligaciones que tiene el Estado con los ciudadanos, suelen enfrentarse al terrible dilema de los dineros que van a parar a los bolsillos de los corruptos. Y las neoliberales, que prometen disminuir el tamaño del Estado y promover la inversión privada, se estrellan con que el dinero que queda en lo público desaparece igualmente y el mercado, que es imperfecto y en no pocas oportunidades monopólico porque carece de una verdadera cultura de competencia, no hace lo suyo ya que termina concentrando la riqueza en pocas manos.

Frente a este dilema ninguna ideología ha logrado una propuesta coherente. Y es ahí donde Francis Fukuyama, y un importante número de investigadores y académicos, aseguran tener una respuesta. El problema es la cultura, el conjunto de valores y reglas informales que comparte una sociedad. Es algo así como el software de los ciudadanos de un país con el cual interactúan unos con otros. Y a esto lo han llamado capital social. Hay ‘capitales sociales’ que producen desarrollo y paz, y otros que producen pobreza, caos y violencia. Según Fukuyama, “existen serios problemas con una cultura de individuos sin freno en la que el rompimiento de las normas se vuelve, en cierta forma, la única norma”.

Tal vez esta frase explica porqué Fukuyama ha decidido visitar esta semana a Colombia.



¿Que pasa con la cultura?

Los académicos que estudian el capital social han identificado varios factores culturales que afectan negativamente a países como Colombia. El primero es la desconfianza. Es la idea de que todos “excepto yo” son pícaros y que eso nunca va a cambiar. Cuando esa idea prevalece en una sociedad se convierte en realidad, ya que no es posible para un hombre honesto sobrevivir en un país de pícaros. Se llega al resultado de que todo el mundo viola las normas con el argumento de que los demás también lo hacen. Los alcaldes piden comisiones porque creen que es la única forma de construir un patrimonio. Los congresistas compran votos porque creen que es la única forma de salir elegidos. Los empresarios evaden impuestos porque creen que es la única forma de evitar las pérdidas. Los padres de familia pagan ‘mordidas’ porque creen que es la única forma de que sus hijos no sean llevados al servicio militar. Cuando todos lo hacen nadie puede darse el lujo de no hacerlo. Y todo el intercambio de bienes, la contratación de empleados, los préstamos bancarios, las decisiones de inversión y la economía en general dependen de la confianza, la seguridad y el respeto a las reglas de juego. En un país así la economía no puede crecer lo suficiente como para que haya bienestar para todos.

El segundo punto es el paternalismo. Se expresa como “yo no puedo solucionar mis propios problemas. Eso es culpa del Estado”. Es producto de lo que el investigador colombiano John Sudarsky llama la tradición jacobino-hispano -católica. Para Sudarsky es “la idea de que los ciudadanos no somos responsables de lo público”. Cuando a un ciudadano se le invita a participar en comunidad para beneficio de todos responde: “¿Como así?, ¿yo?, si eso le corresponde al gobierno”. Tiene mucho que ver con la tradición hispana y católica, en la cual se necesita palanca e intérprete hasta para hablar con Dios, y se necesitaba una autorización del rey que demoraba varios años para fundar una ciudad. La gente no ejerce su derecho a voto, y menos va a ejercer otros espacios democráticos a pesar de que la ley los haya creado. Los ciudadanos no vigilan a su alcalde y a los padres de familia no les importa qué se les está enseñando a sus hijos en el colegio. La gente cree que su única responsabilidad frente a sus problemas colectivos es la de reclamar por qué el Estado no ha venido a solucionarlos.

El tercer punto es falta de oportunidades. Es la creencia generalizada, que termina por volverse realidad, de que quien nace pobre está condenado a ser pobre, no importa cuán esforzado, inteligente o capaz sea. Es esta idea la que genera más violencia y se describe como la sensación de que el sistema conspira contra el individuo desfavorecido para que éste se mantenga abajo. En palabras de Fukuyama, “la idea de que la pobreza y la desigualdad engendran crimen es común entre los políticos y votantes de las sociedades democráticas que buscan justificar programas contra la pobreza”. Sin embargo Fukuyama considera que ello difícilmente constituye una explicación para la violencia y la criminalidad. No es la pobreza en sí misma la que produce violencia, pues hay países muy pobres que no son violentos y otros ricos que sí lo son. Es la sensación de que el sistema no le da oportunidad a todos de surgir si se esfuerzan por hacerlo. Tampoco la desigualdad en el ingreso explica la violencia. Hay países con mayor desigualdad entre ricos y pobres que Colombia donde la violencia prácticamente no existe.

De todo lo anterior sólo queda una cosa clara. La visita de Fukuyama avivará este debate, especialmente relevante para los precandidatos presidenciales, pues un cambio en la cultura tiene que ser una política de Estado. Según Fernando Carrillo, ex ministro colombiano y actual funcionario del BID, “es muy importante que los políticos empiecen a hablar de capital social. El mercado como tal no produce cultura y el Estado tiene que modificarla”. A manera de ejemplo Carrillo subraya los niveles de falta de transparencia de las ONG de Centroamérica que están manejando los recursos que llegaron por el huracán Mitch. “Es la misma cultura de clientelismo y burocracia disfrazada de sociedad civil. Si no cambia la cultura no hay caso”.

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