Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/10/22 00:00

¿Cómo sería una guerra total?

En medio del póker entre Pastrana y las Farc ese es el interrogante en la mente de los colombianos.

¿Cómo sería una guerra total?

La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
Acuerdo de San Francisco de la Sombra entre el gobierno y Farc
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
Acuerdo de San Francisco de la Sombra entre el gobierno y Farc
Carta abierta del comandante de las Farc Manuel Marulanda Vélez al presiente Andrés Pastrana (20 de noviembre de 2001)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
Acuerdo de San Francisco de la Sombra entre el gobierno y Farc
Carta abierta del comandante de las Farc Manuel Marulanda Vélez al presiente Andrés Pastrana (20 de noviembre de 2001)
Comunicado del Estado Mayor Central de las FARC-EP sobre el proceso de paz con el Gobierno (Noviembre 5 de 2001)
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
Acuerdo de San Francisco de la Sombra entre el gobierno y Farc
Carta abierta del comandante de las Farc Manuel Marulanda Vélez al presiente Andrés Pastrana (20 de noviembre de 2001)
Comunicado del Estado Mayor Central de las FARC-EP sobre el proceso de paz con el Gobierno (Noviembre 5 de 2001)
Resolución 118 que prorroga zona de distensión hasta 20 de enero de 2002
La escena que se vivio en el Palacio de Nariño el miércoles 3 de enero a las 7 de la noche fue premonitoria. Mientras la mayoría de los colombianos pasaban aún el guayabo por las celebraciones de Año Nuevo el presidente Andrés Pastrana interpretaba en su despacho el papel de ‘Raúl Reyes’ frente a Camilo Gómez y Juan Gabriel Uribe, los negociadores de paz de su gobierno, para prepararse a lo que se venía. La suplantación de ‘Raúl Reyes’ por parte del Presidente bien hubiera podido titularse como una de las primeras películas de James Bond: ‘El Dr. No’. Pese a los esfuerzos histriónicos del Presidente por ser terco y maquiavélico la tensión dramática de Palacio aquella noche se iba a quedar corta frente al suspenso que se viviría en Los Pozos. Seis días después, el miércoles 9 de enero, el guión del Caguán entre los negociadores del gobierno y las Farc llegó a su punto culminante. Para ese momento llevaban dos meses en un pulso sobre el tema de las garantías a la zona de despeje. Las Farc insistían, hasta último minuto y por enésima vez, que si el gobierno no retiraba los controles a la zona de despeje el proceso de paz no podía seguir. El gobierno tampoco iba a ceder. A las 2:20 de la tarde, y bajo el sol canicular del Llano, el proceso de paz llegó a su clímax. Separados por una distancia de 20 metros, cada grupo se hizo en su respectivo quiosco de madera y paja al aire libre. Gómez llamó al Presidente, que a esa hora se encontraba en la casa privada almorzando y a la espera de la llamada. Durante todo el día el primer mandatario había estado pegado al teléfono, cambiando su agenda por completo. “Si no han cedido prosigan con las instrucciones”, fue la orden. Una hora después, a las 4 de la tarde, salió Camilo Gómez en televisión y habló del ultimátum de las 48 horas. En ese momento el país entró en una completa zozobra. Al día siguiente El Tiempo tituló: “Roto el proceso de paz” y embajadores, ministros, consejeros, ex presidentes y toda la burocracia de la paz empezaron a mover sus fichas para mantener el proceso. El temor no es infundado. ¿Qué se puede venir sin proceso de paz? ¿Qué significa ese panorama apocalíptico y gaseoso de ‘guerra total’? Esa idea —la de la guerra total— ha logrado dimensiones míticas en el imaginario colectivo del país gracias a los recurrentes conatos de rompimiento que ha sufrido el proceso de paz durante los últimos tres años. Mientras retumban los tambores de guerra, los más alarmistas pregonan que los colombianos —ahora sí— van a sufrir los estragos de una guerra en serio. Otros, más cautos, advierten que el país no ha dejado de estar en guerra y que la guerrilla está en su máximo potencial militar. Estos se preguntan, si las Farc están en capacidad de hacer más daño, ¿por qué entonces no la utilizaron mientras negociaban con el gobierno para fortalecerse en la mesa? La pregunta de fondo es si va a haber o no un escalamiento de la guerra. Y en caso afirmativo, ¿qué quiere decir?: ¿Más secuestros? ¿Más ataques terroristas? ¿Cerco a las ciudades? ¿Bombas en las calles? El poker de las armas Aunque es muy difícil saber a ciencia cierta cuál es la capacidad de perturbación real de las Farc, para la mayoría de los expertos no es mucho mayor de la que ha venido ejerciendo hasta hoy. Por lo tanto no se ve un cambio sostenible en la ecuación de la guerra en una etapa posCaguán. En lo que sí coinciden todos los analistas es en que en los meses posteriores a un rompimiento el grupo guerrillero va a concentrar todos sus esfuerzos bélicos en hacerle sentir al país la oportunidad histórica que perdió en aras de buscar una salida negociada del conflicto. Van a querer demostrar, a físico plomo y terror, que una paz incierta es más rentable que una guerra segura. En cualquier caso, no sería una ofensiva de guerra convencional, en la que la guerrilla enfrenta al Ejército casi abiertamente, como ocurrió hace unos años en las Delicias, Patascoy y Puerres. Esos fueron combates en los que las Farc lograron importantes victorias militares. En su momento se llegó a hablar de que éstas estaban pasando de una guerra de guerrillas a una guerra de posiciones, un estadio superior de la lucha revolucionaria. Esa película de hierros retorcidos, cuarteles en cenizas y cientos de soldados secuestrados es muy difícil que se repita, según señalaron expertos militares a SEMANA. Simple y llanamente porque hoy el Ejército colombiano está mucho mejor preparado para enfrentar la guerra (ver artículo página 28). El Plan Colombia, la nueva tecnología, la asesoría de los gringos, las siete Brigadas Móviles (cuatro nuevas) y el aumento en el número de soldados profesionales (en los últimos tres años pasaron de 21.000 en 1998 a 55.000 en 2001) han fortalecido la logística y el pie de fuerza de los militares. Pero, por encima de todo, es la guerra aérea la que en los últimos años ha logrado revertir la tendencia del conflicto en favor del Estado. Ante la posibilidad de movilizar tropas a gran velocidad los helicópteros Black Hawk y el avión fantasma han sido determinantes en las recientes victorias militares como Puerto Lleras y la operación Berlín en el Magdalena Medio y Catatumbo. “Mil soldados no son tan efectivos como 10 helicópteros artillados”, dijo un general operativo a SEMANA. La gran pregunta que se hacen los expertos en táctica militar es la capacidad de artillería antiaérea que puedan tener las Farc, lo cual cambiaría por completo el panorama. Tanto en la guerra de Afganistán contra la Unión Soviética como en la guerra civil de El Salvador, cuando los afganos y el Fmln adquirieron misiles tierra-aire la ecuación de la guerra cambió en favor de ellos. En Colombia se ha hablado en los círculos militares de Inteligencia sobre la posibilidad de que las Farc le hayan comprado 16 misiles Sam tierra-aire a ex combatientes del Fmln. Estos misiles, que pueden derribar un avión o un helicóptero de combate a una distancia de 12 kilómetros, tienen 80 por ciento de efectividad. Sin embargo esta posibilidad sigue en el terreno de la especulación. Por lo pronto los analistas anticipan una típica ofensiva de guerra de guerrillas perversamente adobada con métodos terroristas. Con la ruptura del proceso de paz es probable que se incrementen las pescas milagrosas (más como una manera de hacer sentir a los ciudadanos rehenes en sus ciudades que como una fuente de financiación) y que aumenten los sabotajes a la infraestructura energética y los ataques a las poblaciones. “En vez de tomarse tres pueblos se van a tomar siete. En vez de interrumpir cinco carreteras van a hacerlo con 10”, dice Rafael Pardo, ex ministro de Defensa y candidato al Senado. ¿Guerra urbana? Uno de los ejes fundamentales de la estrategia de las Farc para la toma del poder es el traslado de su lucha revolucionaria del campo a las ciudades. Y dentro de los propósitos de sus últimas conferencias el secretariado quiere llegar a las principales, Bogotá incluida. Pero, ¿cuánto hay de los croquis tácticos en la humedad de la selva a la ofensiva práctica en los laberintos de cemento? ¿Están realmente las Farc en capacidad de llegar a las ciudades? Todo depende de lo que se entienda con el término ‘llegar’. Si ‘llegar’ significa extender sus tentáculos y hacer presencia a través de sus milicias bolivarianas, ya están en las principales ciudades. Tanto en las comunas nororientales de Medellín como en localidades del sur de Bogotá (Usme y Ciudad Bolívar) ya existen un incipiente trabajo político y una próspera actividad delincuencial por parte de los milicianos de las Farc. Sin embargo estas redes urbanas no han sido tan efectivas como el estado mayor esperaba y su estancamiento ha dejado en evidencia la dificultad que tienen las Farc para interpretar y asimilar el mundo urbano. Si por ‘llegar’ se entiende cercos a las ciudades, es decir, bloqueos al transporte y los alimentos y hostigamientos masivos, las Farc están muy lejos de lograrlo. Dichos ‘cercos’ no pasarían de ser las mismas pescas milagrosas que han venido haciendo en todo el territorio, pero ubicadas estratégicamente a las salidas de las ciudades. Serían más para provocar un impacto sicológico en los centros urbanos que para demostrar un despliegue de poderío militar (como sucedió cuando el ELN secuestró cerca de 30 personas en el sector de Los Farallones en las afueras de Cali). Desde un punto de vista de posicionamiento táctico podrían atacar municipios aledaños a Bogotá y Medellín (como lo han hecho las Farc en el pasado con La Calera y Gutiérrez, en Cundinamarca). Sin embargo, con la creación del batallón de alta montaña en el Sumapaz y las alarmas prendidas en otras ciudades, cualquier ofensiva urbana va a encontrar una fuerte resistencia por parte del Ejército. Algo que queda claro es que cualquier ofensiva contra ciudades medianas o grandes sería a través de operaciones quirúrgicas, como sucedió con el secuestro de nueve personas en un edificio en el centro de Neiva, y no mediante operaciones a gran escala, como con la toma de Mitú (Vichada) en 1998, que fue rápidamente recuperada por las Fuerzas Militares. Este tipo de acciones selectivas son muy difíciles de controlar por parte de las autoridades y afectan enormemente el estado de ánimo de la población. “Las Farc pueden hacer terrorismo urbano contra objetivos militares, pero también contra los símbolos de poder de la oligarquía para presionar al Establecimiento a buscar una salida negociada”, dijo Rafael Pardo. Si por ‘llegar a las ciudades’ se entiende carros bomba en los centros comerciales, al peor estilo de Pablo Escobar, es muy improbable. Las Farc suelen utilizar sus más cruentos métodos terroristas casi siempre contra objetivos militares. Atacan con morteros, pipetas de gas y carros bomba para destruir estaciones de policía, CAI y guarniciones militares, sin importarles si en el fuego cruzado mueren casi siempre personas civiles. Pero dentro de la tristemente célebre combinación de formas de lucha las Farc no suelen utilizar el terrorismo sistemático con el único fin de atemorizar a la sociedad. Al menos no hasta ahora. “Sin descartar el sabotaje contra la infraestructura del país y los ataques a los cuarteles militares y poblaciones, las Farc no estarán inclinadas a hacer un terrorismo masivo e indiscriminado contra la población”, dijo el analista Alfredo Rangel. La captura de los tres terroristas del IRA que estaban en el Caguán son la prueba reina de que las Farc están preparándose para mejorar su guerra urbana. En este frente lo único que se puede prever es una intensificación de los ataques a objetivos militares en las ciudades y posiblemente a símbolos del Establecimiento, como grupos empresariales y medios de comunicación. Elecciones en la mira Pero donde más van a tener las Farc el ojo puesto —y la mira— es en las próximas elecciones. La guerrilla sabe que perturbando el proceso electoral le da donde más le duele al Establecimiento. Sus actos de violencia cuentan con más titulares de prensa y golpean más duro a la alta burguesía y los centros de poder. Actualmente, según el Ministerio del Interior, hay 53 parlamentarios seriamente amenazados y cuatro secuestrados. Y qué decir de la vulnerabilidad de los más de 800 candidatos que aspiran a la Cámara y el Senado (sin contar concejos y asambleas) que tienen que recorrer el país para hacerse elegir y cuya seguridad el Estado no está en capacidad de garantizar. Porque cualquier tipo de acción armada de las Farc va a estar dirigida preferiblemente contra la clase política. Representa todo lo que ellos quieren derribar y por eso en sus zonas de influencia las Farc amenazan, matan o cooptan a los candidatos. Desde hace algunos años, y ante la falta absoluta de presencia del Estado, se vienen cocinando siniestros pactos entre frentes guerrilleros, narcotraficantes y políticos con el fin de asumir el control del poder político y económico de ciertos departamentos (Huila, Caquetá, Arauca, entre otros) con la patente de corso de funcionarios del Estado que sirven a estos oscuros intereses del crimen organizado. “Las elecciones son el talón de Aquiles del Establecimiento porque cuando le hacen algo a un político la gente tiende a arrodillarse. Y, además, ellos son los que terminan pidiendo un cambio en las condiciones”, dijo Pardo. Los políticos también son el blanco preferido —mas no el único— de los secuestros selectivos que quieren adelantar las Farc para presionar el canje con los 48 soldados y policías que todavía siguen secuestrados. El ‘Mono Jojoy’ ha dicho en repetidas ocasiones que al Establecimiento se le olvidaron los soldados secuestrados para el canje y que por lo tanto “vamos a ir por los peces gordos” . Pese a la difícil situación de orden público, a los casi 2.000 secuestrados, al toque de queda de facto que hay en gran parte del territorio, hay muchos colombianos que luego del 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán abrigan la esperanza de que se pueda ganar la guerra contra la guerrilla más pronto de lo previsto. Con el espejismo de que los gringos fueron capaces en dos meses de derrumbar el régimen Talibán y el nuevo paradigma de la lucha antiterrorista muchos piensan que los siguientes en la lista son las Farc y su Ben Laden con la toalla en el hombro. Sin embargo esta guerra, a diferencia de la de Afganistán, la tienen que librar los colombianos y no los marines estadounidenses. El conflicto armado nacional lo tienen que solucionar los colombianos, en cabeza de su Presidente y de sus Fuerzas Militares y del compromiso de la inmensa mayoría que sufre a diario y en silencio los coletazos de la guerra. Los que aspiran a recibir a las tropas estadounidenses con pañuelos blancos, como lo hicieron los franceses en el desembarco de Normandía, se pueden ir bajando de esa nube. Declaraciones sobre la situación del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc.
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (10 de enero de 2002)
Alocución radiotelevisada del presidente Andrés Pastrana sobre el proceso de paz con las Farc. (9 de enero de 2002)
Declaración de Camilo Gómez sobre el proceso de paz con las FARC. (10 de enero de 2002)
Comunicado de las FARC-EP a la opinión pública nacional en internacional. (9 de enero de 2002)
Comunicado de las Farc (10 de enero de 2002)
Cartas de las Farc a los diferentes sectores de la sociedad
Carta de las Farc al delegado del Secretario General de la ONU, James Lemoyne. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Fuerzas Militares. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a Monseñor Alberto Giraldo. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc al Congreso. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a los Gremios de la producción. 8 de enero de 2002
Carta de las Farc a las Organizaciones Campesinas. 8 de enero de 2002
Otros documentos
Acuerdo de San Francisco de la Sombra entre el gobierno y Farc
Carta abierta del comandante de las Farc Manuel Marulanda Vélez al presiente Andrés Pastrana (20 de noviembre de 2001)
Comunicado del Estado Mayor Central de las FARC-EP sobre el proceso de paz con el Gobierno (Noviembre 5 de 2001)
Resolución 118 que prorroga zona de distensión hasta 20 de enero de 2002
Memorando y consideraciones de las FARC - EP sobre el tema del Cese de Fuegos y Hostilidades

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