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| 11/24/1997 12:00:00 AM

COMPLOT CONTRA LA CONSULTA

Por qué decidió Horacio Serpa retirarse de la consulta interna del liberalismo.

la semana antepasada había sido, sin lugar a dudas, la semana de Juan Manuel Santos. Su proyecto de paz, aunque poco original en sus planteamientos, lo acabó catapultando. El plan Santos no resultó siendo más que una recopilación de viejas teorías empaquetadas con el propósito de dejar la impresión de que su autor no iba detrás de la cabeza del Presidente. Pero, por cuenta de él, Santos pasó de ser un precandidato inexistente en las encuestas a un peso mediano. Y se pensó que ahí terminaba el episodio que fue conocido por la opinión como el 'complot'. No fue así. Horacio Serpa decidió que si Santos jugaba póker, él también. Convocó a una rueda de prensa, en la cual comunicó que había tomado la decisión de no participar en la consulta interna del liberalismo para escoger el candidato oficial a la Presidencia. Argumentó que dicha consulta no tenía mucho sentido pues la primera vuelta electoral serviría para los mismos efectos, pero sin el desgaste que implicaría una elección adicional, excesivamente costosa, con el peligro de la interferencia conservadora en el resultado y sin garantía de apoyo al triunfador por parte de los perdedores. ¿Cuál era la traducción política de la decisión de Serpa? Básicamente impedir que Juan Manuel Santos creciera a costa suya. La consulta, que había sido concebida inicialmente como un mecanismo bastante inútil cuyo único propósito era legitimizar la candidatura de Horacio Serpa, se había convertido en un mecanismo igualmente inútil, que estaba sirviendo era para legitimizar la candidatura de Juan Manuel Santos. El meollo del problema era que la consulta la había establecido Galán antes de la reforma constitucional que estableció la doble vuelta. Bajo este nuevo mecanismo la primera vuelta para todos los efectos prácticos prestaba el mismo servicio que la consulta.Ni a Horacio Serpa ni a nadie se le pasó por la imaginación que Santos pudiera ganar la consulta liberal. Sin embargo, sí parecía garantizarle un honroso segundo puesto que no sólo lo posicionaba para el 98 sino que lo convertía en un factor de poder al cual había que tener en cuenta. Por otra parte, como en esa consulta podían votar no solo los liberales sino el que quisiera, todas las fuerzas antisamperistas podían aglutinarse a favor de Santos, desdibujando la voluntad del Partido Liberal. Como si fuera poco, Juan Manuel Santos, en una columna publicada en El Tiempo 15 días antes, había advertido que de perder la consulta frente a Serpa no lo apoyaría, violando claramente el espíritu de la consulta, que es conseguir un candidato único liberal apoyado por los perdedores. En el fondo, la estrategia de Serpa es poner a Santos a competir con todos los pesos pesados en la primera vuelta bajo el supuesto de que en esas condiciones, es decir, enfrentado no solamente con Serpa, sino con Pastrana, Valdivieso, Bedoya, Mockus, Noemí y el resto, ya el resultado electoral de Santos no sería el de un honroso segundo lugar sino el de un humillante sexto o séptimo. La estrategia de Serpa era lógica. Por un lado la ley dice que la consulta es "obligatoria", pero por otro la ley 130 de 1994 estipula que las consultas internas de los partidos no podrán coincidir con las "elecciones ordinarias", es decir, ni con las de alcaldías, gobernaciones o Congreso. Era absurdo organizar unas elecciones dedicadas exclusivamente a escoger el candidato de un partido. No solo por el costo, sino por el riesgo de que nadie saliera a votar por un episodio tan menor como una medición de fuerzas entre Horacio Serpa, Juan Manuel Santos, Juan Guillermo Angel y María Mercedes Cuéllar. Por esto la única forma de que hubiera una consulta popular era hacerla coincidir, o con las elecciones del domingo pasado, que se descartaron por celebrarse en una fecha demasiado inmediata, o con las parlamentarias del 15 de marzo, que fue finalmente lo acordado. Esta era una decisión abiertamente ilegal, que se estaba imponiendo a punta de un consenso político que implicaba un requisito final: que el Consejo Nacional Electoral diera su aprobación. SEMANA se enteró de que aunque el tema no se ha discutido de manera oficial porque todavía no se ha solicitado formalmente un concepto, la consulta estaba tambaleando en el Consejo Nacional Electoral porque la opinión mayoritaria se inclinaba a que no se podían anteponer consideraciones políticas a consideraciones jurídicas: la consulta no se podía realizar el mismo día de las elecciones, y punto. En opinión de algunos, Serpa no necesitaba hacer lo que hizo debido a esta fragilidad jurídica. La consulta se pudo haber caído sola. Y hubiera podido ser una mejor jugada política haberse convertido en la víctima de la caída de la consulta y no en su verdugo. Al retirarse, abrió el espacio para que Juan Manuel Santos lo acusara de haberse "aculillado". Sin embargo el problema de la ley no ha sido superado. Existe la obligación de hacer una consulta liberal, aunque sea la absurda e impracticable consulta exclusiva para el partido, siempre y cuando no coincida con otras elecciones 'ordinarias'. Por lo tanto, lo que hizo Horacio Serpa fue darle a la ley una interpretación jurídica novedosa: equiparar 'consulta' con 'convención', lo que en términos legales soluciona el problema pero en términos de opinión no. Las convenciones no son nada populares, y en vez de un mandato popular refrendado por una votación masiva, Serpa tendría el apoyo de una clase política liberal de no mucho prestigio. En resumen, la semana antepasada Juan Manuel Santos con su 'complot' logró quitarle a Serpa el monopolio en el tema de la paz. La anteriorsemana Serpa le movió el tapete de la consulta popular bajando a Santos de la categoría de 'peso pesado' en ese certamen a la de uno más en la primera vuelta.
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