Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/03/17 00:00

Con el corazón partío

Horacio Serpa,uno de los más aguerridos políticos de los últimos años, que enfrentó la delincuencia, la deslealtad y la derrota, se siente maltratado y víctima de la injusticia.

Los tiempos de eufóricas campañas pasaron. Horacio Serpa hoy está triste. Siente que no es bien recibido en el Partido Liberal y eso le ha generado un conflicto de sentimientos que lo tiene inconsolable. “Los políticos también son humanos que sienten”

Al correo electrónico de un político llegan muchos mensajes de desconocidos. La semana pasada, antes de borrar la mayoría de ellos, Horacio Serpa se detuvo en uno que le llamó la atención. Unos estudiantes de la facultad de sicología de una universidad en Bogotá le pedían ayuda para una tarea: ¿Cómo se resuelve un conflicto cuando éste involucra los sentimientos? De inmediato, el curtido líder liberal sintió que ninguna pregunta podía serle más oportuna.

Horacio, el hombre, respondió que los políticos son humanos que sienten, sufren, se alegran y tienen sentido de dignidad. Y Serpa, el político, a reglón seguido, explicó que las razones de su tristeza eran las palabras que sobre él escribió César Gaviria en un comunicado, justo después de que Fernando Botero Zea revivió el proceso 8.000. "Ciertamente estoy ofendido", les respondió, no sin agradecerles la preocupación.

Los estudiantes habían reflexionado en clase sobre la naturaleza de los conflictos humanos. Decía el profesor que los económicos se resolvían con plata, y los políticos, con política, pero se cuestionaba cómo se resolvían los conflictos sentimentales. En ese momento hizo referencia a las declaraciones que había dado Serpa sobre el dolor que sentía. Les pareció curioso a los alumnos que un tipo guerrero, que ha sorteado miles de líos del Estado, se veía afectado como nunca. A pesar de perder tres veces la presidencia, este dolor era más contundente. Le dolía el alma.

Cada día de la semana que empezó el 6 de marzo y terminó el 9, Horacio Serpa reunió a todos los sectores del Partido Liberal para contarles por las que pasaba. En todas las reuniones dijo más o menos lo mismo y recibió más o menos las mismas respuestas.

Empezó a narrar desde cuando fue juez en Barranca, contó que en su vida tenían valor la amistad y la lealtad. Dijo que él era de los que sí creían que las personas debían enterrarse con sus amigos y mencionó cómo hace años llegó al mismo tiempo que César Gaviria a la Cámara. También contó cómo habían trabajado juntos durante años y cómo el ex presidente había sido generoso con él. Afirmó que a él le había tocado la peor época de desprestigio del partido y que había cargado con eso y que ahora se le consideraba una persona incómoda. Anunció que se declaraba liberal independiente porque no acataba los lineamientos de la dirección y que si el Congreso del Partido en abril decidía que él debía irse, él se iba.

Hacía un esfuerzo para hablar. Miraba a todos por momentos, hacía pausas y retomaba el relato. Afirmó que lo único que le quedaba era la dignidad, que él ya era un derrotado, que no entendía por qué no lo dejaban en paz y que era como un moribundo que recibía de un amigo el tiro de gracia.

Este santandereano templado que alguna vez les dijo "mamola" a los que consideró enemigos políticos, y que terminaba sus frases con carcajadas, finalizó su discurso con una reflexión a futuro en la que se veía dentro de 10 años en un restaurante con su nieto. Al ingresar allí las mesas empezaban a rumorar que él había sido un político corrupto del proceso 8.000 a quien su propio partido lo había expulsado. "Lo único a lo que un hombre no puede renunciar es a su dignidad", dijo con melancolía.

Al término de sus palabras, cada uno de los senadores, representantes, liberales de a pie y viejos amigos lo calmaron. Le aclararon que él no tenía que irse del partido y que esperaban que siguiera el ejemplo que él les había dado siempre. Ser fieles al liberalismo y dirimir las diferencias y mantenerse firmes. Pero Serpa se levantó y se fue.

Aunque hacen esfuerzos para consolarlo y los amigos acompañan al político a redactar declaraciones, parece que el hombre del bigote grande y 1,82 de estatura sigue inconsolable y con el corazón partío. Muchos creen que encontrará la mejor cura para su herida de regreso a su tierra, donde no sólo lo necesitan, sino que lo quieren como ser humano. En los próximos días decidirá si se lanza a la gobernación de su adorado Santander. Si lo hace, y es elegido, la nueva etapa de Serpa, como político, nunca será igual a la que ya le conocieron los colombianos.

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