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| 8/6/2001 12:00:00 AM

Con escala humana

Harold Sánchez Estrada llegó a la cárcel Municipal de Bellavista hace siete años sindicado de extorsión y secuestro. Es un moreno alto con una amplia sonrisa y un brazo fuerte para el saludo. Llegó en el 94 cuando el penal de Medellín conservaba trazas de la barbarie que vivió en la década de los 80 y principios de los 90, cuando diariamente de muchos de los patios tenían que sacar cuerpos inertes por cuenta de la violencia que se vivía allí, mucha de ella heredada de los grupos del narcotráfico que desangraban la ciudad desde hacía más de una década. Era la época en que los caciques de la cárcel, leyendas como el ‘Negro Pai‘, ‘Aldemar’ o ‘Delio’ mantenían un control cerrado e intimatorio sobre los patios del penal que hacía temblar no sólo a los internos sino a los guardianes y a los directores. Hartos de tanta matanza y de un orden tan sensible y arbitrario los mismos internos crearon a finales de los 90 unos comités que cambiaban la figura del cacique por la de coordinadores. El coordinador contaba con una cantidad de hombres de confianza que tenían como misión servir de jueces de conciliación cuando surgían discrepancias. Estos comités fueron el preescolar de la Mesa del Trabajo que hoy existe y de la cual Harold Sánchez es el líder. Al trabajo que esta mesa que componen 100 internos líderes de los diferentes patios y a la concertación lograda con las mismas directivas de la cárcel le cabe atribuírsele gran parte del éxito logrado en la paz de este penal. Porque si existe una cárcel en Colombia que sea la excepción a la regla de la hecatombe que viene advirtiendo el colapso carcelario ésta es la cárcel del Distrito Judicial de Medellín Bellavista.

Sin embargo la cosa no ha resultado tan fácil. Con 6.600 internos este penal es considerado uno de los más poblados del país, su índice de hacinamiento alcanza el 367 por ciento cuando su estructura, dada al funcionamiento el 29 de enero de 1976, estaba planeada para albergar solamente 1.800. Un promedio de 401 guardianes cuidan a todos los internos, 3.100 de los cuales tienen ya su sentencia mientras que otros 3.400 aún esperan que se les defina su situación jurídica.

"Estas circunstancias, que le son comunes a la gran mayoría de cárceles colombianas, son un apropiado caldo de cultivo para la violencia. Y si a ello se le suma que las condiciones de trato son infrahumanas y que no existe ocupación para gran parte de los presos, éstos acaban contando con tiempo suficiente para dar rienda suelta a venganzas y rencillas, así la guerra interna queda sencillamente pactada", aclara Iván Páez, director encargado de Bellavista. "Por eso nosotros hemos visto la importancia de generar programas que mejoren la calidad de vida de los internos y que les genere la motivación del buen comportamiento" .

Varias de estas condiciones han logrado manejarse en Bellavista. Las relaciones con los guardianes han adquirido escala humana y el director de la cárcel y los miembros de la Mesa de Trabajo alientan los programas concertadamente, atendiendo tanto las exigencias de la administración como las demandas razonables de los internos. Esto, que parece mentira en una cárcel donde conviven bandidos y delincuentes de todas las raleas, logra hacerse efectivo en este penal.

Este sistema ha permitido el desarrollo de una gran cantidad de programas. Hoy en día 2.400 presos participan en cursos de capacitación y otros 2.769 trabajan en granjas, talleres e industrias. Es decir, 5.204 presos se ocupan en alguna actividad que les representa emplear su tiempo en algo productivo, que los dignifica y, de paso, les rebaja la pena.

Otro elemento característico es que tanto paramilitares como guerrilleros, ambos grupos con un número cercano a los 300 hombres cada uno, comparten los mismos pabellones, con lo que han tenido que admitirse y si hay alguna discordia los sientan en la Mesa de Trabajo a discutir las diferencias.

"Mantener la paz en Bellavista se ha convertido no sólo en un beneficio sino en un compromiso del que todos somos guardianes. Un compromiso frente a nosotros en primer término, frente a nuestros familiares, frente a los administrativos, frente a la sociedad y frente al mismo Inpec. Ser tratados como seres humanos y no sacrificados como lo hacen con compañeros de otras cárceles donde la autoestima y los valores no tienen algún sentido es también compromiso nuestro. No queremos que nos separen de nuestras familias y cuando nos visitan queremos que se las trate bien, eso nos motiva a portarnos como debemos. Sabemos que si nosotros mismos comenzamos deslegitimizando nuestro proceso de paz, en esa misma forma veremos cómo los espacios que hemos ganado se van cerrando. Y por otra parte, el que no esté bajo los parámetros establecidos, bajo forma razonable, y que sea nocivo para el proceso que venimos trabajando con tanto esfuerzo y por tantos años, sencillamente debe ser alejado de nuestra cárcel. Esto es una pena dura para muchos", comenta Harold.

Vale la pena fijarse detenidamente en la experiencia de la cárcel de Bellavista. Sus presos no son propiamente unas ovejas, tenemos que considerar que allí se concentran varios de los elementos más temibles del hampa y de los grupos del conflicto tanto urbano como rural. Pero asombrosamente han ido generando un sistema que todos quieren respetar y a todos brinda beneficios. Han aprendido a concertar para vivir. Y esto es un buen ejemplo para otros penales del país.
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