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| 12/1/2007 12:00:00 AM

Con el mundo encima

De la noche a la mañana, Piedad Córdoba pasó del cielo al infierno. Aunque las pruebas de vida les dan la razón a sus gestiones, ella cree que lo mejor es irse del país.

Después de cuatro noches de insomnio, Piedad Córdoba por fin concilió el sueño. Había cumplido ya con una de las pruebas de fuego más tensas que tenía por delante, el debate en el Congreso sobre su papel de facilitadora para el acuerdo humanitario. Sentía que le había ido bien y respiraba profundo para oír más los mensajes de solidaridad y de aprecio, que los insultos que abundaban en el ambiente.

De repente, en lo profundo del sueño, sintió que alguien le inyectaba en su brazo un líquido que no le permitiría volver a despertarse jamás. Empezó entonces a pelear con ella misma por no haber previsto que esto pasaría. Buscó con desespero a alguien que pudiera ayudarla. Pero nadie apareció. Sin poder hacer más, y resignada, supo que la habían matado. Entonces despertó. La pesadilla era el reflejo de la tragedia en la que se le convirtió la vida desde cuando el presidente Álvaro Uribe decidió que su gestión facilitadora y la mediación del presidente Hugo Chávez habían terminado. A la senadora liberal se le vino el mundo encima. Después de tres meses con una agenda política de altísimo nivel nacional e internacional, y de moverse como una hormiga para mostrar resultados que los medios registraban a diario, pasó a ser acusada por el gobierno de fraguar una conspiración de la mano de las Farc y Chávez contra Uribe, a ser investigada por traición a la patria en la Corte Suprema de Justicia por un episodio sucedido en México, a ser amenazada hasta el cansancio y a verse señalada una vez más como guerrillera. Todo en una sola semana.

Piedad caía en el ring, noqueada por un gancho de derecha de Uribe. Y ahí sobre la lona, escuchaba un público enardecido que contaba a gritos del 1 hasta el 10 para notificarle que había perdido su pelea. Derrotada, igual se levantó convencida de que ese público debía al menos escuchar su parte.

En esta especie de infierno, Piedad se dedicó a defender su gestión y encontró que el mejor escenario era el debate al que había sido citada en el Congreso. Se sentó libretas en mano, y día por día resumió en un informe detallado cada una de sus reuniones, llamadas, mensajes y estrategias que consiguió como facilitadora. Aseguró que no se arrepentía de nada y le pidió al gobierno que la desmintiera si faltaba a la verdad. Con el derecho de creer en lo que hizo y en sus resultados, les prometió a los familiares llorando y por televisión, que las pruebas de supervivencia llegarían a pesar de todo.

En medio de este ir y venir, a veces sentía que se había quitado un peso de encima, pero pronto le entraba la angustia de lo que pudo haber sido y no fue. Se relajaba con la idea de que las cosas podrían retomar algún cauce, y enseguida pensaba que el gobierno la había engañado. En medio de la zozobra empezaron a aparecer las palabras de Chávez contra Uribe y la respuesta de éste sobre el gobierno, y ad portas de un rompimiento diplomático, no podía más que amarrarse el turbante en la cabeza y preguntarse en qué mundo loco pasaba todo esto.

Lo único que esperaba era que las pruebas de supervivencia le dieran la razón. Por eso el jueves por la noche, cuando se enteró de que habían aparecido, a pesar de las circunstancias de la captura de los presuntos milicianos, parte de su alma retornó a su cuerpo. Amaneció contenta al saber que las familias tendrían ese alivio de vida y corrió a la Fiscalía para presenciar la entrega de las pruebas. Pronto regresó a la tristeza. La crudeza de las imágenes, y los testimonios de los secuestrados eran tan desgarradores, que volvió a sentir la frustración del tiempo perdido.

Ahora alista su defensa ante los tribunales, lee y relee sus libretas de apuntes para aferrarse a lo que se dijo, lo que se prometió, lo que se empeñó y lo que se truncó. Y analiza la idea de irse del país asustada por motos que la siguen, las llamadas que la amenazan y las personas que la atropellan. Irse lejos, donde crean en su trabajo y en su papel en este episodio, y donde pueda volver a dormir sin soñar que la matan.
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