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| 11/24/2012 12:00:00 AM

¿Con tregua de las FARC o sin ella?

La tregua unilateral de las Farc es una buena noticia. Pero un cese bilateral de hostilidades, ahora, solo enredaría la incipiente negociación en La Habana.

El cese de hostilidades anunciado por las Farc en La Habana el pasado 19 de noviembre es una nueva señal que puede reforzar el proceso de paz entre el gobierno y esa insurgencia y un alivio para decenas de miles de colombianos que viven en las zonas de guerra. Más allá de las razones de fondo tras esta decisión –que es a la vez una hábil jugada táctica y publicitaria–, así es como debe ser interpretada. Lo cual no significa que un cese bilateral, en este momento de la negociación, sea posible o conveniente. Todo lo contrario.

Iván Márquez cogió por sorpresa a todo el mundo cuando se paró delante del centenar de periodistas que cubrían la instalación de la segunda fase del proceso de paz entre las Farc y el gobierno y anunció que el Secretariado de su organización ordenaba el “cese de toda clase de operaciones ofensivas contra las fuerzas públicas y los actos de sabotaje contra la infraestructura pública y privada” durante dos meses, desde el 20 de noviembre hasta el 20 de enero.

Se trata, evidentemente, de una movida de gran impacto propagandístico, con la que las Farc, que han venido reclamando un cese bilateral, intentan forzar al gobierno a hacer lo mismo o hacerlo lucir como el que quiere prolongar la confrontación. Si este cese de hostilidades se cumple efectivamente y se prolonga, el gobierno probablemente se verá ante la presión de parte de la opinión pública en torno a un tema del que está pactado ocuparse más adelante. Con esta movida pública, como otras que han emprendido, las Farc intentan posicionarse políticamente, en Colombia y fuera de ella, en medio del proceso. Por otra parte, muchos la ven, también, como una prueba para la misma guerrilla, que deberá mostrar al país que el Secretariado tiene completo mando y control sobre todos sus frentes y bloques.

De inmediato se manifestó escepticismo desde algunos sectores. Se dijo que las Farc incumplen, que será imposible verificar si se ajustan o no a lo prometido. Como para confirmarlo, el primer día del cese de hostilidades, un combate entre las Farc y el Ejército, en zona rural de Caloto, Cauca, generó acusaciones cruzadas. Después, el comandante general de las Fuerzas Militares, general Alejandro Navas, acusó a las Farc de ser unos “pastorcitos mentirosos”. Y hasta lo que podría ser otro gesto de esa guerrilla, la liberación de cuatro ciudadanos chinos secuestrados hace más de un año, se volvió manzana de la discordia, con la insinuación de que se podría haber pagado rescate y de que no se trataría de una liberación unilateral (las Farc nunca se atribuyeron el plagio, ni su fin, aunque ambos tuvieron lugar en una zona donde difícilmente algo sucede sin que ellas lo sepan o lo controlen).

La decisión unilateral de las Farc y los líos que despertó apenas en un par de días son elocuentes. Tanto para entender la significación de la medida, como las inmensas dificultades que tendría que implementar ahora, en medio de la negociación, un cese de hostilidades completo de ambas partes.

Las Farc anuncian que pararán sus operaciones ofensivas y sus atentados. Eso no es todo pero no es poco. No dejarán de defenderse (si se sienten atacadas) ni, probablemente, van a suspender prácticas como la extorsión. Cabe preguntarse, por ejemplo, si consideran ‘ofensivo’ o ‘defensivo’ poner minas antipersona. Sin embargo, si este cese de hostilidades se cumple, es evidente que no solo agradecerán sus efectos las personas de lugares como Toribío, que vive esperando el próximo cilindro, o del Catatumbo, en la zozobra de las explosiones de los artefactos instalados por las Farc en los pueblos al paso de las patrullas oficiales, sino la industria petrolera, que sufrió este año 142 atentados a su infraestructura, o las electrificadoras, que cuentan 35 torres derribadas en el mismo lapso (todo ello ‘infraestructura pública’, contra la que se supone que cesan los actos de sabotaje). Solo entre enero y octubre de este año hubo, según cifras oficiales, 716 “actos de terrorismo” y casi 150 acciones ofensivas de grupos armados, la mayoría atribuidos a las Farc. Si estas cumplen en serio con el cese decretado, buena parte de todos estos hechos se evitarían durante dos meses.

Ahora bien, una cosa es un cese unilateral y otra, enteramente distinta, uno bilateral. Sectores de la sociedad, y las propias Farc, reclaman al gobierno este último. Pero es más fácil decirlo que hacerlo.

Varias de las negociaciones anteriores se empantanaron justo en los endiablados detalles que implica pactar y, después, verificar, un cese de hostilidades. Empezando por la sola definición de la palabra. ¿Qué actos incluye, y cuáles no, el cese?: ¿extorsión, en el caso de las Farc, o inteligencia, en el del Estado, son ‘hostilidades’? ¿No avisar a una patrulla que se dirige hacia un campo minado tiempo atrás es un ‘acto hostil’ que violaría el cese o simplemente un ‘accidente’?

Acordar todos estos elementos puede tomar un tiempo significativo. Igual de dispendioso sería llegar a terreno común en materia de quiénes y cómo verificarían que el cese de hostilidades bilateral efectivamente se cumpla. ¿Participarían organismos internacionales, la sociedad civil? ¿Habría concentración de unidades guerrilleras o despejes territoriales? Las Farc tienen casi 70 frentes y columnas desperdigados por todo el país, en zonas remotas en algunos casos, y cientos si no miles de milicianos en muchos poblados, y las Fuerzas Armadas y la Policía centenares de unidades en todo el territorio. Las fuerzas de tarea conjunta que son la espina dorsal de la ofensiva militar del Estado y los principales núcleos operacionales de las Farc están frente a frente en una decena de regiones. Verificar un cese de hostilidades entre todos ellos demanda un aparato inmensamente complejo.

Ponerse a discutir todo esto ahora coparía la negociación que está empezando en La Habana. Y, aun si las partes se ponen de acuerdo en las condiciones y la verificación, el cese de hostilidades quedaría como un punto permanente de la agenda y cualquier incidente podría afectar la marcha del proceso, de lo cual negociaciones pasadas ofrecen amargos ejemplos.

Un elemento al que no se presta atención es que ya hay un mecanismo acordado en la agenda común. Está previsto discutir un “cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo” en el punto tres, como parte de un “proceso integral y simultáneo” que empezará después de la firma del acuerdo final para poner fin al conflicto, es decir en la fase de implementación de lo negociado, y debe darse al mismo tiempo que la dejación de armas de las Farc, la puesta en marcha de garantías de seguridad para sus miembros y de reformas y ajustes institucionales. El diseño de los mecanismos de verificación hace parte también de esta fase, una vez culminada la negociación.

La población civil en las zonas donde ruge el conflicto armado es la que lleva sobre sus espaldas lo peor de los efectos de la guerra y quisiera librarse de ellos cuanto antes. En parte por eso, el cese de acciones ofensivas y sabotajes ordenado por las Farc es una buena noticia. El gobierno, por su obvia ventaja militar, no quiere aflojar la presión sobre las Farc en esta etapa. Estas, por esa misma razón, han puesto la necesidad de una tregua al frente de su ofensiva mediática. Pero, de atenerse a lo ya pactado, un cese bilateral de hostilidades no tendrá lugar hasta que no culmine la negociación. En eso, también, este proceso es distinto de los anteriores.
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