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| 7/7/2012 12:00:00 AM

Congreso y Gobierno: terapia de pareja

Después de la crisis de la reforma a la Justicia, el Congreso, como cualquier novia despechada, está triste. El presidente Santos quiere arreglar las cosas pero se requiere mucho más que una serenata.

La semana pasada comenzó una etapa que se podría llamar la poscrisis. Después del hundimiento de la reforma a la Justicia tanto el gobierno como el Congreso quedaron agotados. Y no solo eso. El Congreso, que inicialmente estaba indignado y energúmeno porque le habían echado toda el agua sucia, pasada la tormenta esta más bien sentido y envalentonado. Y el gobierno, que en el primer momento estaba desconcertado como si le hubiera pasado por encima una tractomula, pasó del estado de shock a una aparente convicción de que todo volverá muy rápido a la normalidad.

Las dos actitudes tienen algo de irreal. El Congreso, cuando le pase la furia, va a enfrentar la realidad de que en Colombia ser parlamentario sin el gobierno o contra el gobierno es muy difícil. Y el presidente, a quien le preocupa más la opinión pública que el Congreso, tendrá que ser un poco más cariñoso con este para que todas las ovejas vuelvan al corral.

Santos, consciente de que el gobierno salió golpeado, entró rápidamente en acción. Al igual que el rey Juan Carlos de España, quien después de su controvertido safari afirmó "me he equivocado y no volverá a ocurrir", el presidente dijo en una oportuna y muy buena entrevista con María Isabel Rueda "nos hemos equivocado y habrá rectificaciones". Aceptó responsabilidades, transmitió serenidad y aplomo y se sacó uno que otro clavo. Con el argumento de que le haría mucho daño al país que él le contestara al expresidente Uribe sacándole los trapos al sol, dejó claro que de eso había algo. Y para no echarle sal a la herida de sus relaciones con el Congreso le atribuyó la responsabilidad del descalabro principalmente al ministro Juan Carlos Esguerra, quien así la había asumido pero esperaba un poco más de solidaridad de su jefe.

La entrevista que el presidente le dio a Caracol Televisión esa misma noche también dio de qué hablar. A Santos se le salió un comentario con María Isabel Rueda que deshizo la mano tendida que le había dado al Congreso. Al comentar las intimidades de los micos de la reforma a la Justicia, señaló que hasta presos desde las cárceles habían incidido en el resultado final a través de sus amigos en el Capitolio. Esta afirmación, que probablemente es verdad, es muy difícil de probar y el Congreso sintió que sembraba un manto de duda sobre todos sus integrantes, pues no había nombres.

¿Al congelador?

Y aunque es probable que las relaciones entre el presidente y el Congreso se van a arreglar en poco tiempo, la desconfianza que generó la crisis de las últimas dos semanas va a tener algunas consecuencias en la próxima legislatura.

El gobierno tenía en mente presentar en el segundo semestre del año un paquete de reformas económicas de mucho alcance, aprovechando el enorme capital político que tenía Santos. Entre estas estaban la reforma tributaria, la pensional, el proyecto de ley de desarrollo rural y el nuevo Código Minero. El problema es que para que estas leyes pasen con los efectos estructurales que desea el gobierno se necesita una solidaridad del Congreso que no corresponde a su estado de ánimo actual. El Congreso, cuando está en medición de fuerzas, no hunde lo que le presenta el Ejecutivo pero le mete la mano demasiado y deja el producto final trasquilado. En esas circunstancias el gobierno prefiere no quemar sus cartuchos hasta que regresen condiciones más propicias, lo cual no será durante la próxima legislatura.

Lo más seguro por lo tanto es que tanto la reforma tributaria como la pensional entrarán al congelador. Son reformas que pisan muchos callos y que obligan al gobierno a negociar con el Legislativo más de lo que Santos está dispuesto a negociar en este momento.

Ahora bien, la verdad es que las consecuencias de no pasar por ahora las reformas tributaria y pensional no son muy graves. En el fondo, el gobierno está tranquilo con aplazar la tributaria, porque el recaudo ha sido tan bueno que no hay afugias fiscales. La idea de una reforma estructural, como la que se planteaba, obedece más a la aspiración que tiene todo ministro de Hacienda y director de impuestos de simplificar el régimen tributario y hacerlo más equitativo y justo. Y Santos, que sabe que la política es el arte de lo posible, calibra más la situación y sabe esperar a que haya mejores vientos. Por esto el gobierno no descarta que una vez se calmen las aguas pueda llevar al Legislativo -en octubre- una minirreforma tributaria exclusivamente con artículos para controlar la evasión, algo a lo que nadie se opondría.

En cuanto a la reforma pensional, el presidente Santos ha dicho que quiere socializarla con los trabajadores y eso no se ha empezado a hacer, pues todavía el proyecto está muy crudo. Además, el gobierno no se pensaba meter en honduras como la edad pensional, y en ese caso no pasará nada si no se presenta en esta legislatura.

Dejando estas dos reformas en el congelador, el Ejecutivo se podrá concentrar en el nuevo Código Minero y en la ley de desarrollo rural. La reforma al Código Minero no tiene muchos opositores, pues lo que busca es crear mecanismos contra la minería ilegal y proteger el medio ambiente. Esta reforma está pendiente del proceso de consulta previa con las comunidades indígenas y afrocolombianas, por lo tanto llegará al Congreso después de que hayan cicatrizado las heridas.

El gran reto del gobierno será tramitar el proyecto de ley sobre desarrollo rural. Este es considerado el complemento de la Ley de Víctimas en el capítulo de restitución de tierras. Y este sí es un proyecto bandera de Juan Manuel Santos Calderón. En esta ley se establecen mecanismos de apoyo a los campesinos que van a recuperar sus predios. Como dice el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, esta iniciativa sería tanto o más importante que la Ley 200 de 1936 del presidente Alfonso López Pumarejo.

Aunque el ministro Restrepo cree que se encontrará con un buen ambiente en el Congreso, la verdad es que esta será una reforma muy dura. Prácticamente es una reforma agraria en un Congreso que representa en buena parte los intereses de los terratenientes. Una ley que busca asegurar el buen uso de la tierra y hacer más efectivos los mecanismos de expropiación de tierras mal manejadas tendrá un gran debate en ese recinto.

Por ahora, a Restrepo le preocupan más las denominadas consultas previas, que significa que las leyes que afectan a las comunidades indígenas o afrocolombianas deben ser aprobadas por estas antes de pasar al Congreso. Este requisito previo es lo que ha demorado la presentación del proyecto.

Lo cierto es que antes de cualquier ley, las verdaderas fuerzas se medirán en la ley de presupuesto para el próximo año. Ese es el tema más bravo que tendrá que enfrentar el Ejecutivo apenas arranque la legislatura en dos semanas. Se trata del último presupuesto antes de elecciones y ahí se medirá el aceite de esta relación entre la Casa de Nariño y el Congreso.

Mientras se arregla ese matrimonio, Santos se ha curado en salud y ha encontrado un buen argumento para mostrar que no hay consecuencias graves de esta crisis. "Las reformas que yo tenía en la cabeza en la campaña y lo que yo prometí, todas han sido aprobadas. La legislatura del año pasado y de este han sido sin precedentes en la historia de este país. Con esto yo quedo totalmente tranquilo", dijo. Y en esto no le falta razón, porque en medio del tsunami que le cayó al Congreso por cuenta del fracaso de la reforma a la Justicia se ha olvidado que hace apenas un año el resultado legislativo fue tan importante que esa corporación fue descrita como el "Congreso admirable".

Pero el Congreso admirable ahora es una novia triste. Se siente engañado y olvidado. Y aunque el presidente cree que esto se arregla con una serenata, los parlamentarios quieren más. Para comenzar, consideran que los ministros no pertenecen a los partidos que dicen representar. Muchos de ellos son considerados santistas endozados a los partidos de la Unidad Nacional, pero no intérpretes de las bancadas parlamentarias. Los de La U, por ejemplo, ven al ministro del interior, Federico Renjifo, más como amigo personal del presidente que como una cuota de ellos. Y sorprendentemente lo mismo está sucediendo con Rafael Pardo, quien a pesar de ser exdirector del partido y auténticamente liberal, tiene hoy más rechazo en la bancada de ese partido que en la de los otros partidos de Unidad Nacional. Detrás de esto hay obviamente un problema de puestos y contratos más que de cualquier otra cosa. Pero ahora que se acabó la luna de miel y que comienzan los problemas conyugales de la pasta de dientes destapada o quién tiene el control de la televisión, hay que pararles bolas a esos caprichos.
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