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| 3/5/2011 12:00:00 AM

Congreso N.N.

El actual Capitolio tiene muy pocos líderes sólidos, figuras protagónicas y voces fuertes. Los partidos mandan la parada y la opinión pública ni identifica a sus miembros.

Cómo han cambiado los tiempos en el Capitolio. Basta recordar la composición de la Comisión Primera del Senado en 2002. Era de lujo. Germán Vargas Lleras, Carlos Gaviria, Antonio Navarro Wolf, Rafael Pardo, Andrés González y Carlos Holguín Sardi, entre otros, debatían los temas más importantes. Gracias a la visibilidad que lograron, dos se volvieron gobernadores, varios ocuparon ministerios y cuatro resultaron candidatos presidenciales. Un verdadero trampolín político.

Pero los ascensos en sus carreras han dejado vacíos que no se han llenado con jugadores del mismo nivel. Nueve años después, aunque es una de las comisiones más congestionadas con las iniciativas del gobierno, pocos conocen quiénes la integran. Aparte de Juan Fernando Cristo, abanderado del proyecto de víctimas, Luis Fernando Velasco, Hernán Andrade y otros senadores que llevan décadas en el Capitolio, como Roberto Gerlein, pocos podrían recordar la lista de sus miembros.

El resto del Congreso sufre el mismo mal. Si no se cuenta al actual presidente del Senado, Armando Benedetti, ni a un puñado de respetados congresistas como Germán Navas y Guillermo Rivera, el panorama es bastante gris. Voces valiosas como Gustavo Petro, Cecilia López, Rodrigo Rivera y Marta Lucía Ramírez -responsables de los debates más trascendentales de los últimos años- le dijeron adiós al Capitolio y se fueron en busca de nuevos horizontes. Hoy día, senadores de todas las fuerzas políticas afirman que no conocen a nadie, que los pasillos se llenaron de desconocidos y que ya pocos se quedan por el centro para almorzar con los colegas.

Buena parte de la explicación radica en los resultados de las últimas elecciones. Tras la depuración del Congreso, con escándalos como la parapolítica, los colombianos les apostaron a caras nuevas, y el Capitolio se renovó en el 62 por ciento. Más de la mitad de los congresistas eran primíparos, muchos sin experiencia. También llegaron algunos herederos de la parapolítica y el chance, como Arlet Casado, Teresita García y Héctor Julio López, hijo de 'la Gata' Enilse López.

Según la directora de Transparencia por Colombia, Elizabeth Ungar, experta en el Congreso, la renovación es un buen síntoma siempre y cuando los nuevos lleguen preparados y con propuestas. "¿Renovación para qué? ¿A costa de la calidad e injerencia en la opinión pública?", se pregunta. Ocho meses después de instalado el Congreso, la mayoría de sus miembros todavía no han encontrado su voz ni han podido despegar.

Lo cierto es que este Congreso es nuevo en más de un sentido. Antes, las Cámaras estaban conformadas por personalidades individuales y no por colectivos dispuestos a trabajar en equipo. Era común ver a ministros y gobernadores ocupando las bancas del Congreso, cuando era permitido. Pero tres hechos le quitaron piso a la figuración individual: la Constitución de 1991, la reforma política de 2009 -que decretó la Ley de Bancadas- y la directriz presidencial del gobierno Santos, que les da instrucciones a los ministros y a los funcionarios del gobierno de interactuar solamente con los voceros y jefes de las colectividades. "Es la primera vez que vemos partidos en el Congreso", dice la directora de Congreso Visible, Mónica Pachón, quien recuerda que en 2006 llegaron al Legislativo más de veinte partidos menores, que no sobrevivieron más de cuatro años.

Sin embargo, los que otrora tenían una voz fuerte se han ido marchitando. Es el caso del Polo Democrático, cuyo único bastión sigue siendo Jorge Enrique Robledo, con su reputación de ser una voz estructurada y estudiosa. Y el Partido Verde, que prometió mucho en campaña no ha despegado. Con excepción de Alfonso Prada, elegido como el mejor representante de 2010, la bancada ha tenido fricciones internas y no ha podido consolidarse como un faro en materia legislativa.

Otros expertos consultados por SEMANA consideran que la calidad de lo público se deterioró tras ocho años de gobierno de Álvaro Uribe pues se erosionaron la institucionalidad y el debate público. Y otros les atribuyen parte de la culpa a los medios de comunicación, los cuales toman como hobby hablar mal del Congreso y no diferencian entre buenos y malos congresistas. "¿Para qué esforzarse entonces?", se preguntan los senadores y representantes.

El fenómeno, pues, tiene varias explicaciones. Los partidos tienen más protagonismo y el país está atravesando un relevo generacional en la política. Solo con el tiempo se verá si las nuevas promesas estarán a la altura. Aunque es fácil caer en la idea de que todo tiempo pasado fue mejor, parece que, por ahora, los grandes oradores abandonaron el recinto.
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