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| 8/29/2012 12:00:00 AM

Conocimiento y ética pública: los pilares del cambio social

Este es el discurso que pronunció Alejandro Santos, director de la revista SEMANA, durante la premiación de los diez mejores líderes del país.

Hace casi 20 años el presidente César Gaviria le encomendó a una comisión de intelectuales y científicos, la tarea de imaginar qué necesitaba Colombia para dar un salto definitivo de la crisis hacia la oportunidad. Los denominados sabios llegaron a una conclusión: la única revolución que realmente necesitaba el país era la de la educación. En otras palabras, enseñar a pensar a la manera de lo que Rodolfo Llinás, miembro en su momento de ese grupo de sabios, bautizó como una cosmología general que le permitiera a jóvenes y niños comprender su realidad y desarrollar su creatividad.


Este sería el antídoto a la violencia, a la ya instaurada cultura del dinero fácil. El conocimiento como camino para la movilidad social, para la convivencia, para el desarrollo y para insertarse en la globalización con la frente en alto; como una verdadera alternativa a la violencia política y al narcotráfico, que ya para entonces habían convertido el dinero y las armas en los espejismos de las nuevas generaciones.


Aunque esta tarea no se ha cumplido cabalmente, cada vez está más claro que aquella demanda por el conocimiento, que podría llevar a Colombia al filo de oportunidad, sigue vigente.

Los sabios advertían desde aquella época que la globalización podría aliviar muchos de los males de la humanidad: el hambre y la enfermedad, la guerra y la discriminación, el aislamiento y las catástrofes; pero el desigual acceso al conocimiento también podría convertirse en un nuevo factor de desigualdad; en una brecha que pusiera a unos países en las cumbres del progreso, y a otros los sumiera en los laberintos de la ignorancia y la marginalidad. Que elevara a unos individuos a las altas esferas del saber, y a otros, los sumiera en un nuevo oscurantismo.

 

Por eso su llamado de urgencia era convertir el conocimiento, y en particular la educación, la ciencia y la cultura, en una tarea nacional, en un programa político, en una verdadera acción colectiva. Y por qué no, en una revolución pacífica.


En una sociedad fuertemente fragmentada en lo político, y segregada en lo económico, el conocimiento debería convertirse en un factor de integración, de movilidad y de equidad social.
Los 30 mejores líderes que hoy se destacan en la segunda versión del premio convocado por Semana y la Fundación Liderazgo y Democracia con el apoyo de Telefónica, le han apostado a ese ideal.

Le han apostado a las ideas, al largo plazo o a la grandeza en un país muchas veces obtuso, cortoplacista y mezquino. Son hombres y mujeres que se han preparado en la academia, pero también fuera de ella, para ser los mejores en su campo.

 

Todos, a su manera, se han empapado de realidad y le han tomado el pulso al país. Desde las barriadas marginadas de Medellín, Cartagena o Buenaventura, pasando por las realidades sociales que viven los desplazados, los colegios públicos, las zonas de conflicto, las minorías sexuales, étnicas o políticas.


Muchos de ellos son grandes científicos, deportistas excepcionales, artistas exitosos, políticos de futuro promisorio o empresarios emprendedores. No obstante, no es por sus talentos personales que hoy están aquí. Ese talento bien pudiera ser usado para la competencia individual o la vanidad personal, y ese no es el caso que merece el reconocimiento esta noche.


Los hombres y mujeres que hoy destacamos como líderes, no solo tienen talentos únicos, sino que los están poniendo al servicio de los otros. Se han enfocado en sus comunidades y no sólo en sí mismos.

 

Han convertido el saber y el talento en instrumentos de transformación social, apuestan por cerrar la brecha de inequidad entre los que tienen y no tienen acceso a los avances de la ciencia, el arte, la cultura. Han cumplido con el propósito de poner a Colombia en el filo de las oportunidades.
Cada uno de ellos encarna valores que en sí mismo son transformadores.

Por un lado, la tenacidad. Muchos tuvieron que ir contra la corriente para sacar adelante sus iniciativas, romper el estatus quo, o en todo caso, no amilanarse ante la adversidad. La tenacidad en un contexto social como el nuestro es altamente transformadora.


Saben trabajar en equipo. Cada uno de ellos ha pulverizado aquel concepto tan arraigado de que cada colombiano de manera aislada puede ser un gran genio, pero que colectivamente somos un fracaso.

 

Por el contrario, estos hombres y mujeres han logrado su liderazgo inspirando a otros, apoyados en otros, reconociendo a otros, y por eso aunque este premio destaca sus méritos personales, muchos de ellos se avergüenzan ante el reconocimiento porque consideran que tras sus logros siempre ha habido otros.


Viven de frente y no de espaldas a los grandes problemas del país. Por eso se han metido en la Colombia profunda, en la marginada, en la que todavía se debate entre las violencias del siglo XX y los desafíos del siglo XXI.


Han tomado decisiones riesgosas, apostado en grande, porque son visionarios y se consideran protagonistas del cambio. Han dado un salto entre la tradición y la vanguardia. Son portadores de un legado de país, pero también le han dado valor agregado al pasado, y en ese sentido son unos innovadores.


Son revolucionarios porque sus proyectos les han cambiado la vida a muchos colombianos. Casi todos trabajan directamente con las nuevas generaciones, ya que son ellas quienes podrán rescribir la historia de Colombia, ya no desde los paradigmas de la violencia, como le ha tocado a nuestra generación, sino desde el humanismo y la sabiduría.


No obstante, este grupo de colombianos que hoy queremos presentar como ejemplo de un país posible, un país mejor, un país donde la acción colectiva se base en la creación y el saber, tiene otro atributo muy especial: sus trayectorias son en sí mismas un ejemplo de ética pública.

Quizá junto a la falta de oportunidades, y al rezago en el campo del conocimiento, la otra gran talanquera de Colombia ha sido la falta de una ética pública razonable. Y en ese sentido no vamos a eludir el fondo del debate: se trata de cómo convertir los valores que estos líderes representan en el capital político de las nuevas generaciones.

 

Porque la política no es más que la puesta en común de sueños de sociedad, y su más poderoso instrumento de transformación es la política, la verdadera política. Por ello ningún país puede abdicar a su anhelo de convertir los esfuerzos individuales –como los que hoy se destacan aquí- en políticas, en paradigmas renovadores de la sociedad.


En ese sentido, estos hombres y mujeres son revolucionarios. Han luchado por convertir a los colombianos en ciudadanos contemporáneos y cosmopolitas, por prepararnos para actuar de manera digna e inteligente en un mundo globalizado donde Colombia todavía está rezagada.


La tarea entonces es que el ejemplo de estos líderes sea la inspiración de un programa nacional, como lo soñaron los sabios hace 20 años, que convierta a este país tan golpeado pero tan valiente en un territorio con oportunidades para todos.


La cuota inicial son estos 30 hombres y mujeres, cuyas obras y misión hoy merecen nuestro aplauso.

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