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| 4/11/1988 12:00:00 AM

CONSEJOS PARA LA NEURASTENIA

Aparece histórica carta de López Pumarejo a su hijo Alfonso, calificada como clave por los biógrafos del fallecido ex presidente, en la cual se revelan episodios desconocidos de su vida y de sus amores.

Bogotá, enero 17 de 1936
Mi querido Alfonso:
No sé si lo que me ocurre es que no he entrado en la corriente moderna de escribir corto o que anticipándome a mi tiempo y a mis compatriotas adquirí prematuramente la costumbre de usar el telégrafo de preferencia al correo. Sea de ello lo que fuere, es la verdad que por el deseo de escribirte largo y tendido, he dejado de hacerlo hasta ahora. Tuve el propósito de contestarte tu carta de fecha 16 de diciembre antes de salir para Popayán, pero me faltó tiempo. Los últimos días del mes de diciembre fueron terriblemente ocupados. Haciendo un grande esfuerzo pude escribirle a Enrique Vargas, pues la fatiga mental me tuvo con dolor de cabeza varios días, y la noche que dicté la carta para Enrique, entre la cama, no habría podido darte estas impresiones aunque hubiera resuelto trasnochar a Graciela hasta la hora de misa del día siguiente.
Lo primero que quiero decirte es que me ha alegrado mucho ver en tu correspondencia cómo vas readquiriendo el control de tus nervios. De una carta a otra se observa la benéfica influencia que está ejerciendo el cambio de ambiente sobre tu salud física y espiritual. Al paso que vas, cuando regreses de la Argentina estarás felizmente redimido de la neurastenia con que saliste de Colombia.
Yo también fui neurasténico. La primera vez tuve una especie de neurastenia filosófica, que se me curó saliendo de los Estados Unidos a comprar café en Costa Rica. Un buen amigo me prestó en Bogotá, en visperas de un viaje a Londres en 1901, "La religión al alcance de todos", de Ibarreta, y aunque para entonces ya no creía en el diablo, me coló para toda la vida la idea de que el origen del infierno tiene alguna relación con el miedo que le inspiraban los volcanes en actividad al hombre primitivo. Pero lo que más aguzó mi curiosidad de leer a Spencer a la temprana edad de 14 años, fue la explicación del huevo de gallina sobre el principio de la vida humana. Después de enterarme de que había venido al mundo a la manera que un pollo salta de la cáscara, tenía que leer las meditaciones de Spencer sobre lo incognoscible. Mi papá resolvió autorizarme a tomar clase de Ideología y Lógica, con Juan Manuel Rudas, para que pudiera entender a Spencer; pero cuando apenas había logrado Rudas que yo saliera a armarles polémica a los estudiantes del Colegio de los Jesuitas sobre cuestiones religiosas, me enviaron a Londres, y detrás de mi dejé lo poco que habia aprendido de las teorías filosóficas de Santo Tomás de Aquino, Balmes y Campagnoli. No pude acabar con Rudas mi aprdendizaje de polemista anticlerical. En Londres absorbieron mi atención los placeres terrenales y durante los cortos meses que pasé allí, las mujeres, el vino y el teatro me hicieron olvidar no solamente a Santo Tomás sino a Kant y Tracy. No volvieron a asaltarme las preocupaciones filosóficas hasta una buena tarde que compré en Nueva York, en una realización de libros, "Los primeros principios" de Herbert Spencer, por cincuenta centavos. De esa tarde en adelante me faltó la tranquilidad por muchos meses. La tarea de leer a Spencer resultó superior a mis fuerzas intelectuales. Menos trabajo me habria dado tragar ruedas de locomotora. Para disimularme mi propia incapacidad, compré la Sociología y suspendi la lectura de los "Primeros principios". Tampoco pude digerir la Sociología. Compré entonces el tratado de Biología y al tercer capítulo (tal vez al segundo), acepté resignado el consejo que me había dado mi papá de leer "todo eso" cuando estuviera más grande. Me entregué con furor a Carlyle. Sartus Resartus, "Héroes y el culto de los héroes", "La Revolución Francesa" y las "Cartas a Emerson" me sirvieron de pasto espiritual durante unas pocas semanas. Después de "Héroes y el culto de los héroes", leí, casi me aprendí de memoria, los "Hombres representativos" de Emerson y en seguida los "Ensayos filosóficos" del mismo escritor, y los de Bacon, Hume, Hazlitt y Elliot. Salía diariamente de Packard's Commercial College a las 4 de la tarde y en vez de comer bizcochos o dulces, me encerraba en mi cuarto a devorar libros. No todos de carácter filosófico, ni de autores ingleses. Me gustaba también hojear traducciones de Montaigne, Pascal y Voltaire. Si mal no recuerdo, tuve además algunas relaciones con Renán y Taine. "La vida de Jesús" y la "Historia de la literatura inglesa" me gustaban como lecturas ligeras.
Me habría vuelto loco, mi querido Alfonso, torturado por la duda religiosa y creyendo que uno no podía ser feliz sin creer en el otro mundo con la fe de sus mayores si no me hubiera enamorado de la institutriz de mis hermanas: una canadiense de ojos claros y nariz respingona, hija de un pastor protestante, aficionada a los clásicos ingleses y alemanes. Era mayor que yo y tenía un bonito nombre. Se llamaba Ruby Hunter. Como si dijéramos, Diana Cazadora. Todavía recuerdo afectuosamente que principió a conquistarme invitándome a leer juntos. Ruskin era uno de sus autores predilectos. Jamás olvidaré que leyendo una vez el "Abrete Sésamo" (Sesame and Lilies), se le escurrieron las lágrimas, dizque por que yo no sentía como ella la emoción con que describe Ruskin la influencia de la mujer en la guerra. Me ví impedido a besarla por la primera vez, y como advirtiera que me lo agradecía, la besé con entusiasmo e insistencia todas las tardes al volver del colegio, y todas las noches antes de acostarme, hasta que papá decidió separarla de su empleo, temeroso de que me obligaran a contraer matrimonio con ella. Cuando Miss Hunter tomó el tren para Toronto, me dejó libre de todas mis inquietudes filosóficas y ahíto de Goethe y de Mateo Arnold. El William Meister será una obra inmortal; pero si tuviera que leerla en vísperas de cumplir 50 años, preferiría que me conmutaran la pena por un viaje a Cúcuta a pie. Y entre releer las obras de crítica literaria de Arnold que traje de Inglaterra hace cuatro lustros, y regalárselas a Nieto Caballero o a Luis López de Mesa, preferiría lo último cien veces.
La segunda neurastenia me dio llorona. Quisiera tener una buena pluma para contarte la historia de mis noches de lágrimas y champaña en el Hotel Victoria, cuando estuvo Pedro enfermo de pulmonía, en 1905. Habíamos ido juntos, después de mi primera temporada de Colombia. El exceso de trabajo y de parranda me habían debilitado los nervios, y de golpe perdí el control de ellos. Al caer de la tarde me dominaba una infinita tristeza, que procuraba quitarme tomando whisky o champaña, preferentemente champaña. Bajo la acción del alcohol me parecía más necesario llorar para desahogarme. Muchas noches, cuando ya no podía contenerme, salía a la calle, a caminar con paso acelerado por el Victoria Embankment o Whitehall o Pall Mall, y cuando sentía alguna persona detrás de mi, saltaba como un caucho a la acera del frente, presa de una terrible angustia. Sin embargo, no apelé nunca a las drogas para calmar mis nervios transitoriamente. Me parecía más claro acomodarme un tiro para calmarlos de manera definitiva. No tenía ningún motivo serio para querer ausentarme de este mundo; pero lo encontraba necesario para salir de ese estado, que yo juzgaba irremediable, sin sospechar por un momento que el remedio estuviera a la vuelta de la esquina. Una alegre mañana regresó Pedro a Nueva York, donde vivía la familia entonces, y yo me trasladé a París con ánimo de mandar hacer unos vestidos donde Cumberland. Tan pronto como llegué a París se me presentó Carlos Valenzuela, a quien pedí que me llevara donde su sastre y me despidió quince días después en la Gare du Nord sin haberlo hecho. En la Rata Muerta, en el Molino Rojo, en Maxim's, que a la sazón estaban muy en boga, ahogué mi segunda neurastenia en Pommery, oyendo tocar la Matschiche y la Danza Paraguaya, y tratando de bailarlas con mujeres que hablaran inglés. Cuando me embarqué en Boulogne para los Estados Unidos en un vapor de la línea holandesa, ya me reía a mandíbula batiente de todas las ideas que habían embargado mi mente en las pasadas horas de melancolía .
La tercera neurastenia me sorprendió a fines de 1906, y digo que me sorprendió porque habría apostado mi vida contra una cocada a que jamás la tristeza volvería a apoderarse de mí como en aquellos días de Inglaterra; pero el exceso de trabajo de oficina, las continuas trasnochadas en el Gun Club y un intensisimo y absorbente interés por una morena de ojos negros, que Enrique Vargas debió conocer en el otoño de su vida y que cuando yo era joven nos hacía perder el seso a muchos, más por su imaginación traviesa que por sus atractivos físicos, que eran muchos,-me debilitaron en extremo. De golpe me dio por sentirme arruinado físicamente. Nunca he sido amorosamente versátil. Creo que podría contar en los dedos de la mano las mujeres que he querido, aunque me he interesado intelectualmente por muchas, de todos los tamaños, edades y condiciones. Pero entonces yo no sabía distinguir hasta dónde mi admiración por la negra Clara Soto influía en mi desapego hacia las demás mujeres, o ayudaba a determinar lo que yo consideraba una aflictiva indiferencia sexual por las otras negras y por las blancas. Me fui para Nueva York, vía Quito, muy abatido y con el afán de hacer alguna cosa extraordinaria. Sentía la necesidad de variar de panorama, me provocaba meterme en alguna aventura; pero después de dos o tres meses de agradable permanencia en el Ecuador, parrandeando de lo lindo, llegué a Nueva York a ponerme en manos de un médico. Me hice examinar detenidamente y al cabo de algunas vueltas y con un costo de $30, mi especialista, mi Allende Navarro, me dio una gran receta: dormir bien, comer bien, hacer ejercicio, divertirme y no leer ni trabajar. Me prohibieron rotundamente ir a al oficina de mi papá y tener contacto con mis viejos libros. Yo, muy obediente, me abstuve de reanudar relaciones con Spencer, con Carlyle y con Goethe. Más como toda regla tiene sus excepciones, leí entonces de contrabando los dramas de Schiller.


Aquí llego a un capítulo de mi vida que creo que tú conoces. La familia resolvió salir a pasar los meses de verano a orillas de uno de los grandes lagos. Con tal motivo estuve recorriendo en lanchas de gasolina los tres que son más populares en el Estado de Nueva York: Lake George, Lake Champlain y- pasando las Cataratas del Niágara- Lake Ontario. No tenía la familia intención de viajar hasta el Canadá; pero mi viejo amor por Miss Hunter me llevó hasta Grimsby Park. Había descansado durante cuatro largos meses y había vuelto a visitarme el deseo de besar alguna mujer. No suponía que ella me hubiera olvidado. Ni me mortificó realmente mucho, porque, como pájaro al que acaban de abrirle la jaula, se me iban los ojos detrás de las americanas desenvueltas que andaban por esos lados vestidas de verano en los vapores y lanchas de excursión.
Conseguí por fin una quinta a orillas de Lake Bomoseen, en el Estado de Vermont. Pablo Rodríguez, que me había acompañado en mi correría, resolvió tomar la quinta contigua para su familia. Rodríguez tenia dos hermanas: Eva y Caridad. Caridad le gustaba a Pedro, y Eva, que era la mayor, a Eduardo. Eva le llevaba a Caridad (y a Eduardo) cuatro o cinco años. Pero dizque era muy dulce. Me daba risa ver a Eduardo tan prendado de ella. Todo podía pasarme por la imaginación, menos que a la tercera salida a remar en el lago, principiara yo también a creer en los encantos de Eva. Lo cierto es que, hasta donde van mis recuerdos, pronto se me hizo evidente la superiodad de ella sobre Caridad y sus primas y muy pronto principié a sentir la necesidad de que me acompañara a pescar, remar y bailar todos los días. Yo tenía entonces, como ahora, un malísimo oído musical. Me daba el mismo trabajo distinguir una ópera de un paso doble; pero Eva se empeñaba en convencerme de que era una idea mía el no poder llevar el compás. Me proponía que ensayara con ella todas las marchas de la Banda Suoza y la música de dos y dos que en aquella época inventaron los americanos para sus marinos y que eventualmente regocijó a la humanidad entera con el advenimiento del Fox Trot. Conservo grabada en la retina mi pobre figura en los salones de baile, tropezándome a cada paso contra la diminuta Eva, que era pequeña y delgada y daba señales de gusto cuando yo la agarraba entre mis brazos para que no se fuera de espaldas. El ejercicio del remo y de la pesca, el agua y el sol, las diversiones del vecindario, Eva y el paso doble: varios meses de aplicarme la receta de comer bien, dormir bien y entretenerme sin esfuerzo mental alguno, me devolvieron el dominio de mis nervios y me persuadieron de que la alegria de vivir estaba al lado de Eva. Necesita uno pasar de los 30 años y rodar mucho mundo para comprender que el más profundo de los epigramas de Wilde es aquel de que "el último amor es siempre el primero". Cada vez que uno se apasiona por una mujer se inclina a pensar que no había querido bien antes, que se había autosugestionado respecto de la intensidad de su afecto anterior. Hablando con Eva me preguntaba yo continuamente si en realidad había querido a Miss Hunter o a Clara Soto.
Una indisposición de salud de mi papá me obligó a salir intempestivamente para Nueva York, jurándole a Eva que le escribiría todos los días. El propósito era sincero, porque al despuntar el alba me levantaba para invitarla a pescar con anterioridad al desayuno y seguía con ella hasta media noche sin aburrirme nunca y sin darme cuenta de que no tenía nada que decirle ni ella tampoco. Nuestro flirt o nuestro amor, como quieras llamarlo, era de provincianos latinos. No teníamos ninguna comunidad intelectual; pero, como te digo atrás, el médico me había prohibido pensar, y yo no había logrado darme cuenta de que Eva me atraía física e inconscientemente a medida que recobraba mi salud. Y sucedió que al partir el tren de la estación de Rutland me entregué a leer revistas y periódicos y olvidé a Eva en seguida y para siempre. No te exagero. No tuve necesidad de escribirle la primera carta para aplacar un remordimiento; y cuando en 1934 estuve en Costa Rica, me sobrecogió el temor de encontrarme con ella. Supuse que, naturalmente, ya estaba vieja y fea, y que al verla podía faltarme valor para refrescar un recuerdo sobre su frente. Jamás he dejado de ser afectuoso con las mujeres que han sido amables conmigo.
Han pasado 29 años. La neurastenia no ha vuelto a atacarme, y -Dios mediante- no volveré a ser presa de ella antes de bajar al seno de la madre tierra. He tenido muchas alternativas en la vida, alzas y bajas, y todas las he pasado alegremente. Como si estuviera de pelea con la melancolía. Me hago cargo de que he sido un hombre afortunado; pero pienso muchas veces que esas tres neurastenias me ayudaron muy eficazmente a adquirir el control intelectual que tengo sobre mi sistema nervioso. Me he extendido tanto a hablarte sobre ellas, no para decirte que en otro tiempo leí a Bacon y Descartes, sino por lo que pueda serte útil saber que la indigestión de libros y filosofías de que te encontró sufriendo el doctor Allende Navarro es un poco hereditaria, pues la sufrí yo antes que tú; y por eso, y con la confianza de que apartándote de tus ocupaciones habituales, cambiando de ambiente y agitándote con nuevos intereses intelectuales, no tardarías en recuperar tu equilibrio nervioso, te propuse que fueras a Chile, y estoy muy contento de ver cuánto provecho estás derivando del viaje.
Te echamos muy de menos aquí. Cuando tu mamá tenga una razonable seguridad de que ya estás bien, querrá que regreses. María no entiende la vida sino sintiéndolos a ustedes en derredor suyo. Le hacen falta, como a ninguna, las mil pequeñas inquietudes que proporcionan los hijos en los años que tú, Pedro y Fernando atraviesan. Para que estés más acompañado, parece conforme con que Fernando vaya a Santiago. Pero tanto ella como yo aceptamos de buen grado tu separación si ha de servir para que sigas tus estudios normalmente y vengas a Colombia al fin del año lleno de bríos y de conocimientos nuevos.
Tengo metida en la cabeza, muy adentro, la idea de que toda la familia necesita un viaje al exterior. Yo también necesito salir a desoxidarme, pues aunque crean que lo digo insinceramente, es lo cierto que estoy enbruteciéndome rápidamente aquí. Por falta de comunicación con el mundo no oficial o por exceso de trabajo mental (comparado con el que hacía en los años anteriores), siento que van recortándose mis horizontes espirituales y que la labor administrativa toma caracteres cada día más mecánicos. La política oficial ya no requiere muchas explicaciones. La desarrollan los gobernadores sin estar haciendo consultas a Bogotá, y la entiende el grueso público, aunque no faltan genios sueltos que me harían creer que la gran mayoría liberal de Colombia no entiende la política del gobierno ni simpatizan con ella.
Acaso no te parezca ahora tan extravagante,como hubieras podido juzgarlo hace tres meses, la idea de que María y María Mercedes, Pedro y Fernando, necesitan, como tú, unas vacaciones de vida de familia. Necesitan ponerse en contacto con la vida y readquirir el sentido de ella. Perdido por la facilidad con que cada uno hace en la casa lo que le provoca. ¡ Her own or his own sweet will! Te declaro francamente que me preocupa mucho la idea de haberme equivocado en la manera de levantar la familia, porque temo que a la postre resulten contraproducentes las facilidades de todo género de que he procurado rodearla; facilidades que ninguno aprecia adecuadamente, si he de guiarme por lo que veo y oigo tanto en Bogotá como en Londres. Métete entre mis zapatos y pasa revista a lo que yo observo que sucede con cada uno de ustedes para que me digas si crees que exagero o si estoy tocado de inconformidad personal.
Desde que principié a dictar esta carta ha pasado un mes largo. Tu permanencia en la Argentina no ha tenido para ti ninguna de las ventajas que yo esperaba. En vez de conocer a Buenos Aires, has ido a encerrarte en un campo. Estás nuevamente entregado a tus recuerdos bogotanos, triste y abatido. Las cartas que está recibiendo ahora María se parecen a las que escribiste en viaje para Santiago de Chile como una gota de agua a otra gota de agua. Así, tu visita a la capital del Plata resulta perdida.Es un nuevo desconsuelo que quiero confesarte, deseando que no te cause ninguna mortificación.
Dejaré para otra ocasión el darte algunos informes sobre política. Harían una mezcla muy rara estas confidencias familiares con mis comentarios respecto de lo que ocurre en el Congreso o dentro del Despacho Ejecutivo. Baste por hoy informarte que las Cámaras siguen trabajando en armonía con el Gobierno y que con el correr del tiempo admiro más las capacidades de los ministros. Lleras me hace grandisima falta en la Secretaria General; pero en el Ministerio de Gobierno está realizando una obra magnífica y prestando una colaboración inestimable. Echandia saldrá de la discusión de la reforma constitucional consagrado como uno de los más grandes talentos jurídicos de esta tierra. Soto está sirviéndole de blanco a El Siglo de Laureano Gómez; pero no hay en estos contornos quién se atreva a negarle su grandísima preparación para dirigir las finanzas nacionales. César García es el mejor ministro de Obras Públicas que ha ocupado ese despacho, aunque sus antecesores no lo crean. Benito Hernández es el "benemérito" del gabinete, para emplear la expresión de sus colegas: en el Ministerio de Guerra está realizando una tarea de extraordinaria eficacia, superior a la que dejó cumplida en el Ministerio de Industrias. González Piedrahíta está haciéndose al medio con una rapidez sorprendente y lleva trazas de ser reconocido muy pronto como un gran ministro de Relaciones Exteriores. Su admirado amigo Martínez Pérez es muy ilustrado e inteligente. Sin embargo no cuenta con el favor del Congreso ni ha ganado mucho terreno en la conciencia pública.Otro tanto puedo decir de Rodriguez Moya y Salamanca; pero tengo de los tres muy alto concepto como funcionarios.
Te encarezco que no regreses a Chile sin ir a visitar a Saavedra Lamas y decirle cosas simpáticas y discretas, principiando por agradecerle el que haya manifestado deseos de conocerte.
Salúdame afectuosamente a Enrique y Susana, y recibe mis besos y bendiciones.
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