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| 9/2/2014 12:00:00 AM

Víctima habla sobre el “perdón sincero de ‘Iván Márquez’”

Constanza Turbay escribe una carta sobre la reconciliación con el grupo armado que asesinó a su familia.

En el primer viaje de un grupo de víctimas a La Habana el pasado 16 de septiembre, el jefe guerrillero ‘Iván Márquez’ se le acercó a Constanza Turbay, cuya familia fue fusilada por las FARC en el asfalto en una carretera de Caquetá

Ella había esperado ese encuentro durante 14 años y lo que nunca imaginó es que ‘Márquez’ le pidiera perdón. Este martes, una semana antes de que viaje el segundo grupo de víctimas, Constanza Turbay escribe una carta a los colombianos para reflexionar sobre la reconciliación. 

Semana.com la reproduce en su totalidad. 

Soy una sobreviviente de la violencia que lo ha perdido todo, menos mi deseo de contribuir a la paz de Colombia. En aras de esa paz que tanto necesitamos, no con el ánimo de controvertir, sino de construir, expongo mi punto de vista sobre el encuentro entre víctimas y la Mesa de Negociación con las FARC.

Debo aclarar que, en mi caso, no fui sometida a ningún tipo de condicionamiento, mucho menos para lograr ‘sumisión’, término que han usado algunos y que personalmente me transporta a la antítesis de mi vida.

El acto histórico que registró Colombia no fue la escena de 12 borregos llevados al matadero, sino el de 12 tragedias que intentan cambiar su dolor por la esperanza de paz. El encuentro fue solemne, insuperablemente presidido por monseñor Augusto Castro, Fabrizio Hochschild y Alejo Vargas, quienes se han ganado un lugar reconocido con el trabajo para aliviar el dolor de la guerra.

En mi caso, la devastación empezó con el secuestro y asesinato en cautiverio de mi hermano Rodrigo y el posterior genocidio de mi amada familia, así como el despojo de los bienes de mis abuelos, que me corresponden por sangre y por herencia.

A ello se le suma el maremágnum de difamaciones, montajes, persecuciones y viles asesinatos contra personas inocentes que, por diferentes circunstancias, tuvieron la desgracia de conocer los móviles de la masacre de mi familia. A Diciembre 4 del 2007, según debate del entonces senador Gustavo Petro, 57 personas habían perdido la vida.

Mi lucha ha sido constante y transparente y no me he dejado someter, ni derrumbar por las dificultades. Por eso encuentro bastante injusto que se interprete que fui a La Habana a entregar mi dolor a cambio de un saludo o reconocimiento.

El encuentro en La Habana fue muy difícil al inicio, por estar cara a cara con las personas sobre las que recae la autoría material del asesinato de los seres más amados de mi vida, mi admirable madre y mis dos únicos y entrañables hermanos.

Pero la solicitud de perdón sincero de ‘Iván Márquez’ cambió el escenario de víctimas y victimarios al de este nuevo comienzo, que pone en nuestras manos la enorme responsabilidad de edificar la paz. La decisión de perdonar es un acto personal en el que cada quien determina si toma el camino de la magnanimidad o el del abismo de los odios.

Después de un dolor irreparable como el mío, muy lamentablemente para mí no es mucho lo que las FARC me puedan dar a cambio, pero esa solicitud auténtica de perdón de ‘Iván Márquez’ trascendió en mi alma, en la historia de los míos y en la historia de Colombia.

Este es uno de los puntos neurálgicos de la primera vivencia de paz que tuvo Colombia. Sucedió que la guerrilla fue capaz de reconocer sus errores con contrición. ¿Acaso no es uno de los objetivos que se buscan en un proceso de paz?

Fue un paso muy importante, entre los muchos que tenemos que dar, y viene el punto de la verdad. Verdad que no solo les dará descanso a los míos en sus tumbas, sino que liberará al Caquetá del nefasto modelo que se apoderó de esta región y que la tiene sumergida en la corrupción y el subdesarrollo.

Como dijo Alan McBride, comisionado de Derechos Humanos de Irlanda del Norte: “La mejor arma que tenemos para obtener la paz es el perdón”. No creo que Nelson Mandela se sintiera sometido al presidente De Klerk en la foto del histórico abrazo de reconciliación, ni que Gandhi perdiera su dignidad al estrechar la mano del vizconde Mountbatten para crear una nueva India. Se los reconoce como almas grandes por ser capaces de liberarse del atávico peso del odio y la desesperanza.

Lo que las FARC me puedan y deban retornar no es más que una gota de agua en el océano de dolor que he tenido que vivir desde el deceso de los míos. Si este es el precio que nos lleva a parar el derramamiento de sangre y a la consecución de una paz concertada, yo estoy dispuesta a pagarlo por mi amada Colombia.
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