Martes, 21 de febrero de 2017

| 2001/09/10 00:00

Contra el hambre

Los bancos de alimentos para los necesitados se extienden con apoyo de las grandes cadenas.

Contra el hambre

Estos bancos no son como los otros. En vez de plata manejan plátano, yuca, arroz y, en fin, todos los productos imaginables que se encuentran en los supermercados. Nunca guardan los depósitos hasta el día siguiente y sus clientes por lo general son desplazados, huérfanos o ancianos. Se trata de los bancos de alimentos, que se han creado en varias ciudades del país bajo la coordinación de las arquidiócesis locales y con la participación de importantes empresas privadas.

La historia empezó hace tres años cuando el obispo auxiliar de Medellín, monseñor Gonzalo Rivera Gómez, se enteró de la existencia de los bancos de alimentos en otras partes del mundo. Encargó al padre Juan Diego Ruiz y éste hizo un estudio de factibilidad en el que calculó la cantidad de comida en buenas condiciones que les sobra diariamente a los supermercados y centrales de abastos, y por otro lado comprobó la necesidad de los sectores más desfavorecidos. Viajó a México para conocer el funcionamiento del banco de alimentos más grande de Latinoamérica, que distribuye 500 toneladas mensuales de comida.

Ruiz regresó a poner en práctica lo que viene a ser una alianza entre empresas privadas, instituciones sin ánimo de lucro y trabajadores voluntarios. Todo se basa en que las empresas muchas veces se ven obligadas a destruir o botar toneladas de alimentos. Puede tratarse de productos que no cumplen con los estándares de presentación o que tienen defectos de marcación, de devoluciones por desperfectos o cuya fecha de vencimiento se acerca. Un sinnúmero de factores que impiden la normal comercialización de productos que sin embargo son aptos para el consumo.

Desde hace año y medio todas las madrugadas salen dos camiones para hacer sus recorridos por los donantes: la central mayorista, los almacenes Exito y Cadenalco y otras distribuidoras de alimentos e industrias. “Nosotros no hablamos de pagarles a los donantes. Pero les entregamos un certificado de donación que tiene efectos tributarios benéficos —explica el padre— y de paso los liberamos de cómo deshacerse de los sobrantes”. Los beneficiarios, por su parte, no reciben los alimentos del todo gratis sino que pagan una suma simbólica que ayuda al sostenimiento de los bancos.

En promedio recogen seis toneladas diarias que llevan a una bodega ubicada en Itagüí. Allí trabajan cuatro empleados y 16 voluntarios, la mayoría desempleados a quienes se les paga con un mercado semanal. Luego se distribuyen los alimentos entre 74 instituciones sin ánimo de lucro, como casas de rehabilitación, comedores escolares, ancianatos y ollas comunitarias.

La idea pronto llegó a otras ciudades. En abril del año pasado un grupo en Cali empezó a trabajar en el tema. Y aunque el programa se inició con las uñas, gracias a la buena gestión y a las donaciones de empresas como La 14 y Exito, “pasamos de recibir 250 kilos diarios a 4,5 toneladas al día en promedio. Con eso podemos atender 16.000 personas en unas 120 instituciones”, dijo a SEMANA Elvira Guerrero, quien, junto con Sofía Sarasti, ha sido la principal promotora del banco de Cali. Hoy están creando programas similares en Manizales, Pereira, Cartago, Villavicencio, Ipiales, Buga, Bucaramanga y Armenia. Y en mayo, bajo la coordinación del cardenal Pedro Rubiano Sáenz, se lanzó el Banco de Alimentos de Bogotá, del que se espera se convierta muy pronto en el más grande de país.

Los bancos son un mecanismo que deja contento a todo el mundo. Frente a la pobreza y la miseria que hay en el país, donde el índice de desplazamiento aumenta día a día, esta es una respuesta concreta y creativa que contribuye a aliviar la situación.

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