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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Contra el olvido

En medio de potreros, matorrales y cultivos, una ciudad que no existe lucha con todas sus fuerzas para persistir en la memoria de los hombres.

Desde la carretera que sube a Líbano se abre el valle del Magdalena, y al fondo se ven esas hermosas lomas con forma de terraza propias del noreste del Tolima. En medio de los potreros se destaca un bosque tupido, de un verde más oscuro. Sólo con binóculos se descubre una pared, una cruz, la punta de un par de arcos en concreto que se cruzan. Cuesta trabajo imaginar que ronden los recuerdos truncados de los 25.000 habitantes de Armero que murieron sepultados por el lodo y las rocas hace 20 años. A ambos lados de la carretera Ibagué-Mariquita unas pocas ruinas hablan del desastre. Esa vía por la que transitaban tractomulas y jeeps a más de 80 kilómetros por hora antes del 13 de noviembre de 1995 era la congestionada carrera 11, el corazón comercial de una ciudad que ya no existe. Es un lunes por la mañana. Treinta y siete grados a la sombra. Al entrar a lo que alguna vez fue Armero se respira un extraño aire de calma. Uno se siente mal. De nada sirve mantener el silencio y una mirada adusta. Uno es un entrometido que profana un lugar sagrado. Sólo se oyen trinos de pájaros y el ruido de un par de guadañadoras. Un grupo de obreros corta el césped. Preparan el escenario, como cada año, para conmemorar un aniversario más de la tragedia. Esta vez esperan la visita del presidente Álvaro Uribe, nos cuenta don Alfonso Alvarado, un sobreviviente de la tragedia que no recibió ni un centavo de los auxilios y que ahora se gana la vida en su bicicleta guiando a los visitantes. Él se encargará de decirnos: "Estamos en la calle 14, por acá quedaba la carrera 17, aquí era el colegio Pío X", como si quisiera reconstruir la ciudad en su cabeza y evitar a toda costa que la vegetación y los cultivos de las fincas que han corrido sus cercas para apoderarse de pedazos del antiguo casco urbano acaben por borrar también a Armero de la memoria de los hombres. De pronto me nace una necesidad angustiante por recrear en mi mente esas paredes con ventanas y aleros que jamás conocí, por evitar el olvido, por no dejarlo todo del tamaño de "fue un designio de Dios, fue la madre naturaleza que se ensañó contra Colombia", evitar que la historia pase por alto la gran cantidad de arbitrariedades que se han cometido y se siguen cometiendo con los damnificados y los familiares de las víctimas. Don Alfonso lucha contra el olvido montado en su bicicleta. Miles de damnificados lo hacen en la distancia, ya sea en municipios vecinos como Guayabal, en Ibagué, donde gran parte de ellos vive en condiciones de extrema pobreza. Parecen sobrevivientes de Auschwitz. "Yo perdí 23 parientes". "A mí me fue mejor porque sólo perdí 14". Luz García, una enfermera auxiliar que creció en Fresno y Armero y que vive en Santa Marta, decidió dar un paso más en la guerra contra el olvido. Su libro Armero, un luto permanente, revive los testimonios de 22 sobrevivientes de la tragedia. Aunque con estos relatos no pretende señalar culpables, ella asegura: "Fue un crimen atroz contra personas indefensas e ingenuas a las que sólo les dijeron que consiguieran escaleras, neumáticos y aprendieran a nadar". Vale la pena recoger algunos de estos testimonios. "Por la tarde comenzó a llover ceniza y a oler a azufre, pero no fue mucha la alarma porque estábamos acostumbrados a esos olores amargos que llegaban de vez en cuando. Uno pensaba que algún día se iba a reventar la represa y que simplemente subiéndose a los techos de las casas nos salvábamos. En la emisora decían que usáramos paños húmedos en la nariz. En ningún momento escuchamos la palabra evacuación ni peligro inminente". (Martha Lucía Pérez) Pero, ¿cómo no sentirse turista : "Visite a la niña Omaira". Otras vallas dispersas señalan hitos: la bóveda de un banco, un meteorito, dos cajas fuertes, el monumento a los policías muertos, una roca de 200 toneladas que viajó 20 kilómetros a 300 por hora. Allí estamos en el Parque a la Vida. El pavimento y algunos andenes de las calles que rodean el parque principal están de nuevo a la vista. También las baldosas del parque, de ladrillo, de un rojo intenso; las escalinatas de granito, desportilladas en sus aristas. A un lado construyeron una cruz para conmemorar el lugar donde Juan Pablo II oró por las víctimas casi un año después de la tragedia. Un monumento en concreto preside el centro del parque. Son dos arcos que se cruzan y en cada una de sus paredes se recrea en altorrelieve cómo era Armero en cada una de las cuatro direcciones. Don Alfonso recita en cada una de las maquetas nombres de bancos, almacenes, comercios, agencias de flotas, las tres iglesias, nombres de barrios... "Por la 12 vi que bajaba una camioneta Luv blanca huyéndole a la corriente y volteó hacia el Tívoli, pero la corriente que venía tras ella la alcanzó y entre las dos corrientes cogieron esa pobre camionetica y la voltearon varias veces, la hundieron, y no volvió a salir". (Martha Lucía Pérez) Las calles se convierten en trochas carreteables y terminan en seco ante la espesura de los árboles y los matorrales. Sería peligroso aventurarse más allá porque allí son frecuentes las cascabel y las talla X. Aún faltan como 10 cuadras más para llegar al límite oriental del casco urbano. Sólo el carreteable que conduce a Méndez, un caserío a orillas del Magdalena, permite pasar al lado de los promontorios donde centenares alcanzaron a salvar sus vidas. "El lodo era muy espeso y yo sentía cuando me iba a hundir como si me succionara y entonces cerraba los ojos y aguantaba la respiración y cuando me sacaba volvía a respirar. Era como estar en un flotador sobre un río caudaloso, subiendo y bajando". (Martha Lucía Pérez) En el lugar donde murió Omayra Sánchez se conserva el pozo donde estuvo atrapada. Al lado, un monumento en su memoria y una pared curva de concreto donde han puesto varias placas que le agradecen a Omayra los favores recibidos. Entonces aparece un jinete con casco azul de motociclista que le abre paso a una manada de vacas y a otro jinete con sombrero vueltiao, abre un broche y las entra a un potrero con un humedal donde revolotean varias aves acuáticas. Lo que evoca un morichal del Llano es en realidad una antigua manzana de Armero que ahora forma parte de la Hacienda La Floresta, según informa don Alfonso. "Estábamos en la sala y oímos un estallido muy fuerte, el frente de la casa se estalló. La linterna se apagó y sólo alcancé a agarrar a mi papá del brazo. Algo nos empezó a subir y subir, pero lo único que nos preocupaba era respirar. La cara me quedó pegada al techo y por ahí entró algo, no se qué y oí que mi papá dijo '¡Uy!', y el brazo quedó suelto...me quedé con el brazo agarrado, no sé qué pasó" (Juan Antonio Gaitán). De la carretera hacia el occidente, al igual que en algunas calles hacia el norte, se conservan las paredes de varias casas que no sufrieron el impacto del lodo y que luego fueron desmanteladas poco a poco. Invadidas por los árboles, las hormigas, las lagartijas. "(A Hely, su esposo) le había caído una pared encima. Germán (su hijo) lo auxilió y logró quitarle la pared, pero tenía las piernas astilladas. Cuando amaneció y llegaron los primeros socorristas, Hely mandó a Germán a buscar algo. Llamó a un socorrista y le pidió que le prestara una navaja para cortarse el cinturón. Germán regresó y el socorrista le dijo asustado: -Él me dijo que le prestara la navaja y mire lo que hizo . Se había quitado la vida" (Carmen Amaya). Ahora hablan de reconstruir la ciudad, de dedicarle 400 millones de pesos a readecuar las ruinas como si se tratara de un parque temático, mientras miles de damnificados viven en la miseria en varios de los municipios vecinos. Por último, el cementerio, donde se salvaron centenares de personas que alcanzaron a llegar hasta allí. Qué paradoja. El lugar consagrado a la muerte se convirtió en uno de los pocos salvavidas disponibles. En el colegio tuve que leer El cementerio marino, un poema de Paul Valery. Ahora que ha llegado el momento de escribir, busco en Google una de las tantas traducciones disponibles. Uno de sus versos dice: Los muertos se hallan bien en esta tierra cuyo misterio seca y los abriga.
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