Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2008/09/06 00:00

Contra el olvido

Con el informe de la masacre de Trujillo se empieza a construirse la memoria de la guerra reciente del país.

Cada año la comunidad de Trujillo hace una peregrinación “de solidaridad en el dolor” al Parque Monumento donde yacen centenares de víctimas. Este martes la comunidad recibirá allí el informe oficial del Grupo de Memoria Histórica

Siempre se ha dicho que Colombia es un país sin memoria. Quizá porque la violencia hace parte al mismo tiempo del pasado y del presente, y la guerra se vive como un trauma sin fin. Sin embargo, desde hace más de un año una decena de destacados intelectuales, agrupados en el Grupo de Memoria Histórica, que hace parte de la Comisión Nacional de Reparación, tiene la titánica tarea de construir y escribir la memoria de la guerra colombiana, en los últimos 25 años.

El grupo está dirigido por el historiador Gonzalo Sánchez, quien hace dos décadas también lideró el estudio sobre la guerra en Colombia, que inauguró en el país la generación de los llamados violentólogos. El Grupo de Memoria decidió trabajar para reconstruir casos emblemáticos que permitan explicar cómo ha sido el conflicto colombiano. Episodios como el exterminio de la UP para mostrar la violencia política; la masacre de La Rochela, para ver cómo se intentó amordazar a la justicia; la masacre de Bojayá como ejemplo de la violencia guerrillera, o la violencia sexual contra las mujeres para mostrar cómo se han hecho invisibles ciertos crímenes.

No obstante, el Grupo de Memoria decidió empezar su trabajo con la masacre de Trujillo, Valle, ocurrida a principios de los 90. Eligieron esta matanza justamente porque fue una de las más crueles, que se prolongó en el tiempo, y en la que el Estado ya reconoció su falta con la comunidad y ofreció algo de reparación. Al frente del estudio sobre Trujillo estuvo el investigador Álvaro Camacho Guizado, quien coordinó a un grupo de trabajo que recopiló durante meses testimonios sobre la masacre. Luego analizaron todo el material y lo organizaron a manera de relato. El resultado es un informe de 304 páginas titulado 'Trujillo: una tragedia que no cesa'. Los resultados de esta investigación, que se ha hecho dándoles voz especialmente a las víctimas, para reconocer su verdad, casi siempre opacada por la de los victimarios, se darán a conocer esta semana en la misma población del Valle.

Estos son algunos de los elementos más interesantes hallados en el estudio del caso Trujillo:

La tragedia que no cesa

Cuando se habla de 'la masacre de Trujillo' se apela a esta denominación acuñada por medios de comunicación, comisiones e investigadores que han analizado este caso. Sin embargo se refiere a mucho más que a un episodio. Realmente se trata del ensañamiento sistemático contra una pequeña población que sufrió centenares de matanzas colectivas, desapariciones, torturas y desplazamientos, principalmente entre 1988 y 1994. Sin duda uno de los más atroces fue la muerte del sacerdote Tiberio Fernández, líder espiritual de la comunidad. Decenas de personas amanecían cada día tendidas en las cunetas de carreteras y senderos.

Por lo menos otras siete personas murieron de pena moral. Además las amenazas y tensiones sobre esta comunidad persisten con la acción temeraria de las bandas del norte del Valle, 'Los machos' y 'Los rastrojos', que luchan a muerte por el dominio de esta zona clave para sus negocios de narcotráfico. Todos estos elementos permiten concluir que ciertamente "la masacre de Trujillo es una masacre continua".

Los métodos de terror

El informe sentencia que "En Trujillo se exhibe un repertorio de instrumentos y procedimientos de tortura y terror (...) que se repetirá una y mil veces por la geografía nacional: el uso de motosierras para desmembrar aún vivas a las víctimas, los hierros candentes introducidos en los cuerpos y la aplicación de sal en las heridas abiertas". Efectivamente desde hace dos décadas este tipo de procedimientos siniestros se emplearon en esta zona del Valle y desde allí se proyectaron a otras zonas del país donde fueron desarrollados, e incluso perfeccionados.

Prueba de ello son las 'escuelas de descuartizamiento' que los paramilitares crearon para castigar a las víctimas y atemorizar por igual a sobrevivientes y disidentes. Fue en Trujillo donde se empezaron a desarrollar lo que el informe define como 'tecnologías del terror', procedimientos que buscaban dosificar el sufrimiento en las víctimas y aleccionar sicológicamente a la comunidad, todo a punta del horror como espectáculo.

El mayor teatro de este siniestro fue el río Cauca al que muchos simplemente denominaron 'río tumba'. Basta con apuntar que entre 1990 y 1999 Medicina Legal practicó 547 necropsias a cuerpos que flotaban por este caudal entre Cauca, Valle y Risaralda.

El esfuerzo por la memoria

En torno a la tragedia de Trujillo surgió una comunidad guardiana de la memoria. A pesar de las adversidades -de todo tipo- las familias dolientes insisten en denunciar, organizarse y sacar adelante un monumento emblemático que aunque han hecho con las uñas a través de los años, es hoy ejemplo nacional de resistencia. Se trata del Parque Monumento a las Víctimas, construido por la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit). Este complejo monumento al aire libre aparece como una fórmula para tramitar el duelo y dejar una constancia imponente del horror vivido en el municipio. El monumento cuenta con varias secciones.

En lo alto del monumento está la cripta del padre Tiberio Fernández, que fue profanada este año. En otra área hay 235 osarios en los que se destacan esculturas individuales hechas por los dolientes y alusivas a los oficios que desempeñaban quienes yacen en esas tumbas. A unos metros de los osarios está el 'Muro de la Sombra del Amor'. Es una obra plástica aportada por un artista kurdo que planea instaurar otras seis piezas idénticas en otras zonas del mundo estremecidas por la violencia. La idea es que el conjunto conforme un círculo perfecto, símbolo del dolor universal de las víctimas. Por todo ello es que el Grupo de Memoria considera que Trujillo, confrontando la violencia estéticamente, "es una de las experiencias de mayor creatividad cultural y simbólica en Colombia".

Total impunidad y nula reparación

La ausencia de castigo a los responsables en la tragedia de Trujillo se garantizó gracias a un entramado de impunidades de todo tipo. Del lado oficial está la ausencia del Estado y su implicación (por acción u omisión) en varios crímenes. Igualmente la inoperancia del aparato judicial que permitió la pérdida de pruebas y actuó torpemente al fraccionar la investigación criminal. Apenas el pasado 15 de agosto la Fiscalía ratificó la acusación contra el coronel retirado Alirio Antonio Urueña, el único militar detenido por los hechos de Trujillo. La deuda de verdad está más vigente que nunca. Y el tiempo que pasa es la verdad que huye, dicen acertadamente los expertos penalistas.

Por su parte, muchos medios de comunicación y la sociedad en general fallaron al guardar silencio complaciente. Y aun peor, en otras ocasiones se facilitó la resonancia del discurso legitimador de los victimarios o se sembró sospecha sobre las víctimas al descalificar sus reclamos.

Incluso la impunidad persistió cuando intervino la justicia internacional representada en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que condenó al Estado. Su sentencia fue parcialmente cumplida. Si bien el presidente Samper reconoció en 1995 la responsabilidad estatal y ofreció excusas públicas ello no trascendió de la 'retórica política', pues las exigencias del fallo continúan en veremos.

La reparación que contempló la sentencia simplemente fracasó. Las casas con las que se debía resarcir materialmente el daño ocasionado a las víctimas se quedaron en obra negra porque los recursos se esfumaron en una mezcla de corrupción y desidia. Y si hoy hay una obra de reparación simbólica (el Parque Monumento) es realmente debido al empeño de la comunidad. Por todo ello es que al evaluar las tareas de reparación el informe habla "de la enorme deuda del Estado con las víctimas".
 

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