Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/01/13 00:00

Corazones secuestrados

El matrimonio de Fernando Araújo se acabó durante su cautiverio. Su caso ilustra el drama que sufren las parejas de los secuestrados.

Una relación sometida a un secuestro pasa duras pruebas para subsistir. El país conoció el drama que vivieron el ex ministro Fernando Araújo y Mónica Yamhure durante seis años

El día en que Fernando Araújo y Mónica Yamhure se casaron todos los invitados brindaron por la vida feliz de los novios. El matrimonio le llegaba a esta joven médica por primera vez a los casi 30 años y a él por segunda, después de cuatro hijos y un largo tiempo divorciado. La vida de esposos duró siete meses y el repentino secuestro les privó de la ilusión de llegar juntos hasta la muerte.

Ella tenía la idea de ir a estudiar a Londres. Pero se debatía entre hacer su posgrado o quedarse en el país a esperar la libertad de su esposo. Hasta ese momento las pruebas de supervivencia del ex ministro habían sido escasas y la incertidumbre era el pan de cada día. Una amiga le aconsejó que tomara distancia del país y sopesara su realidad de mujer joven, con deseos de tener hijos, de profesional con una carrera por delante y, de otro lado, la de recién casada con un hombre del que no sabía si estaba vivo, si iba a regresar algún día. Le sugirió que a partir de una reflexión profunda y solitaria, sin incidencias externas, tomara decisiones.

A los tres años del secuestro, Mónica -quien había sido directora de atención y prevención de desastres de la Presidencia- reunió a la familia de su esposo y le dijo que no podía esperarlo más. Los Araújo no la habían dejado de ver durante los años del secuestro, estaban pendientes de lo que hacía, de sus declaraciones a la prensa, e incluso de su situación económica. Ella les pidió comprensión y les comunicó su decisión de rehacer su vida. Hoy tiene un bebé y un compañero, también médico.

Esta dolorosa historia, de la que el propio Fernando Araújo habló en sus entrevistas al aceptar con dignidad que le causaba un profundo dolor, y de la que ella no quiere hablar, revivió la tragedia que viven las víctimas del aberrante delito del secuestro. No sólo coarta la libertad de la persona en cautiverio y la somete a la humillación y al destierro, sino que subyuga a su pareja y su familia.

El momento del regreso significa, para el secuestrado y para quien lo recibe, empezar desde cero, renegociar lo que hasta el momento creía ganado o perdido. Y nada vuelve a ser igual.

Esta semana el país debatió la situación del ex ministro y su esposa. Distintas voces opinaron, juzgaron y trataron de simular la situación. Pero los sicólogos, expertos y ex secuestrados saben que nadie que no lo haya vivido tiene argumentos para aportar al debate y menos aun para juzgar lo que pasó. El secuestro es un estado de catalepsia en el que la vida del secuestrado y las de la de su familia quedan suspendidas. Como la de Ángela de Pérez, esposa de un ex congresista.

¿Estado civil?

Ángela llegó puntual, pues sabía la deferencia que había tenido el embajador al hacerle una cita directa para renovar su visa. No pasó más de 10 minutos entre la puerta de la Embajada y la oficina del cónsul, que luego de saludarla, empezó el trámite.

¿Nombres?
Ángela.
 
¿Apellidos?
Rodríguez de Pérez.

¿Nacionalidad?
Colombiana.

¿Estado civil?... ¿Estado civil? Insistió el cónsul.

Un silencio de milésimas de segundo la sorprendió de pronto. Parecía que su cerebro no le enviaba la respuesta que ella conoce desde hace 32 años, cuando de minifalda rosada le dio el sí a Luis Eladio Pérez en Anolaima, Cundinamarca. Sacudió la cabeza, y para salir del letargo fijó la mirada en los ojos del cónsul y le dijo: "Casada sin marido, viuda sin muerto y divorciada sin papeles".

Ángela lleva cinco años y medio esperando a su marido. Su ímpetu arrollador le ha ayudado a romper con la actitud prudente de la mayoría de las esposas de los secuestrados y a poner sobre la mesa los temas calientes que invaden a una mujer presa en esta situación. "Yo mandé al carajo el qué dirán, porque la sociedad quiere que nosotras estemos peor que las mujeres de Afganistán en los tiempos de los talibanes: que nos tapemos la cara y que nos sentemos sólo a llorar", sentencia al invocar el derecho a seguir viviendo en medio de la espera.

Las mujeres de los cautivos son las que llevan la peor parte en este drama. A pesar de que también los esposos que esperan sufren fuertes transformaciones, para la mujer el peso social es más evidente. No se les mira con igual atención a los hombres que tienen sus esposas secuestradas que a las mujeres convertidas en papá y mamá, en administradoras del hogar, en luchadoras por la libertad. Las que se mantienen en pie pese a su tragedia.

Los temas del sexo, del afecto, de la vanidad, del entretenimiento, o de la vida social, son asuntos que para ellas no están permitidos mientras no esté en casa su marido. "No podemos contarles a las familias de ellos (esposos) que salimos a bares con amigas, que nos invitaron a un baile, que nos provocó arreglarnos para una fiesta o que queremos irnos de vacaciones", comenta una esposa que prefiere el anonimato. "Es como si se nos negara seguir viviendo", concluye esta mujer que durante este tiempo se hizo las dos cirugías plásticas que siempre quiso para sentirse mejor.

De la vida íntima solo hablan entre ellas por temor a la censura. Las esposas de los secuestrados políticos se reúnen de vez en cuando a conversar sobre sus vidas. Cenan, se toman unos tragos, comentan los chismes que les llegan de sus maridos, las últimas declaraciones del Presidente o el nuevo comunicado de las Farc. Se lamentan, lloran, se aconsejan y se ríen. Sí, también se ríen de su inverosímil realidad.

Un tema obligado son los posibles amores que sus esposos puedan tener en cautiverio y la fuerza que estos tendrían. Dicen que los romances en esas condiciones deben ser muy fuertes. Unas que entenderían que sus maridos reposaran su calvario arrunchados en otros brazos femeninos, y otras a quienes la idea las carcome. Todas sus preguntas y comentarios son en condicional. "¿Y si no quiere dormir en la cama? ¿Y si no se acostumbra de nuevo al clima frío, y si se volvió impotente? ¿Y si no le gustan las mujeres, sino los hombres? ¿Y si no se lava los dientes?", se preguntan atoradas con una risa nerviosa. En el fondo, cada pregunta es una puñalada en el alma, pero la risa es un remedio infalible.

Pocas se atreven a aceptar alguna debilidad de su propio corazón. No comentan sus pensamientos, pero dejan ver que han conocido también las virtudes de la soledad y dudan de su deseo de renunciar a ellas.

Claudia de Jara, esposa del ex gobernador Alan Jara, secuestrado por las Farc hace seis años, alimenta su decisión de aguardar por su hombre con el argumento de que el tiempo que pasará con él será mucho más del que durará el secuestro, y por las dos únicas pruebas de supervivencia cree que eso es lo que él espera de ella.

Todas las personas que esperan a su pareja se preguntan si volverá el mismo ser humano con el que se casaron. Los cambios que sufren tanto el cautivo como el que está en libertad son con frecuencia rotundos, y no es fácil pensar que el retorno asegure que la llama del amor permanezca encendida.

"La mente es perversa y no se detiene; ojalá sólo funcionara el corazón y uno conservara los sentimientos. Pero durante esa soledad funciona la razón, y la razón es egoísta, traicionera, volátil, insensible; la razón es vulnerable", asegura un secuestrado liberado hace unos años y que hoy trata de rehacer su vida. Para él, la imagen de la pareja queda suspendida en el momento del secuestro, y con ese recuerdo pasan los días, los meses, los años. "Uno tiene la foto en la billetera, y esa mujer que uno ve ahí es la que uno piensa encontrar, pero lo que uno no piensa es que la persona de esa foto cambia, hasta el punto de cambiarlo a uno por otro".

A este hombre no le asalta duda al afirmar que lo más duro del cautiverio es hacer cada día el inventario de lo que pudo haber hecho mejor en su matrimonio o de los errores que cometió. "Lo único que quería era poder enmendar las faltas y proponer que comenzáramos de nuevo. Los buenos recuerdos poco se hacen presentes, lo malo es lo que le tritura a uno el alma", concluye.

Pero no sólo son la imaginación y la duda las tormentas más atrofiantes para quienes están con el corazón secuestrado. Los que quedan a la espera quedan a disposición de sus familias políticas. Una relación que se vuelve muchas veces insostenible por los celos de los suegros, los cuñados y los hijos de anteriores matrimonios. Es común que la familia del secuestrado se convierta en fiscalizadora de la vida del cónyuge libre y del patrimonio del cautivo. La esposa de un ganadero secuestrado y liberado hace más de 10 años en Cartagena recuerda que la familia de su esposo le hizo firmar papeles para que ella no dispusiera de los bienes de su marido y la obligó a mantenerse con un sueldo que le consignaban en una cuenta para sus gastos.

Juan Carlos Lecompte vive diariamente la mala relación que tiene con su suegra, Yolanda Pulecio, madre de Íngrid Betancourt. La cercanía se acabó el día en que una revista publicó unas fotos de él en México con el brazo sobre los hombros de una mujer. La publicación dijo que era el nuevo amor de Lecompte, pero él hoy asegura que fue una mala interpretación y que pasó vacaciones con una amiga que incluso conoce Íngrid, pero que su suegra no le cree a él sino al magazín que hizo la publicación.

Lecompte asegura que está resuelto a esperar más de los cinco años que cumple su esposa en la selva el próximo mes. "Ella es un ser humano excepcional, una supermujer. Vale la pena esperar el tiempo que sea". Juan Carlos dice que él sabe esto con más certeza ahora que ella no está cerca porque tiene como capital los siete años de matrimonio que disfrutaron antes del secuestro. Se ha hablado de un posible amor en cautiverio de Íngrid Betancourt, pero de ella, como de todos los demás secuestrados, los rumores se quedan en eso: en especulaciones sin confirmar. Lo que sí se sabe es que a partir de las gestiones para su liberación, la hermana de Íngrid, Astrid, se enamoró de quien fue embajador de Francia en Colombia, Daniel Parfait. Hoy viven en París.

Los guerrilleros que adoptaron el secuestro como una práctica común dentro de su guerra han profesionalizado la crueldad del cautiverio y recurren a la manipulación de los sentimientos y aprovechan su situación de poder para agudizar la vulnerabilidad de los rehenes. Un europeo que duró más de cinco años en poder de las Farc tuvo durante mucho tiempo la convicción de que ya no tenía una esposa esperándolo en casa. "Su mujer lo dejó, su mujer lo dejó", le repetían una o otra vez. A su llegada a la libertad le ha tomado tiempo aceptar que ella estuvo siempre en guardia, contrario a la versión de sus captores. La impotencia para contrarrestar las informaciones tergiversadas que les dan los guerrilleros es una tortura más en su infinita tragedia.

Los esporádicos mensajes en la radio son quizá el único vínculo con el mundo exterior y la única manera de saber sobre sus familias. Por el tono de la voz en cada mensaje, un secuestrado intuye el estado de ánimo de su mujer, el nivel de preocupación o de optimismo. Fernando Araújo supo que su esposa no estaba con él porque sus mensajes en la radio nunca volvieron y tampoco sus familiares mencionaron más su nombre. Gloria Polanco, la mujer que el país vio suplicando con llanto al 'mono Jojoy' que liberara a sus dos hijos, se enteró por la radio de las vueltas que le ha dado la vida. Sus hijos salieron del cautiverio y poco tiempo después, las mismas Farc asesinaron a su esposo Jaime Lozada. Consuelo de Perdomo, ex congresista del Huila y en poder de la guerrilla hace casi cinco años, se enteró de la muerte de su marido por un mensaje de madrugada en el que sus hijas le contaron que no había aguantado la pena.

Y así, detrás de las vidas de cada secuestrado y de su pareja hay una historia truncada que es difícil de retomar. El tiempo perdido no se recupera. Sólo si se tienen agallas se empieza a vivir de nuevo una vida que ya no es la que fue, y en la que tampoco estará la persona que un día se escogió para vivirla. Algunas parejas lo logran, pero para muchas otras, aun si recuperan la libertad, su corazón seguirá secuestrado para siempre.

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