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| 2/11/2017 12:00:00 AM

El circo que creó el fallo de la Corte sobre toros

En su afán por sacar un fallo populista frente a los toros, la Corte Constitucional borró con el codo sus sentencias anteriores y quedó en un pantano jurídico. Ahora tiene en vilo el futuro del coleo, las corralejas, las peleas de gallos y otras expresiones culturales de todo el país.

Tras cinco años de abs-tinencia, la temporada taurina de 2017 en la plaza de Santamaría será recordada como una de las más bravas de la historia No solo porque los animalistas protestaron con violencia, sino en especial por el sorpresivo quite que la Corte Constitucional hizo la semana pasada al meterse al burladero y dejarle al Congreso el papel de darle el puntillazo a una faena que parece imposible de resolver.

Y es que cuando se pensaba que la corte iba a prohibir las corridas, como pedían los defensores de animales y los políticos que ahora quieren ganar popularidad en ese segmento, condicionó la exequibilidad del parágrafo tercero del artículo 339 de la Ley 1774 de 2016 y le dio dos años al Congreso para legislar sobre esa materia.

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Ni el tono ni el ultimátum cayeron bien, pues no es usual que una rama del poder se meta en los terrenos de otra, mucho menos con órdenes, fechas perentorias e instrucciones sobre cómo proceder. Con su decisión borró de tajo cinco sentencias que ya había expedido sobre el mismo tema desde 2005 y metió ahora al ruedo de la prohibición no solo a las corridas de toros, sino otras expresiones culturales como el rejoneo, el coleo, las novilladas, las corralejas, las becerradas y las riñas de gallos. Para los magistrados, la protección de la fauna debe ser progresiva y el Congreso debe legislar en ese sentido. De no hacerlo o de hacerlo en otro sentido, “las excepciones hoy vigentes llegarán a su fin y la protección animal se hará efectiva frente a todas las especies animales, sea toro, gallo o becerro”, le explicó un magistrado a esta revista.

La decisión y el comunicado oficial, solo conocido el jueves porque los magistrados seguían enfrentados, ha empezado a generar malestar en muchas regiones del país, donde millones de personas dependen de estas actividades para subsistir o tienen en ellas el mayor atractivo turístico o fuente de distracción del pueblo. Los galleros, por ejemplo, anunciaron una marcha nacional para el 20 de marzo frente a la posibilidad de que 70.000 criadores, 800.000 cuidadores y 3 millones de personas que dependen o disfrutan de esta práctica queden afectados. Solo en cinco días recogieron 70.000 firmas para rechazar la medida de la corte y cualquier iniciativa de ley que prohíba esas y otras prácticas ancestrales, advierte Héctor Vargas, de la Federación Nacional de Galleros.

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Y es que la situación es compleja. En 1989 la Ley 84 adoptó el Estatuto Nacional de Protección de los Animales y medidas para evitar el sufrimiento y el dolor, pero excluyó de cualquier sanción las prácticas ya mencionadas. Esta excepción fue demandada numerosas veces. La Corte Constitucional, en cinco ocasiones, revisó y profirió cinco sentencias y en todas, los magistrados la mantuvieron a pesar de considerar que la mayoría de los colombianos rechazaba algunas. Pero también es cierto que, como en el caso del toreo, las circunscribió a las ciudades o pueblos en los que ya existen, prohibió que entes oficiales financien los toros y estableció que se limitarán las conductas crueles.

Pero así como sentó una jurisprudencia en favor de estas prácticas, también apareció otra que empezó a chocar con la anterior. La misma corte y otras ramas de la Justicia han proferido fallos que reconocen a los animales como seres sintientes. En esa línea, el Congreso expidió el año pasado la Ley 1774 contra el maltrato animal, que plantea que los animales son “seres sintientes, no son cosas, que recibirán especial protección contra el sufrimiento y el dolor, en especial, el causado directa o indirectamente por los humanos”. Además, tipifica como punibles algunas conductas relacionadas con el maltrato a los animales y establece sanciones policivas y judiciales.

En su trámite hubo largos e intensos debates sobre la posibilidad de prohibir los toros y otras prácticas, pero al final el Congreso estableció cinco criterios que hacen aceptable infligir algún tipo de dolor a los animales: el ejercicio de la libertad religiosa; los hábitos alimenticios de los seres humanos para su sustento; la toma de precauciones de tipo sanitario y epidemiológico; la investigación y la experimentación científica y médica; y finalmente, las manifestaciones artísticas y culturales, tal y como habían hecho otras leyes. Este último punto fue el que analizó y falló la corte en su sentencia de la semana pasada, la misma que generó descontento en la mayoría de animalistas.

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Algunos congresistas consultados creen que la corte se excedió en sus funciones y hasta se equivocó de forma absurda, en parte porque con la Ley de maltrato animal esa corporación ya expresó su punto de vista y acogió las sentencias ya expedidas. En otras palabras, armonizó los dos conceptos que están en confrontación desde hace algunos años: el derecho de los animales a que no los maltraten y el de los ciudadanos y minorías a mantener sus prácticas culturales.

Por lo menos en el caso del coleo, dice la senadora del Meta Maritza Martínez, desde hace 17 años es considerado una actividad deportiva reconocida por Coldeportes, con ligas departamentales, reglamento y federación, lo que significa que el Consejo de Estado y no la corte debe decidir sobre él. La senadora, que no está de acuerdo con los toros o las peleas de gallos y está dispuesta a defender a fondo la faena llanera, cree que el Congreso ya debatió y legisló sobre el tema. “Parece que a la corte no le gustó lo que hicimos y ahora quiere, a la fuerza, que saquemos una nueva ley que sí le guste”.

Ahora bien, si el Congreso decide discutir de nuevo este tema, como quieren el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, y la misma corte, se avecina una batalla regional y nacional. En efecto, en el ruedo ya no están solo los toros, sobre los que se ha querido sembrar una lucha de clases y de poder con mucho rating, sino otras prácticas con un largo arraigo popular, de las que depende la economía de cientos de miles de familias, pueblos y regiones. En todos los municipios del país hay galleras, en los llanos dependen del coleo buena parte del orgullo y la economía de esa zona, y en el Caribe, las corralejas y los gallos están tan arraigados como el vallenato.

Por eso, algunos expertos creen que los magistrados con este fallo se metieron en un terreno inestable, complejo y pantanoso. Primero, porque quedó en claro que ese tribunal está dispuesto a modificar sus sentencias frente a la presión social y de los medios, al caer en lo que algunos llaman populismo punitivo. Segundo, porque puso en duda el concepto de cosa juzgada. Y tercero, porque siembra grandes nubarrones sobre la certeza de que en un futuro puedan tener el respeto de los derechos y garantías que otras minorías han ganado en los últimos años, especialmente en esa instancia. Si hoy los afectados fueron los taurófilos, mañana otros miembros de la corte podrían revaluar o cambiar lo que han dicho frente a la población LGBTI, indígena o afro.

Además, es claro que algunos fanáticos quieren llevar aún más lejos la protección animal, pues consideran que también hay maltrato animal en las pruebas ecuestres, hípicas, caninas y hasta en la pesca deportiva. Y eso, sin entrar en el terreno de la alimentación humana o la experimentación científica. En esta última, por ejemplo, el científico Manuel Élkin Patarroyo tuvo que sufrir cuatro años un proceso kafkiano para demostrar que no era un traficante ni que era un maltratador de animales, argucias que usaron para frenar sus experimentos en monos.

Lo cierto es que la corte destapó una caja de Pandora de la que no se sabe lo que va a salir, pues más adelante se puede alegar maltrato en la cría de pollos y producción de huevos, en la esterilización animal, en la producción de leche o en los insecticidas que usan las personas para protegerse. Al final, la corte hizo un magistral juego con el capote, para deleite del público, pero en el momento más complejo de la corrida, cuando el toro estaba más fiero, prefirió soltar al ruedo toda clase de animales, para que otro defina la faena. Todo un circo romano.

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