Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/05/02 00:00

Cosecha de temporeros

Casi 1.000 campesinos viajan cada año a España para cosechar frutas. Bajo reglas claras, la migración trae beneficios para todos.

El 22 de abril salieron 34 agricultores de todo el país rumbo a Mallorca, donde trabajarán como recolectores de hortalizas durante nueve meses.

Israel Santos todavía no puede creer que la suerte le haya cambiado en tan poco tiempo. El 2 de mayo de 2002 le tocó salir de su vereda, cerca de Bojayá, en el Chocó, como desplazado después de que las Farc estallaron un cilindro contra la iglesia donde se refugiaban más de 100 mujeres y niños. Poco después se convirtió en jornalero en las pequeñas fincas cercanas a Quibdó donde le pagaban 15.000 pesos al día. El problema era que Santos, a sus 35 años, tiene 10 hijos y el jornal no le alcanzaba para alimentarlos. Pero tener semejante prole le sirvió a la larga para ser uno de los elegidos del programa de recolectores que cada año viajan a España para la cosecha de frutas y hortalizas. El 22 de abril Santos viajó junto con otros 33 labriegos a la isla de Mallorca, donde trabajará durante nueve meses, con un contrato legal para recoger tomates y calabacines. En promedio cada día se ganará 40 euros, que le alcanzan para pagar un porcentaje del tiquete, mantenerse en España, enviarle dinero a su familia y ahorrar, algo que nunca había hecho. La entrada de los colombianos al programa de temporeros, como se llama a quienes trabajan por unos meses en el campo, se inició hace cuatro años. Por esa época los agricultores catalanes, que tradicionalmente contrataban marroquíes, polacos y rumanos, querían llevar latinoamericanos y descubrieron a los colombianos. Los agricultores españoles están contentos porque estos tienen capacidad de trabajo, toleran el clima cálido y, a diferencia de los africanos o los europeos del este, hablan español. El primer año viajaron sólo 34 personas, pero la experiencia ha sido tan positiva que este año son 907 los beneficiados, la mayoría campesinos sin tierra. Este programa, regulado por un convenio de flujo migratorio firmado hace tres años entre los gobiernos de Colombia y España, es una experiencia positiva que demuestra que bajo reglas claras, la migración puede traer beneficios para los trabajadores de los países pobres. Porque a diferencia de la inmigración ilegal, en la cual son explotados por mafias poderosas, estos trabajadores están protegidos por la ley española, tienen su seguridad social y mejor calidad de vida. El trabajo es duro. Las jornadas oscilan entre ocho y 12 horas, dependiendo de las estaciones. Y la cuota de sacrificio que pagan es estar lejos de su familia y su terruño. Por eso la organización de agricultores de Cataluña los capacita y apoya en la creación de proyectos en sus regiones de origen. Es así como se han creado cooperativas de temporeros en Guasca (Cundinamarca), Puerres (Nariño), Quibdó (Chocó), Líbano (Tolima), entre otros municipios, para exportar a España productos tropicales como uchuva, borojó y quinua. Uno de los temas más importantes para los gestores de este proyecto es que los trabajadores no intenten quedarse como ilegales, pues eso dañaría la confianza que ambos países han depositado en ellos. Hasta ahora ninguno ha optado por la ilegalidad. De hecho, son de los pocos colombianos que obtienen su visa sin dificultad y de manera gratuita. El proyecto es dirigido en Colombia por una organización no gubernamental llamada Tierra Una, que selecciona a los campesinos, con prioridad a los más necesitados, como las mujeres cabeza de hogar, los damnificados del terremoto del Eje Cafetero y las víctimas de la guerra en el Chocó. O simplemente a personas que, como Israel, tienen una familia tan grande que ningún sueldo modesto en Colombia les alcanzaría para darle una vida digna.

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