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| 10/24/1994 12:00:00 AM

CRECE LA REVUELTA

Lo que empezó como una protesta de congresistas costeños, se ha convertido en levantamiento general de las cámaras contra el gobierno. ¿Qué está pasando?

HASTA HACE MES Y MEDIO en Colombia se daba por sentado que un presidente liberal estaba en capacidad de manejar sin problemas un Congreso de mayorías liberales. Sin embargo, desde los primeros días de la administración de Ernesto Samper, la teoría parece no estar funcionando. Hoy por hoy, cuando el gobierno apenas si ha hecho sus primeros pinos en materia legislativa, los ánimos en las corporaciones no son propiamente de cooperación. Buena parte de los congresistas se refiere al gobierno en términos poco amistosos.

Esta indisposición quedó evidenciada la semana pasada durante la reunión de parlamentarios y ministros liberales, que había sido programada para analizar la agenda legislativa y el tema de la paz. Durante el encuentro, más que debatir los temas de la agenda, los congresistas le hicieron saber al Presidente que no estarían dispuestos a dejarse tratar como 'limosneros' ni como 'borregos', y que la aprobación de los proyectos de ley que presentara el gobierno le costaría "sangre, sudor y lágrimas, si no se entiende con la clase política".

La historia de esta indisposición parlamentaria está llena de paradojas. La primera de ellas es que el ambiente de rebelión se produzca precisamente contra la Presidencia del hombre que con mayor habilidad ha manejado a los políticos en los últimos años. Resulta irónico que sea él, al llegar al poder, quien tenga que enfrentar la mayor rebelión de la clase política en muchos años.

La segunda paradoja es que el líder de este movimiento sea el senador por Sucre, José Guerra de la Espriella, amigo cercano y de vieja data del presidente Samper, y uno de los liberales más activos durante la pasada campaña presidencial. La tercera es que la indisposición hacia el gobierno haya comenzado en la bancada de la Costa, pues fue allí donde Samper obtuvo la mayor votación y la región que le dio la victoria al liberalismo en las pasadas elecciones. A esto se sumó la sorpresa que produjo que la protesta viniera precisamente de la bancada que más representada debería sentirse en el gobierno de Samper pues desde la administración de López Michelsen la Costa no había vuelto a tener cuatro ministros en el gabinete.

Los congresistas costeños se sienten poco representados en los ministros del litoral. Consideran que las carteras de cuota costeña no son las más importantes, y que su interés por conservar las de Minas y Obras, que son aquellas con mayor capacidad de inversión, no fue tomado en cuenta. Según los congresistas de la Costa Atlántica, el nuevo gobierno tampoco les reconoció el derecho que reclaman hace años a ocupar la dirección de Planeación Nacional y, a sus ojos, los puestos claves fueron entregados a los antioqueños, quienes vienen justamente de una región de mayorías netamente pastranistas.

Sin embargo, no sólo los costeños han protestado. Se les ha unido buena parte del liberalismo, que se siente maltratada por los ministros. Al decir de uno de los parlamentarios más beligerantes, los jefes de cartera "se han vuelto más importantes que el propio Presidente y han decidido no atendernos ni pasarnos al teléfono". Sin embargo, ante las protestas de maltrato, Samper prometió a uno de sus amigos en el Congreso un jalón de orejas en el próximo Consejo de Ministros. Pero más importante que el hecho de que los ministros atiendan o no a los congresistas, es el de que los políticos liberales sienten que después de todos los esfuerzos que hicieron durante la campaña, el gobierno de Samper los dejó abandonados. "Si las cosas siguen así, en las próximas elecciones nos va a dar lo mismo que el liberalismo gane o pierda. De todos modos, nosotros ponemos los votos y no vemos ningún beneficio, porque en Colombia en el gobierno cabe todo el mundo. Cómo será que ahora tienen más poder los conservadores que los liberales", comentó el senador Guerra de la Espriella. A raíz de ello, ha comenzado a hacer carrera la tesis de que sería mejor volver al esquema gobierno-oposición de la administración Barco, cuando el partido victorioso gobernaba y la otra colectividad -que no participaba del gobierno- se limitaba a hacer oposición en el Congreso.

Sea como sea, lo que comenzó como el tradicional reclamo de cuotas burocráticas de principios de un gobierno, ha ido tomando más vuelo del esperado. Que algo así sucediera era relativamente previsible, pues a raíz de las normas de la nueva Constitución, el gobierno de Samper es el primero que no ha podido calmar los afanes burocráticos de los congresistas en su primer gabinete: desde 1991, la Carta prohíbe a los parlamentarios ocupar otros puestos públicos o privados, incluidos claro está, los ministerios, las embajadas y las direcciones de institutos. Para algunos, la pataleta burocrática es el precio normal que debe pagar un presidente por los compromisos que adquirió en campaña. Pero el caso de Samper es especial, pues la verdad es que llevaba tantos años administrando su perfil presidencial, que los compromisos adquiridos datan ya casi de una década. Y 10 años de campañas electorales y favores son muchos más de lo que un presidente puede atender.

De seguro, gobierno y clase política ajustarán en las próximas semanas las cargas. La pregunta es si en ese proceso, Samper podrá sostener su idea de tratar de tener contento a todo el mundo, o si por el contrario, deberá asumir los costos de escoger un grupo de amigos que le garanticen la mayoría parlamentaria que su pesado paquete legislativo requiere.
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