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| 10/28/2002 12:00:00 AM

Crucificados por las balas

En el último mes han sido asesinados cuatro sacerdotes católicos. ¿Por qué están en la mira de los violentos?

El 17 de octubre el padre José Luis Cárdenas, de 31 años, salió temprano de la casa cural, como acostumbraba hacerlo todos los días, para caminar por las calles de Chalán. Afuera de su vivienda lo esperaban tres hombres. El sacerdote los saludó, ignorante del peligro que corría. Poco después se oyeron disparos. A las 6:30 de la mañana el cuerpo del padre Cárdenas quedó tendido con cinco impactos de bala en la calle de ese pueblo de Sucre donde había realizado su labor pastoral durante los últimos siete meses.

Ese mismo día en la mañana el padre Gabriel Arias Posada, de 66 años, llegó con su conductor a Anserma, en el occidente de Caldas. El veterano religioso, con más de 40 años de vida sacerdotal, estaba lejos de su jurisdicción en Armenia, donde ejercía como vicario general de la diócesis de esa ciudad y párroco de la iglesia del Espíritu Santo.

Después de almorzar el padre Arias y su chofer salieron en un Chevrolet Corsa hacia la zona rural de Anserma. Al parecer iba a cumplir una misión humanitaria para lograr la liberación de Ancízar López, el ex gobernador del Quindío que está secuestrado desde comienzos de año. Pero nunca llegó. Hacia las 6 de la tarde el padre Alirio Calderón, que viajaba hacia una de las veredas del municipio para realizar un oficio religioso, se topó en el camino con los cadáveres del padre Arias y de su conductor. Cada uno tenía dos disparos. Este fue el epílogo de un día y un mes trágico para la Iglesia Católica, que en menos de 30 días enterró a cuatro sacerdotes que murieron en forma violenta (ver recuadro).

Estos crímenes del 17 de octubre se perdieron en medio de la avalancha informativa sobre los combates en las calles de la comuna 13 de Medellín. "La sangre de los sacerdotes asesinados ya no es noticia en Colombia", escribió hace un mes un periodista en Mondo e Missione, una publicación italiana del Pontificio Instituto para las Misiones Extranjeras. Esto, por terrible que parezca, es cierto. Antes estas muertes eran consideradas un escándalo por las connotaciones sacrílegas que tenía el hecho, hoy apenas si merecen un registro. Se consideran un síntoma más de la degradación del conflicto armado y de la descomposición social del país.

¿Quién atenta contra los sacerdotes en Colombia? El Ejército dice que desde 1998 han sido asesinados 26 religiosos. Doce de estos crímenes no pudieron ser atribuidos a ningún grupo o persona y, en gran parte de los casos, se sospecha que pudieron haber sido obra de la delincuencia común. Del resto, 11 asesinatos fueron cometidos por las Farc, dos por el ELN y uno por los paramilitares. Las Farc también parecen ser responsables de la mayoría de los crímenes cometidos este año, desde el de monseñor Isaías Duarte Cancino en Cali (dos de los implicados en este magnicidio también fueron asesinados por orden de la guerrilla) hasta el del padre Cárdenas en Sucre.

Poco tiempo después de la muerte de este último las autoridades capturaron a ocho milicianos del frente 35 de las Farc, a quienes identificaron como miembros de su organización a los tres asesinos del sacerdote. Su muerte habría sido ordenada supuestamente para frenar la actividad pastoral que realizaba con los jóvenes. Sin embargo un guerrillero de las Farc les dijo a periodistas en la zona que ellos no eran responsables de esta muerte y por Internet negaron también que estuvieran pensando en secuestrar al obispo de Florencia. En el caso del padre Arias las autoridades locales apuntan hacia un reducto del Ejército Popular de Liberación (EPL) que opera en la zona y que se ha caracterizado por la brutalidad de sus acciones.

El magnicidio de monseñor Duarte alertó tanto a las autoridades que la Policía creó el cuerpo de Seguridad de Autoridades Eclesiásticas, cuya efectividad es difícil de evaluar. La Policía guarda al respecto un silencio similar al secreto de confesión.

Los religiosos, si bien son conscientes de que no deben exponerse a riesgos innecesarios, también saben que en un ambiente en el que los valores morales flaquean ellos tienen que dar ejemplo de valor. Estos hombres de fe creen que ni todos los escoltas del mundo ni los mejores chalecos antibalas podrán salvarlos cuando les llegue el momento de regresar a la morada del Padre. Por eso ponen en manos de Dios su vida y le piden que, por lo pronto, les dé fuerza para cargar su propia cruz en medio del fuego cruzado.
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