Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/08/19 00:00

A CUAL SE PARECE

Ernesto Samper es el cuarto dirigente latinoamericano que se enfrenta a Estados Unidos. Antonio Caballero lo compara con los otros tres.

A CUAL SE PARECE

Con visa o sin ella, inocente de toda culpa o simplemente precluido por un Congreso de amigotes, el presidente Ernesto Samper no se retira. Por el contrario, sube el tono de su desafío. Y si cuando empezaron sus problemas hace dos años nadie tomó muy en serio la fanfarronada de que sólo muerto saldría de su palacio presidencial, ahora se inquietan sus ami- gos al ver que es su propia mujer, Jacquin Strouss, la que sale en la televisión a proclamarlo con acentos heroicos de Policarpa Salavarrieta: Si sale Ernesto ("el Presidente": a la altura en que vamos, la mujer de Samper no llama a su marido por su nombre de pila sino, majestuosamente, "el Presidente"), "de aquí lo sacan, pero muerto". ¿Será que se lo están tomando en serio? Cuentan que los dos deambulan cogidos de la mano por los pasillos del Palacio de Nariño hablando de sangre derramada, como los esposos Macbeth en el drama de Shakespeare. Que van juntos a las giras electorales o, en fin: presidenciales_ desafiando el peligro y los consejos de sus asesores de seguridad: si hay que morir, quieren morir los dos juntos. Pero lo que encuentran en esas giras, conmovidos, es el amor y el calor de su pueblo: cuentan que las muchedumbres se arrojan a tocar con los dedos sus vestidos, como si fueran reliquias de santo o alamares de torero. "Esta gente me adora" debe pensar Samper, como el patriarca de García Márquez. Y, por el amor de esa gente y el honor de su país, está resuelto a quedarse en el sillón presidencial. Cargará con esa cruz, dice, hasta el fin. Y su sacrificio llegará hasta la inmolación, si es necesario. De ahí que sea impermeable tanto a las bravatas de sus adversarios _el embajador Myles Frechette, o los llamados 'conspis'_ como a las advertencias de sus amigos _Hernando Santos, director de El Tiempo, o Augusto López, machetero del Grupo Santo Domingo_. Samper no se retira porque no está viviendo, como ellos, en el nivel prosaico de las consideraciones jurídicas, sociales, diplomáticas, económicas, de conveniencia política, de crisis o de gobernabilidad, o de seguridad, o incluso de fatiga personal. Samper está respirando mucho más arriba, en la atmósfera enrarecida pero exaltante de la tragedia. Cuando le dicen "descertificación", él escucha "castigo de los dioses". Cuando le hablan de "responsabilidad" él entiende "destino". Embriagado de compasión por sí mismo, no comparte ya la cotidianeidad chata de todos los demás sino que se mueve, sonámbulo, en un nivel superior. Ni siquiera el de la Historia, ni aun con mayúscula, sino el del Mito Trágico. Sus interlocutores verdaderos no son esos hombrecillos más bien chistosos con quienes a diario se enfrenta o colabora, ese embajador con sus corbatas de payaso o ese ministro con sus bigotes de tira cómica, sino figuras sobrehumanas atrapadas en la red incomprensible de la fatalidad: Prometeo, víctima del odio de los dioses, o Jesucristo, cordero propiciatorio que no podía, aunque quisiera, apartar de sí el cáliz de la pasión. O, sin ir tan alto, sus predecesores en el papel de blancos del rencor imperial de Estados Unidos. Así como Richard Nixon, en los días del Watergate, recorría la Casa Blanca manteniendo conversaciones imaginarias con los retratos de Lincoln, de Jackson o de Roosevelt, así Samper busca consuelo y ejemplo en el recuerdo de otros gobernantes latinoamericanos perseguidos por los gobiernos de Washington. En el chileno Salvador Allende, muerto bajo las bombas en el palacio presidencial de La Moneda mientras se enfrentaba al alzamiento militar propiciado por el gobierno de Nixon. En el cubano Fidel Castro, que desde hace 30 años resiste el cerco decretado por ocho presidentes norteamericanos sucesivos: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, el efímero Ford, Carter, Bush, Clinton. O, como mínimo, en el panameño Manuel Antonio Noriega, apresado como una fiera después de la invasión militar de su país, ordenada por Bush. Más atrás, y ya casi olvidados, están el argentino Juan Domingo Perón, que terminó exiliándose al perder su pulso con el embajador norteamericano Braden, o el brasileño Getulio Vargas, forzado a suicidarse, o el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, a quien asesinó la CIA cuando ya no era útil. Y, en el trasfondo, el coro trágico de todos los caudillos locales que a lo largo de la historia han querido oponerse a la arrogancia de los imperios, y lo han pagado caro: el egipcio Mahdi ahorcado por Inglaterra, el flamenco Egmont decapitado por España, o el parto Mitrídates y el númida Yughurta envenenados por Roma. Ejemplos de perseguidos por los imperios sucesivos no faltan. Lo que no está tan claro es que Ernesto Samper sea uno de ellos. A Salvador Allende, por ejemplo, Samper no se parece. Salvo que alguien tome en serio su retórica sobre el 'salto social' _cosa que no hace ni el propio Horacio Serpa_, es evidente que su gobierno no representa una amenaza para ninguno de los poderes constituidos, ni nacionales ni extranjeros. Por eso lo acompañan los ricos de siempre y los políticos de siempre, y por eso las grandes empresas multinacionales, lejos de irse del país por sentirse agredidas, invierten cada día más en los jugosos negocios (de petróleo, de telecomunicaciones) que derrama a dos manos el gobierno de Samper. "Tienen confianza en el país", como lo dice él mismo: caso muy distinto del de, por ejemplo, la ITT o la Anaconda Mining Co. en el Chile de Allende. Tampoco la gran prensa le tiene desconfianza: si El Tiempo de los Santos temiera a Samper, como temía El Mercurio de los Edwards de Santiago a Salvador Allende, no se hubiera limitado a hacerle una amable y además inocua súplica paternal para que se fuera, sino que desde antes de su elección hubiera promovido su derrocamiento a sangre y fuego. Y en cuanto a los militares, que en Chile fueron azuzados al golpe contra Allende por ese mismo Henry Kissinger a quien ahora el gobierno de Samper contrata por una millonada como asesor de imagen, están en Colombia ellos mismos tan amenazados de represalias norteamericanas (la pérdida de la preciada visa) como el propio Presidente. De manera que no. En nada se parece el presidente Samper al presidente Allende. Ni siquiera concita las lealtades de los suyos que despertaba aquél: basta con recordar a Botero, traidor de solemnidad, o a Perry, escapado hacia el Banco Mundial para imponer desde ahí la misma política económica que, en teoría, rechazaba desde su ministerio. A Fidel Castro se parece todavía menos. No ha hecho ninguna revolución, buena o mala, ni ha pensado en hacerla, por supuesto. Pero, sobre todo, no se considera adversario de Estados Unidos, sino su más obsecuente servidor, injustamente tratado por ellos a causa de algún cruel malentendido. En todos los temas _la guerra contra las drogas, la fumigación de los cocales, la instalación de radares, la política económica, la represión social, la militarización de las zonas de conflicto, la apertura de fronteras arancelarias, la destrucción del agro, la reducción del empleo: en todas, salvo, por ahora, en el restablecimiento de la extradición de nacionales_ Samper ha obedecido sin pestañear las instrucciones norteamericanas, cualquiera que haya sido el costo económico, social, moral o de soberanía para Colombia. No sólo ha hecho lo que le han ordenado, sino que ha insistido en subrayar que no lo hacía por presiones de ellos, sino por convicción propia: convicción diametralmente contraria a la que llevaba los 20 años anteriores expresando en discursos y artículos. Además de obedecer, Ernesto Samper ha querido borrar la responsabilidad de quienes le dan las órdenes. Y nunca ha mostrado siquiera el más mínimo sobresalto de dignidad frente al desprecio con que desde el principio lo han tratado, sino que, por el contrario, a cada nueva bofetada de Frechette o de Gelbard o de Burns ha respondido con una nueva reverencia: la más reciente, ya descertificado el país y desvisado él mismo, la de enviar a sus ministros a hacerle carantoñas zalameras en su fiesta del 4 de julio al prepotente embajador de las corbatas de payaso.

No: la verdad es que a Fidel Castro no se parece Ernesto Samper en nada. Ni en su política, siempre de arrodillamiento ante el capricho imperial; ni en su actitud personal, siempre de contrición humilde ante las ofensas recibidas; ni en el tratamiento que le dispensa el gobierno norteamericano: a Castro le organizó una invasión armada y 27 tentativas de asesinato; a Samper se ha limitado a cancelarle la visa de turista. Entonces, ¿se parece nuestro Presidente al general Noriega? En ciertos aspectos sí. El gobierno de Estados Unidos los ha acusado a los dos más o menos de lo mismo: colaboración con los narcotraficantes. Claro está que esa acusación no significa mucho, porque no tiene por qué corresponder necesariamente a la verdad, y sí al interés inmediato del gobierno de Estados Unidos. Este, en efecto, no tuvo inconveniente en tener a Noriega durante años como su hombre de confianza en América Central (desde la cárcel sigue reclamando en vano los pagos atrasados que le adeuda la CIA), e inclusive le abrió el camino al poder en Panamá poniéndole una bomba en el avión a su predecesor el general Torrijos. En cambio a Samper nunca lo han considerado verdaderamente de los suyos, pese a todas las pruebas de sumisión que les ha dado en el gobierno, a causa de un lejano pecadillo de juventud: cuando no hacía todavía política profesional, y era gerente de la Anif, hace 25 años, Samper tuvo la audacia de proponer la legalización de la marihuana. Estados Unidos no se lo ha perdonado: quería privarlos del negocio descomunal que les representa el hecho de que la droga sea ilegal. Harto se ha arrepentido Samper de aquel desliz, pública y explícitamente; pero de nada le ha valido. Y es eso, y no sus relaciones más recientes de campaña electoral con el cartel de Cali, lo que está pagando ahora. (Porque al gobierno norteamericano no le importa la 'suciedad' del dinero de la droga, sino simplemente el hecho de que ese dinero vaya o no hacia 'buen fin': el interés nacional de Estados Unidos. Por eso no le han quitado la visa al presidente mexicano Ernesto Zedillo, a pesar de que las acusaciones sobre la financiación de su campaña electoral son más graves que las sufridas por Samper, y de mucho mayor volumen. Por eso no se escandalizan de que la presidencia de Nicaragua haya llegado a manos de la señora Chamorro gracias a una guerra financiada por los dineros de la droga a través del coronel Oliver North ("héroe de Estados Unidos", según el presidente Ronald Reagan). Por eso no importunan al presidente argentino Carlos Menem, que tiene tantos amigos y parientes en el negocio de las drogas, sino que lo consideran su mejor aliado en el hemisferio. Por eso, para reemplazar en Panamá al narcotraficante Noriega, pusieron en la presidencia al lavador de dólares Endara. Pero no es la inmoralidad bien conocida de los gobiernos de Estados Unidos lo que importa en estas materias, ni tampoco su bien conocida hipocresía. Es sólo su interés.) Y, volviendo al tema de este artículo, si Ernesto Samper no es comparable ni con Allende, ni con Castro, y ni siquiera con Noriega, a pesar de haber sufrido como ellos las consecuencias de la ojeriza de Estados Unidos, es en el fondo porque carece de importancia. El complot contra Allende lo organizó en persona Henry Kissinger, secretario de Estado. Castro ha sido desde hace tres décadas una obsesión dolorosa e indignada de todos los gobiernos de Estados Unidos, de todos sus congresos, de todos sus poderes económicos. Contra el aparentemente insignificante generalito Noriega se pronunciaba en persona el presidente Bush. Lo de Ernesto Samper es apenas cosa de subsecretarios y de secretarios de subsecretarios, y es probable que el presidente Clinton ni siquiera sepa, no ya que existe Samper, sino que existe Colombia. O si lo sabe es sólo porque le han dicho que aquella marihuana que fumó en su juventud aunque sin aspirarla _era una Santa Marta Gold, de la de antes de que los sumisos gobiernos de Colombia aceptaran erradicar con glifosato comprado en Estados Unidos las prósperas plantaciones de la Sierra Nevada para no competir con el negocio de la marihuana sin semilla de California, que hoy domina el mercado_. O porque le han contado que de Colombia importan los norteamericanos el 80 por ciento de la cocaína que consumen, y le han dicho que Samper está persiguiendo a los carteles; y ha dicho: ¿Cómo? ¿Nos vamos a quedar sin cocaína? ¡Que derroquen a ese hombre! Pero no lo van a derrocar tampoco. Es apenas un juego. Cruel, como el de un niño que se ensaña con una pobre hormiga que quiere retornar a su hormiguero y le pone la barrera de un dedo. La hormiguita se esfuerza, corre a un lado y al otro, retrocede, se esconde, vuelve a correr a toda la velocidad de sus patitas: y el dedo ahí. Pero no es más que un juego del jocundo y estrafalario embajador Myles Frechette, que en Bogotá, donde alguien lo nombró (algún subsecretario de algún subsecretario), se aburre. Así que están por completo fuera de lugar las sombrías meditaciones del presidente Samper. Nadie lo va a matar, nadie va a darle un golpe de Estado, nadie va a invadir a Colombia para sacarlo a la fuerza, nadie va a bombardear su palacio porque lo considere a él peligroso, ni narcotraficante, ni nada. A lo mejor Frechette se cansa de su juego, o se le olvida, o lo nombran embajador en Burundi para que cace elefantes. Los grandes ricos no lo van a abandonar: no le harán caso a las admoniciones de Enrique Santos Calderón, que ha descubierto leyendo a su vecino de columna el padre Llanos que hasta los ricos tienen obligaciones: los verdaderos ricos saben que no las tienen. El Ejército no se va a sublevar: bastante tiene con lo que tiene entre manos. No va a pasar absolutamente nada. Tranquilo, señor Presidente. Tranquila, señora primera dama. No les va a pasar nada. Y al pueblo, en todo caso, no le importa. Y tal vez eso sea lo que en el fondo constituye la verdadera tragedia del presidente Samper. Que aunque su sufrimiento es sin duda real, es insignificante. Su sacrificio, aunque le cueste dolores, es inútil; y, si acaso, más bien resulta contraproducente para aquellos por quienes se sacrifica: esa gente que, como al patriarca de la novela, "lo adora". Su inmolación, si llega, va a pasar por completo inadvertida, y no le va a servir de nada a nadie. Puede haber sin duda una cierta grandeza en la tragedia ignorada de quien sufre y se sacrifica y se inmola sin que lo quiera nadie, sin que nadie lo sepa, sin que eso le sirva de nada a nadie. Pero es una grandeza más bien discreta. Allende murió, Castro resiste acorralado, Noriega está preso para toda la vida. A Samper simplemente le han quitado la visa para Estados Unidos. Y, la verdad, no es mucho. No es una tragedia de Shakespeare. Es, si acaso, un episodio de Dejémonos de vainas.

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