Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/12/12 00:00

CUANDO LOS MUROS CAEN

Según el politólogo Fernando Cepeda Ulloa, en los cinco años transcurridos desde la caída del muro de Berlín, el mundo ha sido testigo del derribamiento de muchas otras barreras. Colombia no ha sido la excepción.

CUANDO LOS MUROS CAEN

GORBACHOV LLEGO AL PODER EN LA Unión Soviética en 1985. Jamás imaginó, él o alguien en el mundo, que seis años después no sólo él pasaría a ser una figura académica con más respetabilidad en otros países que en el suyo, sino que la propia Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas habría dejado de existir para dar paso a una débil Confederación de Estados Independientes. La revolución bolchevique no llegó al centenario.

Como dice Kissinger en su admirable libro 'Diplomacy', Gorbachov realizó una de las revoluciones más significativas de nuestro tiempo. Destruyó el Partido Comunista que había controlado todos los aspectos de la vida soviética. Disolvió un imperio que había sido construido durante siglos.

Fue una revolución a pesar de él mismo. Desató un proceso que no pudo controlar. Sustituyó el concepto de lucha de clases, que era la base de todo el edificio ideológico marxista, por el de 'interdependencia global', que era realmente su opuesto.


LA DOCTRINA SINATRA: LO HICE A MI MANERA

Los países de Europa Oriental como que habían anticipado este pensamiento y ya desde los tiempos del Movimiento Solidaridad, que encabeza Walesa en Polonia, iniciaron, no sin enormes dificultades, la búsqueda de un camino diferente del que les proporcionaba el imperio soviético. La lucha por la democratización de Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Alemania Oriental no pudo ser contenida. Como dice Kissinger "Los comunistas sabían cómo gobernar con la ayuda de la policía secreta, pero no con el voto secreto".

El círculo virtuoso de la democracia (que siempre reclama más democracia) los destronó. La doctrina Gorbachov estimulaba este proceso. Ni la situación interna en la URSS; ni los intentos de Gorbachov por persuadir a Occidente de su nueva aproximación y de su interés por buscar una manera de que "sobreviviéramos juntos" permitían una acción militar en Europa Oriental.

Hungría y Polonia fueron escogiendo su propio camino. Gorbachov reconoció ese derecho a la autodeterminación. Era la doctrina Sinatra (la del cantante) y no la de Brezhnev. I did it my way -lo hice a mi manera-. Sí, ¡Hungría y Polonia estaban haciendo las cosas a su manera!


OCCIDENTE PEDIA HECHOS:
EL MURO ERA EL SIMBOLO QUE TENIA QUE CAER

¿Cómo detener un proceso similar en Alemania Oriental? ¿Acaso el muro de Berlín podía contener la dinámica de las fuerzas que buscaban la liberalización? Gorbachov estaba condenado a aprender una lección que hechos tozudos le estaban enseñando: que la liberalización económica no funciona sin una cierta dosis de liberalización política. La reforma (perestroika) no era posible sin la apertura política (glasnost).

El reconocimiento de los fracasos políticos y económicos del pasado hacía que las reformas fueran inevitables. No como resultado de un proyecto idealista sino como una necesidad inescapable. Gorbachov quería salvar al comunismo por la vía del éxito económico resultante de un nuevo pensamiento en este campo. Ni lo uno ni lo otro. Pretender rescatar la eficacia del Partido Comunista por medio de un modelo económico más eficaz resultó una tarea imposible. Occidente apoyaba la reforma económica y anhelaba la reforma política. Y desconfiaba de las creencias democráticas de Gorbachov. Occidente pedía hechos y no palabras, así éstas fueran tan atractivas como las pronunciadas por el canciller Shevarnadze en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989. Los intereses de Occidente eran demasiado vitales como para que bastaran las palabras.

En este contexto, la caída del muro de Berlín se convirtió en la prueba de fuego. ¿Cómo podía Gorbachov hablar de un 'Hogar Europeo Común' si Europa estaba dividida y ahí estaba un muro infamante para recordarlo? El año de 1992 se aproximaba para crear una Comunidad Europea en el lado Occidental: y allí todos los muros estaban cayendo. Los muros de las aduanas, de las fronteras, de los sistemas nacionales de acreditación de títulos universitarios, de las jurisdicciones nacionales para los derechos humanos, o para la protección del medio ambiente, o para la lucha contra las drogas o para tratar con el difícil problema de las migraciones masivas.

El muro de Berlín era el símbolo que separaba dos mundos; dos visiones sobre la vida; dos sistemas políticos; dos formas de producción; dos maneras de mirar hacia el futuro. Si, de verdad, Gorbachov quería demostrar que sus palabras estaban avaladas por hechos, el muro tenía que caer. De hecho, había venido perdiendo su eficacia gracias a una tronera que el gobierno húngaro había abierto para facilitar la 'fuga' hacia Occidente. Y pronto unos jóvenes alegres, en blueyeans, como si estuvieran participando en un festival, lo derrumbaron con las uñas, a empujones, a golpes de garlancha o de pica o de lo que fuere. Se fue cayendo lentamente. A la vista del universo entero. Y hoy las piedras que lo componían están esparcidas por el mundo en museos, en casas de familia, por doquier. Como las cenizas de un cadáver incinerado que ya nadie, una vez esparcidas, puede volver a juntar.

Es curioso. La teoría de la irreversibilidad se convirtió en una expectativa de Occidente. La revolución tenía que ser irreversible para que fuera creíble. ¿Cuál revolución? Pues la democrática. Hoy pocos creen que ésta pueda ser reversible, como en su momento se creyó que la revolución comunista era irreversible.


SIGUEN CAYENDO MUROS

Y, ahora, cuando ya no hay muro de Berlín, somos conscientes de qué tan grande era su dimensión y su alcance. Eso lo sabemos por los muros que desaparecen todos los días. Veamos.

Los muros que bloqueaban el funcionamiento del Consejo de Seguridad desaparecieron. La guerra del Golfo Pérsico fue la demostración más dramática de los cambios fenomenales que habían ocurrido en el mundo durante un corto lapso. Las 'esferas de influencia' de las superpotencias ahora parecían ser comunes. Por fin la Carta de las Naciones Unidas recuperaba un significado que se había perdido prácticamente desde su proclamación. Catorce resoluciones del Consejo de Seguridad hacían patente la nueva era de cooperación entre las superpotencias, pero ahora con un claro predominio de Estados Unidos.

En la nueva era la paciencia ocupa un lugar especial. Se puede esperar. El Consejo esperó desde el 2 de agosto de 1990 hasta el 15 de enero de 1991. Ya no hay para qué apurarse. Con todo, para el entonces secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar, cuya voz se tornó casi inaudible, esta operación militar representó un ejemplo asombroso de fracaso de la diplomacia colectiva. Esta falló, en su opinión, ya desde antes del 2 de agosto de 1990.


EL DERECHO DE INTERVENCION, EL DERECHO DE INJERENCIA

Con esta acción militar colectiva autorizada -o delegada- por el Consejo de Seguridad se cayó otro muro: el que detenía las acciones intervencionistas o, por lo menos, las deslegitimaba. Han surgido dos nociones que todavía no se distinguen con nitidez: la del derecho de intervención (right to intervene) y la del derecho de injerencia (droit d'ingerence). Y desde entonces Ruanda, Somalia, Haití, etc., son ejemplos de la utilización de uno u otro concepto. Los muros de la soberanía absoluta o de la soberanía como la entendíamos hasta hace unos años no se han caído del todo pero es más fácil saltarlos (¡o asaltarlos¡).

César Gaviria, al posesionarse como secretario general de la OEA, no se colocó muy lejos de las nuevas tendencias. Al hablar de la responsabilidad de la OEA en la defensa de la democracia dijo: "En un contexto de crisis, encontrar un balance apropiado entre la defensa del principio de la no intervención y la obligación constitutiva y moral de proteger la democracia nunca ha sido fácil. Es paradójico que a veces el celo excesivo por garantizar el principio de la no intervención agote la agilidad y la firmeza que requieren las acciones políticas y diplomáticas para ser efectivas. Sin proponérselo, en ocasiones, permitimos que la inacción consolide las fuerzas no-democráticas... ".


NO MAS GUERRILLAS

Y siguieron cayendo muros. El que separaba las intenciones o intereses de Estados Unidos y la Unión Soviética en Centroamérica. En Nicaragua las fuerzas no-revolucionarias ganaron las elecciones. En El Salvador, con la mediación de la ONU, la bendición de la todavía Unión y de Estados Unidos y de Cuba y la colaboración neutral de cuatro países amigos (España, México, Venezuela y Colombia) se negoció lo que Alvaro de Soto denominó: "una revolución pactada".

UNA NUEVA AGENDA

Todas las inhibiciones (los muros) que paralizaron la acción de los bancos multilaterales para el desarrollo, como el Mundial y el Interamericano, desaparecieron. Más pronto que tarde se reformuló la agenda de préstamos y, hoy, la educación cívica, la modernización de los parlamentos, la administración de justicia, los gobiernos municipales, la participación y la sociedad civil constituyen el programa de gobernabilidad o de 'buen gobierno' que ahora está en el orden del día de todos los gobiernos. Y que va a ser el primer punto de los que se van a tratar en la Cumbre Presidencial de Miami el 9 de diciembre.

La globalización (de la economía, de la tecnología, de las comunicaciones, de muchos valores, de los ídolos, de las drogas, del crimen organizado, etc.) ha reemplazado el mundo simbólicamente dividido por el muro de Berlín.


LA TAREA, AHORA: TUMBAR MUROS

Y como que la tarea, ahora, consiste en seguir derrumbando muros. Antanas Mockus derribó unos cuantos en la política colombiana. Fujimori otros. Menem también. El de la reelección, por ejemplo. O el del tercermundismo al proclamar su alianza clara con el Primer Mundo.

Y en las universidades también caen los muros: entre las disciplinas; entre profesores y alumnos; entre la empresa privada y la comunidad académica, o entre el gobierno y la institución universitaria. El claustro es ahora un terreno abierto.

Lo mismo ocurre con los partidos políticos y con las empresas globales o multinacionales. Hay alianzas estratégicas entre las grandes, entre éstas y las pequeñas, y ya nadie proclama el complejo de penetración para limitarlas en su capacidad de moverse a sus anchas por el mundo. Por el contrario, hay una competencia desbordada por venderles lo que quieran comprar o por conseguir que instalen sus plantas. Y en esa competencia están Rusia, los países de Europa Oriental, del Asia-Pacífico, de América Latina, de Africa, de Europa Occidental y de Norteamérica. Las barreras, los muros, desaparecen progresivamente. Y el mejor es el que menos barreras tenga.

Israel, Palestina y Siria son testimonio de rivalidades en acelerada vía de desaparición.

Ya ni siquiera el mar que separaba a la orgullosa Inglaterra del continente europeo obra como muro. Un tren veloz los convierte en la unidad geográfica que jamás fueron y que jamás quisieron ser.

Caen también los muros que protegían la vida privada de la monarquía británica o los que en Francia guardaban los secretos de la vida familiar, formal o informal.

Surgen temas globales para los cuales hay una especie de jurisdicción global y veedurías globales: los derechos humanos, el medio ambiente, las drogas, la corrupción, la gobernabilidad, etc. Y surgen con renovado vigor viejas aproximaciones a la política internacional, que han sido veneradas por muchos en Estados Unidos y que cuentan con alguna tradición.


UNA NUEVA SANTA ALIANZA

El idealismo estadounidense (salvar el mundo para la democracia, preservar y promover los derechos humanos, propiciar la igualdad) pasa a ser la ideología predominante, frente a la 'realpolitik' que promovió Kissinger como secretario de Estado, y que ha sido la tradición diplomática europea.

El idealismo que representan Wilson (Liga de las Naciones), Kennedy, Carter y ahora Clinton, está magistralmente descrito por Kissinger a lo largo de su libro 'Diplomacy'. Ahora se ha creado una especie de santa alianza en favor de los valores e ideales que han inspirado la nación americana y, por si hiciera falta, la canadiense.

Pero que nadie se equivoque. Ese idealismo, cuando ello sea necesario, se va a materializar con el pragmatismo que sea necesario y, si es el caso, con dureza.

Esta es, pues, la tercera oportunidad histórica para Estados Unidos de construir un mundo a su imagen y semejanza. Como siempre, ayudará a reconstruir a su enemigo.


¿ES LA HORA DE LOS ANGELES?

Los gobiernos no deben llamarse a engaño. Los esquemas que eran válidos en la era de la Guerra Fría ya no lo son tanto en la era de la cooperación posguerra fría. Las expectativas de antes no son las de hoy. Las inhibiciones ya son otras. Los muros que nos protegían -para bien o para mal- ya no están ahí. En materia de derechos humanos ya estamos viviendo esa situación y todavía hay quien se declara sorprendido. Así irá ocurriendo con otros temas de la agenda global.

Y caerán otros muros. Los de la intolerancia. Los que dividen a los pobres y a los ricos. Los que separan al Norte y al Sur. A los que saben y a los que no saben. Es posible que algunos caigan imperceptiblemente. La verdad es que cuando cayó el muro de Berlín, por allá en noviembre de 1989, ¡el muro ya estaba caído¡

Como en el título de un libro famoso sobre la historia tragicómica de la Liga de las Naciones (idealismo wilsoniano), de Elmer Bendiner, "esta es la hora de los ángeles". Y no olvidemos que hay ángeles vengadores. Y que Luzbel, llamado Lucifer, fue también un ángel, mucho más, un arcángel, el más bello.

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