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| 4/16/2011 12:00:00 AM

"Cuando las mujeres somos infieles es de verdad"

La columnista del diario 'El Tiempo' 'Esther Balack' habló de sexo, infidelidad, el poder, los besos y los hombres.

MARÍA JIMENA DUZÁN: ¿Será que el procurador Ordóñez nos va a reprender por hablar de sexo en Semana Santa?

ESTHER BALAK: ¡Pero si el sexo es tan común como rezar! ¡Tan necesario y tan vital para el alma como caminar, como comer! Aunque no conozco al funcionario y me merece todo el respeto, él tendría que condenar a media humanidad que en Semana Santa no tiene ningún tipo de abstinencia sexual.

M.J.D.: No es por afanarla, pero existe la creencia popular de que si uno tiene sexo en Semana Santa se queda pegado.

E.B.: Esas son creencias que se diluyen frente a la evidencia fáctica. Si eso fuera cierto, muchos andaríamos pegados de la pelvis. Aunque la respeto mucho, entiendo que la Iglesia se meta con la muerte, porque aún no sabemos qué hay en el más allá, pero nunca he entendido por qué se desliza en la cama de la gente. Yo respeto sus posiciones y espero que ellos respeten las mías… sobre todo en estos días.

M.J.D.: Le confieso que soy una lectora asidua de su columna en 'El Tiempo'. Me gusta porque se nota que usted es una mujer madura, ciertamente recorrida, que goza del sexo. ¿Me equivoco?

E.B.:
Evidentemente soy una gozetas, pero, por si acaso, le aclaro: lo que no soy es pervertida. Yo hablo de sexo de manera natural, como una función vital. Además, me gusta el sexo en pareja. De hecho, tengo una pareja estable, con la que pongo en práctica muchas de las cosas que escribo en la columna. Pero además le hago una confesión: no hay nada más jarto que el primer polvo.

M.J.D.: ¿Y qué tiene contra el primer polvo?

E.B.: Pues que ese primer polvo es primario, medroso, de exploración… es un polvo del misionero. Todo es confusión. Si nosotras intentamos llegar más allá y traspasar ciertas fronteras, inmediatamente nos dicen que somos casquivanas. Y si el señor se va muy allá, pensamos que es un pervertido. En el primer polvo nos cuidamos mucho. Eso lo hace un poco aburrido.

M.J.D.: Pero en sus columnas usted habla con mucha propiedad de la infidelidad. Recuerdo una en que empieza diciendo: "¿Quién no se ha despertado después de una noche de rumba y se ha encontrado con una plasta que duerme y ronca al lado de uno?". ¿La recuerda?

E.B.: Sí, en esa decía que las parejas no son infieles para contarse nostalgias, sino porque quieren echarse un polvo. Esa es la esencia de la infidelidad. Pero hay que saber en qué condiciones se es infiel. Los infieles deberían llegar a dormir a su casa y no dormir por fuera. Porque al otro día es traumático.

M.J.D.: ¿Qué me puede decir de la infidelidad de las mujeres?

E.B.: Cuando nosotras somos infieles es de verdad. Cuando los hombres son infieles es porque el departamento inferior del cuerpo se los exige. Que se cuiden los hombres, porque cuando nosotras somos infieles, enredamos parte del corazón.

M.J.D.: En otra columna usted intentó levantar el estatus del sexo oral, ahora tan desprestigiado desde que se le culpa de ser el causante del cáncer de garganta.

E.B.: Es que eso es una vil mentira. El sexo oral no produce cáncer de garganta. Si no, Mesalina se hubiera muerto de cáncer, al igual que media humanidad. Ese cáncer es producido por un virus, y lo que tenemos que hacer es protegernos del papiloma, no de los polvos orales. Pero además, el sexo no puede ser tan aséptico. ¡Por ese camino no nos vamos a poder besar porque en la boca hay millones de bacterias! ¡Noooo, qué horror! Los científicos me encantan, pero que se dediquen a ver qué es lo que está pasando en el Japón con la radiactividad, en lugar de meternos susto. Aparte de eso, nos dan el mal, pero no el remedio. Entonces, ¿qué me hago? ¿un enjuague bucal? Ni me imagino condones para esta práctica. Además, creo que los científicos deben ser unos polvos aburridísimos.

M.J.D.: ¿Más aburridos que los polvos de los políticos?

E.B.: Lo que pasa es que el poder es un afrodisíaco. A Berlusconi quítele su empaque de presidente y me cuenta cómo queda. El problema que tienen es que a veces estas personas tan poderosas públicamente pueden llegar a ser absolutamente frágiles en la cama. Y en ese sentido sí estaría de acuerdo con usted en que los poderosos pueden ser regulares polvos.

M.J.D.: Veo que usted sabe mucho de hombres poderosos…

E.B.:
No le voy a negar que no tengo mi recorrido por esas plazas, pero no se necesita ser muy erudita para ver que una persona que tiene medio país encima no puede ser un buen polvo, aunque me imagino que habrá sus excepciones. Y no me gusta que las mujeres sirvamos de herramienta para que ellos se desestresen. Eso de que venga para acá un segundito mientras miro cómo es el consejo de ministros me parece horrible. No soy herramienta para eso.

M.J.D.: ¿Usted cómo identifica quién es un buen polvo?

E.B.: Hay una química especial que no se ve en la cara, se lo aseguro. Para saberlo siempre hay que probar, y a veces uno se lleva unas decepciones impresionantes, como también unas muy buenas sorpresas.

M.J.D.: Muchas veces ha escrito en sus columnas sobre lo fundamental que resulta el beso a la hora de una conquista.

E.B.: El beso es la cuota inicial de un polvo. No hay mejor condimento para un buen sexo que un beso bien dado. Si un hombre es un mal besador, téngalo por seguro que de ahí para abajo funciona mal. Si una mujer sabe besar bien, eso es mejor que cualquier pastilla.

M.J.D.: A propósito de pastillas, ¿cómo describiría usted un polvo con Viagra?

E.B.: Comencemos por decir que la mayoría de los hombres que la utilizan no lo confiesan. El sexo es como los toros: puede haber malas tardes, pero eso no significa que sea mal torero. Pero si las malas tardes se repiten y de pronto hay una muy buena tarde, ahí uno tiene que preguntarse si algo pasó con el estoque. Por lo demás, si el señor tiene un problema disfuncional, es lógico que recurra al Viagra. Pero no hay que usarlo en demasía. Siempre es bueno tener de por medio a un médico que les aconseje. No puede haber cosa más triste que arriesgarse a morir en el acto.

M.J.D.: ¿A qué hombres les huye?

E.B.: A los indecisos. A los que se asustan con una caricia. Esos hombres que uno ve que van por ahí, pero que necesitan urgentemente un GPS.

M.J.D.: ¿Qué consejo les daría a los hombres a la hora del sexo?

E.B.: Ante todo, que tomaran unas clases de anatomía femenina antes de entrar a matar. ¡Por Dios! Uno a veces termina como sintiéndose masajeada en lugar de acariciada. Lo segundo es que deben saber lo importante que son para nosotros los preámbulos. Eso nos diferencia de los animales. El toro no coge una vaca y primero le da un besito, sino que va a lo que va.

M.J.D.: ¿Qué deben hacer las mujeres cuando el hombre no puede cumplir la faena porque tiene disfunción eréctil?

E.B.: Siempre he pensado que esa frase es horrenda. Yo prefiero decir que no tiene erección. Lo primero es que el señor tiene que reconocer por qué tiene ese problema. Más lúgubre que un pene flácido es un hombre flácido. Hay mil recursos para salir de ese atolladero. Por lo demás, un hombre puede ser tremendamente atractivo sin tener una erección. La cuestión es que hay que evitar que nos terminen culpando.

M.J.D.: Que nos culpen a nosotras. ¿Por qué?

E.B.: Porque a los hombres les enseñaron que siempre tienen que funcionar. No hay nada más aburrido que oír las conversaciones de los hombres en las que hablan de unas maratones épicas en la cama, cuando uno sabe de antemano que no son ciertas. ¡No hay ni tercer, ni cuarto, ni quinto polvo! Partamos de esa base: eso son mitos.

M.J.D.: En ese campo nosotras sí les llevamos la delantera.

E.B.: ¡Ahh!… es que en eso nosotras somos multiorgásmicas. Nosotras después de un orgasmo podemos seguir dispuestas para el que sigue. Un señor después de un orgasmo queda flácido, con fuerzas solo para voltear la cabeza, darnos la espalda, prender el televisor y poner Discovery Channel para ver cómo es que se reproducen las hormigas. Yo creo que la valentía de un hombre está en quedarse despierto después de un polvo. Ese es un hombre de verdad.

M.J.D.: ¿Usted es de las que entablan conversación sobre el dólar después del acto?

E.B.: La mujer que quiera conversar después de un polvo que vaya al psicólogo.

M.J.D.: ¿Cuántas veces a la semana?

E.B.: Las que sean necesarias. Uno debe hacerlo cuando tiene ganas. No hay nada más aburrido que un polvo sin ganas, y nosotras tenemos que decidir cuándo no y cuándo sí. Un polvo debajo de las sábanas, con la luz apagada, sin decirse ninguna palabra, solo por cumplir, es un crimen. Eso debería estar castigado en el Código Penal.

M.J.D.: ¿Por qué en Colombia hablar de sexo es casi un pecado?

E.B.: Fíjese que no hay nada más conservador que el sexo: es una función natural. Lo que pasa es que alrededor del sexo hay todo un velo oscuro que se utiliza como una herramienta de dominación, para imponer temores. Mire, los niños de ahora crecen con una cantidad de taras que han sido transmitidas por sus papás. Los adolescentes ni siquiera pueden hablar de masturbación, cuando es un tránsito normal por esas edades. ¡Si es que la masturbación debería formar parte de la Carta de los derechos humanos!

M.J.D.: ¿Y qué podríamos hacer para que eso cambie?

E.B.: Yo comenzaría por llamar las cosas por su nombre: aquí mandan al niño a lavarse el 'pirulito'; la niña no puede montar en bicicleta porque se la daña la 'cosita'. ¡No más! La vagina es la vagina, y el pene, el pene. Y esto es para esto, esto para lo otro y esto tiene estas funciones.

M.J.D.: ¿Qué hacemos con esa cifra según la cual de cada diez mujeres tres se van a morir sin saber qué es un orgasmo?

E.B.: ¿Sabe por qué hay tantas mujeres sin sentir un orgasmo? Porque en el instante en que empezamos a sentir nos cohibimos. Consideramos que es pecado y que es mejor no llegar hasta allá.

M.J.D.: Están de moda los embellecimientos vaginales. ¿Usted se haría uno?

E.B.:
¿Quién ha dicho que hay una cuca bonita o una fea? Detestable que nos impongan de esa manera patrones de belleza. Y la verdad es que así me ha ido bien.

M.J.D.: ¿Asidua a los moteles?

E.B.:
Me fascinan, son una maravilla. Son los únicos sitios a los que la gente sabe a qué va.
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