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| 6/10/2017 10:15:00 PM

Cúcuta, la primera estación del éxodo venezolano

La migración de ciudadanos del vecino país a Colombia empieza en la capital de Norte de Santander. La ciudad ya está en jaque y el panorama empeora cada día. Reportaje del drama que vive la principal frontera del país.

Entre las sofocantes calles del centro de Cúcuta hormiguean miles de personas, cada cual empujando una, dos o hasta tres maletas. El sector más comercial de la capital nortesantandereana parece una inmensa estación de paso con una multitud que se apresta a un viaje transcontinental. Pero en realidad se trata de personas que apenas cuentan en monedas el dinero que poseen, muchos ni siquiera llevan documentos y todos bregan para mover por las vías descascaradas sus equipajes cargados de arroz, panela o aceite.

Las autoridades tienen un registro de ingreso diario desde Venezuela de entre 45.000 a 50.000 personas, de las cuales se estima que se quedan cerca de 5.000. El puente internacional Simón Bolívar que conecta a Cúcuta con San Antonio del Táchira es el principal punto de paso fronterizo. Desde diciembre solo está permitido el cruce peatonal desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche. La Parada, el primer bocado de tierra del lado colombiano, se percibe como una luz al final del túnel. Sin embargo, poco después sigue Cúcuta, donde el desencanto es mayúsculo. La Parada es tan solo eso: una explanada de piso de tierra, colmada de venteros y en donde la multitud se disputa el espacio con buses, taxis por puestos y carros piratas (particulares que ofrecen servicio). La gente toma cualquiera de esos para ir, con sus maletas, hasta la terminal de transporte, en el corazón de Cúcuta.

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Esta central de transporte es un lugar decadente y estrecho, pero, sobre todo, peligroso. Además, está en agonía económica pues desde que la frontera se cerró en agosto de 2015 las rutas hacia Venezuela se cancelaron, y con ello la operación cayó en cerca del 50 por ciento. En febrero pasado la Policía sorprendió aquí a una mujer con una niña de 4 años inconsolable. Al verificar la situación la señora explicó que la madre de la pequeña se la acababa de “regalar”, y para probarlo mostró una breve carta en la que la madre venezolana decía que voluntariamente le daba a su niña porque no tenía cómo alimentarla.

A un costado de la terminal pasa una extensa grieta construida, la cual divide en dos la ciudad. Es conocido como ‘el canal’, y se trata de un inmenso recolector de aguas lluvias, atestado de basuras y demás vertimientos malolientes. De lo que ocurre en ese inframundo colonizado por la indigencia poco se sabe. Pero todo lo que se ve a ras de tierra ya dice bastante de lo disfuncional que es la ciudad. Al otro costado de la terminal están las calles que conectan con el furioso mercado persa que es el centro de Cúcuta; hacia allá va el grueso de la desbandada venezolana, en búsqueda de elementos básicos de subsistencia, imposibles de conseguir en el vecino país. La situación es simplemente penosa.

En Colombia el salario mínimo con el auxilio de transporte suma 820.000 pesos mensuales (280 dólares). En Venezuela el presidente Maduro subió la mesada el pasado 1 de mayo –lo ha hecho 15 veces en 4 años de mandato– y con ello un empleado gana 65.000 bolívares, más 135.000 en bonos de alimentación, es decir, 200.000 bolívares al mes (20 dólares).

Un grupo creciente de venezolanos está en una situación aún peor de la que viven los que acuden a Cúcuta buscando estirar la poca plata que reciben. Son los desempleados. En su mayoría jóvenes que emigran con la idea de no volver. Muchos de estos continúan avanzando hacia el interior de Colombia, o incluso hacia Ecuador, atraídos por la posibilidad de ganar en dólares. Pero centenares de personas, día a día, se instalan en Cúcuta porque no tiene adónde más ir.

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Desde hace dos meses, cada sábado y miércoles, Eduardo Espinel, un emprendedor caraqueño de 30 años y quien llegó a Cúcuta hace siete meses, se encuentra con cientos de esos jóvenes desposeídos en un parque del centro. Llega en una camioneta, siempre trae una bandera de Venezuela y un par de grandes ollas colmadas de comida para repartirla entre sus compatriotas. Le ayudan su hermana, su socio y varios voluntarios que se han sumado a la causa, ya sea aportando donaciones o haciendo el trabajo que se requiere. El encuentro que celebran es sobrecogedor. Los jóvenes venezolanos van llegando desde las siete de la noche a la plazoleta lateral del centro comercial Ventura; mientras aguardan a Eduardo cantan coplas llaneras y se comentan sus cuitas. Eduardo llega sobre las nueve de la noche, los saluda, reconoce a muchos y se presenta con quienes van por primera vez. Luego, mientras que el equipo de voluntarios empieza a servir la comida en platos desechables, el joven pide silencio y dice “vamos a empezar”; entonces todos se ponen de pie y cantan el himno nacional de Venezuela, después hacen un minuto de silencio por sus “hermanos caídos” en las marchas (70 muertos en 66 días de protestas continuas), y luego rezan una oración en la que dan gracias al cielo por la comida y elevan plegarias porque las cosas cambien pronto. Finalmente, se sientan a comer. Para muchos el plato que reciben es el primer alimento que ven en días.

Eduardo ha abierto dos exitosos restaurantes de comida venezolana en Cúcuta. Su negocio es también bodega para las donaciones y donde se cocinan los alimentos que ofrece dos veces por semana. Un sábado pueden acudir entre 180 y 200 jóvenes inmigrantes y hambrientos. “Lo que hacemos no es una solución, es solo un mensaje. Con un plato de comida les decimos a todos esos jóvenes que pronto vamos a poder regresar a nuestras casas a reunirnos con nuestras familias”, dice. Luego de la cena comunitaria, los venezolanos se dispersan nuevamente por las calles de Cúcuta; quienes han conseguido algo de plata durante el día vendiendo confetis en buses y semáforos se refugian en habitaciones alquiladas por noches, otros simplemente pasan a la intemperie, tendidos en bancas de parques y plazas. En los últimos días, agentes de Infancia y Adolescencia de la Policía, en compañía del alcalde, patrullan las calles de madrugada para recoger a los menores que hallan durmiendo en las aceras.

La crítica situación de Cúcuta se expresa en tres grandes problemáticas que golpean a propios y extraños: la informalidad general, el desempleo y la inseguridad. La posición de frontera y la ausencia de Estado hicieron que la ciudad, de vocación comercial, creciera asumiendo que el contrabando es el estado natural de las cosas. Con 69,2 por ciento, Cúcuta es la ciudad reina de la informalidad en el país. Y en cuanto a la tasa de desempleo, con el 16,7 por ciento, ocupa el segundo puesto a nivel nacional. La mezcla de estos factores hace que la postal típica de la ciudad sea un barullo de gente invadiendo el espacio público, en el intento de cada cual de arañar de alguna manera un sustento en medio del rebusque.

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A su vez, ese panorama resulta ser terreno ideal para que fluya la inseguridad por doquier. Tras bambalinas –al por mayor y al detal– se mueve el negocio de la droga, así como el tráfico de carne, hidrocarburos y ganado. El general de la Policía Gustavo Moreno, comandante de la zona fronteriza, habla de las “economías ilegales” que mueven la ciudad. En un solo operativo sus hombres incautaron la semana pasada 15.000 galones de gasolina venezolana. Se trata del golpe más significativo en la historia de la Policía Fiscal y Aduanera; la gran paradoja es que no tienen dónde acopiar de forma segura tanto combustible confiscado.

El asunto es muy delicado pues en la zona operan el ELN, el Clan del Golfo y decenas de bandas urbanas. Estas organizaciones están detrás de los 114 homicidios que se han presentado en el área metropolitana en lo que va del año, periodo en el que la Policía ha incautado 296 armas de fuego. La semana pasada, la historia comidilla en la ciudad fue el video de un hombre que, en menos de medio minuto, logró desmontar el dispositivo electrónico de seguridad de una moto de alto cilindraje para hurtarla. “Se robó una motocicleta en 23 segundos”, tituló el diario La Opinión. El sujeto cayó en poder de la Policía horas después, aprendido por porte ilegal de armas, y luego resultó que se trataba del ya famoso ladrón.

La situación de Cúcuta se hace cada día más compleja con la procesión de personas provenientes de Venezuela. La ciudadanía se divide entre quienes rechazan el éxodo y quienes lo aceptan, pues recuerdan que por décadas el vecino país recibió a millones de colombianos que huían de la violencia o en búsqueda de prosperidad. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos de los “foráneos” son realmente colombianos retornando. No es fácil determinarlo: hay gente que nunca se registró en Venezuela ni selló una salida, muchos no tienen documentos y otros tantos tienen doble nacionalidad. Ese desorden general hace que unos se quejen porque los de afuera están acaparando el poco trabajo que hay haciéndolo “regalado”, mientras que estos denuncian que nadie los contrata formalmente por “venecos” y que los explotan pagándoles 50.000 pesos por una semana de trabajo. “Cúcuta debería hacer de esta crisis una oportunidad, que les den licencia para trabajar a todos los venezolanos, así ese problema se acaba y se incentiva que vengamos con recursos a crear industria y negocios”, propone Eduardo Espinel.

Algo similar piensa el padre italiano Francesco Bortigno. Este sacerdote tiene 70 años, hace 21 llegó a Cúcuta y con las uñas ha hecho bastante más que varios alcaldes juntos. Pertenece a la orden de Juan Bautista Scalabrini, que trabaja en auxilio de los inmigrantes. Francesco anda por los barrios “periurbanos” en camisa de trabajo y se quita el cigarro de la boca solo para dar alguna respuesta o al oficiar misa. En su labor ha construido 7 escuelas a las que acuden 4.500 niños de los barrios germinados en el contorno de la pista del Aeropuerto Internacional Camilo Daza (a pesar de su nombre, la terminal aérea ya no opera ninguna ruta internacional. Así mismo, el estadio General Santander ya no es la casa del Cúcuta Deportivo, el equipo se fue a Zipaquirá).

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“Si se logra generar algo de empleo se soluciona el problema de muchos –dice el padre– porque la migración es asunto de hambre, y no es el hambre de venezolanos o colombianos, son seres humanos”. El sacerdote también lidera el Centro Migración, un hogar de paso que su congregación fundó hace más de 40 años al occidente de Cúcuta, hoy con capacidad para alojar hasta a 200 personas. Años a atrás, al lugar llegaban para descansar por un par de días centenares de colombianos desposeídos que continuaban hacía Venezuela. Ahora los inmigrantes que pasan por allí van en la ruta contraria. Los que no tienen forma de seguir hacia el interior de Colombia, simplemente salen a encontrar un pedazo de tierra en los barrios subnormales, para levantar un rancho con palos y lona, para empezar de cero.

Eso hizo Gerardo Molina, un nariñense que nunca perdió su acento aunque vivió por 17 años en el estado Falcón, al norte de Venezuela. Ante la crisis no tuvo mejor opción que abandonar su casa y retornar con sus tres hijos y su esposa. Hace dos meses levantó un rancho de cuatro palos y techo de cartón en la periferia de Cúcuta. “Soy oficial de obras civiles y estoy acostumbrado a trabajar duro, pero acá casi no se consigue qué hacer, vivimos con ollas bocabajo”. n

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