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| 6/27/1994 12:00:00 AM

CUESTA ABAJO

Apesar del abismo al que cayó, Navarro puede definir el duelo Samper-Pastana.

RESULTA INCREIBLE QUE el Antonio Navarro que este domingo obtuvo escasos 215.000 votos, apenas el 3.8 por ciento de la votación total, sea el mismo que hace apenas cuatro años, como líder del desmovilizado grupo guerrillero M-19, logró casi 800.000 votos en las elecciones que hicieron a César Gaviria presidente, y el mismo que un año después reinó al lado de Alvaro Gómez con poderes omnímodos en la Asamblea Constituyente. Casi nadie se acuerda ya de que en diciembre de 1990, en una encuesta sobre intención de voto de los colombianos para la Presidencia de la República -realizada por el Centro Nacional de Consultoría- Navarro obtuvo el 56.2 por ciento de las preferencias. Nunca en la historia de Colombia un capital político semejante fue feriado en tan poco tiempo. Dos años después de esa primera encuesta, en diciembre de 1992, la intención de voto por Navarro había caído al 18.1 por ciento. Y aún faltaba lo peor: la caída libre de 18 meses hasta el 3.8 por ciento del domingo pasado.

Este despiporre viene a confirmar un concepto que los analistas políticos creían revaluado: que Colombia no es terreno abonado para las terceras fuerzas y que cuando éstas milagrosamente logran surgir, no aguantan más de una cosecha. Fue el caso de la Anapo a principios de los 70, y el de la Alianza Democrática M-19 veinte años después. Pero aparte de esta regla histórica, hay elementos particulares del caso Navarro que explican su aparatoso naufragio.

Para empezar, que el M-19 llegó a la vida política civil como movimiento de izquierda en el momento mismo en que era derribado el Muro de Berlín, y en que el sueño socialista de Marx y Engels se hacía añicos ante la cruda realidad de la miseria a la que los regímenes comunistas condujeron a la Unión Soviética y a los países de Europa Oriental. Esto obligó a Navarro a renunciar de entrada al discurso al que una década antes hubiera podido acudir con facilidad: el del igualitarismo social y el estatismo. Navarro trató entonces de convertir esta desventaja en algo a su favor. Convencido de que debía evitar a toda costa asustar a los ricos, empezó a decir que el capitalismo no era tan malo. Empeñado en esta tarea de desprevenir a los grandes empresarios se les acercó más de la cuenta y terminó por perder credibilidad. Tanto que cuando tres años después escogió a un anónimo dirigente indígena, Jesús Piñacué, nadie creyó en la sinceridad de esta nueva alianza. La ruana de Piñacué contrastaba demasiado con el jet de Julio Mario Santo Domingo en el que Navarro varias veces se desplazó por el país en los últimos años. Pero los movimientos políticos no sólo se desinflan por problemas de imagen y credibilidad, Navarro cometió además un gravísimo error estratégico. Obnubilado por las encuestas, que en tiempos de la Constituyente parecían colocarlo en las escalinatas de la Casa de Nariño, se dedicó a trabajar exclusivamente en la búsqueda de conquistar el poder nacional, y se olvidó casi por completo de construirse una base local y regional. Esto se hizo evidente cuando en la mitaca de 1992 apenas logró, en medio de enredadas alianzas, conquistar con el cura Bernardo Hoyos la alcaldía de Barranquilla. Saltó a la vista entonces que a pesar de su amplia bancada en la Constituyente y de un significativo número de curules en el Senado, el movimiento de Navarro no era más que un cascarón vacío carente por completo del arraigo regional que tanta solidez le ha dado a los partidos tradicionales.

Todo lo anterior explica que el cascarón se haya resquebrajado y hecho trizas en la última campaña. Con su movimiento desprestigiado y dividido, y con su liderazgo cuestionado por sus propios militantes, Navarro no tuvo municiones para enfrentar decorosamente la contienda presidencial. Para colmo de sus males, la campaña alcanzó un grado de polarización nunca antes visto entre los dos candidatos punteros, y esto dejó a la tercería de Navarro, que venía ya bastante debilitada, sólo con unas cuantas migajas electorales. En efecto, los 215.000 votos de Navarro este domingo estàn muy lejos de los 755.000 de hace cuatro años. Son tan escasos que apenas lo colocan en el rango de las tradicionales votaciones marginales de la izquierda en los últimos 20 años, un poco por encima de los 140.000 votos de Hernando Echeverri y la UNO en 1974, y muy por debajo, de los 330.000 de Jaime Pardo Leal y la UP en 1986.

No obstante el destino que tantas oportunidades le dio a Navarro en 1990 y 1991 y que tan duro lo ha golpeado desde entonces, parece dispuesto a brindarle una última oportunidad. Esas mismas migajas pueden volverse oro en polvo en la campaña para la segunda vuelta presidencial. Teniendo en cuenta que la ventaja que Samper le sacó a Pastrana este domingo fue de menos de 20.000 votos, los 215.000 de Navarro amanecieron el lunes convertidos en el más apetecible de los platos para Samper y Pastrana. De la forma como Navarro negocie con ellos en las próximas horas, dependerá que el jefe del M-19 recupere algún margen de maniobra y evite convertirse en una anécdota más de la historia política de Colombia.
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