Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2015/09/05 22:00

La revolución educativa que se necesita para la paz

No solo se necesitan recursos, sino también cambiar la forma de enseñar. Solo así el país podrá convertirse en un modelo regional y prepararse para el posconflicto.

La ministra de Educación abrió la cumbre y expuso el plan con el que el gobierno quiere convertir a Colombia en el país más educado de América Latina hasta 2025.

Una nación que no educa a sus ciudadanos está destinada a vivir en el subdesarrollo. Y Colombia tiene hoy la oportunidad de empezar a salir de allí. En efecto, nunca antes la sociedad había tenido tanto interés por la educación y nunca el consenso en torno a la necesidad de impulsarla había sido tan grande. Los fracasos en las pruebas Pisa, las protestas masivas de los estudiantes y los maestros, la indignación generada por los corruptos y, finalmente, la paz que se avecina han fijado a la educación en la agenda nacional.

Hoy la educación nacional cuenta con un presupuesto multimillonario y con la voluntad de amplios sectores. La situación le ha permitido al gobierno incluso soñar con ser el país más educado de América Latina en 2025. Una meta, sin duda, noble y clave para el país pero, a la vez, tan compleja que podría quedarse en el papel si Colombia sucumbe a los viejos males de siempre: los intereses particulares y la corrupción.

Con el fin de abrir un diálogo, Semana Educación –una iniciativa de Publicaciones Semana– organizó los días 2 y 3 de septiembre su segunda Cumbre por la Educación. Fueron dos jornadas dedicadas a debatir sobre los desafíos y a encontrar las soluciones. Más de 900 personas asistieron a la Cámara de Comercio de Bogotá para vivir el encuentro de 73 expertos nacionales e internacionales quienes, en 16 mesas, discutieron y llegaron a compromisos para articular esfuerzos entre gobierno, sector privado, sociedad civil y medios de comunicación.

Uno de los mensajes más importantes tuvo que ver con la necesidad de repensar el modelo educativo. En el siglo XXI no basta invertir en construir la mejor escuela; ni definir un currículo para educar a los mejores estudiantes; no basta formar maestros para motivarlos a enseñar, y tampoco repartir iPads para montarse en la ola de la tecnología. Más bien, en un mundo definido por la globalización y la innovación educar exige repensar lo fundamental. Un salón con pupitres organizados en filas, dominado por un maestro que transmite datos y lleno de estudiantes obligados a memorizar no corresponde a las necesidades de la actualidad.

La sociedad de hoy, moldeada en su forma de pensar por Google, Facebook y los dispositivos inteligentes de Steve Jobs, exige habilidades que el salón de clase tradicional no siempre cultiva. A esto se suma la incertidumbre que predomina en el mercado laboral. Las crisis financieras, las cargas tributarias y las nuevas formas de producción que existen en el mundo hacen que las empresas contraten cada vez menos de modo formal. Antes, una persona duraba hasta 30 años en su trabajo. Hoy ese tiempo es mucho más corto: un joven tiene que alistarse para una vida laboral que le exigirá pasar hasta por 30 empleos distintos.

Esta situación ya tiene efectos sobre la mentalidad de los jóvenes, y no son necesariamente negativos. Hoy, 72 por ciento de los bachilleres en Estados Unidos no quiere trabajar como empleado sino ser independiente y tener su propia empresa. Y más de 60 por ciento tiene como modelo a seguir a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook. Esta visión de mundo requiere educadores que sepan enseñar competencias como el trabajo en equipo, el respeto por las normas y los valores éticos de una sociedad.

Estas tendencias no son ajenas a Colombia. Más allá de la desigualdad, de la injusticia y la violencia, también aquí la sociedad está vinculada con lo que ocurre en el mundo, sobre todo los jóvenes. Por esta razón, los expertos invitados a la cumbre hicieron un llamado a la revolución: a enseñarles a los niños a usar su creatividad, a trabajar en equipo, a concebir y realizar proyectos e, incluso, a aprender del fracaso.

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