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| 5/3/1993 12:00:00 AM

¿ Dale rojo, dale?

La convención liberal eligió jefe, fijó las reglas abrió el debate ideológico, pero en el partido no soplan aires de triunfo.

MUCHA AGUA HA PASAdo bajo los puentes desde aquellos tiempos en que los periódicos registraban la convención liberal con una fotografía de un grupo de asistentes engalanados con sus claveles rojos en el ojal de la solapa, titulada "Cuántas caras alegres, cuantas caras liberales". El cambio operado desde entonces fue evidente el pasado domingo 28, cuando cerca de 700 convencionistas sesionaron en el centro Jimenez de Quesada.
Tradicionalmente, la convención que preparaba la campaña electoral solía ser la de las grandes decisiones, la principal de ellas la selección del candidato único, que está ahora en manos de los votantes de la consulta popular.
Y esa puede ser justamente la razón por la cual, para muchos de los asistentes y observadores, la convención del 28 merece el calificativo de lánguida.
Mucho y muy confuso debate ideológico, mucho y muy largo discurso de los precandidatos y del presidente de la convención, Victor Mosquera; mucho y muy detallado informe de tesorería y secretaría, para rematar.
Pero esa es solo una manera de ver las cosas. La otra, más positiva, no se detiene en si los discursos fueron demasiado largos. Como le dijo a SEMANA el senador Fernando Botero, "la verdad es que nos reunimos para lograr tres objetivos, y los alcanzamos: elegir un jefe único, aprobar las reglas para escoger al candidato vía consulta, y debatir el programa ideológico, que es lo que hace un partido serio".
Y Botero puede tener razón. En el pasado, en los tiempos de las caras alegres, lo que más se le criticaba a las convenciones era precisamente que solo se reunían para cuestiones mecánicas y que nunca le reservaban tiempo al debate ideológico, el mismo por cuenta del cual ahora se sucedieron los episodios más interesantes.
La confrontación se había agudiado a fines del año pasado durante e] foro ideológico de Girardot. Por primera vez en décadas, dicho foro fue algo más que el tradicional certamen de tertulia y whisky, en el que pocas ideas se debatían y la redacción del siempre mamotrético programa, se le delegaba a un equipo de notables generalmente encabezados por el ex ministro Hernando Agudelo. A Girardot llegó un grupo heterogéneo de políticos, periodistas y dirigentes gremiales, liderados por Fernando Botero y Plinio Mendoza, y presentó un documento diametralmente opuesto al preparado por Agudelo y sus aliados.
La confrontación que arrancó entonces no se distingue mucho de aquella que se da hoy en la mayoría de los países occidentales. En el caso colombiano, Agudelo y sus amigos siguen fieles a la vieja doctrina que le pedía al Partido Liberal "abrevar en las fuentes del socialismo " y convertir al Estado en proveedor de todo para los pobres y protector de todo para los ricos nacionales por medio de barreras arancelarias. Por su parte Botero y sus aliados parten del fracaso de los esquemas del estado empresario, y son amigos de promover la iniciativa privada, la apertura comercial y la competencia.
Agudelo, que no logró que su documento fuera aprobado en Girardot, ganó desde entonces el respaldo de numerosos sectores del partido que le critican al Gobierno "sus excesos neoliberales" . La suerte parecía echada en favor de Agudelo, hasta mediados de la semana previa a la convención, cuando el propio presidente Gaviria decidió intervenir en el asunto.
Según le contó a SEMANA uno de los asistentes a la reunión del primer mandatario con la dirección liberal cuatro días antes de la convención, "nosotros llegamos a Palacio con la idea de una visita protocolaria y nos encontramos al Presidente en un plan totalmente distinto". La misma fuente aseguró que Gaviria habló en tono energico en contra del documento, "no tanto porque estuviera en desacuerdo con su contenido, que evidentemente lo estaba, sino con el argumento de que era una estrategia muy equivocada que el partido afrontara la campaña con una bandera de abierta crítica a lo que Gaviria considera importantes logros de la administración liberal en materia economica y social ".
El Presidente fue pródigo en cifras ese día y en las siguientes horas, durante las cuales se dedicó a hablar casi que uno por uno con los principales convencionistas. Sus argumentos centrales fueron como la política de apertura y de modernización, acusada de crear desempleo y perjudicar a los mas pobres, había hecho todo lo contrario: crear dos veces más empleos anuales que en el pasado y reducir los niveles de pobreza crítica.
La operación presidencial logró sus frutos: el documento de Agudelo no fué aprobado, y aparte de los abucheos de algunos sectores sindicales durante la convención, la verdad es que el aplauso con el que concluyó la lectura del mensaje presidencial por parte del ministro de Gobierno, Fabio Villegas, demostró que si bien Gaviria y sus amigos no habían logrado ganar la batalla, al menos habían logrado empatarla.
El programa de Agudelo se quedó, pues, esta vez en borrador. Puede que esto no haga mucha diferencia con el pasado, cuando el documento de Agudelo era aprobado, pero los gobiernos liberales no lo aplicaban debido a que una vez montados en el potro de la administración, se daban cuenta de que no era mas que un catálogo de buenas intenciones. De hecho, la única vez que un discípulo de Agudelo -el ministro de Hacienda, Edgar Gutierrez- aplicó dicho catálogo, fué en el gobierno conservador de Belisario Betancur.
Y la caída de Gutierrez en medio de un gigantesco déficit fiscal, demostró que esa, quizás, no era la mejor receta.
El debate seguirá y de seguro marcará el desarrollo de la campaña.
Sin embargo, aún si se reconocen las virtudes de que se dé esta discusión, y de que la convención que acaba de pasar haya cumplido con sus objetivos de elegir jefe al ex presidente Julio Cesar Turbay y fijar las reglas para la consulta, el mayor de todos los objetivos, el de ganar las elecciones presidenciales de 1994 es el que, a juzgar por las encuestas en las cuales Andrés Pastrana gana cada vez más terreno, parece hoy mas difícil de alcanzar.
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